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la
presencia
¡Por
fin era de día!
La
larga noche de pesadillas y sudores fríos quedaba atrás.
Cada día comenzaba igual: agotada, con un dolor profundo
en el alma y un sentimiento de miedo y de tristeza que le costaba
mucho quitarse de encima... El sol que entraba por la ventana
entreabierta dañaba sus ojos, recibía el saludo
de la mañana como un mazazo en el cerebro. ¿Qué
le estaba pasando? A juzgar por el cansancio que se adueñaba
de su cuerpo cada mañana, cualquiera diría que por
la noche llevaba una doble vida.
Se
arrastró hasta el lavabo para refrescarse la cara y, al
contemplar su imagen en el espejo, se echó a temblar: las
ojeras eran profundas y sus ojos parecían los de un animal
asustado, su cara se veía demacrada, y estaba perdiendo
peso por momentos, sentía como si las fuerzas se le fueran
por los poros de la piel. Hacía sólo unos meses
que había ganado una medalla como la mejor atleta de la
universidad, y hoy parecía una sombra de sí misma.
Hacía días que no iba a entrenar, pues no se sentía
con fuerzas ni ánimo para nada. Y, a pesar de la insistencia
de sus compañeras para que saliera con ellas y se divirtiera
un poco, prefería quedarse en casa, en compañía
de un libro o estudiando para los exámenes. No entendía
qué extraño fenómeno se estaba apoderando
de su cuerpo y de su mente, pero llevaba unas semanas en las que
ni siquiera salía para ir a clase, y eso ya empezaba a
preocuparle. Cuando su madre la llamaba por teléfono, intentaba
disimular y se mostraba alegre para que no se preocupara, pero
una vez colgaba el auricular, lloraba sin consuelo durante horas.
Tomó una ducha y se obligó a beber un zumo de naranja.
Se tumbó en la cama y trató de poner orden en su
cabeza.
Veía
cada vez más claro que no podía seguir así,
pues se estaba consumiendo poco a poco. Ella era una persona muy
positiva, fuerte, que tomaba las cosas como venían, las
buenas y las malas. Le gustaba la carrera que estudiaba, y hacía
deporte desde que tenía uso de razón. Todo en su
vida funcionaba más o menos bien, hasta hacía cosa
de un mes. Siempre había sentido un terror casi patológico
hacia la muerte, y desde hacía un mes, estaba empezando
a asociar la muerte con el dormir. Le estaba cogiendo verdadero
pánico a dejarse abrazar por los brazos de Morfeo, pues
tenía la certeza de que de sus brazos, pasaría a
los de Tánatos. Sus peores pesadillas desde pequeña
estaban relacionadas con la dama de la guadaña en diferentes
situaciones: moría su familia, moría ella.... pero
se trataba de sueños sin importancia, que no recordaba
a los cinco minutos de haberse despertado. No obstante, lo que
le estaba pasando desde hacía un par de meses era diferente.
Lola,
su psicóloga, le había repetido muchas veces que
por muy reales que parecieran sus pesadillas todo estaba en su
mente. No tenía que permitir que sus sueños interfirieran
en su vida diaria, pues lo único que conseguiría
sería enfermar a causa de los nervios y del cansancio.
Ahora, a la luz del día, y si lo pensaba fríamente,
no sentía miedo, y era consciente de que los fantasmas
pertenecían simplemente al mundo de sus sueños,
pero a medida que se acercaba la noche, el miedo se iba apoderando
de ella, y alargaba el momento de irse a dormir todo lo que su
cansancio se lo permitía, aunque su cuerpo acababa por
rendirse al enemigo, y la pesadilla volvía a ella, más
viva y real cada noche que pasaba. Lola le recomendó que
intentase enfrentarse a su problema de día, escribiendo
todo lo que recordase para que luego pudiesen hablar sobre ello
en la visita semanal que hacía a su diván. Cerró
los ojos y trató de recordar...
Todo
había comenzado unas semanas atrás, mientras dormía.
Empezó notando una presencia en su habitación, pero
cuando despertaba, sobresaltada y bañada en sudor, ésta
había desaparecido.... La presencia era inquietante, pero
a la vez, le resultaba familiar. Los primeros días, la
imagen estaba cerca de la puerta, y gesticulaba abriendo y cerrando
la boca, tratando de decir algo, pero Ana no podía oírle.
Según iban pasando las noches, la imagen iba apareciendo
más cerca de su cama, y podía oír el leve
murmullo de sus palabras, pero sin llegar a entenderlas. No obstante,
le llegaba su aliento frío, helado como la muerte. El sueño
era cada vez más real, y el frío iba penetrando
poco a poco en su cuerpo, calando sus huesos.
En
el momento en que sentía el terror en sus sueños,
trataba de despertar, pero algo tiraba de ella, cada vez más
fuerte, como queriendo retenerla, y cada vez le costaba más
esfuerzo volver del mundo de los sueños y cuando lo hacía,
estaba agotada. Tenía la misma sensación de cuando
era pequeña e iba a nadar con sus primos. Hacían
apuestas para ver quién aguantaba más tiempo bajo
el agua y, justo en el momento en el que salía a la superficie
para tomar aire, alguien le ponía la mano en la cabeza
y le impedía salir. Ella pataleaba histérica, pues
era consciente de que si no entraba algo de aire en sus pulmones,
moriría. Ahora se sentía igual, y el miedo la hacía
temblar, pues sabía que una de estas noches, no regresaría
de sus sueños. En el momento en que abría los ojos,
sentía como si su alma hubiera estado fuera de su cuerpo,
y le costaba reconocerlo como propio. Le llevaba un rato recordar
dónde estaba, como si volviera de un largo viaje.
A medida
que la presencia se iba acercando más a ella, cuando despertaba,
quedaba en la habitación un desagradable olor, como a carne
en descomposición, que cada mañana era más
intenso, y costaba más hacer desaparecer, como un recordatorio
de lo que le esperaba una vez sus ojos se volvieran a cerrar a
la noche siguiente.
Lola
le decía que estaba muy susceptible, y que era posible
que llegara a oler realmente a podrido, de la misma manera que,
en una situación de auténtico terror, podemos creer
oír y ver cosas que no veríamos ni oiríamos
en una situación normal. Al principio, las palabras de
Lola la tranquilizaban mucho, pero llegó un momento en
que dejó de creer que se trataba de una simple pesadilla.
Cada mañana le costaba más esfuerzo sacudirse el
miedo del cuerpo, ya que se iba grabando en su piel como si fuera
un tatuaje, que iba aumentando de tamaño cada noche, y
que cada vez ocupaba más espacio.
Esa
noche presentía que algo pasaría, pero no sabía
qué. Se puso el pijama y se cepilló el pelo con
mucha calma, como si estuviera realizando un ritual, retrasando
al máximo el momento de irse a la cama. Sentía el
corazón palpitar a 1000 por hora, igual que si fuera una
olla a presión a punto de estallar. Para tranquilizarse
se tomó una tila, cogió un libro de la estantería
y se acostó. Estuvo leyendo más de dos horas, y
los ojos se le iban cerrando poco a poco, pero ella se resistía
a dormirse, y se iba despertando sobresaltada cada vez que el
libro le caía de las manos. Intentaba seguir leyendo, tratando
de luchar contra el sueño, y llegar al amanecer sin haber
caído en sus garras, pero llegó el momento de rendirse;
sus ojos se cerraron y quedó profundamente dormida. Al
cabo de un rato de sueño profundo, un murmullo la sobresaltó.
Se sentó en la cama y un grito murió en su garganta,
no podía articular palabra, sus miembros estaban paralizados
por el terror: la aparición estaba junto a su cama, de
pie, mirándola. Su rostro se veía de manera difusa,
pero podía distinguir en él una sonrisa triste,
de desesperanza, que nada bueno presagiaba y que no hacía
más que aumentar su pánico. ¿Qué estaba
pasando? ¿Era él quien volvía al mundo de
los vivos o en realidad era ella quien se adentraba en el de los
muertos? Él le tendió la mano y ella lo comprendió
todo. Supo que el momento había llegado. Esta vez Ana entendió
sus palabras: Bienvenida.
-----Cuando
descubrió de quién se trataba, cogió su mano,
confiada, y le siguió.
©
Elena Gervilla
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