llévame lejos de aquí

 

 

El año pasado, cuando cumplíamos por primera vez, evité escribir esto que nace hoy día, quería que la revista hablara por sí sola. Allá por julio, sin embargo, me prometí escribir un editorial, quizá de otra manera porque de un tiempo a esta parte mi vida ha dado más de un vuelco emotivo, pero a fin de cuentas lo mismo que anoto en esta página.

Y he aquí lo que he logrado decir: que estoy agotado, cansado de muchas idas y vueltas. Este año la revista ha sido para mí una bendición, una maldición, bella y negra. Y por lo menos dos veces –sorpresa para todos mis colaboradores- me cuestioné seriamente si debía seguir manteniéndola. He estado a punto de abandonar el barco y no he sabido cómo confesarlo.


regresión

Un día le dije a Elio Vélez Marquina: “LOS NOVELES, Elio, viajo a Lima, te cuento y jugamos a LOS NOVELES.” Y Elio dijo que sí, y me presentó a Rauf Neme y a Jorge Trujillo. Y al final Jorge no pudo jugar, y sólo Rauf y Elio corretearon conmigo.

Rosa Elvira Peláez llegó una semana antes que Víctor Montoya, pero ambos avivaron el fuego del mismo número, y desde entonces caminan con nosotros, saltan obstáculos y nadan contracorriente. Para ese momento ya había leído a Patricia Suárez, un día le comenté que había sido la primera persona en enviarnos un cuento. Y no era cualquier cuento.

Le di dos relatos a Gonzalo Escarpa y él se enamoró de uno que jamás le mostré, lo publicaría en su revista, luego me escribió: “Amigo Salvador, le he echado un vistazo a LOS NOVELES y me parece sublime.” Cuento los días, hago mis matemáticas, creo que esta revista es tan vieja como mi amistad con Gonzalo.

Rocío Silva Santisteban me respondió, escribiría para nosotros, y recordé cuando Elio me regaló el libro de cuentos de Rocío, y yo tenía dieciséis años, nunca había leído a alguien que contara lo que Rocío. Una vez, a los dieciocho, la vi frente a un puesto de libros y le pedí su autógrafo: Para Salvador, espero que estos cuentos te perturben aunque sea un poquito. Seis años después, Rocío ya había olvidado las líneas, pero me entregaba un relato para el primer aniversario de la revista. Y siempre regreso a ese libro inquietante porque le debo la manía de contar.

Por esta revista han pasado muchas personas, ha venido Edmundo Paz Soldán, y Mario Bellatin –a quien tanto admiro- me permitió escribirle unas cuantas veces. Nos hemos cruzado con Ángela Vallvey, Ana Merino y Daína Chaviano, y Nélida Piñón nos dio un abrazo: llamó a esta revista nuestra revista.

Gema Pérez-Sánchez siempre creyó, como nadie, y mientras mis otros maestros y compañeros en Miami no me prestaban la más puñetera atención porque una revista escrita en castellano les parecía bobada magnánima, Gema pegaba afiches en las paredes y hacía una propaganda semihitleriana en sus clases. Bueno, nunca se paró frente a miles en Munich.

Por intermedio de estas páginas flotantes supe de Carlos Barbarito y del gato de Elena Gervilla, de mi amigo David González, poeta, de Roxana Heise, mi chilena favorita, de mi querida Eva Cabo y la fascinante Araceli Otamendi. También llevo a Llovizna, señora dulce, en el cofre etiquetado: RECUERDOS DE LOS NOVELES.


vuelta al presente

Este número se lo dedico a Mayra Margarita Mendoza Torres porque un dolor no le ha permitido escribir, y ella no merece pasar los días postrada. Ella debe escribir poesía.

Diré que este año ha tenido dos sensaciones distintas para mí. Hay cosas que se ganan, cosas que se pierden, otras se solidifican. Pedro Solano consintió que usáramos una de sus canciones en este número, y en este momento recuerdo que en julio se la pedí con otra idea en mente. Ahora esa canción tiene un significado distinto para mí. A pesar de ello, creo que no me equivoqué al elegirla: ya somos un barco viejo.

Han sido malas noches, madrugadas, dolores de cabeza y otros cuantos en el pecho. Ha habido momentos en los que no he desayunado ni cenado, pero aquí estamos, y nos leen en todo el mundo, y he recibido cartas muy apasionadas, buenos y también malos deseos, besos y abrazos. Aquí estamos.

Gracias a José Elgarresta, por esperar tanto tiempo y tenerme paciencia divina, a Claudia Ainchil, a quien le prometo que ya no tiene que enviarme una sola foto más, a Marcela Collins (a ti te salvaría de la hoguera, malvada), a Pablo Bromo le agradezco los cables “malportados” desde esa Guatemala no tan mala. Gracias al terror de los panteones, Luis Valdez, y a Elena Medel (no me canso de decirte lo de siempre: que no dejas de sorprenderme), a Rosario Pérez Cabaña una montaña de abrazos, señora mía, queda pendiente un encuentro con esa voz seductora. Muchas gracias a Jesús Hernández Limón (cuando pienso en ti, de pronto me veo rodeado de felinos, y recuerdo que el primer poema que nos enviaste se llamaba Ronroneando). Gracias a Juan Beat (eres un sucio y por eso te admiro), a Marita Troiano (tú eres un ángel, Marita, te agradezco todas tus palabras y afectos), a Jorge Franco porque es un gusto tenerlo aquí, ya sabes que ese cuento me ha embrujado. Gracias a Julio César Vega y sus letras magníficas, vengan desde la costa o la sierra, a Jaime Garza (¿recuerdas la primera vez que me escribiste y decías que tenías problemas para publicar?). Muchísimas gracias a Rodrigo Peñalba Franco porque, aunque él no lo sabe, su forma de ser cometa y relámpago me inspira. Tengo que hablar otra vez de Gonzalo Escarpa y darle las gracias por no permitir que me hundiera en Madrid. Y gracias a Espido Freire por la misma razón. Quiero agradecerle a Edmundo Paz Soldán, risueño y afable, porque es una de las personas más solidarias que conozco y ya me ha aguantado durante mucho tiempo, al gran Alberto Chimal (sé que suena a sacrilegio, pero que escribas en mi revista es casi como si Rulfo o Arreola hiciesen lo mismo), y a Fernando Iwasaki, un señor en todo el sentido de la palabra, de ti nunca podré quejarme, Fernando, mi aprecio es sincero. Gracias a Cementerio Club: a Pedro Solano, a José Arbulú, Ricardo Solis y Luis Callirgos. Desde luego, a todo el equipo de la revista, a Rosa-E, Elio, Víctor, Patricia, Elena, Carlos y Rauf (los adoro y quiero que hagamos una orgía con muchas damajuanas de vino). Gracias a todas esas maravillosas señoras y señoritas que estuvieron con nosotros en mayo, y a Caroline Cruz por ese dragón que vuela, de sangre amarilla. Gracias a Carmen Camacho -no me había olvidado de ti- por todo lo que me has dado, desde los ojalás hasta las regañadas, y las llamadas a las once después de las tribulaciones cinematográficas.


fin

Eva Cabo, poeta y titiritera, me escribió hace unas semanas para averiguar en dónde me había metido. Me contó que la habían invitado a un encuentro de poetas donde departió y gozó. Según ella, se lo debe a esta revista, porque el muchacho que la dirige “abre puertas”.

A partir de los comentarios de Eva, nos quedan tres opciones:

a) Viajar a la Antártida y engendrar una nueva especie de pingüinos con la pingüina más petimetra que podamos hallar.
b) Concursar en Operación Triunfo.
c) Mantener todas las puertas abiertas hasta que un diluvio diga lo contrario.


Feliz cumpleaños a LOS NOVELES. Y ojalá nos lleve lejos de aquí, como dice esa canción.

 

salvador luis
www.losnoveles.net