tres ensayos

 

la cámara de maravillas

I

En el Renacimiento, la Wunderkammer era costumbre entre reyes y notables. Muchos tenían en sus palacios esa habitación acondicionada especialmente y reservada para sus tesoros o, más precisamente, para sus rarezas, que podían ser donación de otros o recolectadas por ellos mismos en sus viajes. Criaturas extrañas o deformes en jaulas o en botellas, muestras geológicas inusuales, artefactos empleados en lugares distantes estaban lado a lado con reliquias arqueológicas, obras de arte, libros, imágenes.

Las mejores entre las cámaras de maravillas contenían verdaderos portentos, metidos en cofres, puestos en estantes o en mesas generosas. Aquí una sirena momificada; más allá un tratado de astronomía en árabe, incomprensible pero muy hermoso; junto, una colección de diminutas esculturas de marfil (éstas abundaban en aquellos días, y no eran menos detalladas que las hechas en mármol, pero son ignoradas, debido a su tamaño, en casi todas las historias del arte posteriores a su tiempo). El propósito era la edificación a través de la sorpresa, o la ostentación de grandes viajes, o la posibilidad de verificar la profusión del mundo. Muchas cámaras, en verdad, eran un planeta en miniatura: una visión a escala de todo lo portentoso que por entonces era nuevo, recién descubierto o aprendido, en la conciencia de occidente.

II

Las cámaras de maravillas son antecesoras de los museos, que también se llenan de objetos variopintos pero tienen la idea de un orden, de una composición que unifique lo reunido y lo articule en un discurso. Se dice con frecuencia que el paso de un tipo de colección al otro es un triunfo de la razón y la ciencia porque elimina el azar y permite percibir mejor las jerarquías y clasificaciones de las cosas, que nos asisten para comprenderlas.

Por otro lado, el impulso de esos recintos viejos y caóticos era también el del asombro; la eliminación del desorden es, también, la de la maravilla. ¿Dónde más podrán confluir un collar hecho de coral rojo, una garra de hipogrifo y un misal con tapas de oro? ¿En qué otro lado el libro de horas será puesto junto a la daga rusa y ante el mortinato, fijo tras el cristal pero tan solo como un niño vivo y bien formado? El acopio de lo extraño, la puesta de tantas rarezas juntas como en una condensación de la inusual (lo transgresor de la norma), era también una declaración: como aquí, siempre y en todas partes podemos establecer conexiones entre todas las cosas dispuestas a ser percibidas, sin atender a escalafones ni grados.

A la vez, las mejores cámaras de maravillas eran las que reflejaban la sensibilidad de quien escogía y guiaba su desorden (placer sin culpa, curiosidad, fascinación), porque esa sensibilidad era un signo inequívoco de vida: movimiento del alma.

III

hacia una teoría

a) Si se ignoran los límites del espacio que se le asigna, de la vida de quien la llena, toda cámara de maravillas puede crecer infinitamente.
b) Toda visita a una cámara de maravillas es distinta de las anteriores y las futuras.
c) Toda visita a una cámara de maravillas tendrá una sorpresa: un objeto no visto o comprendido previamente.
d) Toda visita a una cámara de maravillas tendrá, también, la constatación de una deficiencia: un objeto, real o imaginado, faltante. (La aparición de este objeto ausente en el pensamiento de quien lo eche en falta no siempre podrá ser explicada.)
e) De los cuatro puntos anteriores se sigue que toda cámara de maravillas es incompleta.
f) Cualquier objeto en la cámara puede ser, por analogía o asociación de ideas, el punto de partida de una historia, una argumentación, un sueño que involucre, en secuencia, a todos los otros objetos.
g) Si se elige como “centro” de la cámara un solo objeto, se puede construir alrededor de éste un sistema completo y coherente de relaciones que lo vincule con cuanto está a su alrededor. Este sistema siempre podrá ser tal que la naturaleza de cada objeto presente y su posición dentro de la cámara parezcan necesarias, o inevitables, aunque falten innumerables cosas existentes fuera de la cámara y no haya ninguna voluntad de orden en la colocación de lo que sí está.
(He aquí una analogía precisa: la cámara de maravillas es a esta forma de visitarla lo que el universo a las filosofías.)

IV

variaciones:

EL DESEO: En un lugar helado, digamos en un palacio justo en el Polo Norte, una cámara de maravillas con imágenes del sol, del fuego, con arcos eléctricos que den tibieza a manos entumecidas; con pieles y descripciones de pieles, con descripciones de la cara interna de los muslos y del aire que sale de la boca. (No, no hay tal palacio.)

EL REVERSO DEL DESEO: En un país sojuzgado, una cámara con noticias de todos los otros países, de tal modo que los escépticos la visiten sólo para alegar que nada de esas informaciones de sitios distintos, nada de esas caras con expresiones varias, nada de esos grabados de vastos espacios, nada, digo, puede ser verdad.

EL INTERIOR: En un libro que sé pero no existe todavía, en el centro de una cámara de maravillas, un hombre enjaulado, hijo de otro que vivió en la misma jaula, y así por muchas generaciones, hasta un momento de gran infamia en los libros de historia. Ese hombre mira desde adentro y se siente protegido; luego descubre que el mundo no gira a su alrededor, que lo puesto a su alrededor es anormal, maravilloso pero digno de encierro, que él es un monstruo.

EL EXTERIOR: Un lugar en el que todos aprenden a reunir lo nimio y tabular lo fugaz. Ni siquiera hacen falta una pluma o una bolsa: aunque la memoria falla, cada día trae a la percepción nuevas cosas dignas de ser recordadas y éstas se van ligando con las que quedan en la mente de días anteriores. La cámara de maravillas de cada uno es invisible, sutil; está hecha de pensamientos.


cómo vencer la angustia de las influencias

I

La idea de la destrucción de la cultura es muy antigua. Además de haberse puesto en práctica en más de una ocasión, está en libros de todo mérito, todo prestigio y casi todo tiempo. Para citar un ejemplo poco conocido, está en Cántico por Leibowitz (1959), una novela de Walter M. Miller, Jr.

Católico heterodoxo y preocupado por los problemas de la fe (1), Miller cuenta la historia de una “Era de la Simplificación”: el comienzo de una nueva Edad Media en la que toda la memoria de occidente desaparece en grandes quemas de libros. La poca gente que ha sobrevivido a una guerra atómica es la responsable: atribuye todos sus muertos y aflicciones al acopio del conocimiento. Unas pocas órdenes monásticas, que sobreviven por siglos, preservan trozos rescatados del fuego (un plano, una página de un manual) que ya nadie entiende, a la espera de un renacimiento como el de hace tantos siglos…

Hawthorne, en un cuento que Borges comenta con gran cariño en uno de sus ensayos, observó que en vez de libros habríamos de quemar el corazón humano, fuente de todo mal. Pero la cuestión me interesa ahora porque, en apariencia, hay un placer oculto en esta idea reservado para los escritores: imaginar que, contra lo dicho por Miller, la destrucción se lleva todo: no hay preservación, no hay esperanza de recuperar la tradición clásica, el pasado se vuelve un espacio vacío: una hoja en blanco.

Puestos a pensarlo, una hecatombe como ésta sería la única forma de no padecer más la angustia de las influencias, de la que tanto ha escrito Harold Bloom: de no sufrir más por el peso indecible, e ineludible, de la tradición que limita y combate nuestras posibilidades creativas. No habría más Shakespeare para “superar y contener” todo logro posterior (2); no habría Cervantes, ni Dante, ni Joyce, ni Woolf, ni Sor Juana, ni Beckett, ni Octavio Paz; no habría Beowulf, Popol Vuh, Mabinogion, Odisea; no habría más Borges ni Hawthorne ni Miller, no habría este texto, tampoco, pero qué más da. Todo poeta sería nuevo, puro como el rocío matinal, dueño absoluto del lenguaje; cada palabra suya sería para grabarla en piedra…

Cada palabra suya sería también, probablemente, tan burda como todo lo que está en el comienzo de una tradición, pero eso importa aún menos. ¿Con qué se le iba a comparar?

II


posibles comentarios

1. De entre quienes se preocupan por esta cuestión, muchos escritores muy cínicos, de aquellos que no lamentarían millones de muertes ni uno solo de los desastres de la guerra, tienen, muy en el fondo, afecto por ciertas porciones de su propia memoria: al menos uno o dos renglones de sus antepasados literarios, una imagen o un personaje entrañable o tenebroso, o cuando menos un par de páginas gloriosas de su propio trabajo, al que desean larga vida y estiman más hermoso que cualquier otra cosa. Cualquiera de estos amores (3) les impedirá externar su sed de destrucción (si la tienen); la quema de lo ya escrito, y esto lo saben tanto ellos como quienes los rodean, sería matar una belleza a la que no van a renunciar.

2. Por otro lado, las implicaciones sensibleras del inciso anterior no van a seducir a todos, y menos todavía a los más endurecidos por la frustración o la neurosis. Atenazados por sensaciones de impotencia, al igual que los del primer grupo, estos comprenderán que nada pueden hacer por cambiar de tiempo o acelerar la labor de las televisoras o denunciar armas de destrucción masiva en todas las bibliotecas del mundo. Por lo tanto, y para compensar, viene la fiesta: la insistencia obsesiva en lo abismal nuestro tiempo crepuscular, del pasado que cuelga sobre nuestras cabezas, de la decadencia irremediable del lenguaje y lo humano: esas celebraciones amargas que ahora están de moda, y que están bien vistas (además) porque suponen un acuerdo tácito.

3. La destrucción, aun sin contar el declive de la cultura libresca y el auge de la visual (otro tópico) está sucediendo todo el tiempo. Aunque lenta, ha tenido lugar sin pausa desde los comienzos de la memoria de la especie. Cada día nacen y mueren millones, que se llevan con ellos el recuerdo de palabras innumerables. Cada día muere, junto con millones de otros recuerdos, al menos una obra. Todas, incluso Shakespeare y todos los otros grandes nombres, serán enterradas cuando ya no esté el último que podía comprenderlas.

4. Por otro lado, estos caminos son sinuosos y oscuros. Nunca será imposible que estas palabras mías sean las primeras (en relación con estos asuntos) para alguien; que de manera diminuta, privada, lejos de cualquier posibilidad de fama, estas palabras sean precursoras de Hawthorne y Bloom y todos los otros (4).

 

juegos

I

mariposa

Salga a la calle, encuentre la esquina más cercana, levante las manos y grite fuerte. ¿Cuánto de lo que ocurre a su alrededor, entre los otros transeúntes, dentro de los edificios a su alrededor, ha sido alterado por su grito? Las desviaciones pueden ser sutiles: un hilo de pensamientos que se corta o se estremece con el sonido, o que lo atraviesa y se lo lleva, como una perla en un collar. También, desde luego, pueden tener consecuencias enormes. (Si sólo imagina que sale, este juego no tiene sentido: la diferencia entre usted y la mariposa de la causalidad debería ser la profundidad de su percibirse en el mundo.) (5)

II

querido diario

Cree una bitácora virtual, una página de las llamadas weblogs o simplemente blogs (6). Escriba durante semanas insultos contra usted mismo, revelando detalles inconfesables, pecados y errores, que quedarán disponibles para cualquier lector que los encuentre en Internet. Luego pase a hablar de sí mismo como un ser detestable; luego, revele que es usted mismo quien se ha expuesto y humillado. (Todo el proceso es análogo, por supuesto, al que siguen las figuras de la política y de otros espectáculos, pero la mano que determina la “fama” de usted no es la invisible del poder.)

III

tres ideas

Ya sé que los actos surrealistas están pasados de moda. Ya sé que no hay conexión alguna de este tiempo con el de las vanguardias de hace un siglo. He leído al experto en cultura contemporánea que ponderaba cuán deseable sería, en estos tiempos de cuerpos transformados y avances enormes en la medicina, el descubrimiento de algún proceso que impidiera a la gente soñar cuando estuviese dormida, lo que era, en su opinión, “chocante pasatiempo de empleados”. No me importa. He aquí una propuesta inútil en la vena de su patafísico favorito: un cineclub rodante, secreto, en los autobuses que viajan por las carreteras del país.

Salvo una o dos compañías que quieren dárselas de aerolíneas y anuncian películas “de estreno” (Matrix –de 1999– es la joya de la programación de cierto servicio de lujo), todas las empresas del ramo permiten, o así parece, que el operador del camión ponga en la reproductora de su unidad la primera cinta que encuentre, y así los pasajeros acostumbran ver, en su trayecto de Tampico a Veracruz o de Hermosillo a Monterrey, cualquier cosa desde películas B de los años ochenta hasta la filmografía completa de Cantinflas, Bruce Willis o Michael Dudikoff (ésas son muy populares en viajes largos). Algunas veces, sólo esta práctica ya es surrealista; por ejemplo, cuando la cinta reproducida sólo tiene comerciales, es un episodio viejo de telenovela o contiene discursos motivacionales de Miguel Ángel Cornejo. (Yo, que pasé por esto último, lo agradezco, por cierto; me permitió saber de esa basura tan popular y cara sin gastar un peso ni tener que hablar con un converso –ni un predicador– de la autoayuda.)

Ahora bien, el cineclub rodante se puede hacer de dos maneras. La primera es sobornar al operador en turno y obtener a cambio la proyección de una película elegida por nosotros. Entonces la luz y el zumbido anestésicos o atorrantes de la cinta que hemos visto mil veces o es igual a mil otras películas sería reemplazado por, digamos, la imagen casi fija (y más soporífera para el espectador promedio) de El sacrificio de Tarkovsky, que podría repetirse hasta seis o siete veces en un viaje México-Tijuana; de las legendarias versiones porno de las películas del Santo, que tendrían a la vez el regusto de lo familiar y la sorpresa inmensa de lo transgresor; de los cortos de los hermanos Quay, que son de lo poco que podría verse en un viaje breve (México-Toluca, Puebla-Tlaxcala) sin que el final se corte, para fastidio del ocasional interesado en lo que está mirando a fuerzas.

La segunda manera implica otro tipo de gastos. Permítase que el operador ponga la película que le plazca, aun cuando sea una colección de episodios viejos, créditos y todo, de Papá soltero o Walker, comisario de Texas. En los primeros minutos de la proyección, sin embargo, levántese, vaya de atrás para adelante en el autobús y reparta a los pasajeros (si lo desea, con ayuda de un cómplice) una hoja de calificación en la que ellos puedan dar su opinión sobre diversos aspectos de lo que están viendo. Si tiene presupuesto, regale también plumas o lápices con buena punta y goma nueva. Luego de finalizada la proyección, recupere las hojas y guárdelas para su disfrute, o entréguelas a funcionarios de la empresa transportista, para que ellos duden entre la teoría de la provocación, la del disoluto social o la de la autoridad disfrazada, que ahora transporta las siempre populares encuestas de opinión al ámbito camionero…

Y hay todavía una tercera opción: cine-debate sobre ruedas, con uno o dos animadores (de preferencia vestidos igual, como también tendrían que ir los encuestadores descritos arriba) que propicien la discusión de las virtudes o defectos en la fotografía de Legalmente rubia, la actuación de Luis Gosset, Jr. En Águilas de acero II o la pertinencia de la música en esas últimas tres películas de los Almada. Para animar todavía más el intercambio de ideas, varios cómplices pueden aliarse con los animadores como paleros en el mismo viaje, de modo que opinen primero y alienten a los verdaderos (y casi siempre tímidos) pasajeros. (7)

Ninguna de estas acciones tendrá consecuencias en la vida de nadie, a menos que se quieran incluir en la cuenta (en esta época de grandes cifras macroeconómicas, grandes proyecciones, grandes multitudes) los desasosiegos diminutos, pero sumamente incómodos, que produce cualquier perforación de la rutina.

De nada.


1. Su caso es semejante al de Philip K. Dick o, en menor medida, James Blish, Keith Roberts o Philip José Farmer, todos escritores “de subgéneros” con talento verdadero pero despreciados por el escaso prestigio de su especialidad.

2. Demostrar que esto ocurre invariablemente es el deporte favorito de Bloom en muchos ensayos doctos y extensos.

3. El segundo es el más frecuente, por supuesto.

4. Alguno me dirá que esa alegría nimia no sirve, porque se trata, además, del punto de vista de un mero lector. Por supuesto, otro mal de esta época es que “se debe” escribir para un crítico, un caudillo, un estudio de mercado, una idea de la moralidad, que a fin de cuentas ellos guían y controlan a sus rebaños. Pero esos son otros enfados.

5. Una variación de este juego exige tan sólo que usted vaya, grite y luego espere sesenta segundos en la misma posición, para convertirse –en los ojos del posible observador– en una “escultura de un minuto” al modo de las que propone el austriaco Erwin Wurm, pero con sonido.

6. Una idea que circula por Internet (y cuyo autor, apropiadamente, no ha sido posible localizar): los blogs, páginas en las que cualquier persona con acceso a la red puede colocar toda clase de textos e imágenes y “ofrecerlos al mundo”, son a su modo cámaras de maravillas, reuniones azarosas que no trazan un mapa de la persona que las crea (porque esto es imposible) pero sirven, para el ocioso cibernauta, de cajas de resonancia de su propia mente.

7. Esta última variación fue sugerida por Raquel Castro.

 

De La cámara de maravillas (de próxima publicación)

© Alberto Chimal.


   
alberto chimal (México, 1970) Ganador del Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí y autor de libros como Gente del mundo, El país de los hablistas, El ejército de la luna y Éstos son los días. Además de su obra narrativa, se ha dedicado a la dramaturgia: Canovacci, El secreto de Gorco, premio de dramaturgia para niños de la Feria Internacional del libro Infantil y Juvenil. También es autor de la versión teatral de la novela Salón de belleza de Mario Bellatin (escrita en colaboración con Israel Cortés), columnista de Arena, suplemento dominical del diario Excélsior, e imparte cursos y talleres literarios en diversas instituciones. Sitio web: Alberto Chimal