Elisa G. McCausland

 

España, 1983. Nació en Madrid. Es periodista licenciada por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja escribiendo sobre cosas demasiado serias. Prepara su tesis sobre la representación femenina en el cómic de superhéroes y publica collages narrativos en el fanzine Rantifuso. También ha colaborado con el programa El Séptimo Vicio de Radio 3. Blog

 
 
 
   
 
   

 

«Tintinopatías»: Línea clara, periodismo sui generis y el despertar de la conciencia

 

«Tintín soy yo». Georges Remi. Hergé. Boyscout. Creador. ¿Periodista? Pierre Assouline, su biógrafo más comprometido y crítico, dirá de él: «Tintín es lo que Georges Remi ansía ser, y que será, pero por delegación». Aventurero. Detective. Periodista, sí, pero a su manera. Envidiado por los compañeros del gremio, el pelirrojo, ahí donde lo ven, gustaba más de ser la noticia que de transmitirla. Periodista mediático, periodista estrella. Vinculado en sus principios más propagandísticos a un periódico, Le Petite Vingtième, Hergé corregirá a partir de Los Cigarros del Faraón esta circunstancia, convirtiéndole en periodista freelance. Despertador de vocaciones, viajero insaciable y testigo de tiempos convulsos. Los niños que leían sus álbumes, sin saberlo, estaban paseando por una descafeinada, pero interesante historia política del siglo XX.

 

 

Leer a Tintín cuando eres niña marca. Como el sarampión. Luís Alberto de Cuenca lo llama «tintinopatía» y dice que se contrae en la infancia, aunque después ataca con más fuerza. Empieza al caer en las manos del infante un álbum de tamaño respetable, aunque fino. Sesenta y dos páginas. En mi caso, el título que me sedujo -por su portada, por su color- fue El loto azul. Con el paso del tiempo Vuelo 714 para Sydney, La estrella misteriosa o Tintín en el Tíbet, junto con los dos álbumes que resumían la aventura en la Luna, oscilaron en mi listado de favoritos. Es un proceso parecido al de la escucha, devota y obsesiva, de un grupo de música que te absorbe y te acompaña el resto de tu vida. Apretar el play es volver a aquellos días, tranquilos y brillantes, en los que desperdigaba por la alfombra mis tebeos favoritos.

Con la edad, la «tintinopatía» se recrudece. No vale con ese regusto nostálgico al volver a la obra; el fan quiere saber más, tener más. Es la fiebre del coleccionista. La pasión por el detalle, por esa viñeta aumentada, por Tintín saliendo de un jarrón chino en un fumadero de opio. Descubro que El loto azul fue un punto de inflexión en la carrera de Hergé. Su primer gran éxito y el primer volumen elaborado tras un exhaustivo proceso de documentación. Un joven chino estudiante de Bellas Artes, de nombre Tchang Tchong-Yen, fue el encargado de orientarle en la representación de la Shanghai de los años treinta, abierta y cosmopolita. El conflicto chino-japonés quedaría plasmado -en blanco y negro para la edición de 1934 y adaptado al formato álbum, y a color, en 1946- en estas páginas. También su amistad con Tchang, al que inmortalizó en sus viñetas. Éste volvería a China, tras su período de estudio en Bélgica, para convertirse en un escultor importante en su país. Las sucesivas guerras orientales y la Revolución Cultural les mantendrían separados hasta 1981.

 

 

Hay memoria histórica y política en El loto azul. También crítica social. Hergé posiciona ideológicamente a Tintín y lo dota de cierto relativismo cultural. El reportero aborda con humor el difícil tema de la percepción de Oriente por parte de los occidentales: «Muchos europeos creen que todos los chinos son astutos y crueles, que llevan coleta y que se pasan el día ideando suplicios y comiendo huevos podridos y nidos de golondrina». Naif en el comentario, pero certero en su crítica. Son los años treinta. La Sociedad de Naciones tiene puesto su ojo en la zona y Hergé aprovecha este álbum para denunciar las tensiones que desembocarán en la Segunda Guerra Chino-Japonesa. Un afán éste, el de ubicar a su reportero en zonas de conflicto, que parece inspirado por un compromiso mayor; un despertar de la conciencia del que, intuyo, tuvo mucho que ver su amigo Tchang.

Cuarenta y tres años pasaron hasta que Hergé pudo reencontrarse, en el aeropuerto de Bruselas, con Tchang Tchong-Yen. Veinte años antes, el belga publicaría Tintín en el Tíbet, considerada por la crítica su mejor obra. Intento de invocación y sincero homenaje. Hergé recupera para Tintín a su amigo de El loto azul, el pequeño Chang, accidentado y perdido en el Cuerno del Yak. En este relato, introspectivo y revelador, vuelve a aparecer la necesidad de entender al otro, mediada por este Pepito Grillo kármico. «Chang encarna todo lo positivo de El loto azul o, lo que es lo mismo, el recuerdo de un país y de una época que siguen siendo inolvidables para el reportero», apunta Fernando Castillo en Tintín-Hergé: Una vida del siglo XX. Nostalgia de una juventud que abandona al reportero del flequillo, mostrándose más escéptico y maduro; menos «risueño, entusiasta e incansable». El héroe monolítico da paso al hombre que sufre y llora. El periodista avanza porque crece el hombre. Envejece. Y muere.

 

 

Hergé cerró la puerta a cualquier continuación de las aventuras de Tintín. Fue deseo del creador que su personaje muriera con él. «Un retoño que no es como los demás». Demasiado perfecto. Compacto. Inalcanzable. Tras su fallecimiento, en 1983, los intentos de resurrección del personaje han estado ligados a la novela y al ensayo antes que al cómic. El loto rosa -firmado por Antonio Altarriba, con ilustraciones de Ricard Castells y Javier Hernández Landazábal- es uno de estos excepcionales delirios apócrifos, nacido al calor del centenario de Hergé. En él, Tintín se adapta a los tiempos sin la influencia directa del padre. Periodismo del corazón y ansias de medrar. Acepta que, «de su adolescencia heroica, solo le queda la nostalgia», pero echa de menos «aquel mundo de colores planos y perfiles nítidos que se movía a ritmo de viñeta», sobre todo, desde que sabe que ese mundo no volverá.

 

© Elisa G. McCausland