
Impar
pues ahí está la sin par Dulcinea del Toboso (…) finalmente sugeto sobre quien se puede asentar bien toda alabanza, por hipérbole que sea.
Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, II, LXXIII
Salí a toda prisa con dirección a la casa de Bartolo; hasta llegué a correr algún trecho de la calle Marqués de Santa Cruz, preocupado por el tono de su voz, que transmitía una rechoncha angustia. Bartolo ha ido engordando con el paso de los años y ahora su voz tiene un timbre engolado y como circular, se diría que las ondas sónicas reverberan por la cúpula interior más tiempo del debido, antes de salir del cuerpo. Su apartamento da al Campo de San Francisco, una zona demasiado noble (a veces he bromeado al respecto) para un crítico literario. Pero claro, ahora que lo pienso, para ser crítico literario hay que ser pequeñoburgués o mantenido, pues se necesitan tiempo de lecturas y espacio para libros. El ascensor no estaba en la planta baja, así que subí las escaleras de tres en tres y llamé a su puerta casi sin resuello. Me abrió cariacontecido y desaseado, la camisa blanca por fuera de los pantalones, barba de tres días, su mirada circundada de turbias ojeras tras las gafas sucias.
—Pasa, pasa.
—¿Estás bien?
—¿Comparado con cuándo?
Me tranquilizó, Bartolo no ironiza cuando está realmente mal . Supe de forma instintiva que su angustia era metafísica o intelectual –siendo ambas cosas para Bartolo parte del mismo conjunto gravitatorio–, y no debida a un peligro inmediato. Mientras caminaba de espaldas intentaba remeterse sin demasiado éxito la camisa y me hablaba.
—He leído tu borrador para Revista Arquitextura. Está bastante bien, te he enviado al mail un par de correcciones y una cita de Gadamer que a lo mejor te interesa.
—¿De “Sobre la lectura de edificios y de cuadros”?
Se volvió, sorprendido.
—¿Conoces ese texto?
—Lo leí hace varios años, pero en aquel momento no me pareció interesante, o lo vi poco relacionado con la teoría arquitectónica.
—Y así es, por eso te valdrá para lo que ahora estás escribiendo.
—Bien, lo repasaré, gracias, pero, ¿por qué estamos hablando de esto? He venido corriendo, preocupado por ti.
—Buf. Siéntate.
Me trajo de la cocina, sin preguntarme, una botella de mi cerveza favorita y él regresó con un vaso de vino, lo cual anunciaba tormenta interna a esas horas de la tarde.
—Me voy a meter en un follón.
—Lo haces constantemente.
—No es lo mismo esta vez, Álvaro. Hablo de una historia tremenda, que puede poner en prestigio mi reputación intelectual.
—Entonces no hay que preocuparse, nunca la tuviste.
—Movidas en el departamento, críticas de compañeros, mi primer disgusto con Fernando Baños, risas internacionales, amonestaciones del decano… todo eso es lo que veo venir, amigo.
—No querrás ser el primer profesor universitario de la historia sin esas experiencias.
—…
—Bueno, está bien, cuéntame. ¿Tiene que ver con tu viaje de investigación?
—Sí. Creo haberte comentado que estaba detrás de esos documentos sobre Cervantes que Astrana sitúa en Carmona y Écija, y que alega al formular sus hipótesis sin reproducirlos. Tenía una pista fiable, un contacto me había dicho dónde podría encontrarlos. Pues bien, allá fui. Me cito con él en Écija y, cuando llego al punto de encuentro, el personaje, sobre el que correremos un tupido velo, aparece con la misma cara de estupefacción con la que tú me has encontrado a mí.
—Doy fe.
—Me dice que en la rehabilitación del convento de Santa Clara, en Palma del Río, se ha encontrado en un falso muro un archivo oculto. No por temas escabrosos, sino por el valor de la documentación custodiada. Quien fuera que lo escondiera, me dijo, tenía buenos motivos para poner esos legajos a buen recaudo, para que no se perdieran.
—¿Pudiste verlos?
—Oh, sí.
—¿Y?
—Pues… aquí comienzan los problemas.
Se quitó las gafas, agachó la cabeza en su sillón y se frotó ambos lacrimales. Parecía muy cansado.
—La documentación es muy valiosa. Sitúa las andanzas de Cervantes en la época, aclara por fin las diferencias entre los dos Rodrigos familiares del escritor, y entre las cuatro Marías de Salazar, que han tenido locos a los investigadores durante siglos. Podría esclarecer mucho el árbol genealógico de don Miguel, pero sobre todo serviría para algo más valioso: arrojar luz sobre el proceso productivo del libro, sobre cómo se documentó el autor para localizar en La Mancha la novela y buscar costumbres y personajes.
—Caramba.
—Sí, es algo revolucionario. Por suerte o por desgracia, he sido el primero en verlos y analizarlos. Entre el vasto número de documentos, conté unos 1500, aparecieron unos listados parroquiales. No entendía qué hacían allí, mezclados con las típicas cédulas, cartas de pago, acreditaciones de hidalguía, cartas, etc. Mirando los nombres de natalicios y decesos me topé con algunas sorpresas. Teresa Cascajo. Sansón Carrasco. Marcela Guzmán. Simón García. Lope Tocho.
—Pero…
—Cervantes no se inventó esos personajes. Copió o robó o pidió prestado un registro eclesiástico y de ahí fue sacando los nombres para el libro. Supongo que para darle un halo de realidad añadida; como sabes, la lucha entre la fantasía y la certidumbre es uno de los ejes del relato quijotesco.
—Autoficción en el siglo XVII, ahí es nada.
—Hace poco sucedió algo parecido con Faulkner. Se descubrieron en manos de los descendientes de un amigo de Faulkner unos documentos, que contenían nombres luego utilizados por éste en sus novelas sureñas. Es curioso que Cervantes hiciera lo mismo tres siglos antes. El caso es que fue ahí, en esas listas ajadas y cubiertas de polvo, donde vi el nombre. Donde empezó el infierno.
—¿Qué nombre?
Se echó el pelo para atrás y dio un largo sorbo de vino.
—Esto requiere un rodeo.
—Tengo la tarde libre, por mí no te preocupes.
— “Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón! Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece”, dice don Quijote en el capítulo II de la primera parte. Poco antes aclara el narrador quién es esta Dulcinea:
Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla “Dulcinea del Toboso” porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (…)
—¿Encontraste alguno de esos nombres?
—No exactamente. Espera, no te precipites. Fíjate que el narrador dice que Alonso Quijano conoció, antes de volverse loco, a esta Aldonza, pero curiosamente no se atrevió a decirle nada, aunque estaba enamorado de ella. Tras la alienación y convertido en don Quijote, ya no duda ni un momento en hacer públicos y notorios sus sentimientos. En la segunda salida, cap. VII, se dice que “toda aquella noche no durmió don Quijote, pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados, entretenidos con las memorias de sus señoras”. Y en el capítulo noveno, fundamental porque es donde conocemos que la novela es un manuscrito encontrado, es precisamente una referencia a Dulcinea del Toboso, traducida por un “morisco aljamiado”, la que hace al narrador caer en la cuenta que esos papeles pueden contener la historia de Don Quijote. He aquí precisamente la parte que el morisco traduce en voz alta: “está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: ‘Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha'”.
—Menuda descripción.
—¿No parece una gentil y cumplida damisela, verdad?
—Más bien no.
—Sigamos. En la aventura de Sierra Morena, don Quijote es víctima de los celos y de la fatiga por la ausencia, y decide escribirle a su amada una carta para que Sancho Panza se la entregue en mano. También le escribe un poema. Y en el cap. XXV, encontramos esta importante descripción de Sancho Panza sobre la dama:
Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire. (…) Y confieso a vuestra merced una verdad, señor don Quijote: que hasta aquí he estado en una grande ignorancia, que pensaba bien y fielmente que la señora Dulcinea debía de ser alguna princesa de quien vuestra merced estaba enamorado, o alguna persona tal, que mereciese los ricos presentes que vuestra merced le ha enviado, así el del vizcaíno como el de los galeotes, y otros muchos que deben ser, según deben de ser muchas las vitorias que vuestra merced ha ganado y ganó en el tiempo que yo aún no era su escudero. Pero, bien considerado, ¿qué se le ha de dar a la señora Aldonza Lorenzo, digo, a la señora Dulcinea del Toboso, de que se le vayan a hincar de rodillas delante della los vencidos que vuestra merced le envía y ha de enviar? Porque podría ser que al tiempo que ellos llegasen estuviese ella rastrillando lino o trillando en las eras, y ellos se corriesen de verla, y ella se riese y enfadase del presente.
—En este pasaje –continuó emocionado Bartolo– “cortesana”, según Francisco Rico, bien puede entenderse como “prostituta”. Pero además, se nos dan algunas señales interesantes: la vida de Dulcinea está en las eras, rastrillando, constantemente anda todo el día al sol, es forzuda como un hombre, y es derecha y de pelo en pecho.
—Insisto, es la imagen más opuesta posible a una dama. Incluso parece basta para ser prostituta.
—En este y otros pasajes se advierte que Dulcinea hace la vida de campo, en igualdad de condiciones con los hombres, con lo cual estaba mucho en relación con ellos.
—Puede ser una forma oblicua de decir que era accesible, que su dedicación principal era ser meretriz y andaba todo el día enredando en el campo para buscar clientes entre los campesinos.
—Hum. Sigamos. En cierto momento, a Sancho le afecta tanto el desconsuelo de su señor, que promete a don Quijote “que le tengo que sacar la buena respuesta del estómago a coces y a bofetones”. En el capítulo XXX, Sancho confiesa no haberla visto, y luego corrige “que no la he visto tan despacio —dijo Sancho—, que pueda haber notado particularmente su hermosura y sus buenas partes punto por punto; pero así a bulto me parece bien”. Y claro, con Cervantes las palabras nunca son inocentes y los dobles sentidos están siempre presentes. Por si fuera poco, uno de los apócrifos “académicos de Argamasilla”, cerrando la primera parte, escribe un poema titulado In laudem Ducineae del Toboso , donde se la describe “de rostro amondongado” — “'disforme y en bultos', como las tripas (…) de un animal”, según la nota de Rico— y “ademán brioso”.
—No te sigo.
—Ya llegamos, voy acabando. El capítulo XXXI, donde Sancho le cuenta cómo le entregó la carta a Dulcinea, no tiene desperdicio. El escudero la describe como “un gran palmo” más alta que él, y la encuentra cribando trigo en el corral de su casa cuando llega con la carta de amor de don Quijote. Cuando el caballero le pregunta: “Sancho, una cosa: cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste un olor sabeo, una fragancia aromática y un no sé qué de bueno, que yo no acierto a darle nombre?”, aquél responde: “lo que sé decir –dijo Sancho– es que sentí un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa”. Pedidas explicaciones por don Quijote, que piensa que Sancho bien pudo confundirse con su propio olor, aclara el escudero: “todo puede ser –respondió Sancho– que muchas veces sale de mí aquel olor que entonces me pareció que salía de su merced de la señora Dulcinea; pero no hay que maravillarse, que un diablo parece a otro”.
—Hay que tener estómago para acostarse con una mujer así, la verdad.
—Releí todos estos pasajes a mi regreso. Cada línea referente a Dulcinea, cada hoja, me afianzaba más en mi primera intuición, la que tuve al mirar, alucinado, el registro de la parroquia manchega. Digo manchega porque supongo que debe tratarse de una iglesia de La Mancha; no había más que unos pliegos sueltos, mudos sobre su origen geográfico…
—Bartolo, lamento interrumpirte, pero lo que me has contado hasta ahora parece, sin ser filólogo, un descubrimiento mayúsculo, decisivo, no algo que pueda causarte problemas.
—… El caso es que apenas hay descripciones de Dulcinea que no apoyen mi hipótesis, que no den pie a un brutal replanteamiento del personaje y su tratamiento caracterológico hasta la fecha. Podría tener implicaciones también en el modo mismo de ver la novela, que pasaría a ser una obra descarada, con tintes picarescos y gamberroides. ¿Te das cuenta de la inversión del enfoque? Cervantes como un transgresor.
—No, no me doy cuenta porque no entiendo a dónde quieres ir a parar.
—Álvaro, ¡el registro estaba ordenado por el nombre de familia: el apellido, en primer lugar, y sólo después el nombre propio!
—…No tengo ni la menor idea de qué relación tiene eso con lo que estabas diciendo antes.
—¡Carrasco, Sansón; Cascajo, Teresa!
—¿Estás grabando esto con cámara oculta, o qué? ¿Es una broma?
—Y luego todo encaja: la fortaleza física de Dulcinea, su accesibilidad sexual sugerida, la notable altura, el olor masculino, la referencia a los bultos, las manos grandes, ¡el pelo en el pecho!
—… espera…
—Aldonza, Lorenzo.
—… entonces.
—En realidad la buena de Dulcinea era Lorenzo Aldonza, no Aldonza Lorenzo… Cervantes no hizo alteraciones en su transcripción del registro parroquial a la novela en los demás casos, pero aquí jugó con equívocos. Alonso Quijano se sintió atraído en silencio por esta persona, como quizá otros hombres, sin atreverse jamás a dar el paso como hidalgo de buen nombre que era. Pero el trastorno mental le permite dar rienda suelta a su fantasía, libera sus pulsiones y le permite convertir a Aldonza en una figura femenina ideal, superando sus particularidades: “píntola en mi imaginación como la deseo”… Dejó el nombre tal cual, dando la pista de que la locura era una inversión, un trastoque total del buen juicio de Alonso Quijano. Sancho es tan simple que no se da cuenta de la verdad, o quizá prefiere seguirle la corriente al caballero lanzándole indirectas.
—Dulcinea era un travestido…
—Sí… “la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos”, capítulo XVI. Y la bella historia de amor puro y asexuado de la que hablan aquellos entrañables viejecitos que estudiaban el Quijote no era más que una pasión inconfesable, escondida, oculta.
—Vaya.
—Sí, vaya.
—Ahora entiendo la dimensión del hecho. ¿Qué vas a hacer?
Bartolo volvió a quitarse las gafas. Miró forzando la vista hacia la ventana, hacia el parque que atardecía, hacia pájaros lejanos. Limpió las lentes muy despacio, tornando la vista hacia mí con fijeza.
—Escribir el artículo.
—Bien. Creo que es lo que tienes que hacer.
—Y firmarlo y publicarlo después con tu nombre.
—… ¿c… cómo?
—Acto seguido, contestaré de forma inmediata a tu texto con otro mío que reconozca la veracidad de los hechos así como la fiabilidad ecdótica de los textos aportados, criticando empero tu bárbara interpretación de los mismos.
—Todo el mundo sabrá que estás tú detrás desde el principio. Nadie puede creerse que yo, con tres o cuatro artículos publicados sobre arquitectura, pueda hacer un estudio filológico serio.
—Ya. Esa es justo la idea.
—Ah, ya lo veo... Tú te presentas ante la academia como el erudito riguroso que avala la consistencia de la investigación, como el primer filólogo que cataloga los documentos, y al mismo tiempo tu figura queda para la leyenda como aquel que utilizó el procedimiento…
—…cervantino…
—…de la transmisión…
—…a través de otro.
—Pero entonces, ¿por qué estás preocupado? La jugada es maestra.
—Porque tú puedes decir no.
—En efecto.
—¿Y qué dices?
Me acerqué a la ventana y vi varias palomas cruzando la pantalla naranja de las nubes. En el cristal vi reflejado a mi amigo, sentado en su sillón, con las manos cruzadas, sin poder disimular su nerviosismo. Su pierna derecha temblaba levemente. Volví a mirar las nubes filtrando radiación, refractando las partículas de luz sobre la atmósfera. Me giré y miré a Bartolo con solemnidad.
—Vale.
De la antología La banda de los corazones sucios [El Cuervo; Baladí, 2010] © Vicente Luis Mora
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