Miriam Mabel Martínez

 

México, 1971. Es autora del libro de crónicas Cómo destruir Nueva York, publicado por la Dirección de Publicaciones de CONACULTA, bajo el sello Bermejo, y del libro infantil Silvestre Revueltas: el paisajista de la música. Es coordinadora editorial de la revista NatGeo Traveler en español y ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores del FONCA. En 2002 obtuvo una residencia artística en el Writers Room de Nueva York y en 2001 en Vermont Studio Center, EE.UU. Actualmente realiza una residencia artística de tres meses en Dinamarca. Muy pronto sigue sus Diarios daneses en http://laloncheria.com

 
 
 
   
 
   

 

El hacedor de mapas

 

La primera vez que contemplé a Ana desnuda, más que la madurez de sus caderas (digo madurez porque es el único adjetivo que se me ocurre. No, quizá es el más apropiado. ¿Cuál podría abarcar ese color, esa textura, ese sabor? ¿Cuál sintetizaría el trazo, la línea definida, el volumen? ¿Cuál?) me llamó la atención la historia contenida entre un extremo y otro, como si ahí existiera una ciudad. Sí. Una población con edificios, calles y avenidas. Me pareció ver hombres y mujeres deambulando. Una ciudad entera contenida en menos de 95 centímetros de área. ¡Qué lugar!

Si empecé a besar su pubis fue más por curiosidad que por deseo. Quería escuchar lo que aquellos inquilinos decían. Sus pasos me condujeron a la plaza mayor. A partir de ese momento su pubis fue una catedral (un altar frente al cual rezo a diario). Mientras mis manos apretaban sus nalgas, descubrí el ruido característico de las urbes, intuí hombres trabajando, niños jugando fútbol, autos atorados en el tráfico de algún periférico, ladrones, violinistas, albañiles y cerca del hueso derecho me pareció ver a un hombre pintando. Succioné hasta dejar una marca, Ana no se quejó. La mordí para que aquel pintor volviera la vista hacia mí. Lo único que logré fue que me dejara observar el cuadro. Grande fue la sorpresa al ver en el lienzo un mapa compuesto por los miembros del cuerpo de una mujer y en la esquina inferior izquierda mi nombre: Carlos Pineda.

Dejé las caricias y la tumbé en la cama. No podía esperar. La penetré. Debió pensar que “me comportaba como todos los hombres” (eso suele decir Marta). En realidad no estaba muy equivocada. No sé si todos los hombres actuamos igual, pero yo me guío por el olor (“se llama feromona, animal”, dice Marta) y por la figura. No busco cuerpos perfectos ni mujeres de formas abundantes, lo que me interesa es el trazo de la anatomía. Me gustan los cuerpos que dejan entrever el esqueleto, no las flacas, sino esas que muestran su memoria en los movimientos; las que al caminar narran. Las que tienen amarrado el mundo a la cintura. Y Ana lo tenía.

Se me antojó desde que la miré en la taquilla del cine. No recuerdo el nombre de la película, el director era un albanés o un macedonio, de esos cineastas que uno está comprometido a conocer según las pautas sociales. Ana entró sola a la función. Me senté en la fila posterior a ella. No me importó no verle las piernas ni la cara, me conformé con olerla y ver sus hombros. No atendí a la película, me limité a recrear la propia a partir de la caída de su cabellera sobre la espalda. Cuando prendieron la luz estaba convencido de que deseaba a esa mujer; no se trataba de un antojo, simplemente quería verla desnuda, más que cogérmela aspiraba a mirar esas caderas que, a pesar de los pantalones, prometían ser un monumento. Nunca pensé que una ciudad.

Siempre he creído que el cuerpo es una respuesta a las “estrategias” adoptadas por cada individuo para sobrevivir. Una conjunción entre pensamiento y acción que se transforman movimiento tras movimiento y que cambian dependiendo de la mirada. Tal vez mi formación académica me ha llevado a afirmar que la historia del cuerpo no es la narración de lo que representa sino el relato de su construcción. A lo mejor mi educación emocional me obliga a creer que el cuerpo es una entidad con historia. No se trata de crecimiento, de envejecer; va más allá de lo que somos capaces de recordar. El cuerpo es memoria, no hay espacio para el olvido, aunque tampoco me refiero al tiempo, mucho menos a la cronología. Más que una cuestión de números y horas, se trata de un registro; tal como sucede en las ciudades donde las arquitecturas se mezclan y la gente cuenta historias de otros que nunca conocieron. Uno camina con la certeza de transitar otros tiempos, las calles están pavimentadas de recuerdos, en las esquinas se unen nombres y los mapas son la recopilación de metros cuadrados de siglos.

Imagino que las manos, las rodillas, la barba, el talón... son dibujos. Mi apreciación del mundo es visual; más que por la palabra, profeso adoración por la imagen y su discurso implícito. Síntesis de lo que sucede o inicio de lo que pasará (así son sus caderas).

Cuerpos moviéndose en ciudades. Ciudades móviles en cuerpos. Conglomeraciones. Cuerpos y planos. Huesos y vías de trenes. Venas y calles. Cruces e intestinos. Puentes y arterias.

Desde aquella primera vez que la contemplé desnuda he querido dibujarla. Ya no pinto. La pintura no me sacia, ahora he regresado al dibujo. El color vendrá después o no. Por el momento me basta con el lápiz. No comprendo qué es más fuerte, si el deseo de hacer el amor con ella o el de trazarla.

Salgo a la calle en busca de otros cuerpos que me acerquen al de Ana. Aproximaciones que me ayuden a percibir el significado de su silueta. Comparo uno y otro y todos los que miro, hago bocetos, rayones sin forma, copias solamente. Rostros planos ¿Quién puede poseer volumen si no es capaz de relatar sus años, si su cuerpo no es un sitio habitable, ni siquiera un desierto?

Cada vez que la toco descubro una región nueva. El placer que me provocan estos hallazgos me hace un mejor amante. Como si la incapacidad de dibujarla fuera proporcional a la excitación que me despierta. Poco a poco he recorrido las diversas áreas: norte, sur, oriente, poniente y sus combinaciones. Ella una estrella polar y sus caderas el centro.

Cuando la acaricio me parece que deambulo en una ciudad desconocida. Me gusta apretarle los pezones tanto como visitar templos. Cuando beso su espalda, siento que manejo por un periférico. Me dejo conducir por el instinto, de igual manera ando por mi barrio. Soy un vago.

Ana es una ciudad. Su cuerpo es un mapa. Yo, desde aquella primera vez, soy apenas un modesto hacedor de mapas.

 


De la novela inédita El hacedor de mapas © Miriam Mabel Martínez