
Apartarme de mí
“Quentin Tarantino is interested in watching somebody's ear getting cut off; David Lynch is interested in the ear.”
David Foster Wallace
LE SALÍA UN BROTE DE LA OREJA. Dos pequeñas hojas casi transparentes y un delgado tallo que se enroscaba hacia el interior del oído. Pasaba totalmente desapercibido tras el trago y la melena del niño. Quizás por eso nadie lo había visto hasta que su padre lo descubrió al regañarle por no querer comerse la sopa. Al ver la planta dejó caer la cuchara dentro del plato sin preocuparse por las salpicaduras en el mantel y se lanzó a arrancarla de la cabeza de su hijo. La madre lo detuvo agarrándole del brazo y sugirió acudir al médico para solucionar aquello. Mejor que estas cosas las hagan los profesionales, le dijo a su marido para convencerlo. El padre aceptó la propuesta a regañadientes. Mientras ocupaba de nuevo su silla masculló que si la idea era contar con un profesional mejor sería llamar a un jardinero. Nadie le preguntó nada al niño y eso le tranquilizó, porque él tampoco tenía ninguna explicación para lo que sucedía. La madre le apartó unos mechones para observar con detenimiento la oreja y el brote antes de preguntarle preocupada si le dolía. Como dijo que no los padres decidieron terminar la comida sin prisas y dejar la visita al doctor para primera hora de la tarde.
SE LO DIRÍA ESA MISMA NOCHE, durante la cena. Ella misma fue la primera sorprendida de haber tomado esa decisión, sobre todo porque no creía estar pensando en ese asunto cuando determinó resolver ese problema que llevaba arrastrando tanto tiempo. La jornada se presentaba como una inagotable cuesta arriba en la que se enlazarían respuestas a correos electrónicos pendientes, llamadas destinadas a solventar asuntos irresolubles e, incluso, alguna reunión destinada a ser tan poco fructífera que parecía un desperdicio de tiempo el mero hecho de levantarse de su puesto de trabajo para dirigirse a la sala de juntas. Todo eso ocupaba su cabeza como una losa insoportable desde antes incluso de haber llegado a la oficina, desde que abrió los ojos al despertarse. Pero, en lugar de quitarse de encima esas cuestiones más inmediatas, su intuición parecía haberle indicado la verdadera solución a sus problemas: confesar, sacarse de una vez por todo aquello de dentro para poder vivir con menos peso encima. De ese modo sí que podría centrarse en las ocupaciones laborales. Bastó decidirse para que todo pareciera mucho más sencillo. Ahora los mails por escribir parecían más un hobby que otra cosa, las conferencias telefónicas un agradable modo de ponerse al tanto de la vida de esos compañeros que vivían en otras ciudades, la sala de juntas el espacio de encuentro con los que tenía más cerca, en los despachos de alrededor, un lugar donde tener una divertida charla si tener que salir a la calle a buscar un café. La mañana era, de repente, luminosa. Y no de modo figurado, las nubes que hasta hacía unos instantes ensombrecían los edificios para darle a la panorámica que veía desde su escritorio un aire gris y desolado se habían apartado hasta dejar pasar unos rayos de sol que refulgían en los muros cortina del complejo de oficinas. Las dudas que la habían angustiado durante una larga temporada se disolvieron. Imaginó una de las escenas de los dibujos animados en las que alguno de los personajes se va envolviendo en la nieve al rodar montaña abajo. La enorme bola que ha ido formando en torno suyo llega a aprisionarle hasta que choca contra una roca que la hace pedazos. El personaje aparece en esas películas siempre aturdido, sí, por el golpe, pero, más importante aún, liberado. Así se sentía ella ahora. Por eso salió a la calle con la idea de tomarse un café, porque tal vez así el mareo se le pasaría.
ALLÍ DENTRO ESTABA EL MAR. Se lo habían explicado muchas veces y, aunque no terminaba de entenderlo, podía comprobar que era cierto del modo más sencillo: bastaba con acercársela a la oreja y podía escucharlo. La caracola había estado desde siempre sobre el televisor del salón y era idéntica a otra que decoraba el mueble del salón en casa de la abuela. Nunca le habían llamado la atención hasta que un día le invitaron a que se la acercara al oído y le explicaron que eso que oía era el mar. Él no podía contrastar si era cierto, porque todavía no lo conocía. Le había sorprendido, eso sí, que algo tan grande pudiera guardarse en algo tan pequeño. La caracola era, sí, tan grande como su cabeza, pero el mar era mucho mayor, era enorme. O al menos así se lo imaginaba por las fotos, por las series, por las películas donde lo había visto hasta entonces. Su madre no le explicó como lo habían metido allí cuando le preguntó, tan sólo que ese era el sonido de las olas al romper cerca de la orilla. Lo que se escuchaba al ser acariciado por la brisa de la playa. Se hizo a la idea de que así sonaba el mar y, como en otras ocasiones, creyó a su madre sin cuestionarla. Cuando los compañeros de clase, en los primeros días del curso a la vuelta del veraneo le decían que ellos habían pasado sus vacaciones en la playa, él les hablaba del rumor de las olas, del placer de escucharlo mientras uno se dejaba acariciar por el viento fresco en la arena. Sus amigos le daban la razón y eso le hizo comprender que su madre no le había mentido. Jamás, eso sí, les habló de la caracola, ni de los meses estivales pasados en la ciudad año tras año. Porque él no conocía aún el mar. Pese a que en su familia existía la costumbre de tenerlo guardado en caracolas que decoraban la sala de estar.
© Antonio Jiménez Morato
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