Juan Manuel Candal

 

Argentina, 1976. Es editor del área de Literatura del portal Leedor.com, además de colaborar con reseñas literaria y entrevistas para otros medios. Desde el 2010, co-dirige la revista literaria online Otro Cielo. También ha publicado cuentos en Revista Próxima, Esto no es una revista literaria, Axxon, Revista Narrativas, La comunidad inconfesable, Revista Pasajes, Otro cielo y ahora, en Los Noveles. Ha participado en antologías de cuento y dirige la editorial “under” Reina Negra, a través de la cual publicará hacia fines de año su segundo volumen de cuentos, Siempre tendremos Venezuela. Para el año que viene, está prevista la publicación de su primera novela a través de la Editorial Estuario.

 
 
   
 
   

 

Astronauta de tierra firme

 

Arriba hay un tipo que se la pasa viendo porno. En serio. Se lo escucha a través del patio. Vive en planta alta, y nunca cierra la ventana. De repente, una serie de gemidos aparecen de la nada, a cualquier hora, a veces a media tarde, otras durante la cena. Más de una vez en plena madrugada.

Por suerte ahora Alejandra no está. A ella le impresiona mucho que el tipo de arriba (sabemos que es médico, le calculamos unos cincuenta años bien llevados, usa el pelo corto, es entrecano, siempre va bien vestido y tiene algo en la mirada que me hace pensar en los veteranos de Malvinas) se la pase dándole al porno todo el día. Sabemos que es o bien soltero o divorciado; tiene un hijo que cada tanto lo visita, por lo que tendemos a pensar que probablemente sea lo segundo. A mí no me impresiona que el doctor se la pase mirando porno, me impresiona el volumen con el que lo hace. Me lo he cruzado varias veces en la puerta: el tipo no es sordo, escucha perfectamente. Y, sin embargo, lo pone tan fuerte que parece que estuvieran cogiendo acá en casa, en el cuarto de invitados.

La primera vez Alejandra estaba durmiendo. Yo estaba en la computadora, tomando notas para una novela. La intriga, los personajes, algo de todo eso (ahora no me acuerdo con exactitud) no andaba bien y en la quietud de mi estudio decidí deslizarme contra el respaldo reclinable mientras el soundtrack de 2001: Odisea del espacio dispersaba cósmicas melodías de chelo que con tenue melancolía me recordaban a esos hombres suspendidos en la negrura infinita, trajes blancos y cascos herméticos en lenta danza con el universo. Empezaba a encontrar algún hilo, alguna pincelada a la que aferrarme para dar el salto de fe y poder volver al obstáculo cuando la puerta se abrió de repente y escuché la voz quejumbrosa y grave de Alejandra, tronando entre galaxias y astronautas de tierra firme.

— ¿Podés poner más bajo?

Lo primero que hice fue mirar los parlantes de la computadora. Por puro reflejo. Cuando reescribo la tensión propia de la lectura crítica necesita silencio; pero aún cuando escribo, suelo poner la música apenas audible, para crear un clima, un entorno. Me quedé perplejo.

— Pero si apenas se escucha — dije, socarrón, cuando vi que se me acusaba en falso. Ella había vuelto a la habitación.

Un rato después se repitió la escena.

Cuando volvió a abrir la puerta, con odio, yo ya no estaba escuchando nada. Le dije que seguro estaba soñando.

— ¿Y esos gemidos qué son?

¿Gemidos? Pero sí, de repente, empecé a oír. Muy lejano, casi como aquellos dos astronautas. A mi estudio, cerrado herméticamente en pleno invierno, apenas llegaba un eco distante. Fuimos a la habitación —que da al patio mediante una puertaventana— y ahí los gemidos se escuchaban presentes y saludables. Mi novia no sentía curiosidad, tan sólo estaba irritada: quería dormir. Increíblemente, los dos pensamos que se trataba de una performance casi virtuosa (e impúdica) de nuestro vecino el doctor. Lo que hizo que yo descartara esta última opción a medida que la cosa empezaba a repetirse, fue:

Primero: demasiado volumen.

Segundo: el sonido llegaba encajonado, chato.

Tercero: había una especie de loop que siempre sonaba igual. Yo tengo oído musical y me resulta muy fácil encontrar esas repeticiones como cadencias. De repente los uh-ahhh-uhh empezaban a caer en patrones previsibles y repetitivos.

Al final, ni ella ni yo hicimos nada. Yo sabía que si lo encaraba, el tipo iba a contestar que nosotros poníamos la tele muy fuerte, o las películas. Y tendría razón. Mejor no entrar en esas disputas.

Poco después, Alejandra me dijo un día que se iba a poner las tetas.

— Me siento lista. Es mi momento.

Yo permanecí con mi tostada mordida en el aire, incrédulo de lo que escuchaba.

— Pero así estás bien — no mentía. No tenía tetas de calendario, pero estaba bien provista; yo, al menos, no tenía quejas.

— Pero yo no me siento bien así —respondió y enseguida me aclaró que contaba con la bendición de su muy católica familia—. Necesito que me apoyes en esto, aunque no estés de acuerdo.

Y ahí va un servidor, con la cabeza gacha y sin convicción alguna: acepta lo que siempre le pareció inaceptable. Supongo que si hubiera sabido entonces que esa operación se comería todos nuestros ahorros (yo escribo, yo edito, yo trabajo; el dinero lo administra Alejandra), hubiera argumentado más y en otros términos, pero ya se sabe cómo manejan estas cosas las mujeres: primero iba a ser una cifra aceptable, luego resultaba que era un poco más, pero vos no te preocupes, luego el doble pero ya tengo turno y pagué el adelanto.

Así que cuando Alejandra se operó, lo hizo en una clínica de primera línea y después se fue a pasar unos días bajo los cuidados de su muy católica familia.

— No es capricho, es que necesita la asepsia — decía su madre, que llevaba en la mano un rosario y tenía colgando en la habitación un fálico crucifijo de proporciones ligeramente monstruosas. Gustaba de llevar su smartphone en el corpiño.

No se puede discutir con una suegra si el objeto de discusión no tiene palabra, así que durante aquellas noches que pasé solo en casa aproveché para quedarme leyendo hasta tarde. Al menos nadie se quejaba por el velador prendido. Y, por supuesto, tuve la compañía de mi amigo. Ya la primera noche, promediando las tres de la mañana, mi lectura se vio interrumpida por la novia virtual del doctor. Lo mismo sucedió la noche siguiente. Al principio me había parecido gracioso, pero hay que estar leyendo uno de esos cuentos largos y delirantes de Fogwill y que te interrumpan a todo volumen una y otra vez. No hay concentración que aguante, y así los Cuentos completos quedaron en suspenso sobre la mesa de luz.

Cuando Alejandra volvió a casa, por un tiempo estuvo en reposo. Se levantaba para ir a su trabajo —vender ropa de marca y estar detrás de un mostrador ocho horas—. Pero ojo que se me ocurriera a mí ya no digo meter mano en su renovada pechuga pseudobiónica, sino siquiera darle un beso. Parecía que hubiera vuelto de uno de esos Jesus Camps que aparecen en los documentales y no de un posoperatorio.

Primero fueron días, y uno piensa que es la adaptación, aunque adaptación a qué, nunca hubiera podido explicarlo. Luego fueron semanas. Finalmente pasamos el mes. Alejandra se paraba frente a todos los espejos de la casa para verse, de frente y de perfil. Se ponía remeras, remeritas, andaba de corpiño, camisas y blusas. Después venía y me preguntaba qué me parecía. Yo, sin mucho entusiasmo, respondía que me parecía bien.

— ¿Pero te gusta cómo me quedaron?

— Sí, sí…

¿Y qué le iba a decir? ¡Ni siquiera la había tocado en cinco semanas! Se la pasaba sacándose fotos con el celular y bajándolas a la computadora para analizar cuidadosamente cómo se veía. Después me llamaba y me mostraba las fotos. A menudo me contaba que su muy católica familia veía un cambio muy para mejor.

Las tetas operadas dejan de ser parte del cuerpo para volverse lenguaje. Se puso las tetas, dicen en cualquier barrio, y está claro que antes de que la cirugía existiese, a nadie se le hubiera ocurrido decir semejante sinsentido. Pero si alguien se puede poner las tetas, de repente suena como cuando uno encastra dos piezas de Lego, o está armando un avión a escala. Ahí, ponele las tetas, al lado de las turbinas.

Por un tiempo, y contra todo pronóstico, Alejandra se volvió menos sexual. Se había convertido en algo que era para ver, no para tocar con delirio. Y le encantaba ser mirada, ahora que, según ella, tenía con qué. Pero, cada vez más tácitamente se volvió palpable que de coger, ni hablar.

Una tarde, cuando iba a darme una ducha, se me ocurrió seguir el consejo de un amigo y depilarme la zona púbica. El argumento de mi amigo es que si todos los actores porno lo hacen, por algo es. Y tiene razón: ayuda a que se note el verdadero tamaño del miembro y por otro lado, es más higiénico. Se venía el calorcito, y mejor evitar los olores que ya todos conocemos.

Me pasé la afeitadora eléctrica por esos pliegues tan problemáticos con destreza. A decir verdad, ya lo había intentado un par de años atrás, con mediano éxito. Pero esta vez decidí tomarme mi tiempo y pasar el cortapatillas muy delicadamente por la piel más sensible, aprovechando para descubrir los caminos que las venitas recorren por esas pampas. Hasta que en un mal movimiento, ¡zas!, dolor repentino, ardoroso, alarmante. Me miré y, en efecto, tenía una manchita de sangre alrededor de un punto a medio camino entre la base y el glande cubierto.

Esa noche, me fui a acostar sin calzoncillos, con unos pantalones sueltos que igualmente cada tanto rozaban la herida y me devolvían una puntada de dolor. Alejandra descansaba boca arriba, probablemente dormida, con las tetas paradas y atentas, como dos centinelas de la noche célibe.

Mientras me iba durmiendo (con las piernas bien separadas para evitar fricciones) me pregunté cuál sería la realpolitik del amor, y quién compilaría alguna vez la lista de analogías. Un rato después la casa se inundó de los gemidos del porno barato que embelesa al vecino.

 

Cuento inédito © Juan Manuel Candal