
Ternura
Los ojos de una vaca. Sus pestañas, más bien. Enormes. Catorce vacas muertas, bajo un árbol calcinado y partido, un rayo que cayó del cielo. Lo miraba con asombro. Pero volvía a la tierra cuando reconocía en su ropa el perfume dulzón y barato de mujer que se le había impregnado en la suéter y el pantalón a partir del restriegue, como el olor del diesel que movía el motor del carro que lo trajo a esa escena, la de las vacas muertas. La misma ropa, porque había entrado al servicio sin dormir la noche anterior. El dueño no llora, pero lamenta mucho lo que pasó con sus vacas. Qué más da, nada se puede hacer. Se toma nota del hecho, se hace el parte, y ya. No descansar antes de entrar al servicio no fue una buena idea, pero el mundo no vive de las buenas ideas y se conforma con las mediocres, que son las que le dan forma real. Hubiera preferido que fueran cuatreros, por lo menos tendría a quién culpar. Asintió a las palabras del dueño. Le dejó su tarjeta por si de algo servía. ¿Lecheras o de carne? El otro le devolvió una mirada que lo acusaba de imbécil. Como la que él le había dirigido horas atrás a aquella mujer en el night club. ¿Qué clase de bailarina hace privados pero no coge? Digo, ¿cómo se gana la vida? Bien había dicho que tenía un hijo, Sebas, de tres años. Que venía del pueblo, como al pueblo había ido él hoy a atender lo de las vacas. ¿Cómo llevaba comida a su mesa si no cogía? En todo caso, las erecciones se le comenzaban a hacer difíciles, como la ternura. Por eso los ojos de las vacas muertas. Los ojos cerrados y las grandes pestañas. Olor a chamuscado por doquier. Pero también ternura en los terneros que quedaron con vida. Esos que seguían hartando pasto. Como estaba él hartando licor. Lo más triste es que lo reconocía: estaba bebiendo mucho, muchísimo. Un alcohólico, qué clásico. Pero las estadísticas demuestran que hay muchos como él, ahí desaparece el romanticismo; así como las estadísticas también indican que hay muchas prostitutas, lo dice el censo que da fe de que casi todas se mantienen sanas. Son menos las cifras de vacas muertas por rayos, en realidad son más comunes los cuatreros. Por eso había pedido su traslado a la sección de seguros de cosechas, ahí solo se lidiaba con las tierras secas o inundadas y con los campesinos llorones, pero no con los animales muertos. Estaba bebiendo mucho. ¿Y se puede usar esa carne? Siguió el acoso al dueño mientras se restregaba los ojos por el cansancio. Va a llover, será mejor que se vaya. Se había servido unos tragos enormes que cada vez le provocaban menos, por eso sabía que estaba tomando mucho. Eso tal vez tendría algún tipo de causalidad o por lo menos correlación con la pérdida de sus erecciones. Quizá. En el fondo, él solo quería recobrar algo de su ternura, sentirse como cuando vio a las vacas bajo el árbol caído. Pero ya lo estaban echando de ese lugar. Volvería el olor a diesel. El dueño pasaba su mano sobre la giba de uno de los animales muertos. Hizo un intento más por consolarlo, por ser fraterno con él, y recobrar así la ternura y tal vez hasta sus erecciones. Pero el olor del diesel lo acompañaba, junto al perfume barato, en su regreso a la ciudad.
Cuento inédito © Carlos Alvarado Quesada
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