
Abominable mujer del cuento
Cuando Cecilia Eudave hacía el doctorado en Francia tenía treinta años, estudiaba por las mañanas y, por las tardes, escribía cuentos. Escribía cuentos de regalo. No escribía con intención de, escribía con intención. Trabajaba y, sólo cuando terminaba sus tareas, escribía historias. Se hacía ese regalo a sí misma, “pero no lo hacía si no avanzaba antes en mi trabajo académico, para así obligarme un poco”, dice ahora.
Aquello fue en 2000, Cecilia ya había escrito Técnicamente humanos en 1996, un libro que se acaba de volver a editar, Técnicamente humanos y otras historias extraviadas, y reúne su primera incursión y otros cuentos que la autora ha conseguido seleccionar de entre sus amigos. Si Cecilia escribe de regalo esos cuentos deben ser buenos amigos. Le encantan los objetos y a mí sus cuentos me parecen muñecos. Dice que existe un tipo de libro “que entra en las casas”, pero no me dice si los suyos son de ésos.

Escribir que entra en los ojos sería un pleonasmo, pero es que Cecilia tiene un cuento genial que se llama El oculista, donde un ojo ve lo que tiene que ver y el otro ve la vida de otra persona. Y la primera historia de Técnicamente humanos tiene ya lo mejor de Cecilia, y no sé lo que es, pero sí sé el resultado: precioso y compacto. No es más de lo que debería ser, no se alarga. Ese primer cuento de Técnicamente humanos se titula El canibalismo de los objetos y, en tanto que breve y hermoso, dan ganas de olvidarse de escribir esta terapia musical y estamparlo en esta página. Para que todos lo vieran.*
Me permito cierta intimidad porque Cecilia y yo nos hemos escrito cartas. Es una escritora mexicana y yo vivo en Madrid. Le envié un email, respondió, envié otro y me mandó por correo ordinario (¡¡¡ordinario!!!) su novela Bestiaria vida, con la que ganó el Premio Juan García Ponce. Luego me mandó la nueva edición de Técnicamente humanos, después nos atravesó la Navidad y el libro debió perderse; no llegó. Tenemos un objeto perdido, Cecilia. Hace tres o cuatro días lo recibí en pdf, le costó soltarlo, debió verlo desprotegido de tan intangible. 
A mí me gusta escribir sobre lo que observo de cerca, sobre lo que la gente dice y luego no hace, sobre las pequeñas desgracias que en su interior son inmensas y luego se convierten en advertencias y razones de vida o de muerte. Me gusta escribir sobre el vecino, sobre el amigo, el conocido o el hermano que de pronto sin darse cuenta en ese vivir constante detona en mí historias extraordinarias que van cobrando forma; una risa, un comentario a medias, una nota en el periódico, un simple saludo o una conversación pescada en algún café son tan interesantes también y merecen ser contadas. No sólo duele la hambruna en Etiopia, no sólo es interesante la reescritura de un momento en el contexto del 68, o lo que se dijeron o no las reinas de Tombuctú. También la tristeza o la histeria de alguien que se levanta por la mañana y ha notado que olvidó comprar el té para el desayuno puede dar pie a toda una tragedia que involucre al mundo. 
*OBJETO DE REGALO:
El cepillo de dientes dio la primera mordida. Sí, lo recuerdo bien pese a que el cerebro ya muestra signos de acabamiento, por darle un nombre a esto de perder la cabeza por el sombrero. Me cepillaba los dientes cuando note la sangre y un ligero dolor en las encías, después, como no era de esperarse, la caída de los colmillos, las muelas, hasta quedar sin ningún vestigio blanco. Yo no comprendía entonces qué estaba pasando, atribuí el incidente a la falta de calcio, o alguna enfermedad de esas creadas (?) por encargo científico y que uno contrae sin darse por enterado. Compré -no era cosa de desesperarse- mi dentadura postiza y listo. Gran error, pero en fin, ya contaré cómo la ingrata me acabó las encías, si hay recuerdo, pues la pluma con la que escribo ya empieza a morderme.
© Rebeca Yanke
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