
El libro en el territorio del libre mercado

El Tío*, que desde hace tiempo me consideraba uno de sus mejores escribanos, al verme alicaído y volando bajo, me planteó conversar seriamentre sobre mi situación de escritor marginal. Le acepté el reto sin objeciones, más por la curiosidad de conocer sus puntos de vista que por estar dispuesto a mover un dedo para mejorar mi condición de vida y convertir mi vocación literaria en una maquinaria de producción y acumulación de capitales. Me senté en la silla de siempre, los codos apoyados sobre la mesa y las manos cruzadas debajo del mentón. El Tío me envolvió con su aliento y su mirada, como cada vez que tenía algo importante que decirme. Sacó un cigarrillo de la cajetilla que estaba más cerca de su trono y lo encendió con el mechero metálico, que le regalé la última vez que vendí varios ejemplares de mis “Cuentos de la mina”.
–Los escritores como tú, dedicados en cuerpo y alma a su oficio, no tienen por qué ser unos muertos de hambre –dijo de manera rotunda. Lanzó una bocanada de humo sobre mi cabeza y prosiguió–: Lo aconsejable sería que, con la misma pasión con que escriben, sean capaces de comercializar su literatura en el territorio del libre mercado, allí donde se dan cita los verdaderos actores de la oferta y la demanda, allí donde se vende y se compra o se permutan bienes y servicios. Sólo así sus libros dejarían de estar en el depósito de una imprenta como pancitos que no se venden.
Las palabras del Tío me sonaron a cantaleta de negociante. Y aunque sabía que él era el dueño absoluto de las riquezas minerales, desconocía que tuviera alma de capitalista. Sin embargo, para cerciorarme que todo lo que acababa de oír tenía relación con la mala racha que estaba pasando como escritor marginal, le dije rapidito y sin pensar dos veces:
–Quieres decir que los escritores marginales como yo, que viven aferrados a la ilusión de que la gran literatura no es aquella que se vende como pan caliente después de un flash publicitario, sino aquella otra que circula de mano en mano, sin llamar la atención de los “críticos” ni ocupar espacios en la prensa, están rejodidos, ¿verdad?
–Ni más ni menos. ¡Están rejodidos! –gruñó con un aire malhumorado–. No basta con crear cada vez más y mejor, ni ser el mago de la palabra escrita, capaz de sacar obras hasta por las mangas de la camisa. De lo que se trata es de estar allí donde te llaman y también allí donde no te llaman. El escritor no debe ser un anacoreta, un tipo excéntrico que vive encerrado entre las cuatro paredes de su escritorio, construyendo su propio mundo con un material versátil como es la fantasía; por el contrario, debe estar presente en todas las manifestaciones sociales del hombre. El escritor debe marcar ciertas pautas para encaminar la conducta humana en la sociedad, como Satanás marca las pautas de los condenados al infierno.
–No creo en los escritores con fama ni leo a los autores fabricados por las editoriales o paridos por las empresas publicitarias –dije rotundamente–. Sigo apostando por los escritores marginales que circulan de boca a oreja, por ésos que escriben por necesidad existencial y han convertido la escritura en un oficio digno, aunque no siempre en una actividad redituable.
–¡Macanas! ¡Esas son puras macanas! –reaccionó el Tío–. Si el escritor quiere vivir de su trabajo tiene que aceptar las condiciones que le imponen las editoriales, aun sabiendo que no todo lo comercial es bueno ni todo lo bueno es comercial.
–Es cierto –corroboré–. A veces se vende basura a nombre de literatura. De todos modos, sigo convencido de que los verdaderos escritores, que escriben a espaldas de la fama y el dinero, crean sus obras al margen de las exigencias de las editoriales comerciales, y es muy probable que éstos sean los únicos que se impondrán sobre el tiempo y el olvido, y no necesariamente porque fueron galardonados en vida ni alcanzaron el limbo de la fama, sino porque los lectores los mantendrán vivos gracias al mensaje indispensable que encierran sus obras. Pero éste es otro tema, harina de otro costal. Lo que ahora nos interesa es dejar constancia de que el escritor tiene derecho a vivir del fruto de su trabajo, como cualquiera hijo de Dios que se gana el pan con el sudor de la frente. ¿Pero qué hacer para que esto sea una realidad y no un mero enunciado lírico?
–Para empezar, los escritores tienen que aprender a defender sus derechos como los sindicalistas mineros. Es la única forma de reivindicarse. Si no se organizan, seguirán siendo escribanos a tiempo completo pero sin obtener un salario justo. Seguirán viviendo para la literatura, pero no de la literatura. Les pasará lo que te pasa a ti, que a veces no tienes un centavo para invitarme un cigarrillo ni una botellita de aguardiente. Eres pobre, pobre...
–Un pobre cojudo –repuse– ¡¿Y qué diablos quieres que haga?! Si los editores son como sanguijuelas que viven a costa de los escritores, así las organizaciones que protegen los derechos del escritor digan que es responsabilidad de los editores garantizar que el autor reciba una parte justa de los ingresos generados por sus obras.
–¡Ah! –musitó el Tío, pensativo. Después se señaló la sien con la pezuña izquierda y añadió–: Como ya te lo dije, los escritores, para que puedan vivir del fruto de su trabajo intelectual, tienen que conquistar sus derechos junto a las instituciones que promueven el universo de la lectura y la escritura. No es justo que el autor, siendo el protagonista principal del libro, sea el más pobre en el mundo editorial y la víctima principal de la “puta piratería”.
El Tío, como ya lo han comprobado en otras ocasiones, estaba muy bien informado sobre los tejemanejes concernientes al reino de los vivos y conocía al dedillo las leyes de la oferta y la demanda. La piratería es, en efecto, un problema con mayúsculas. Por eso mismo, mientras él acomodaba el cigarrillo entre sus labios, le dije resoluto:
–Nada más cierto, Tío. La piratería es un escollo fatal con el cual tropiezan los escritores. Esto les toca como latigazos del mismísimo demonio incluso a quienes firman contratos formales con las editoriales.
–Para solucionar este problema se deben evitar las fotocopias y las ediciones clandestinas, que atentan, en primera instancia, contra los intereses del autor, quien vive más cagado que palo de gallinero, en tanto otros suman ganancias a costa de su pobreza. Por lo tanto, la protección de los autores frente al uso ilegal del producto de su trabajo debe ser una las prioridades de las autoridades pertinentes. Ellos deben aplicar políticas en defensa del libro, procurando que el autor, al mismo tiempo, reciba una parte justa de los ingresos generados por sus obras.
–Humm –dije con gesto pesimista–. No creo que sea fácil...
–Claro que no es fácil, pero tampoco imposible –dijo tomándome la palabra–. No en vano uno de los objetivos fundamentales de la celebración del Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor, impulsado por la Unión internacional de Editores y la UNESCO, consiste en atraer la atención de las autoridades gubernamentales, profesionales y público en general sobre la importancia del libro que, a pesar del nacimiento permanente de otros medios de comunicación más sofisticados y electrónicos como los e-books, sigue siendo uno de los pilares fundamentales de la educación activa, el entretenimiento y la reflexión crítica. Para tu buena información, valga reiterar que el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor se estableció para recordar la importancia del libro y defender los derechos del autor, como el Primero de Mayo se estableció no sólo para recordarles a los capitalistas que los trabajadores del mundo están organizados, sino también en homenaje a los Mártires de Chicago, quienes entregaron sus vidas por reivindicar sus derechos y conquistar la jornada laboral de ocho horas...
Me quedé callado y pensativo, como quien comprende, por primera vez, que los escritores, en su condición de trabajadores de la cultura, debían gozar de los mismos derechos que cualquier ciudadano que contribuye con su trabajo intelectual al bienestar de la colectividad. Sin embargo, lo que no me convencía demasiado era la idea de que el escritor debía estar en todas las cofradías para difundir su obra y resaltar su persona.
–Estoy de acuerdo contigo en eso de que es necesario defender los derechos del autor –manifesté–, pero no coincido contigo en eso de que es necesario participar en todos los quilombos para promocionar un libro.
El Tío, que sentado en su trono era todo un señor, me clavó la mirada en los ojos y, como si presintiera que por dentro tenía una ebullición de sentimientos adversos e ideas contrarias a su opinión, profirió con voz altisonante:
–Si se quiere promocionar un libro se debe asistir, como un payaso de circo, a cuanta presentación y ferias de libros determinen las editoriales, cuya sección de promoción organiza el “lanzamiento del libro”, invitando a celebridades del mundo político y a los famosos del ámbito cultural, En este cenáculo no pueden faltar los periodistas sobornados ni los seudo periodistas de las revistas amarillas del corazón.
–Si me meto en ese circo, como los bichos del zoológico prestos a ser exhibidos, dejaré de ser escritor para convertirme en un payaso como tú mismo lo dijiste.
–¡¿Y eso qué importa?! Si para ganar dinero se debe pagar ese precio, pues, ni modo, tendrás que abandonar la romántica idea del escritor solitario, para formar parte de esa farándula del libre comercio, donde los mercaderes del libro te relacionan con las “personas indicadas”. Los editores saben que toda propaganda, en el medio que sea, vale para promocionar el libro; una promoción que, a su vez, les ayudará a recuperar el dinero invertido en la edición del libro. Sólo así, cuando tu obra se haya convertido en un “best seller”, podrán cancelarte los derechos de autor y convertirte en la gallina de los huevos de oro.
–La literatura, atrapada en las redes del sistema capitalista, se ha convertido en un simple producto comercial y el escritor en un sujeto del espectáculo masivo. Las empresas publicitarias lo manejan como a marioneta, llevándolo de conferencia en conferencia y de espectáculo en espectáculo. El escritor ha dejado de ser un ser humano para trocarse en una máquina reproductora de discursos y conferencias. La industria editorial parece un pulpo de tentáculos largos que busca a sus mejores presas para nutrir su organismo y vivir por muchos años a costa de ellos. Al escritor famoso lo exprimen hasta la última gota de su creatividad, lo despresan como a pollo para luego ofrecérselo al mejor postor.
El Tío me escuchó sin mover un pelo, en tanto yo seguía aferrado a la idea de que el libro no es un producto comercial sino una obra de arte para el gozo de todo el mundo, y que, por eso mismo, tenía que mantenerse al margen de la oferta y la demanda, pensé. Y, a modo de justificar mis argumentos, dije con vehemencia:
–El libro, que es algo así como la criatura del alma del escritor, no debía tener un precio ni ser un objeto de especulación en el mercado, donde se dan la mano la oferta y la demanda.
El Tío, aunque no estaba de acuerdo con mis argumentos, me escuchó pacientemente, hasta que, de súbito, carraspeó con disimulo y dijo:
–Para que un escritor pueda vivir del fruto de su trabajo, es necesario vender sus libros y amasar dinero como cuando se ofrece al consumidor un producto cosmético o un artículo de moda y de lujo. El libro, lejos de ser el patito feo del libre mercado, debe ser un producto bien empaquetado y su contenido debe satisfacer las exigencias de la demanda. No debe ser ni muy intelectual ni muy facilón. La historia, incluida la trama y el desenlace, debe ceñirse estrictamente a las expectativas de los consumidores con poder adquisitivo.
–No estoy de acuerdo con semejante cojudez –alcé los ojos y la voz–. Las editoriales que incentivan la literatura por encargo, con ciertos requisitos que impone la moda o la demanda, ponen en riesgo los valores éticos y estéticos de la verdadera obra de arte.
El Tío, el cigarrillo en los labios y los brazos cruzados, me miró en sesgo, como si no me mirara. Emitió un ruido extraño asumiendo su pose de soberano en el trono. Luego siseó y dijo:
–A los dueños de las editoriales multinacionales, que son también propietarios de otros negocios rentables en diversas áreas del mundo mercantil, no les preocupa la calidad de un libro, sino que éste pueda competir en el mundo del libre mercado, llevado de la mano de la mercadotecnia, cuyos principios y prácticas deben convertirlo en el producto estrella entre los consumidores. ¿O acaso no sabías que la industria editorial no es otra cosa que una maquinaria destinada a producir literatura y a comercializar con las ideas de un autor en forma de libro?
Bajé la mirada y no contesté. El Tío se puso más eufórico y continuó:
–Cuando el libro está impreso y empastado, se pone en marcha su distribución y venta a cargo del departamento de marketing de la editorial. Los canales de venta son muy variados y van desde librerías pequeñas a grandes cadenas internacionales, desde kioscos de diarios y revistas a grandes supermercados. El libro debe lucir en los afiches, en los escaparates de las librerías y en los suplementos literarios de mayor circulación. En este caso, poco o nada importa la calidad del libro. Lo único que importa es que sea un producto rentable y que el escritor reúna todas las condiciones para ser lanzado a la fama.
–Pero aquí no termina todo, ¿verdad?
–¡Claro que no! Apenas es el comienzo de una carrera que no conoce límites de tiempo ni de espacio. Después viene todo el carrusel mediático, desde los canales de televisión hasta las revistas del corazón. Recuerda que en un mundo cada vez más globalizado, los escritores célebres se confunden con los cracks del fútbol y los galanes del séptimo arte. Ya nadie cree en el cuento de que el verdadero escritor es aquél que tiene de piedra la cabecera y de techo el cielo estrellado, y que, para crear una obra magistral, necesita sobrevivir alimentándose con pan duro y vino tinto. Todos saben que el sueño secreto de cualquier escritor, incluso de los escribanos del diablo como tú, es forrarse de dinero y tocar el cielo con las manos, primero hacerse de fama y luego echarse en cama.
–Yo no comparto esos sueños –dije–, porque nunca me interesó ni la fama ni el dinero.
–Ya lo sé –repuso–, pero sé también que te interesa que un día tus obras sean leídas por todos y por doquier. ¿Sí o sí?
Me limité a afirmar con la cabeza y pregunté:
–¿Y cómo lo sabes tú?
–¡Qué preguntita es ésa, carajo! Acaso no te dije, una y otra vez, que yo, en mi condición de Lucifer de las tinieblas, poseo las mismas facultades que Dios para ver y oír incluso el susurro de las piedras.
Me quedé de piedra por un instante, sin atreverme a formular una sola pergunta más. Agaché la cabeza y me despedí con un gesto de agradecimiento y sumisión, como todo aprendiz de diablo.
* Dios y diablo de la mitología andina. Los mineros le temen y le rinden pleitesía ofrendándole hojas de coca, cigarrillos y aguardiente.
© Víctor Montoya
 |