
Sin horarios
Qué absolutamente divertidos son los humanos algunas veces.
Si en algún momento puede parecer que pertenezco a su misma especie, desengañaos. Es que son tan fáciles de imitar.
Es más, no sólo es que sean fáciles de caricaturizar, es que cualquier cosa, oídme bien, ¡cualquier cosa! que uno haga la podría estar haciendo un humano.
A ver si me explico: adquieren multitud de formas distintas, en el aspecto físico, vale (¡pueden hacerse transplantes de cara!), pero lo que es infinito hasta la náusea es la cantidad de comportamientos distintos que pueden tener. Si uno va por la calle y ve a un hombre a cuatro patas, ladrándole a una farola, o meando sobre una farola (lo cual es muy común), puede extrañarse por un momento, pero no por ello piensa que es un perro: es un hombre a cuatro patas meando sobre una farola. ¡Los humanos pueden hacerlo todo! Pueden guardar silencio, gritar hasta desgañitarse, hablar en susurros en no sé cuántos idiomas distintos, hacer como que cantan, como que gimen, como que discursan, como que riñen, como que tienen una gran idea, como que lo saben todo, como que pían, como que gruñen, como que maúllan, como que emiten ondas de ballena. Qué divertidos. Son los grandes imitadores. Los maestros de la fabulación. No hay nada que se les resista.
Y, bueno, hablar sobre las diversificaciones de su moral (palabra que se han inventado ellos, como todas las demás) ya sería infinito. Eso sí que es un derroche absoluto y camaleónico. Ja, pero es que hay más: moral, ética, justicia. ¿Suena bien, eh? Son las amortizaciones de los actos. Amoral, antiestético, injusto. Hay para todos los gustos. Qué exhaustivos son en sus niveles de pensamiento. Pero es que hay más: los hay (de hecho hay muchos) que no tienen nada dentro de la mollera, nada de nada, no sé cómo explicarlo, bestias a las que les falta babear espuma (y que a veces babean), a las que les falta chocar sus cráneos contra los muros (y a veces los chocan); pues también ellos, o quizá especialmente ellos, son llamados humanos. Me parece alucinante el baremo que se han puesto para sobrevivir: cabe todo.
Y luego se quejan de la falta de libertad, de las presiones a las que están sometidos en este ancho mundo lleno de insatisfacciones, de los desastres sociales que les impiden vivir en armonía, de una cantidad de desgracias que tienen que asumir sólo por el hecho de haber nacido, pobrecitos. Sus vidas están llenas de desastres: económicos, físicos, nucleares, medioambientales, alimentarios, sentimentales, culturales, políticos, ¡artísticos!, históricos… Me canso. ¿Os dais cuenta del carácter de sus desastres? Qué circo. Libertad. ¡El ser humano no es libre! ¡Oh, cáspita! Ésa es la palabra que más me gusta de todas: la libertad y sus derivados. Me hubiera gustado vivir por un tiempo con el gran hombre que inventó esa palabra. Qué sabrán ellos. ¿Os imagináis a un perro sentado sobre la taza de un váter mientras fuma un cigarro y lee el periódico?
No, no he perdido mi sensibilidad aprendida. No, no es que hasta ahora no me haya dado cuenta de esto. No, no es que Oda sea un ser humano excepcional que ha aventurado mi capacidad ¿crítica? hasta el hartazgo. Es que Oda ve mucho la televisión.
Ver la televisión es la mejor manera de saber cuánta tontería infame hay en el mundo de los humanos.
Oda es una mujer especial.
Su casa es una casa especial. Cómoda. Absorbente. He llegado aquí como si nunca hubiese estado en otra parte. Hace calor. Ella entra en casa y se cambia su abrigo verde que es igual que el mío por una bata verde muy parecida al abrigo. Se descalza sus botas extrañas y se pone unas zapatillas blanditas que arrastra por todo el piso mientras va de un lado a otro. Yo llevo lo mismo de siempre. No tengo un sofá, sino un sillón igual que el suyo, colocado al lado del suyo, frente a la televisión. Oda no tiene horarios, su existencia es una cosa larga y suave que pasa desapercibida. Lo que no pasa desapercibido es lo que sale del aparato estruendoso que ella maneja a la perfección, con rapidez, con la capacidad mecánica y ultradesarrollada de ver un montón de canales a la vez.
Pero no es una mujer tonta.
Oda recibe muchas visitas.
Oda es una mujer especial.
Sé que puedo aprender mucho junto a ella.
Su capacidad para dar cariño es directamente proporcional a su capacidad para no dar nada en absoluto. Eso sí, cocina estupendamente. No se empeña en partirme las cosas en trozos pequeños como si yo no tuviera dientes. Me coloca frente a los ojos platos humeantes que rebosan legumbres. Pero no penséis en el concepto de maternidad. Oda no es una mujer maternal. A veces, con según qué visitas, sus gestos se vuelven compasivos o empáticos (imitadores), y una especie de ternura alivia a los que vienen a verla, que se van de aquí más tranquilos de lo que llegaron o más aliviados. Pero esto no tiene nada que ver con ser madre.
Entenderéis que siempre acabe junto a gente que pasa mucho tiempo encerrada en casa. No me serviría de nada irme a vivir con todos los que están la mayor parte del día en sus lugares de trabajo, porque entonces yo estaría sola (casi nadie puede ir acompañado a su trabajo), y no he venido aquí para estar sola. En otros momentos de su vida, Oda trabajaba fuera de casa. Ahora ya no, porque es mayor. Y no es mayor, no tan mayor, pero lo suficiente. No sé cuántos años tiene. Supongo que lo iré descubriendo poco a poco.
Por ahora me siento a gusto. Creo que esta convivencia puede dar mucho de sí. La televisión y las visitas, sobre todo estas últimas, gente que viene a consultarle cosas a Oda, como si Oda fuese una especie de oráculo, me están abriendo nuevas perspectivas.
A veces siento que mi pequeña cabeza va a explotar. Veo el horror con más claridad de lo que lo vi nunca. Lo veo acercarse como siempre que el horror se acerca al mundo, escandaloso y disimulado. Pero también veo otras cosas: la increíble capacidad para la risa y la frivolidad, que mis queridos Tilo y Remo no tenían (ahora me doy cuenta de que ni siquiera Tilo), debido a su juventud y a sus tendenciosas creencias.
Estoy calentita aquí, con mis piececitos hirviendo sobre la estufa. Mirando todo lo que ellos han creado.
Qué divertidos pueden llegar a ser los humanos.
Qué hijos de puta.
© Lara Moreno
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