Lara Moreno

 

España, 1978. Nació en Sevilla, pero es onubense.
Tiene publicados los libros de relatos Casi todas las tijeras (Quórum, 2004), Cuatro veces fuego (Tropo, 2008) y el poemario La herida costumbre (Puerta del Mar, 2008). También ha participado en varias antologías y revistas culturales. Con Igriega Movimiento Cultural, ha sido editora del libro de microrrelatos Los vicios solitarios (2003) y la antología Aquí y ahora. Voces de poesía (2008). Vive en Madrid y trabaja como editora y correctora para editoriales literarias. Blog

 
 
 
   
 
   

 

Horario nocturno

 

Los he abandonado.

Los he miniaturizado en la lejanía.

Ahora, ellos son más pequeños que yo: figuritas de pan coloreadas que me buscan bajo el sofá o detrás de las cortinas, a lo mejor con ansia y muy posiblemente con alivio.

Tilo y Remo, mis compañeros del último año impar.

Por supuesto me fui sin despedirme, a conciencia.

¿Qué hay que hacer cuando algo se acaba? Marcharse sin hacer ruido o marcharse haciendo ruido, dejando un estruendo para que no te sigan. Pero yo opté por la primera opción, porque va mucho más con mi personalidad.

¿Cuándo te das cuenta de que algo se ha acabado? Cuando te aburres o cuando te hierve la sangre. Mi sangre no hierve, es obvio, pero tengo capacidad para el aburrimiento. Y ese momento llegó. Los miraba con amor y con desprecio a la vez. No era plan. Son hermosos, no quería degradar su imagen. Ni la mía. Me fui.

Salí por la mañana, mientras ambos roncaban. Dejé pelusas de mi abrigo verde en el sofá, alineadas formando un mensaje de agradecimiento. Acaricié los lomos de los libros, sobre todo de esas novelas gráficas a las que me estaba aficionando: Blankets, qué preciosidad. Puse la pequeña oreja junto a la tela negra de los altavoces, por si quedaba algo, algún resto de Muse, por ejemplo, we will be victorious, bueno, no lo creo.

Anduve por la ciudad bajo la lluvia. Anduve por la ciudad sobre la nieve; sí, en ocasiones me llegaba hasta las ingles. Mi sangre no hierve pero a veces siento frío, aunque siempre puedo soportarlo.

Nadie intentó parar mis pasos. Ni un guardia del tráfico, ni un barrendero, ni un gorrilla. Ningún paseante. La curiosidad no es suficiente motivo como para correr riesgos. Mi abrigo verde se mojó.

Tras varios kilómetros recorridos, decidí entrar en un bar. Cocinaban comida árabe y en la barra había algunas personas sentadas mirando una televisión colgada en la pared. Cuando vi Puerto Príncipe así pensé en todos nosotros. En los de allá y en los de acá. Cuando vi Puerto Príncipe así pensé en lo ridículo de la existencia. Yo no sentí miedo porque he visto tantas cosas. Yo no sentí miedo porque no he visto nada. Dejé de pensar para que sólo entraran esas imágenes en mi cabeza. A mi lado, los clientes del bar masticaban y estoy segura de que tenían ganas de vomitar. Algunos miraron al techo con disimulo, tocaron la madera de la barra; buscaban alguna onda magnética que los sacara de la Tierra. Trepé a un banco libre. Pedí un vaso de agua. No puedo estar en un bar sin pedir nada, y, claro está, no llevo dinero encima porque no soy una ladrona. Puerto Príncipe es la diana. El presidente de Haití ha desaparecido. Escombros. ¿Cincuenta mil, cien mil, doscientos mil? Pensé en Tilo. Tilo tiene que volver a la vida si ha visto estas imágenes. Tilo tendría que irse a Haití. Yo no. Yo estoy exenta de responsabilidades. Yo, a veces, soy un ser maligno que se limita a observar. Que nunca baste la compasión. Tilo no va a irse a ningún lado hasta que llegue el verano de nuevo. Remo llorará mordiendo su almohada. Remo lloraría si supiera. Remo llorará porque me he ido, no por los doscientos mil. Buscará la disposición de las placas tectónicas a ver si su vida corre peligro, y cuando le confirmen que los edificios de su país están bien construidos respirará tranquilo y abrirá un cómic derrengado en su sillón. Hasta el próximo miedo lejano.

Es difícil amar a los humanos sin despreciarlos.

No, no he estado mintiendo todo este tiempo. No he fingido una complicidad con ellos que no existía, ni siquiera una necesidad. Tenía ambas cosas, pero mi condición hace que ambas cosas no signifiquen nada cuando llega el momento. Ellos deben seguir con su vida; yo, con la de otros.

Está bien, que nadie me mire así: los echaré de menos.

 

Todavía estoy en el bar donde cocinan comida árabe. He agarrado el vaso de agua con las dos manos. He mirado al frente, intentando poner cara de adulta, oliendo el áspero humo que sale de los fogones, delicioso. He aprendido a valorar la comida. Sorpresa: me han ofrecido un pequeño plato de cuscús y lo he devorado en unos segundos. No van a echarme de aquí, no van a pedirme dinero, no van a llamar a los guardias. Ha merecido la pena la caminata.

Al fondo, en una mesa, está sentada una mujer. Fuma, bebe directamente de una lata, aparta los restos de su plato, luego mete la colilla encendida por el agujero de la lata y hace chisss. Cuando deja de fumar es frágil, los hombros se le caen, los párpados se le cierran, las comisuras de sus labios se tuercen. Evita por todos los medios mirar la televisión, puedo notarlo, igual que noto que no es capaz de fijarse en mí. Hay algo en ella que llama mi atención, y no son sus zapatos extraños ni su cara altamente expresiva ni el tinte de su pelo. Ni siquiera que lleve puesto un abrigo igual que el mío (pero en su tamaño) y que, como yo, no se lo haya quitado para comer. Tengo poca imaginación. Quizá lleve esas ojeras por culpa de un horario nocturno. Quizá ni se ha dado cuenta de que un terremoto ha acabado con todo.

Bueno, no soy un detective, no puedo adivinar las cosas a simple vista. Es más, ni siquiera creo poseer un sentido coherente del análisis. Observar no es acertar.

La cocinera sale de su cubículo con un gorro blanco que le cubre el pelo. En la mano lleva un plato con un postre de almendras que parece exquisito, y grita, y el postre es para la mujer de la mesa porque ha pronunciado un nombre y ella se ha levantado y se ha arrastrado hasta la barra y está ahora junto a mí y coge el plato con desgana y se supone que es una sonrisa lo que tuerce sus labios y ahora ya sé que se llama Oda y que viviré con ella.

Espero que nuestra casa no esté muy lejos de aquí, me duelen los pies. Anduve durante kilómetros por la ciudad helada.

 

© Lara Moreno