Alberto Chimal

 

México, 1970. Nació en Toluca. Ha publicado los libros de relatos El rey bajo el árbol florido (1996), Gente de mundo (1998), El ejército de la luna (1998) y El país de los hablistas (2001), así como la colección de ensayos La cámara de maravillas (2003). Su libro Estos son los días (Era, 2004) obtuvo el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2002. También es autor de la versión teatral de la novela Salón de belleza de Mario Bellatin (escrita en colaboración con Israel Cortés), de los libros de cuentos Grey (Era, 2006), La ciudad imaginada y otros cuentos (Libros Magenta, 2009) y de la novela Los esclavos (Almadía, 2009). Su obra ha sido antologada en diversas compilaciones. Web

 
 
 
   
 
   

 

Por ejemplo

 

No saben ustedes qué liberador: el otro día tuve mi primera descalificación total por parte de un crítico literario: ya hay una persona que ha afirmado mi indignidad, mi mala calidad, mi congénita debilidad. Ya puedo escribir lo que quiera, de aquí hasta la muerte. Por ejemplo:

 

* * *

 

Estoy mintiendo: la primera descalificación total por parte de un crítico (y la única hasta hace poco) la recibí hace como veinte años. Y tal vez aquella estuvo mejor: la reseña en cuestión, publicada en un suplemento que ya no existe de un periódico que ya no existe, hacía pedazos un libro mío que ya no existe y decía también lo de la indignidad, la mala calidad, la congénita debilidad…, pero además agregaba que la materia (al contrario de mi supuesto talento) sí existe: que cómo se puede decir lo contrario, que qué clase de irresponsabilidad, etcétera. Entonces no entendí a qué venía tanta insistencia en la materia. Es decir, en la materia de la materia.

—La materia de la materia —le dije, incluso, a un querido amigo de entonces. Me quejaba. Estábamos en casa de mi amigo: como éramos pobres, comíamos caracoles recién cosechados de un parque público. No sabíamos cocinar caracoles. Ya me dolía el estómago y apenas estábamos empezando.

Pero este amigo (el que oía mis quejas) partió de un mordisco una concha de caracol a medio cocinar y me propuso:

—¿Por qué no lo semblanteas y le preguntas?

Luego empezó a masticar los trozos de concha y de carne babosa.

—¿Y cómo voy a hacer eso? —le pregunté, mientras le echaba limón a mi propio caracolito, que estaba (como los demás) pasado por agua caliente con puré de tomate, sal y hierbitas de olor. Éramos bien idiotas.

—Aquí está —dijo mi amigo. Luego se levantó dramáticamente, abrió más dramáticamente aún una puerta que no había visto, y el crítico entró y tomó un caracol del plato y lo tronó entre sus dientes y se sentó en un lugar vacío de la mesa.

Nunca antes había visto a un crítico literario, y constatar que lo reconocía de inmediato me sorprendió más que su aparición súbita. Pero es comprensible: su rostro era el más hermoso que hubiese visto jamás, tenía cabellos de oro e irradiaba una luz constante y discreta pero (desde luego) sobrenatural. Desde luego, tarado, pensé. Éste es de los que iluminan el mundo, y aunque sabía su nombre tuve ganas de llamarlo Abraxas, capitán Ahab, Oh Capitán Mi Capitán, qué se yo, Supermán, Señor Presidente: lo que uno que es indigno, de mala calidad y débil congénito le dice a alguien así, que es todo lo contrario y adicionado con vitaminas, hierro, virtudes teologales y poderes mutantes.

—Hola, pequeño —me saludó, y yo que era bien idiota me saqué el caracol de la boca para ofrecérselo y suplementar el que ya se estaba comiendo, con tal donaire y tal estilo que incluso parecía que comer caracoles así no era ritual de pobres e ignorantes.

Él rechazó mi ofrecimiento, y yo quise tirarme por la ventana pues entendí que mi vida carecería de sentido tras rechazo semejante, pero antes de que pudiera llegar a la ventana él dijo:

—Espera, que te tengo un encargo.

—Gran maestro —repliqué, fui a ponérmele de rodillas. Los perros que no se iban a comer mi cadáver aullaron, desconsolados—, lo que usted diga, gran maestro.

—Enorme doctor —dijo mi amigo—, yo puedo hacerlo, enorme doctor.

—Posdoctor —dije yo.

—Posposdoctor.

—Posposposdoctor decano.

—Pospospospospospospospos…

—No acabé la licenciatura —dijo el ser brillantísimo de brillantez—, así que cállense. Vendrá éste porque tiene más indignidad, mala calidad, congénita debilidad. Tú —sentenció, mirando a mi amigo— serás hombre de bien, tendrás hijos, influirás positivamente en la comunidad, serás recordado como una persona decente y responsable, no complaciente pero tampoco rebelde porque sí, harás carrera en el empresariado, la política y la cultura local…

—Maldito —me dijo mi amigo—; cien veces maldito; perecerás en llamas con todos los de tu especie, tú y todos tus hijos hasta la séptima generación dejarán huellas de sal por donde pasen y tendrán orejas grandes y narices chuecas.

Pero con esto nos fuimos. Y por los siguientes veinte años me dediqué a ser su sirviente, pues el encargo (me dijo siempre) requería de años y años de entrenamiento. Desde lejos yo parecía llevar una vida normal: estudios, novias, casa natal, posteriormente casa propia, trabajo decente, esposa, hijos, todo lo que mi amigo vivía sin lados oscuros y con mucho rencor; incluso dejé de escribir, dejé de comer caracoles medio crudos, dejé de relacionarme con el medio literario y acabé hasta olvidando el primer encuentro con mi señor, el de los ojos brillantes y la cara de todas las estrellas de cine del mundo al mismo tiempo, en el pináculo de su gloria.

El reconocimiento hipócrita de los otros cubría mi indignidad. Mi mala calidad no se veía porque ya no me dedicaba a aquella profesión tan azarosa y tan improductiva, y en cambio era ejecutivo en una empresa en la que podía repartir culpas y robar méritos. Sólo quedaba mi congénita debilidad, pero esa era la que me permitía seguir sirviendo. Por las noches, y cuando nadie de mi vida “normal” podía verme, me dedicaba a traficar objetos extraños, a participar en conjuras de resultas espantosas, a propalar informaciones falsas y malévolas, a perjudicar a los enemigos de mi señor el crítico y sobre todo a difundir su santa palabra: que la materia sí existe. Se lo decía a quien se me parara enfrente y, si alguien me miraba raro o se burlaba de mí, sólo tenía que marcar el teléfono de los otros servidores, los sicarios que sí sabían golpear y hacer sufrir. Dejé de preguntarme por qué era mi deber predicar eso, que es verdad, desde luego, pero (pensaba) una verdad tan obvia que nadie podría negarla: cuando se fue sabiendo de mi poder, aunque no de su origen, muchos (mi esposa y mis hijos, mis subalternos, mis pares en el mundo del hombre y muchos más) aprendieron a temerme.

Y así hasta que una noche vino el crítico hasta mi casa, y me tomó y me llevó consigo (no sé cómo: en un soplo de aire o de vapor, en la enunciación de una palabra) hasta un barrio de la capital. En el barrio había un complejo habitacional, en el complejo un edificio, en el edificio un departamento y entramos en él “sin ser realmente percibidos” (así dijo mi señor), como un ruido desagradable de afuera o como la conciencia del paso de las horas.

Y en una sala-comedor pequeña y blanca, iluminada por una lámpara y por el monitor de una computadora portátil, vimos a un hombre sentado ante una mesa, usando un navegador para ver una página de internet. Estaba vestido con camisa y pantalones de mezclilla, desgarbado y ya con la juventud un poco detrás; su cara era exactamente igual a la mía. Se veía que éramos de la misma edad; de pronto dijo algo para sí mismo (porque no podía percibirnos) y su voz se oyó igual a la mía. Éstas y otras comprobaciones que pude hacer me fueron explicadas así:

—Éste —dijo el crítico— es el que hubieras sido de no haber entrado a mi servicio. Su indignidad, su mala calidad, su congénita debilidad son las tuyas. Pero él no me sirvió, no hizo caso y ahora, veinte años después, hace esto: sigue empeñado en nada, sigue siendo el que era, sigue de más y para nada, sin futuro y sin pasado. No se le deja de decir lo que yo te dije y aquí lo tienes, terco.

—Por mi parte —le contesté—, yo estoy feliz de estar a su servicio desde hace tanto tiempo como lo he estado, y también de no ser ése que no soy y de esperar, como espero, siempre el encargo.

Y él, dientes brillantes, manos perfectas, pies que sin duda también eran perfectos aunque nunca se los había visto, me respondió:

—Éste es tu encargo: ésta es la razón por la que has esperado y vivido y servido todos estos años. Éste que no es (y que no sería ni siquiera si fuera) ha, sin embargo, puesto una trampa poderosa: publica escritos como éste que ve ahora, con el lema “La materia no existe”…

Calló. Se me quedó mirando.

No entendí la expresión de su cara.

—Será un apóstata, gran señor, tiene que ser un apóstata: si erró el camino…

—No, tarado —dijo mi crítico, y su ira lo hizo todavía más bello; sentí ganas de besarlo, de ir a buscarle caracoles de jardín, de pedirle que me dijera el nombre de al menos una persona a la que intimidar, golpear, masacrar—. No: él no lo sabe pero con ese lema está trazando un signo secreto, que irá más allá de él y de su propio futuro mínimo. ¿No has predicado siempre contra lo que pregona este bellaco? ¿No sabes que sí existe la materia?

—¡Sí, mi señor —respondí, casi gritando—, sí existe la materia!

Seguí sus instrucciones. Como él no podía ni mirar su trampa, yo debía acercarme en su lugar, penetrarla, pasar al otro lado y destruir a los demás conspiradores, que estaban allí adentro: seres de estos mundos, algunos totalmente reales y otros totalmente inventados y otros, como yo y él, en algún punto intermedio entre ambos estados, para que así en todas partes se dijera lo mismo y se reafirmara, para siempre, que sí existe la materia.

Miré y en la pantalla de la portátil. En ella había texto y, entre el texto, un recuadro que decía:

 

 

Y yo miré, y no vi nada, y seguí sin ver nada durante años, y alrededor venían y se marchaban las estaciones, y también iban y venían todos los que miraban también ese mismo recuadro, desde muchos otros lugares y tiempo, y yo los sentía a todos apenas un poco más de lo que mi otro yo me había sentido a mí, y sólo cuando fui un anciano, tembloroso, hinchado, vuelto un monstruo de carne que ansiaba morirse para empezar a desaparecer, entreví que en ese espacio vacío había otra cosa: un fondo indescriptible, luminoso, que de pronto dio paso a tres estrellas:

 

* * *

 

O por ejemplo otra cosa, ahora que me dispongo a apagar la lámpara y a irme de aquí, que me siento inquieto de pronto y no por el crítico de ahora ni por nada tan trivial.

 

 

© Alberto Chimal