Elisa G. McCausland

 

España, 1983. Nació en Madrid. Es periodista licenciada por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja escribiendo sobre cosas demasiado serias. Prepara su tesis sobre la representación femenina en el cómic de superhéroes y publica collages narrativos en el fanzine Rantifuso. También ha colaborado con el programa El Séptimo Vicio de Radio 3. Blog

 
 
 
   
 
   

 

Entre géneros con Hernán Migoya

 

Hernán Migoya podría ser un héroe firmado por Frank Miller. Suicida, testarudo, adicto al riesgo. Un enmascarado arrogante e implacable. Honesto en sus arrebatos y con una sonrisa de esas que desarman. Me agrada que vea en Gabriela Wiener a su alma gemela, sobre todo por aquello de «invertir gran parte de nuestra adolescencia combatiendo complejos de timidez». Aquella fue la época en la empezó a leer cómics; dice que los libros le abdujeron antes, pero que los superhéroes, cuando llegaron, lo hicieron para quedarse. Ama a la Valentina de Crépax; «en sus viñetas veo a Muñoz, a Pratt, a Miller, incluso». Del manga cuenta que es su fascinación más reciente. Lo respeta y lo edita. «El mayor problema de hacerse mayor no es la salud: es la horrorosa sensación de repetición que te embarga. Cuando uno percibe los límites de lo cíclico y ve que todo se reitera cada veinte años hasta la náusea, es muy fácil caer en el error de sentir la vida (y la cultura) como una redundancia yerma sin margen a la sorpresa. Con Gaijin, he vuelto a aprender». Lo dice en su blog a propósito de la línea de manga de la que él es responsable.

Pero Hernán no solo edita, también traduce -a Peter Bagge-, guioniza -cine y cómic- y escribe –novela-. Hace unas semanas confesó en una mesa redonda -celebrada en la Facultad de Ciencias de la Información a propósito de las Jornadas de Cómic Complutense- que se encuentra cómodo entre los géneros; que juega con los clichés para darles la vuelta, como a una camiseta sucia: Su polémica colección de relatos, titulada Todas putas (El Cobre, 2003), y su secuela, Putas es poco (Martínez Roca, 2007) -ambas víctimas de la semántica-, su cómic Olimpita (Norma, 2008) o algunas de sus futuras propuestas, como el relato biográfico titulado Plagio así lo atestiguan. Novela y cómic como vehículos de un impulso, el de hacer saltar por los aires las convenciones. Baboom! Pero Hernán no suele estar solo en estas empresas tan arriesgadas. A sus letras le suelen acompañar dibujos que le sientan bien, muy bien, a sus historias. Como el de Joan Marín -sucio, preciso- en Olimpita y Latinópolis (Revista Dedomedio), o el de Juaco Vizuete en Julio, el cantante cojito (Ediciones de Ponent, 2007).

 

 

De lo hablado en las jornadas universitarias -escenario que aprovechó para mostrar (literalmente) el borrador de su última novela- surge el leit motiv de las preguntas que el antihéroe Migoya responde a continuación. Industria editorial, postfeminismo, manga… bienvenidos al mundo del Comicsario:

¿Cómo explicas repuntes de consumo “espontáneos” como el del manga entre el público femenino más joven o el de Esther, de Purita Campos?

Aunque España sea un país que desprecia y vive de espaldas al mercado, el mercado existe. El manga triunfa entre las chicas porque les habla de tú a tú, sin remilgos ni tonterías. Esther, porque marcó tanto a muchas lectoras que, al crecer, continúan hallando un aliciente en el hecho de reencontrarse con esa obra. Son dos fenómenos que demuestran a los editores y autores que hay que respetar el mercado, porque a veces éste te da sorpresas muy agradables o te sale por donde menos te lo esperas. Desde luego, son dos fenómenos que nos hacen tener muchísima esperanza en la integración definitiva del cómic como medio atractivo también para las lectoras.

Como editor, ¿crees en el manga como plataforma creativa para las nuevas generaciones? ¿Qué novedades, de cara a este año, tenéis preparadas?

Está claro que el manga, si no el futuro, es el presente del cómic más comercial. Un hecho innegable es que el Salón del Manga de Barcelona tiene más vitalidad que el propio Salón del Cómic de la misma ciudad, así que está clarísimo que gracias al manga vamos a llegar a una juventud muy activa y entusiasta. Cada vez que voy al Salón del Manga me pasa como en la película: Me siento rejuvenecer. Y sí, otra prueba es el hecho de que por primera vez existe una generación de mujeres autoras que puede mirar de tú a tú al género masculino, incluso sobrepasarlo en calidad -a nivel global-.

Mi mayor aportación a Glénat en mi año como editor ha sido posiblemente conseguir luz verde para una colección de manga autóctono -es decir, español y latinoamericano-. Se llamará Línea Gaijin, la dirige el Studio Kösen y ya hemos fichado a nuestros mejores mangakas: el granadino Kenny Ruiz, la argentina Andrea Jen, la asturiana Noiry con la guionista catalana Black Velvet, las andaluzas Irene Roga y Xian Un Studio, Belén Ortega -que no sé de dónde es, pero dibuja de morirse-, las propias Kösen… Lanzaremos los primeros títulos en el Salón del Manga de Barcelona de este año, pero el apoyo de los blogueros, internautas y fans del manga en general está siendo maravilloso. ¡Gracias de corazón! De pronto, todo el mundo quiere publicar en Gaijin.

¿Crees que existe una cierta desorientación por parte del mercado en relación a algunos de sus públicos? ¿No haría falta una mayor intuición, quizás? ¿Nuevas técnicas de marketing, más 2.0?

No soy el más apropiado para dar lecciones, aunque siempre he defendido una política editorial comercial porque, teniendo éxito, es la única manera de poder arriesgarse con otros títulos que a lo mejor no son tan comerciales. Y porque todos queremos formar parte de la cultura popular. Pero yo me tomo mi trabajo como editor en plan fan, publico lo que me gusta a mí y lo que me hace ilusión: por eso la única condición que puse a Glénat fue ocuparme exclusivamente de proyectos de producción propia, nada de ediciones de material ya publicado en el extranjero. En fin, yo creo sinceramente que España no es un pueblo digno de tener libre mercado –ja, ja-. Creo que nuestra mentalidad es demasiado carpetovetónica y fundamentalista. Pero tampoco soy yo quién para dar lecciones de respeto al capitalismo, gracias al cual vivimos tan cojonudamente -yo al menos-.

 

 

¿Te encuentras cómodo en los géneros?

Creo que los géneros existen para usarlos y darles la vuelta. Fue divertido cuando en las Jornadas de la Universidad Complutense presentaron mi obra diciendo que Olimpita, mi último cómic -bueno, mío y del dibujante, Joan Marín- pertenecía al género social. Y es cierto: los protagonistas son un emigrante negro y una proletaria apalizada. ¿Qué mayores estereotipos de ese subgénero? Lo importante es que esos estereotipos luego tengan vida propia y que uno pueda ir más allá de las convenciones de la etiqueta con la que juegas. Pero todo es género: hasta el cómic de autor es género. Y los que hacen novela gráfica realista, ya ni te cuento… Yo estoy muy a gusto en todos los géneros: me gustaría dedicarme a cruzarlos entre sí, hacer una película de trasfondo social con porno, por ejemplo.

¿Dirías de tu obra que es postfeminista?

Yo no digo nada. Desde luego, va más allá del feminismo, porque yo no defiendo un género, defiendo las personas. Una persona jamás es víctima a no ser que quiera presentarse como tal. Que las feministas -las feministas prototípicas, que parecen las únicas que existen en este país; pero no son las únicas, por suerte- digan que la única manera de conseguir la igualdad es presentando a todo un sexo como víctima unilateral del otro… Es darle la razón a los machistas, que ejercen el machismo por el “propio bien” de su pareja: es decir que la mujer necesita por naturaleza protección, porque es más débil. Sinceramente, yo no pienso así. He tenido la suerte de conocer muchas mujeres y sé que hay de todo, como en los hombres: de hecho, yo me identifico muy poco con los hombres, deploro el fútbol y los coches… así que no me creo los clichés. Sería incapaz de escribir un cómic como La parejita, porque no sé lo que es estar veinte años acostándote con la misma persona… ¡no me extraña que la gente vaya por la vida tan malhumorada!

¿Cómo definirías tú la “hipocresía de género” (aquello del feminismo en contraposición al machismo)?

Ya lo he contestado, ¿no? Quizá peco de inconsciente y de pasar por encima de dramas personales -siempre me acusan de eso-. Pero, sinceramente, prefiero tratar de tú a tú a cada persona, y no en base a clichés, positivos o negativos. Ya le cedo el asiento a las viejitas, ¡no me jodas que tengo que hacerlo con toda mujer que me mire con cara de pena! Para mí la igualdad es eso: poder decidir a quién ayudo sin pensar si es hombre o mujer. Y, sobre todo, no tener que pensar en la mujer como un ser que es ante todo víctima. Uf, entonces me tendría que hacer homosexual, definitivamente, porque el papel de víctima no me pone nada.

Lo mismo se aplica a mis personajes: intento mirar a todos mis personajes con respeto, sean buenos, malos, tontos, inteligentes, víctimas o verdugos. Intento que todos tengan una oportunidad de explicarse. Recurrir al victimismo fácil me hubiera reportado sin duda más atención mediática con Olimpita, pero no me da la gana de que mi Olimpita sea un cliché de campaña del Ministerio de Igualdad.

¿En qué proyectos estás embarcado como guionista de cómic? ¿Podrías contarme un poco de cada uno de ellos?

Se van a publicar cuatro nuevos cómics con guión mío: Plagio, la historia real del secuestro de mi mujer en Perú, con dibujo de Joan Marín, para Norma Editorial; y para Glénat España, haciendo gala de mi inclinación al nepotismo, he escrito tres más: Laura Pop, un spin-off de Esther y su mundo, dibujado por Man, sobre la hermana pequeña de Esther; Unidos en la división, una historia de guerra en la que los héroes son la División Azul: ¡por fin se habla de la guerra civil como si fuera una peli de acción! Es un gustazo. Con dibujo de Bernardo Muñoz; y Chiqui Chiqui Boom, un álbum de cien páginas a color que escribí para hacer heroína de cómic a mi buena amiga Chiqui Martí, con dibujo espectacularísimo del peruano César Carpio. Tengo dos guiones más de cómic por escribir.

 

 

¿Alguna anécdota de tu última novela? ¿Tiene título?

Se titula Quítame tus sucias manos de encima. Trata sobre dos pijos que tienen que sobrevivir el ataque de las clases bajas en un país tercermundista de Latinoamérica. Básicamente, planteo lo difícil de verdad que sería que un progre europeo pudiera sobrevivir en los barrios bajos de un país sudamericano, como metáfora del choque entre civilización y barbarie. Es mi novela más ambiciosa. Contendrá 50 ilustraciones de 50 artistas de cómic de primera fila, españoles y latinoamericanos, con portada de Peter Bagge.

¿Cuáles eran tus cómics preferidos de pequeño?

Empecé a comprar cómics a los catorce años. Al contrario que a la mayoría, empecé leyendo libros y luego me pasé a los cómics. A los catorce era fan de Alpha Flight, un tebeo de superhéroes realizado por John Byrne. Al ser canadienses, eran unos superhéroes diferentes. Y yo siempre me he sentido diferente, como los gitanos.

¿Qué títulos te han marcado, inspirado?

Ronin de Frank Miller. Todas las obras de Didier Comés. Y actualmente, me flipa el manga Gantz. Me ha impactado como hacía una década al menos que no me impactaba un cómic. Desde Miller no me influía tanto ningún tebeo como Gantz. Lo tiene todo, incluso irracionalidad surrealista para generar creatividad en ti.

¿Cuáles son tus principales referentes (literarios, cinéfilos, comiqueros)?

Siempre digo los mismos: en cómic, Frank Miller. En literatura: Charles Williams, Robert E. Howard, Ignacio Aldecoa y, últimamente, D.H. Lawrence. En cine, John Milius es mi héroe y también Tony Scott, Adrian Lyne y Almodóvar. Básicamente, me apasionan todos los artistas que se sitúan en el filo, que se arriesgan a ser malinterpretados, que se exponen en ese terreno inseguro que hay entre la razón y el instinto, entre la civilización y el fascismo, entre la virilidad y la mariconería. Ahí estoy yo también.

 


http://hernanmigoya.com

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© Elisa G. McCausland