Rosa Elvira Peláez

 

Cuba, 1956. Nació en La Habana. Es licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana y actualmente reside en Buenos Aires. Su obra ha sido incluida en antologías como Histerias Breves (Amigos de Yorick, 2006), El Arca: Bestiario y ficciones (2007, 2008) y en revistas y suplementos literarios de América y Europa. Es también autora del libro Entre fuegos y otros cuentos (Editorial Pre-Textos, 2001). Su obra ha sido premiada en diversos concursos de narrativa breve como el Semana Negra de Gijón. Web

 
 
 
   
 
   

 

Alfonsina la marinera

 

Anda, camina por el mundo, sabe;

Dispuesta sobre el mar está tu nave:

Date a bogar hacia el mejor encanto.

 

La séptima regla del Club de la Pelea es: Cada pelea dura lo que tiene que durar. Le duró 46 años y casi cinco meses. Demasiada sensibilidad combinada con persistente bravura de sentir y no callarse latía en Alfonsina. Con el tiempo supo que necesitaba el mar para ahogar ese otro mar oculto, indomable, que tenía adentro.

Duró bastante en la pelea. No le avergonzaba ser madre soltera ni tembló al proclamarse atea en público, hizo campaña a favor de la educación sexual en las escuelas y reclamó el voto femenino en la Argentina. No temió expresar en su poesía sus deseos sobre el cuerpo de un hombre ni admitía vivir en el limbo. Pensar, desear, entender, amar, protestar. No puede dejar de hacerlo y se desgasta en una lucha muchas veces en soledad.

Alfonsina quiere decir dispuesta a todo, esto le había dicho la poeta a un amigo. En el primer cuarto del siglo XX, su empuje encantaba tanto como asustaba o escandalizaba. «Yo tengo un hijo fruto del amor, / de amor sin ley, / Que no pude ser como las / otras, casta de buey / Con yugo al cuello; ¡libre se / eleve mi cabeza! / Yo quiero con mis manos / apartar la maleza» (La loba, de La inquietud del rosal, 1916).

Es una mujer que se adelanta a su tiempo la que escribe: « Hombre pequeñito, hombre pequeñito, / Suelta a tu canario que quiere volar... / Yo soy el canario, hombre pequeñito, / Déjame saltar» (Hombre pequeñito, de Irremediablemente, 1919). La misma que expresa: «¿Qué diría la gente, recortada y vacía, / Si en un día fortuito, por ultrafantasía, / Me tiñera el cabello de plateado y violeta (...) O dijera mis versos recorriendo las plazas, / Libertado mi gusto de vulgares mordazas?» (¿Qué diría?, de El dulce daño, 1918).

La inquietud del rosal, su primer poemario, fue editado en 1916 (cuentan que lo escribió para salvarse de su insoportable empleo mientras trabajaba en una empresa importadora de aceite de oliva). Sabe que nada le será fácil. Un año antes le había pedido a Leopoldo Lugones, en vano, que leyera unos versos suyos, por una razón que ella misma explica: “Mi libro se va a publicar en breve. Yo sé que se me tildará de inmoral”.

Uno trata de imaginársela en 1912, cuando nació como madre soltera, sorteando dificultades económicas para mantenerse y empeñada en hacer volar su poesía. Se la imagina unos años antes, cuando escondía “papeluchos borroneados” en los bolsillos de su delantal y en los corpiños, y luego, adolescente incursionando en el teatro, madurando apresuradamente. Y puede pensarla unos años después, peleando para que la palabra le responda, mientras se desempeña como cajera de farmacia y costurera, obrera en una fábrica de gorras y maestra. Cualquier aproximación nos la entrega extraordinaria. Gran poetisa de América, decían los diarios al informar sobre su muerte. Fue la primera mujer escritora argentina en ser reconocida por sus pares. Incursionó en la escritura teatral pero debe su fama a la poesía, que la posicionó, además, en los libros de texto. Entre 1916 y 1939 concibió siete poemarios, preparó una antología con ellos (1938) y también escribió un libro de prosa poética, Poemas de amor (1926).

«Estoy en San Juan, tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causa en el transeúnte –recuerda Alfonsina– . Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta».

Se desquitará con creces de aquel detrás de la puerta y dejará libros que no se dan vuelta y la mantienen entre nosotros. «Bajo armadura andamos: si nos sobra / El alma, la cortamos; si no llena, / Por mengua, la armadura, pues, la henchimos: / Con la armadura andamos siempre a cuestas». Mujer a la cual su época le quedaba chica, para mantener la armadura no podía seguir cortándose el alma. Mucho antes de irse, defendió: « Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; este día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres serán cambiadas».

“Alfonsina empezó a escribir en un medio adverso, erizado de obstáculos para toda mujer que pretendiera ser intelectual. Su sexo constituía una traba”, analiza en el mismo año de su muerte, 1938, el crítico Eduardo González Lanuza, y añade: “Su mérito como mujer que supo tomarse los derechos que se le negaban”.

A propósito de las incapacidades relativas de la mujer, Diario de una niña inútil, Feminismo Perfumado, Compra de maridos... Así titula Alfonsina, de modo audaz –incendiario para algunos– muchos de sus artículos periodísticos. Colabora activamente con diarios y revistas de Argentina y otros países, entre ellos La Nación, Caras y Caretas, Crítica, La Nota y El Hogar. Su periodismo es de pelea. Escribe sobre la carga de las tradiciones que limitan la vida femenina al ámbito matrimonial y reclama el derecho de la mujer al voto (se legalizó en la Argentina de 1946).

Muy jovencita se iba a cantar a la ciudad de Rosario los fines de semana, en un lugar que nada que ver con un teatro. Cuando esas salidas trascienden, recibe la primera de las numerosas ofensas sociales que le ladraron. Las tertulias artísticas también conocen el sonido de sus pies marinos. Están las del café Tortoni, bajo el pincel del pintor Quinquela Martín, y las del grupo Signo, que se hacían en el hotel Castelar, en una de las cuales tiene oportunidad de conocer a Ramón Gómez de la Serna y a Federico García Lorca. Para divertirse, a veces canta para sus amigos o juega al truco, actitud que algunos desaprueban en una dama.

“Ella no borra ni su sensualidad ni su sexualidad, sino que las convierte en centro temático de su poesía –dice Beatriz Sarlo en el libro Una modernidad periférica–. Alfonsina traza un perfil de mujer cerebral y sensual al mismo tiempo, en una complejización del arquetipo femenino, que supera a la mujer-sabia, a la mujer-ángel y a la mujer-demonio”.

«Tú que el esqueleto / Conservas intacto / No sé todavía / Por cuáles milagros, / Me pretendes blanca / (Dios te lo perdone) / Me pretendes casta / (Dios te lo perdone) / ¡Me pretendes alba!» (Del poema Tú me quieres blanca, de El dulce daño). «Alma que siempre disconforme de ella, / Como los vientos vaga, corre y gira; Alma que sangra y sin cesar delira / Por ser el buque en marcha de la estrella (Alma desnuda, de Irremediablemente, 1919). Del mismo libro: «Sálvame, amor, y con tus manos puras / trueca este fuego en límpidas dulzuras / y haz de mis leños una rama verde» (El divino amor). «Seré en tus manos una copa fina / pronta a sonar cuando vibrarla quieras» (¡Ay!). «Escrútame los ojos, sorpréndeme la boca / sujeta entre tus manos esta cabeza loca...» (Capricho).

Como para no perderse, la muerte convencía a Alfonsina de ir dejando caer piedritas en el camino de la vida. «A los doce años escribo mi primer verso. Es de noche: mis familiares ausentes. Hablo en él de cementerios, de mi muerte», recordaba. «Naturaleza; gracias por este don supremo / del verso, que me diste; / yo soy la mujer triste / a quien Caronte ya mostró su remo» (La palabra, del poemario Ocre, 1925). «...Me iré a bogar / Por los mares negros que tiene la muerte» (Dulce tortura, del libro El dulce año).

«Morir como tú, Horacio, en tus cabales, / Y así como en tus cuentos, no está mal: / Un rayo a tiempo y se acabó la feria... », escribe después del suicidio de su amigo Horacio Quiroga, en 1937. En corto tiempo, el suicidio gana a Lugones (su “enemigo literario”, al decir de algunos) y a la hija de Quiroga, Eglé, por quien sentía gran afecto. Mientras estos sucesos la conmueven, la enfermedad que ya le arrancó un pecho la arrastra con dolor hacia la última parada. El entorno político y social no le era grato, como tampoco su propio cuerpo vencido.

Presencia fuerte en toda su obra, el mar, origen de la vida, le serviría para cerrar la suya. «En el fondo del mar / hay una casa de cristal. (...) Duermo en una cama / un poco más azul / que el mar (...) Y sobre mi cabeza / arden, en el crepúsculo, / las erizadas puntas del / mar» (Yo en el fondo del mar, de Mundo de siete pozos, 1934).

Cuentan que sobre el espigón de la playa La Perla, en Mar del Plata, quedó un zapato con la suela muy gastada. Se fue vestida de mar, sí, pero n o hubo pequeña huella en la arena como expresa la bella canción de Félix Luna y Ariel Ramírez, Alfonsina y el mar. Dejó una carta para su único hijo («...Suéñame, que me hace falta. Te escribo tan sólo para que veas que te quiero...») y se fue a dormir circulando sin puertos ni orillas: se lanzó al mar en aquella madrugada de fuerte lluvia del 25 de octubre de 1938.

No hay romanticismo en ese acto desesperado con el que termina su vida, tal vez pensando que el mar guardaría para siempre el secreto. Pero a la mañana encuentran su cuerpo roto, que es identificado horas más tarde. Un día después La Nación publicó el último poema que había enviado al diario el 22: Voy a dormir. La gravedad de su decisión, seguramente tomada cuando lo escribe, no impide que gotee la ironía que solía corretear por sus versos. «Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. / Ponme una lámpara a la cabecera; / una constelación; la que te guste; / todas son buenas; bájala un poquito (...) Déjame sola: oyes romper los brotes... / te acuna un pie celeste desde arriba / y un pájaro te traza unos compases / para que olvides... Gracias. Ah, un encargo: / si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido...».

“La poesía de Alfonsina Storni nos muestra un universo de metáforas descarnadas y  profundos ejercicios de introspección  que  la convierten en una viajera de sí misma. Su discurso se articula desde su propio mundo, un mar turbulento que se expresa dando a luz una poesía que cautiva por ser intensa, rotunda y desgarrada”, precisa Elizabeth Frances Richter, en el 70 aniversario de su muerte.

“Mi Alfonsina de las cartas era egoísta, burlona y alguna vez voluntariamente banal. En mi temor del encuentro había no poco de miedo inconfesado (...) El apuro duró poco (...) Muy atenta a quien está a su lado, con una atención hecha de pura inteligencia, pero que es una forma de afecto. Informada como pocas criaturas de la vida (...) mujer de gran ciudad que ha pasado tocándolo todo e incorporándoselo. Alfonsina es de los que se conocen tanto por la mente como por la sensibilidad”, afirma Gabriela Mistral, en 1926.

No por conocido hay que omitir el juicio: junto con la chilena y las uruguayas Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou, fue de las poetas latinoamericanas más destacadas de comienzos del siglo XX.

Había nacido el 29 de mayo de 1892 en Sala Capriasca, la parte italiana de Suiza, de donde eran sus padres; habían viajado a Europa, después de una estancia en Argentina, a la cual regresaron nuevamente cuando la niña tenía corta edad. En el país sudamericano creció como individuo y como escritora, hizo memoria, amó y padeció. Como la recuerda su hijo Alejandro, escribía por inspiración, ajena a métodos, lo cual explica que pasara temporadas de sequía, y de repente escribía un libro.

La poeta admitía sentir "alguna preferencia" por el sector de su obra que se inicia con Ocre, pero la mayoría, público y crítica, prefirió a la primera Alfonsina, la de la etapa netamente posmodernista (1916-20), con cuatro libros entre La inquietud del rosal y Languidez. Su obra está marcada por la efusión lírica y la crítica que nace de la condición de mujer en una sociedad que las marca para el hogar, las confesiones íntimas sobre el amor carnal y espiritual, lo erótico y lo sensual. La segunda etapa es vanguardista (1934-38), “por su libertad formal, su violación de los límites fijados a la belleza, su complejo uso del lenguaje y su final voluntad de utilizar la poesía como medio de conocer el mundo” (dos libros: Mundo de siete pozos y Mascarilla y trébol, más los poemas adicionales incluidos en su Antología poética). Una etapa donde se preocupa más por el contenido que por la forma. “Aligerando en algunos casos las ataduras métricas tradicionales se hace más sugestiva al conjugar la imaginería surrealista con la simbolista”, señala Luz Mary Giraldo, y por eso concibe que el sol es «último pez del horizonte» o las calles son «catacumbas humanas».

«...Sufro achaques de desconfianza hacia mí misma. De estos achaques la voluntad sale malparada: me echo a dormir, sueño. De pronto la fiebre me posee y lo olvido todo: en estos momentos produzco, publico. Y el círculo de estos hechos se prolonga sin variantes sobre la misma espiral... ¡Es que a las mujeres nos cuesta tanto esto! ¡Nos cuesta tanto la vida! –confiesa en carta al catedrático español Julio Cejador–. Nuestra exagerada sensibilidad, el mundo complicado que nos envuelve, la desconfianza sistematizada del ambiente, aquella terrible y permanente presencia «del sexo» en toda cosa que la mujer hace para el público, todo contribuye a aplastarnos. Si logramos sostenernos en pie es gracias a una serie de razonamientos con que cortamos las malas redes que buscan envolvernos; así, pues, a tajo limpio nos mantenemos en lucha. “Es una cínica”, dice uno. “Es una histérica”, dice otro. Alguna voz aislada dice quedamente: “Es una heroína”».

Cortázar tenía su foto junto con el recorte de un diario con su último poema adentro de una antología de Alfonsina. Otros, por tantas partes, también dejan reposar recuerdos en ejemplares de su obra, una cinta, un mechón de cabellos, una flor seca, una lágrima que apenas opaca un rincón de papel. Ella, la transgresora, no necesita buscar nuevos poemas. Los que escribió siempre lo son, como siempre las olas se balancean, y en los libros habita su voz marinera que enfrenta la tormenta más rugiente. Estamos escuchando...

 

«Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido / No fuera más que aquello que nunca pudo ser, / No fuera más que algo vedado y reprimido / De familia en familia, de mujer en mujer». (Pudiera ser, publicado en el libro Irremediablemente, 1919)

 

© Rosa Elvira Peláez