
Horacio, el amante de la selva
"Si se debiera juzgar el valor de los sentimientos por su intensidad, ninguna tan rica como el miedo"
La octava y última regla del Club de la Pelea es: Si esta es tu primera noche en el Club de la Pelea... entonces tienes que pelear. Hechos a la vista, desde el inicio fue esa noche para Horacio. Una extraña noche recurrente, con olor a locura, pasión y fatalidad. Ya es un tópico vincular la lectura de su obra a su propia vida. Una vida dramática lindera a la estrechez económica, con actuaciones que conmocionaban las normas de la época, incluyendo dos matrimonios conflictivos con jovencitas a quienes les llevaba muchos años, un persistente ensimismamiento, experiencias con el hachís y la sombra larga que proyectaba el suicidio que crecía como mala yerba en su entorno.
Harto entendible que Horacio ve tragedia donde otros ven normalidad y descubre historias donde otros no pueden porque la rutina se las hace invisibles. El conflicto del hombre con los elementos naturales, los animales y los instintos, la locura, el horror, lo raro y extraño, la muerte, la selva. En estos temas se encontró como escritor, aunque tal vez se extraviara como individuo. La muerte parecía pisarle los talones.
Cuentan que luego de compartir un rato con los trabajadores en la selva misionera, apuntaba frases en papelitos que guardaba en una lata de galletas. Describe personajes que guardan correlato con las actividades, proyectos e inquietudes que lo fueron moldeando, como en el caso del protagonista de uno de sus cuentos más sólidos, El desierto (1924): «Como, a más de sus ocupaciones fijas, Subercasaux tenía inquietudes experimentales, que cada tres meses cambiaban de rumbo, sus hijos, constantemente a su lado, conocían una porción de cosas que no es habitual conozcan las criaturas de esa edad. Habían visto —y ayudado a veces— a disecar animales, fabricar creolina, extraer caucho del monte para pegar sus impermeables; habían visto teñir las camisas de su padre de todos los colores, construir palancas de ocho mil kilos para estudiar cementos; fabricar superfosfatos, vino de naranja, secadoras de tipo Mayfarth, y tender, desde el monte al bungalow, un alambre carril suspendido a diez metros del suelo, por cuyas vagonetas los chicos bajaban volando hasta la casa».
Muchos personajes hablan de la muerte, la enfrentan o la buscan. «No puedo decir que me sentía orgullosa de lo que iba a hacer, ni tampoco feliz de morir. Era algo más fatal, más frenético, más sin remisión, como si desde el fondo del pasado mis abuelos, mis bisabuelos, mi infancia misma, mi primera comunión, mis ensueños, como si todo esto no hubiera tenido otra finalidad que impulsarme al suicidio» (cuenta la voz de la difunta en Más allá, 1934).
«El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración (...) El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre» ( A la deriva, 1912).
Lo absurdo de lo real, ese absurdo mimetizado en la cotidianeidad, brota de sus textos para esparcir sorpresa, temor, espanto. Nunca olvidará lo leído y el escalofrío que acogota, quien recorrió La gallina degollada («Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco», 1909) o El almohadón de plumas («... Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre (...) Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha», 1907).
Por qué insistió Horacio en hacer otras cosas distintas a escribir, como incursionar en la actividad algodonera en El Chaco argentino. Es que no pensaba solamente en facturar literatura, “hay en el hombre muchas otras actividades que merecen capital atención” (de una carta a Payró, fechada en abril de 1935). Y así, entre muchas faenas, fue destilador de naranjas, picapedrero, carbonero, fabricante de dulce de maní y hasta inventor de un aparato para matar hormigas.
Qué lo impulsó realmente a ese autodestierro en la selva de Misiones, lugar áspero, desmesurado y bello donde echó raíces pese a que nunca se comportó como un lugareño, todo lo contrario. ¿Tutear a la muerte? Acaso buscaba interrelacionarse con la muerte múltiple que anida en la selva, como vía de exorcizar las turbulencias que los cadáveres le habían traído a su vida.
Dicen que en San Ignacio andaba en bermudas o araba con frac, preparaba comidas estrambóticas y partía la modorra de la tarde en el pueblo con los resoples de un Ford T negro y una Harley Davidson del 25. Nunca superó la tartamudez y tal vez eso influyó en que fuera poco comunicativo. No era popular en la zona. Había ido por primera vez en 1903, acompañando como fotógrafo al escritor Leopoldo Lugones en su expedición a las ruinas jesuíticas de Misiones. Tres años más tarde, compra tierras en San Ignacio y comienza a levantar su casa.
Estaba lejos de todo, lo saboreaba. Mandaba sus textos a diarios y revistas y demoraba en saber la reacción; cuando le llegaban noticias, se sorprendía. “Tan acostumbrado estoy a escribir para mí sólo”, admite en una carta. Ignoraba que desbrozaba un nuevo camino, “el camino de la novela de la tierra y del hombre que lucha ciegamente contra ella, fatalizado por la geografía, aplastado por el medio”, que otros autores como Eustasio Rivera y Rómulo Gallegos desandaron.
“Juez de paz, se olvidaba de inscribir los nacimientos y hasta hoy sigue apareciendo gente que no estaba anotada en ninguna parte”. Al margen de que no se pueda afirmar la autenticidad de lo expuesto, es uno de los testimonios recolectados por el escritor y periodista Rodolfo Walsh cuando fue a hablar con los vecinos del pueblo de San Ignacio, al cumplirse el trigésimo aniversario de la muerte de Horacio.
Lo han pintado como un hombre huraño y sombrío, casi misántropo y con mala estrella para las tragedias al mejor estilo de la maldición gitana. Tiene dos meses de edad y está en brazos de la madre, cuando muere accidentalmente su padre de un disparo; a los dieciséis, ve como su padrastro enfermo pone fin a su vida. Su juventud queda conmovida por la muerte de sus dos hermanas por la fiebre tifoidea, y le falta otro trance atroz: en 1902, mientras manipulaba una pistola, mata accidentalmente a su amigo Ferrando.
Su vida tiene acentos apasionados y transgresores. A los 38 lo sacude el suicidio de su esposa en su casa de la selva, tras una crisis eternizada de locura (Ana María Cirés se había casado con apenas 16 años y le había dado dos hijos), y en 1927, a los cincuenta años, desposa a María Helena Bravo, una amiga de su hija a la que había convertido primero en amante). Este matrimonio se quiebra cuando en 1936 la muchacha lo abandona llevándose a su hija. La enfermedad pausó de algún modo la separación, pero Horacio, en definitiva, había quedado solo (sus hijos mayores ya hacían la suya). En unas memorias, la viuda se refiere a él como “un hombre dominante, egoísta, patológicamente celoso y de carácter irritable”. ¿Verdad o vengativo despecho?
Vuelca sus experiencias de vida en la narrativa. Aunque muchas veces las anécdotas sean ficticias, el pulso de lo autobiográfico vibra, como en El desierto: «Bruscamente, como sobrevienen las cosas que no se conciben por su aterradora injusticia, Subercasaux perdió a su mujer. Quedó de pronto solo, con dos criaturas que apenas lo conocían, y en la misma casa por él construida y por ella arreglada, donde cada clavo y cada pincelada en la pared eran un agudo recuerdo de compartida felicidad (...) Supo al día siguiente al abrir por casualidad el ropero, lo que es ver de golpe la ropa blanca de su mujer ya enterrada; y colgado, el vestido que ella no tuvo tiempo de estrenar». Como Subercasaux, que rompe y quema todo lo que era de su mujer, hizo Horacio, al punto de que no hay fotos de Ana María.
Algunos lo consideran “el mejor exponente latinoamericano de la literatura del horror y lo fantástico”, digno sucesor de Edgar Allan Poe. Otros, como Leonardo Garet, se fijan en otra parte de su narrativa, viéndolo como el conquistador de la selva para la literatura, despojándola de "maniqueísmo y decorado cartón".
«Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón”. Así señala el precepto 4 del Decálogo del perfecto cuentista, que, para algunos, en su conjunto no es un decálogo perfecto. El primer punto consigna: “Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo». Y como cierre entrega: «No pienses en los amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento».
Con auxilio del cianuro Horacio decide ir más allá de la selva. Tiene 58 años. Es el 18 de febrero de 1937. Otros suicidios se encadenarán a su memoria post mortem: en el 38 se matan su admirado Leopoldo Lugones y la poeta Alfonsina Storni, una querida amiga. También por mano propia se irán sus tres hijos: Eglé en el 39, Darío en el 51 y en el 88, María Elena, que contaba con ocho años cuando sus padres se separaron.
Con inusitada rapidez la madeja de la existencia se gasta. En 1896, con amigos se hacen llamar Los Tres Mosqueteros y Horacio es D'Artagnan. Un año más tarde, con un socio cubre en bicicleta la ruta entre Salto y Paysandú, experiencia sobre la cual escribe su primera colaboración, “Para los ciclistas”, en un diario de su pueblo. En 1899 funda la Revista del Salto y un año después la cierra para viajar a París, donde permanece más de tres meses. En 1901 publica su primer libro, Los Arrecifes de Coral, poemas y prosa poética, con influencia de la poesía modernista, en especial Rubén Darío y Lugones. El segundo libro, El crimen del otro, se edita en 1904, reúne una docena de cuentos y en algunos sobresale su admiración hacia Poe. Sus dos novelas, Historia de un amor turbio (1908) y Pasado amor (1929), no lo hubieran colocado en el lugar que ocupa en la literatura latinoamericana. Lo suyo era, indiscutiblemente, el aliento de la narración breve y Cuentos de amor, locura y muerte (1917) lo reafirmó, son textos que nacen de una profunda experiencia personal. En 1918 publica Cuentos de la selva (Para niños), devenido material de lectura en el nivel primario en varios países. Otras narraciones se reúnen en Anaconda (1921), El desierto (1924), La gallina degollada y otros cuentos (1925), Los desterrados (1926), considerada su mejor obra, la más honda y homogénea, y Más allá (1935).
En una carta a Fernández Saldaña, fechada el 16 de marzo de 1911, Horacio comenta: "Vivo de lo que escribo. Caras y Caretas me paga $40 por página, y endilgo 3 páginas más o menos por mes. Total $120 mensual. Con esto vivo bien". A César Tiempo le confiesa en otra carta: "Yo ya escribí cien cuentos y dije todo lo que tenía que decir". Y para que no haya margen para la duda: "Tengo mi derecho a resistirme a escribir más. Si en dicha cantidad de páginas no dije lo que quería no es tiempo ya de decirlo".
«Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta aunque no lo sea». Es el punto 8 de su conocido Decálogo. No fue un estilista del lenguaje, cierto, pero tampoco es obligatorio para ser un contundente escritor. Algunos críticos señalaban que su escritura era torpe, viciada y confusa. Los tipos crudos y el escenario que mostraba no eran simpáticos para ciertos sectores que celebraban otros efluvios para el arte literario. Pero hay que notar que la influencia del cine, que tanto lo maravillaba, le otorgaba otro estilo a su narrativa, y que la naturaleza y los vaivenes de su vida también la marcaron.
"Horacio Quiroga es, en realidad, una superstición uruguaya”, dijo, implacable, Jorge Luis Borges, empujado por la discrepancia de criterio estético.
“Quiroga logra la tensión expresiva necesaria para que un tema se haga cuento (...) Lo que importa de la obra de Quiroga no es tanto su condición de precursora de desarrollos, que de una forma u otra habrían tenido lugar en la narrativa hispanoamericana, como el haber mostrado a través de sus cuentos las posibilidades y capacidades del género”, escribió Jaime Alazraki.
El verdadero Quiroga existe sólo en los cuentos que tienen por escenario la selva de Misiones, afirma Garet, persistente estudioso, quien apunta que el libro de cuentos Los desterrados (1926) debe considerarse como un paradigma de un tema constante en el escritor: lo "absurdo de lo real".
“A fines de 1905 Quiroga inicia una actividad que también nos permitirá ubicarlo como pionero de un tipo de relación peculiar entre el escritor, los medios de prensa y el mercado de lectura. Con la publicación de "Europa y América" en el magazine Caras y Caretas comienza para Quiroga una línea de colaboración eminentemente ‘profesionalista', derivada más tarde a medios como Fray Mocho, Plus Ultra, Mundo Argentino, El Hogar y Atlántida, que se prolongará hasta 1927 y que absorberá la parte más valiosa y sustancial de su literatura”, dice Jorge B. Rivera, en La forja del escritor profesional. Otro investigador, Pablo Rocca, señala: “Pronto pudo advertir que en Caras y Caretas (...) había hallado el camino justo para su verdadera vocación. Escribir para ella y luego para otras muchas publicaciones periódicas le hará aprender el dominio de una prosa austera y concentrada, que sólo la disciplina del espacio tasado podía enseñarle a cincelar. La hora del escritor modernista y decadente había concluido”.
En abril de 1936 le cuenta a Martínez Estrada: «Cuando consideré que había cumplido mi obra –es decir, que había dado ya de mí todo lo más fuerte–, comencé a ver la muerte de otro modo. Algunos dolores, ingratitudes, desengaños, acentuaron esa visión. Y hoy no temo a la muerte, amigo, porque ella significa descanso. That is the question. Esperanza de olvidar dolores, aplacar ingratitudes, purificarse de desengaños. Borrar las heces de la vida ya demasiado vivida, infantilizarse de nuevo; más todavía: retornar al no ser primitivo, antes de la gestación y de toda existencia: todo esto es lo que nos ofrece la muerte con su descanso sin pesadillas».
La década del 30 fue particularmente mala para él. Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 31-12-1878 / Buenos Aires, 19-2-1937) se elimina como autor tres años antes de suicidarse. Al fracaso de su vida familiar que hace pesar más aún las derrotas de sucesivos proyectos, se suma el declive de su narrativa. “La soledad ha hecho su obra y dirige la mano que bebe cianuro”, se lee en el prólogo de una selección de sus cuentos (en la edición corregida y aumentada de 2004, de Biblioteca Ayacucho).
En 1936 va a un hospital porteño por un persistente dolor. Lejos de la selva misionera que tanto amaba, su ánimo aún se alimentaba de ella. "No veo el día, amigo, de volver a San Ignacio" le escribe a Isidoro Escalera. Pasa un tiempo internado hasta que se entera de que su yaracacusú se llama realmente cáncer. Es mortal la mordida, lo sabe.
La víspera de morir, sale a pasear y visita a su hija Eglé y otros amigos, regresa al hospital y se envenena al filo de la medianoche. No lo sedujo la esperanza ni tenía a mano, como el personaje de su cuento A la deriva, la canoa para lanzarse a la corriente del Paraná y luchar por sobrevivir hasta el último instante. Tantas veces había escrito cianuro, que no le resultaba una palabra de utilería. «Y cesó de respirar».
En El desierto leemos: «De coser bolsas en el Chaco, cuando fue allá plantador de algodón, Subercasaux había conservado la costumbre y el gusto de coser. Cosía su ropa, la de sus chicos, las fundas del revólver, las velas de su canoa, todo con hilo de zapatero y a puntada por nudo. De modo que sus camisas podían abrirse por cualquier parte menos donde él había puesto su hilo encerado».
Basta saber que cosió un puñado de cuentos con el mismo arte que Subercasaux. Y en esos donde puso su hilo encerado, quedan las historias con vida eterna.
«El viaje, de este modo, quedó resuelto. Y no hubo en cruzado alguno mayor fe y entusiasmo que los de aquellos dos desterrados casi caducos, en viaje hacia su tierra natal.
(...)
«–Eu vi a terra... E' lá... –murmuraba.
«–Eu cheguei –respondió todavía el moribundo–. Vôcé viu a terra. E eu estó lá.
«–O que é... seu Joâo Pedro –dijo Tirafogo–, o que é, é que vócé está de morrer... ¡Vôcé nâo chegou!
«Joâo Pedro no respondió esta vez. Ya había llegado.
«Durante largo tiempo Tirafogo quedó tendido de cara contra el suelo mojado, removiendo de tarde en tarde los labios. Al fin abrió los ojos, y sus facciones se agrandaron de pronto en una expresión de infantil alborozo:
«–¡Ya cheguei, mamae!... O Joâo Pedro tinha razâu... ¡Vou com ele!... (Los desterrados)».
© Rosa Elvira Peláez
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