Rosa Elvira Peláez

 

Cuba, 1956. Nació en La Habana. Es licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana y actualmente reside en Buenos Aires. Su obra ha sido incluida en antologías como Histerias Breves (Amigos de Yorick, 2006), El Arca: Bestiario y ficciones (2007, 2008) y en revistas y suplementos literarios de América y Europa. Es también autora del libro Entre fuegos y otros cuentos (Editorial Pre-Textos, 2001). Su obra ha sido premiada en diversos concursos de narrativa breve como el Semana Negra de Gijón. Web

 
 
 
   
 
   

 

Alejandra la sedienta

 

“...Una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos”.

 

La séptima regla del Club de la Pelea dice: Cada pelea dura lo que tiene que durar. Mucho viento acechaba en sus palabras, demasiada noche, quizá. «La noche tiene la forma de un grito de lobo». ¿Cansada Alejandra de ser arrastrada por “la lúgubre manía de vivir” y “esta ausencia que te bebe”? ¿Ya no toleraba la más mínima traición de la “hija” de su voz? O, acaso, ya no le servían las palabras de este mundo y desconfiaba de su capacidad para procrear las necesarias. Cualquier explicación queda cojeando y, en definitiva, “la viajera con el vaso vacío” sustenta el milagro de estar sin estar.

«Señor / La jaula se ha vuelto pájaro / y se ha volado / y mi corazón está loco / porque aúlla a la muerte / y sonríe detrás del viento / a mis delirios» (El despertar, del poemario Las aventuras perdidas, 1958).

Se olfatea en sus textos una libertad candente y una búsqueda tensa que emociona, lastima, y a veces espanta. Tanta muerte mencionada, tanta soledad y vacío, tanto preguntarse por su propia esencia y sentido, le endilgaron el mito de mujer maldita de la poesía, en la línea de sus admirados Rimbaud, Baudelaire, Artaud...

«Cúrame del vacío –dije. (La luz se amaba en mi oscuridad. Supe que ya no había cuando me encontré diciendo: soy yo.) Cúrame –dije» (Continuidad, de La extracción de la piedra de la locura, 1968).

«...Te remuerden los días / te culpan las noches / te duele la vida tanto tanto / desesperada ¿adónde vas? / desesperada ¡nada más!» (La enamorada, del libro La última inocencia, 1956).

La propia Alejandra responde en una entrevista publicada en Barcelona en 1972: “Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión. Este modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que el lenguaje no puede expresar la realidad; que solamente podemos hablar de lo obvio. De allí mis deseos de hacer poemas terriblemente exactos a pesar de mi surrealismo innato y de trabajar con elementos de las sombras interiores. Es esto lo que ha caracterizado a mis poemas”.

Su obra “puede tener una presencia intimidante, puede dejarnos desnudos y mudos por la perfección de su escritura y por el despliegue y abuso de la temática de la muerte que, además, es la de su propia muerte, trabajada con una maestría incomparable”, señaló la poeta Sara Cohen, autora del ensayo El silencio de los poetas.

«...El lenguaje es vacuo y ningún objeto parece haber sido tocado por manos humanas. Ellos son todos y yo soy yo. Mundo despoblado, palabras reflejas que sólo solas se dicen. Ellas me están matando. Yo muero en poemas muertos que no fluyen como yo...

«Vida, mi vida, ¿qué has hecho de mi vida?

«Hemos consentido visiones y aceptado figuras presentidas según los temores y los deseos del momento, y me han dicho tanto sobre cómo vivir que la muerte planea sobre mí en este momento que busco la salida, busco la salida» (Tangible ausencia, uno de sus últimos textos).

«Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy. / Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento (...) Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo que abandona / el viento en el umbral» (Caminos del espejo).

La continua exposición de sí misma que anda en sus textos atrapa, asusta, hechiza y duele, resulta una amalgama difícil de evaluar en cuanto a su composición.

En julio de 1965, Julio Cortázar le escribe una carta, después de leer su reciente libro Los trabajos y las noches: “Ahora sé (ya lo sabía, pero ahora lo sé de alguien que está vivo, cuya mejilla he besado alguna vez) que todo o casi todo puede ser dicho en muy pocas palabras” (ese poemario mereció el Primer Premio Municipal y el Premio Fondo Nacional de las Artes).

La poeta intentaba, y lo logró, concebir un modo de anudar soltando palabras para que expresaran lo que el lenguaje cotidiano dejaba escapar. Saltar más allá de los valladares del lenguaje tiene sus riesgos pero no se dejó intimidar. Que las significaciones vayan al caos, no le da miedo. A esa altura, quizá piense que está de sobra. En los dos últimos años de su vida sacó a relucir “su vertiente más salaz, obscena y grotesca”, lo que prueba su inestabilidad mental o su urgencia por explorarse completamente sabiendo que la locura la rodeaba.

Cuando la sensibilidad extrema su cordura, se torna delirante, acaparadora, ¿un vicio? La autodestrucción tejió un encaje resistente y luminoso, pese a las zonas de oscuridad, entre tanto anhelo, incertidumbre y exigencia poética.

“Una de las frases que más me obsesiona la dice la pequeña Alice en el país de las maravillas: «Sólo vine a ver el jardín». Para Alice y para mí, el jardín sería el lugar de la cita o, dicho con las palabras de Mircea Eliade, el centro del mundo. Lo cual me sugiere esta frase: El jardín es verde en el cerebro (...) Proust, al analizar los deseos, dice que los deseos no quieren analizarse sino satisfacerse, esto es: no quiero hablar del jardín, quiero verlo. Claro es que lo que digo no deja de ser pueril, pues en esta vida nunca hacemos lo que queremos. Lo cual es un motivo más para querer ver el jardín, aun si es imposible, sobre todo si es imposible” (fragmentos de la entrevista publicada en Barcelona).

Manuscritos en más de veinte cuadernos, los diarios de la poeta se conservan en la Biblioteca de la Universidad de Princeton (EE.UU.). La Editorial Lumen hizo con ese material una edición en 2003, tras haber publicado toda su obra en poesía y prosa. Esos textos íntimos revelan "su batalla cotidiana con la escritura, sus inseguridades y su sufrimiento”, apunta Ana Becciu, encargada de preparar la edición, que sorteó algunos límites impuestos por los herederos de la poeta para preservar cierta intimidad.

Dicen que insomnio, acné y complejos con el peso se habían entroncado desde temprano a Alejandra, nombre elegido por sobre el primero, Flora, que le otorgaron los padres, judíos rusos que llegaron a la Argentina en la década de 1930. No atravesó infancia pobre ni violencia familiar que en el caso de otros creadores angustiados pueden acercar con relativa facilidad explicaciones sobre sus fantasmas. Apostó la vida entera a la poesía y no aprendió a mentir ni a resignarse, esto le pudo jugar en contra. En un intento de equilibrar sus temores y ansiedades, un día acudió a las anfetaminas, y otro día echó mano a los somníferos.

Algunos estudiosos de su obra aluden a que casi todos los parientes habían quedado en Europa y fueron víctimas del Holocausto, semejante presencia de muerte en su entorno pudo influir; otros insisten en que la desestabilizó no poco la imagen que le devolvía el espejo pasados los treinta años, cuando en su interior ella se sentía adolescente. Su rostro de niña se iba desdibujando, ya no la protegía, imposible mirar con inocencia como si no pasara nada. Sumaba así otra extrañeza.

Nacida el 29 de abril de 1936, en Avellaneda, cerca de la capital argentina; cursa estudios de pintura y universitarios en la Universidad de Buenos Aires y en La Sorbona (letras, periodismo, filosofía, religión). Es una lectora voraz y se va insertando en diversos ambientes literarios y en la bohemia porteña, vinculándose con otros creadores (Olga Orozco, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares...). Traduce muy bien manejándose con el francés y publica en diarios y revistas. Entre 1960-64 se instala en París, donde trabaja en editoriales y se relaciona con otros escritores (Julio Cortázar incluido, quien la llamaba “bicho encantador”, súmmum de admiración y afecto a la manera cortazariana). Es talentosa y por si faltara subrayarlo en 1969 recibe una beca Guggenheim y en 1971 la Fullbright.

«Tú lloras debajo del llanto, / tú abres el cofre de tus deseos / y eres más rica que la noche. / Pero hace tanta soledad / que las palabras se suicidan» (La hija del viento).

¿Zarandeos de pasión, amores perdidos, inalcanzables, tormentosos? ¿Dudas existenciales? Sí, nunca le faltaron y, sobre todo, esa obsesiva pesquisa en el lenguaje y una autoexigencia desbordada que la mimetizaron, indefectiblemente, con su obra: «...Ella tiene miedo de no saber nombrar / lo que no existe (...) extraño no ejercer más / oficio de recién llegada (...) más allá de cualquier zona prohibida / hay un espejo para nuestra triste transparencia» ( Árbol de Diana , 1962, libro que apareció prologado por Octavio Paz).

Tanta fuerza sobrecogedora y sensibilidad emergen en sus textos, que impacta esa falta de fe en lo que hacía y tanto la atormentaba. «Los ausentes soplan y la noche es densa. La noche / tiene el color de los párpados del muerto. / Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. / Palabra por palabra yo escribo la noche» (Linterna sorda).

Sobre el pizarrón de su cuarto de trabajo escribió, la noche en que se fue para siempre: «No quiero ir/ nada más/ que hasta el fondo».

Hasta ese momento, Alejandra Pizarnik había nombrado la muerte y su vacío de una y mil formas, en su propia lengua, y burlando toda las simplificaciones, reincidiendo en lo que pensaba desde hacía mucho: que la única morada posible para el poeta es la palabra. Aparte: «Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo» (Caminos del espejo).

Diana Bellesi, escritora y amiga, la recuerda como una mujer “irónica, con un inmenso sentido del humor y un gran poder de seducción, que tenía un compromiso radical, con la escritura. Habría que decir, para empezar a comprenderla, que ella era un acto literario en sí mismo, que ella no estaba escindida de su literatura. Ella era su literatura. Y era una mujer fuerte, que seguramente hubiera pensado que el mito que se construyó en su derredor, más que colaborar con la comprensión de su poesía, parece querer domesticarla” (...) “eligió decir determinadas cosas y no otras, Construirse de determinada manera en los textos. Reinventar la lengua para poder decirse. Y en eso se le fue la vida. Y en eso no hay casualidad. Alejandra podía pasar horas o días buscando la palabra que pudiera expresar lo que sentía, semanas con una palabra escrita en su pizarrón a la que esperaba encontrarle un sinónimo que se ajustara más a lo que necesitaba. Eso era lo que más llamó la atención a quienes la conocieron: su entrega, su estar ahí en la escritura, sin respiro, sin tregua.”

«Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras. Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible, por amor al silencio, por amor al lenguaje de los cuerpos. Yo hablaba. En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio. Es mi manera de expresar mi fatiga inexpresable» (Palabras, agosto de 1965).

Dicen que coleccionaba muñequitas rusas, que tenía una letra casi microscópica, un teléfono verde color esperanza y un pequeño pizarrón donde iba sembrando sus versos. Admiraba a Rimbaud, a Dostoievski, a los pintores Paul Klee y El Bosco... Quienes visitaron su departamento porteño cuentan que mantenía en orden las carpetas con sus dibujos y textos, originales y borradores.

“Me gusta pintar porque en la pintura encuentro la oportunidad de aludir en silencio a las imágenes de las sombras interiores”, dice en la entrevista que le hace Martha Isabel Moia, y también dice: “Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea ”. Alejandra sabía. La creación artística como religión acaso la sometió a un martirio al que no podía sobrevivir a largo plazo. Llegaban las rachas donde la depresión dibujaba ojeras cada vez más largas y algo, en el fondo, seguía rompiéndose con minuciosidad haciendo sonar el momento del adiós. “Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos”.

A partir de 1970, una prolongada depresión, varios intentos suicidas, internaciones y tratamientos psiquiátricos fueron la antesala de su muerte apresurada. Es probable que lo haya buscado en vano: no conoció el freno para la creación literaria ni para evitar esa salida del mundo. Quién sabe si imaginara otra existencia donde las sombras, la memoria, el cuerpo y el silencio no fueran una herida constantemente abierta.

«...Para que los días pierdan su nombre / para que el tiempo pierda pie / y tú puedas, al fin, / mirar antes del primer día», había escrito en junio de 1964.

¿Hora de irse a mirar o de urdir un nuevo primer día? El 25 de septiembre de 1972, en un fin de semana fuera del hospital donde estaba internada, se volvió noche eterna con una sobredosis de seconal. La muerte era su amante, lo había escrito.

«Yo no sé de pájaros, / no conozco la historia del fuego. / Pero creo que mi soledad debería tener alas» (La carencia, de Las aventuras perdidas).

Morir no tiene adjetivos, lo sabemos. Se nos fue volando y no hay que esforzarse mucho para verla revoloteando junto a la línea del horizonte. Ella canta, cómo canta, convocándonos a caminar con el fuego de su obra.

 

«Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos» (En entrevista publicada en 1972, en El deseo de la palabra, Barcelona).

 

 

© Rosa Elvira Peláez