
Carlos Germán Belli y su peregrinaje hacia la modernidad
El pasado martes 6 de julio, el Congreso de la República del Perú le confirió al poeta y académico de la Academia Peruana de la Lengua, Carlos Germán Belli de la Torre, la medalla del rango de Oficial Mayor. Nosotros tuvimos el privilegio de pronunciar unas palabras laudatorias en su honor, las mismas que aquí consignamos.
Qué podemos decir de la poesía de Carlos Germán Belli que no sean elogios, que no sea la aceptación de su innegable agudeza artística e intelectual. Decenas de libros de poesía, otras tantas decenas de libros y estudios sobre sus escritos, diversos reconocimientos nacionales e internacionales y su propia poesía son testimonio de la calidad más lograda de la lírica hispanoamericana. Hoy gracias al reconocimiento y a la convocatoria del Congreso de la República del Perú podemos rendir con nuestras reflexiones un sentido tributo a su generosa actividad artística. Con dicho fin nuestra alocución buscará exponer de manera sucinta ante esta distinguida audiencia los rasgos esenciales de su obra, así como destacar su relevancia en el ámbito de las Letras peruanas.
Empeños de la exégesis belliana
A galope entre el imaginario siglodorista y la poesía vertiginosa de comienzos del siglo XX, su obra es no solo una de las más vastas de nuestras Letras (junto con poetas como el mismo Marco Martos que hoy nos acompaña), sino, sobre todo, una de las más orgánicas. Dicha organicidad, por una parte, constituye un estímulo para filólogos, literatos y demás estudiosos que al aproximarse a nuestras Letras encuentran un vasto río que se bifurca entre autores y tradiciones presentes y del pasado. Por otra parte, la obra belliana representa un reto para la crítica literaria que ha pensado nuestra literatura peruana como una suerte de cuerpo inasible que se desvanece en el aire cada vez que pretendemos ponerle nombre o apellido: ni puramente hispánica, ni puramente andina, pero sí pensada como heteroglósica, diglósica, plural, diversa, multicultural, plurilingüe y polifónica. Ciertamente es posible acusar todos estos adjetivos rimbombantes para designar aquella espesura cultural que conocemos por la historia de nuestra sociedad, pero nos cuenta, por el contrario, reconocer en Belli a un poeta que como pocos ha sabido representar los desencuentros sociales, la alienación del individuo, la incapacidad del intelecto y, desde luego, los cepos del lenguaje, aquellas zonas invisibles que la lengua no puede alcanzar.
Sostengo, pues, que la obra de Belli es un reto para las miradas que se han preocupado por definir nuestra literatura a partir de los vacíos, de las negaciones; porque sus versos plantean, por el contrario, encuentros, puntos de intersección y acercamientos de ámbitos, espacios y tradiciones que usualmente no percibimos como semejantes o que, en el peor de los casos, pensamos como incompatibles. Sin tener que pensar en las literaturas del Perú (así, en plural), su obra nos recuerda que la hibridación es una característica inherente de nuestra cultura y que, por ello, nuestro deber como académicos es dar cuenta de la misma, al margen de nuestras creencias o preconceptos adquiridos por deformación profesional o teórica. Algunos recusarán el hecho de que la herencia grecolatina, renacentista (y barroca) que se percibe en la obra belliana nos es ajena o debería serlo; sin embargo, debemos advertir que Belli ha emprendido con su obra una valiosa tarea de reconstrucción de nuestra herencia cultural y, por ello, ha asumido -acaso gratuitamente- la fragosa tarea de reconciliar nuestra prehistoria europea (no solo perceptible en documentos escritos, sino también en nuestro vasto acervo popular) con nuestra vigente cultura mestiza.
El estatuto de lo moderno en Belli
Pero no podemos reducir un comentario sobre su poesía a temas propios del debate teórico. El cuerpo de su poesía es, sin duda, evidencia de una exploración más ambiciosa de la naturaleza del hombre ya sea en su proceso de superación de los males terrenales o ya sea en su propensión mística hacia el ámbito de lo divino. Y así como estos temas son percibidos in crescendo a lo largo de su obra, es posible reconocer de la mano de dicho ascenso una evolución en el plano formal que lo ha llevado, con el paso de los años, a dominar fatigosas formas métricas y estróficas, como es el caso de la sextina de origen provenzal que Belli ha utilizado como arena de los conflictos metafísicos. Se percibe, pues, en su ejercicio lírico una capacidad abrumadora para construir la experiencia cotidiana y contemporánea a partir de la recuperación del pasado. No nos sorprende, pues, que uno de sus más asiduos lectores, Miguel Ángel Zapata, lo clasifique como un “clásico de la poesía moderna”, es decir, como un autor cuya obra se ha erigido en un modelo debido a su capacidad para cuestionar y repensar paradigmas.
La poesía de Carlos Germán Belli sorprende al lector, sea aficionado o profesional, con su favorable capacidad para integrar y actualizar diversos registros de la literatura y, más aún, de la cultura en general. No existe estudioso de su obra que no haya reparado tanto en la variedad estilística como en la consecuente multiplicidad de registros lingüísticos: es posible encontrar en harmonioso maridaje tanto tradiciones europeas del Renacimiento y el Barroco, como experimentos dignos de la vanguardia de principios del siglo pasado, todo ello con giros arcaicos entremezclados con neologismos y frases coloquiales propios de nuestra habla popular que nos dejan absortos por su concierto. Rasgos de la lírica moderna, como el artificio o el hermetismo, se perciben en su obra sobre todo por la capacidad que tiene para cuestionar las convenciones que nos fuerzan a pensar como distintas la lengua poética respecto de la hablada.
Sin lugar a dudas, la poesía de Carlos Germán Belli nos ofrece un panorama complejo que fuerza al lector a repensar muchas de las afirmaciones que se han hecho para el caso de la modernidad en tanto proyecto incompleto respecto de la posmodernidad. En el caso concreto de su poesía se debe mencionar que la modernidad ha sido asumida por la crítica especializada en su obra como una cita de la vanguardia europea, es decir, como una simple repetición comentada. De manera un poco apresurada, W. Nick Hill vio la presencia de la modernidad en su poesía a través de signos que remiten a los productos de “una tecnología que ha transformado el mundo y que lo impulsa en la dirección de un futuro inseguro”. Lamentablemente, Hill, quien más se ha ocupado del estatuto moderno de la poesía belliana, admite que no necesita de un concepto más o menos estable de la modernidad para establecer el marco hermenéutico de su estudio. Le basta con seguir las reflexiones creativas de Octavio Paz en Los hijos del limo, quien a su vez retoma los planteamientos esencialistas de Hugo Friedrich en The Structure of Modern Poetry. Lo que no se ha explicado adecuadamente es que Belli participa de manera desfasada respecto de los ciclos de ruptura de la vanguardia europea: su actividad poética que se inicia a mediados de la década de 1940 asume a la vanguardia como un quiebre estético en relación con la poesía española de la generación del 27 y con el modernismo rubendariano. Para Belli la vanguardia ya no era un torbellino activo y vigente, sino un referente de prestigio. Su obra poética incia como una suerte de experimentación que asume una retórica formal de la ruptura que, sin embargo, no abandona la discursividad de las tradiciones hispánicas que este ha frecuentado a lo largo de su vida: sobre todo, la poesía española del Siglo de Oro. La obra de Belli no se define como moderna por obedecer a las modas, sino, como diría Jürgen Habermas, por mantener un vínculo secreto con lo clásico. Conviene aquí citar unas reflexionar que hiciera nuestro autor en su tesis doctoral sobre la obra de Oquendo de Amat:
No cabe duda que son, a veces, inexplicables las causas que provocan el renacimiento de una moda literaria del pasado o de algún escritor sumido en el olvido o, en fin, el interés por alguna expresión cultural de un punto remoto. ¿Por qué la presencia del arte africano entre los cubistas, o la relectura o aun la imitación de Góngora por los poetas españoles del 27? Más allá, por cierto, de los inherentes valores que justifican el aprecio o la revaloración, hay siempre razones, recónditas e inusitadas, que desencadenan las cosas, y que nos obligan a ramificarnos para rastrear el cómo y el porqué de las devociones generacionales (Oquendo de Amat panvanguardista, “Introducción”).
La novedad es y será tan solo un síntoma del cambio, mas no el cambio per se. Lo que habremos de valorar como moderno en su poesía llega a establecer una conexión con la tradición que al mismo tiempo la actualiza en función del contexto de enunciación. La novedad de sus versos no conlleva precisamente una rebelión contra los cánones; por el contrario implica una reformulación de los mismos que permita no solo actualizarlos sino también establecer un vínculo invisible entre nuestro presente y el pasado que, en última instancia, universalice nuestra experiencia del mundo más allá de las fronteras de la Historia. Al fin y al cabo, su poesía nos sugiere la posibilidad de penetrar en lo desconocido a través de un laberinto intertextual que no cesa de abrir nuevas puertas conforme nuestra lectura progresa.
Erotismo sagrado
Un aspecto sobre el que deseo extenderme para finalizar este homenaje resulta propio de la poesía más reciente de Carlos Germán Belli: se trata, pues, de una inclinación hacia lo sagrado que lo ha llevado a reformular inclusive tempranos tópicos de su obra. Como pocos escritores de nuestra literatura, Carlos Germán Belli ha buscado restablecer el vínculo prístino entre la poesía y lo sagrado. Al respecto, Ricardo González Vigil habla, en términos filosóficos, de un Belli erótico, es decir, de un autor celebratorio que persigue un vínculo con lo eterno a partir de la experiencia mística. Esta búsqueda de lo inasible, este intento por asir la forma que se va ha promovido en Belli una actualización de los tópicos de la tradición literaria del amor cortés, muy similar al caso de Dante Alighieri respecto del dolce stil novo. La amada presente en los poemas bellianos no responde a los prejuicios del amor neoplatónico que escinde el alma del cuerpo: para Belli la pureza del cuerpo y, por ende, la cópula de la pareja, constituyen una de las vías místicas de acceso a lo divino. Canta nuestro poeta tanto a la personificación de la Esperanza (en ¡Salve, Spes!) como a la diosa Higia, procuradora de la salud del cuerpo. Ha sido siempre una figura femenina (no olvidemos a la tantas veces citada Hada cibernética) quien ha cumplido en su obra la función de ser la mediadora entre el conocimiento divino y la humanidad. La novedad de su propuesta radica justamente en la actualización de un tópico, a partir del estudio y de la creación, que le permite replantear el sentido de nuestra experiencia poética del amor: este ya no es visto como un acto agónico de apropiación, sino como una especie de retorno al origen sagrado
Belli, de esta manera, propone una alianza entre los mecanismos artificiales de la tecnología y la mitología irracional para afirmar aquello que algunos han llamado eterno-inmutable. No obstante conviene considerar al menos uno de los textos en prosa en los que Belli muchas veces explica el sentido de su obra poética en los términos propuestos:
Hay quienes creen en la divinidad, únicamente acosados por el pavor ante la posible nada. Igualmente hay quienes adoran la forma artística ante el temor de que termine de desintegrarse para siempre. Pero en este caso la angustia no es la única causa, sino que a la vez hay una tácita devoción, tan antigua como los propios objetos estéticos. Es la fe en la forma, no por el riesgo del vacío, sino por el puro placer de disfrutarla. Igualmente como cuando se adora a la Divinidad por sí misma, y aun si no existiera … Aferrémonos a ella, como nos aferramos a nuestra forma corporal, ante el embate del tiempo, ante la aproximación de la ineludible muerte (mi subrayado, Canciones y otros poemas, 1982.)
La necesidad que Belli plantea de “asir la forma que se va” puede entenderse como la necesidad de congelar el tiempo para que la modernidad pueda representar de manera estable lo eterno y lo inmutable. Su fe en la “forma” (que presupone una noción autorreferencial del arte) termina siendo una forma de la manifestación religiosa. La adoración a la Divinidad se reemplaza en el culto a lo inmutable manifiesto en el espacio terrenal; es decir, surge la necesidad de redefinir la relación con el culto a lo sagrado desde el mismo ejercicio del arte. La comunión del hombre con lo trascendente irrumpe en el discurso poético a través del culto a la forma, vista como manifestación de lo inmutable. En ese sentido, el vínculo que la poesía belliana guarda con lo clásico cobra una vigencia epistemológica sustentada en una transmutación enunciativa respecto del dogma cristiano de fe en la figura de Dios Padre. No obstante, hay algo que todavía nadie ha intentado explicar; la medida en que la ideología belliana es otra cosa distinta de la prédica católica de la Historia de la Salvación, de la Historia Salutis.
La creencia en el “más allá” y la tentativa de “asir la forma que se va” que se acusa en la obra de Belli nos fuerzan a pensar que este no abandona todavía un proyecto moderno en el que la categoría final de toda epistemología no sea otra que la del Dios-Padre: inclusive en aquellos poemas tempranos en los que aparece el Hada Cibernética, esta es siempre una intermediaria entre el ser humano y una entidad que encarna lo sagrado. ¿Podría decirse que en la poesía de Belli la modernidad también trajo consigo la muerte de Dios? Sí y no. En Belli, podemos apreciar, la manifestación de lo sagrado aparece difuminada a través de la invocación que se les hace a figuras como el Hada Cibernética, la más que señora humana, la diosa Higia o la personificación de la Esperanza. Asimismo, podría pensarse que en Belli se han abandonado los ideales colectivos para instalar definitivamente un culto sincrético y personal que establece ciertas particularidades respecto de la relación del sujeto poético con el orden simbólico y, desde luego, con lo sagrado.
No pretendo en lo absoluto reducir la poesía más reciente de Carlos Germán Belli a una lectura de lo sagrado. Dejo de lado temas tan relevantes como la presencia del humor que relativiza muchas veces la seriedad con que los críticos dilucidan el sentido de sus poemas más herméticos. Dejo de lado también la especial relevancia que su biografía conlleva para la interpretación de muchos de sus poemas. Dejo de lado a Dante, a Petrarca, a Eguren y a Vallejo. Quise tan solo mostrar el amplio jardín que su poesía puede exhibir en tan solo uno de sus rincones. Escogí el tema de lo sagrado, sobre todo, porque tiene especial peso para mí como lector. Porque como estudiante de literatura, gracias al descubrimiento de su obra, fui afianzándome lecturas sobre tradiciones y escuelas diversas ahí conjugadas y, al mismo tiempo, reconociendo la evolución de un pensamiento o, mejor dicho, reconociendo la búsqueda de lo desconocido en el más allá. Pretendo todavía asir la forma que se va no por temor a la divinidad, sino porque reconozco en el ejercicio de su gaya ciencia la figura de un maestro que con amor nos enseña silenciosamente a reconocer nuestra relación con lo eterno.
© Elio Vélez
 |