Pablo Brescia

 

Argentina, 1968. Nació en Buenos Aires y reside desde 1986 en Estados Unidos, donde es profesor de literatura. Ha publicado La apariencia de las cosas (cuentos, 1997) y sus relatos más recientes han aparecido en periódicos, portales de internet, revistas literarias y antologías de Cuba, España, Estados Unidos, México y Perú, entre ellas Se habla español (2000) y Pequeñas resistencias 4. Antología del nuevo cuento norteamericano y caribeño (2005). Como crítico, escribe sobre literatura, cine y filosofía. Le hubiera gustado ser futbolista profesional (No. 5) o tenista o baterista/bongosero. Como no pudo, escribe, aunque ahí también está por verse.

 
 
 
   
 
   

 

Los amigos son los amigos

 

Suena el celular. Siempre atiendo cuando me llama.

Franco tiene treinta y cinco años y yo, cuarenta y dos. Hay momentos de nuestra relación en los que la diferencia me parece mucha, y otros en los que me convenzo de lo contrario.

En el primer encuentro intercambiamos direcciones y teléfonos, lo normal en estos casos. En Los Ángeles, nos habíamos unido a un grupo de latinoamericanos que salían a bailar o a veces organizaban fiestas en las casas de los padres más tolerantes.

En una de ellas, a las tres de la mañana y entre cervezas, me lo dijo.

—Me cambio.

—¿Qué te pasó, te caíste de la cama o te diste con algo?

—Me anoté en una clase sobre el Siglo de Oro y me gustó. Érase una vez un hombre pegado a una nariz, o algo así…

—¿No te das cuenta que todos los que estudian letras son maricones?

—Es que apenas te vi me gustaste, papi…

Esa noche empezamos con nuestros códigos, esas maneras que tienen los amigos de reconocerse en la complicidad de una palabra o un juego.

—Bueno, sé que tienes que irte para el avión, así es que a la vuelta…

—Noooo, por lo menos te cuento cómo estaba vestida la primera noche…

Con el tiempo fui puliendo mis recuerdos, haciéndome la idea de que lo único valioso en la casa de mi infancia había sido la biblioteca: era un conjunto de best-sellers norteamericanos del tipo Ruedas u Hospital, novelas policiales de poca monta, algún que otro libro de historia de las civilizaciones y unas cuantas revistas Playboy. No importó demasiado: me leí todo. Como es lógico en dos almas bien intencionadas, mis padres fueron comprensivos y castradores al mismo tiempo: “Estudiarás medicina”, dictaminaron. Una vez en Estados Unidos, las promesas del hard work y de los títulos universitarios futuros los hicieron ceder un poco y pude comenzar a armar mi propia colección de libros.

La historia familiar de Franco tiene pocos puntos en común con la mía. Sé que su padre le pegaba de vez en cuando. Llegó a la familia por un descuido y eso, me decía él, explicaba la poca atención que había recibido. “Yo necesito que se fijen en mí”, me había confesado más de una vez. A los pocos meses de llegar a los Estados Unidos tuvo una discusión con su padre y lo echaron de la casa. Franco nunca miró para atrás, nunca volvió. Ahora se lleva bien con la familia, pero vive solo desde los dieciocho años.

A mí me entusiasmaba la idea de que fuera mi discípulo en la profesión, incluso en la vida. Me resultaba natural que me preguntara cómo era el asunto y que me consultara sobre sus decisiones.

—Esta mujer supera lo de Mariana, la de aquella noche en el barco. Te digo, esta vez fue todo tan intenso que me gustaría tener un frasco mágico para guardar el recuerdo… Es tan corto el amor…

—No puedo creerte. Ni los poemas eliges bien. En fin… ¿Y ahora qué vas a hacer?

—¿Cómo? No te escucho… es esa maldita voz de los aeropuertos.

—Que qué vas a…

—No, Augusto… no me preguntes eso, justo ahora.

Ambos habíamos sufrido celos, desengaño, humillación. Temprano empezaron las confesiones, las largas charlas. Me acuerdo de las “llamadas 911”. Yo salía con una polaca que me tenía a maltraer. Era esa clase de relaciones con las que uno se empecina a pesar de que sabe que terminará de la peor manera. Ante la gravedad de la situación, quedamos de acuerdo en que podía llamarlo a cualquier hora y, si no estaba, le dejaría como aviso el mensaje de emergencia “llamada 911”. Franco entendería que debía comunicarse ipso facto. Me pasaba horas contándole mis desdichas. Él se reía de mis cuentos. Lo de las llamadas fue un código más en nuestra historia.

—Entonces, imagino que ésta es una llamada 911.

—Así es, Augusto. Pero, ¿qué tal te va, maricón?

—Más de lo mismo, que no siempre es mejor. Pero no me cambies el tema, que no me llamaste precisamente para ver cómo estaba…

—No te me pongas duro, que esta vez sí que necesito la ambulancia.

Franco y yo somos diferentes. Al llegar a la universidad, empezó a frecuentar gente de otros países. Los clubes de estudiantes internacionales le prometían amigos y alojamientos futuros en Europa o América Latina. Él buscaba compañía por sobre todas las cosas, alguien con quien poder tomar o ir a jugar un partido de pool. Yo me recluía más. Cuando nos conocimos, no quise decirle que, en realidad, detestaba la música para las masas, los emborrachamientos, la actuación hipócrita para conseguir una mirada o una palabra de una chica. Prefería la soledad de mi habitación, un buen CD, un libro. O tal vez también quería que se fijaran en mí.

Un día, me cayó de sorpresa. Había viajado tres horas. Me encontró sentado en el sofá, con un montón de libros en la mesa de la cocina. Aunque me había visto así muchas veces, esta vez su cara de descreimiento lo delató, aunque no dijera nada. Era sábado, había fiesta de Halloween en las calles, música y gritos afuera. Medio borracho, me gritó que no fuera tan reprimido, tan correcto. No le guardo rencor.

Yo no sé si era una prueba. Pero le dije que no y él se fue solo a la medianoche a fiestear. Eso sí: volvió a dormir a casa.

—¿Y te enamoraste?

—No sé, es difícil, ¿no? Igual, no pude ir a ningún lado…. Además…

—Yo no había querido hablarte de eso…

—Sí, ya sé, no me digas nada. Si hay un infierno, yo voy seguro.

Con el tiempo, Franco descubrió que él también tenía historias para contar. La tipa era de Utah, blanca y algo insulsa. Pero el placer con el que Franco me relató su aventura en uno de los cubículos de la biblioteca la hizo aparecer como una potra iluminada o, quizá, como una suave reina porno. A partir de ese momento, mi imaginación galopó a la par de sus aventuras. Era como si él viviera la vida por los dos.

—¿Y cómo está tu cabeza?

—Lo de siempre. Le doy vueltas y vueltas al asunto y no logro hallar paz.

—¿Qué paz? Asume que lo hiciste, que te gustó, y a otra cosa.

—No es tan fácil.

—Hazlo fácil. Decídete y ya.

La Uthaniana fue la primera.

Por ese entonces me había puesto en campaña para profesionalizarlo a fondo. Cuando conversábamos sobre ir a conferencias y encuentros, sobre publicar y darse a conocer, me escuchaba en silencio. Y si estábamos en el teléfono, me decía:

—Je, debería hacerlo.

Yo veía que la vida iba tomando forma y nos iba alejando. Las pocas veces que nos juntábamos, repetía mi perorata y él asentía siempre con una sonrisa.

—Lo que pasa es que no tengo remedio.

—¿Te pongo unos violines de fondo?

—La verdad es que esta relación necesita una banda de sonido...

—Bueno, cuando vuelvas de Ecuador hablamos con calma. Por ahora, ocúpate de llegar bien allá, de dar tus clases y de calmarte.

Mis confesiones amorosas fueron escaseando. A cambio, le dediqué mi primer

artículo publicado y, a través de los años, le fui enviando otros y algún libro. Nunca me enteré qué le parecieron. O sí. Siempre me decía:

—¡Qué bien!

Y nada más. No tenía tiempo, intuyo.

Recuerdo uno de los últimos viajes que hizo para California. Nos fuimos a tomar unas cervezas. Eran las dos de la mañana cuando me declaró:

—Si se me permite el elogio entre machos, no entiendo cómo no tuviste más líos amorosos. ¿No te parece que estás muy metido en el estudio?

Tragué con ruido, a propósito, y lo miré haciéndome el serio.

—Lo que pasa es que soy medio maricón…

Jessie es la pareja de Franco. Hace cinco años que viven juntos. Una historia como pocas. Él lo dejó primero; Franco casi se vuelve loco y le rogó que volviera. Jessie no quiso saber nada. Franco se mudó a Nueva York para iniciar su carrera de profesor. Jessie empezó a llamarlo; quería que conservaran la amistad. Franco le dijo que se viniera a Nueva York para probar la convivencia. Y ahí están.

En estos cinco años el calor reconfortante del mismo cuerpo en las noches no le sirvió de freno. Al contrario, exacerbó sus ganas. Como es de esperarse, las oportunidades son menos y entonces los planes se hacen más ingeniosos y las aventuras más y más descabelladas, entre el ridículo y el peligro: con el compañero de cuarto de su hermano, cuando va a visitarlo a New Haven; con la secretaria del departamento de filosofía, durante la hora del almuerzo; con alguno de sus anfitriones cuando viaja para dar tal o cual charla.

Un día le pregunté si Jessie se había enterado de sus escapadas.

—Una vez. Lo hablamos y me convencí de que la sinceridad es mala consejera. La verdad, lo mejor es no decir nada.

A mí me cae bien Jessie. Es un poco frío, pero me cae bien.

—Bueno, te dejo un abrazo y hablamos pronto. Y ya sabes… no seas… je.

—Adiós, cuídate. Y felicidades por el premio, eh.

Despabilado a las tres de la mañana, fui descubriendo el plan que se había ido formando casi a la par de la conversación telefónica. Me subí al auto y tomé la I-10 y después la I-35. De Houston a México. Durante el trayecto repasé una y otra vez los detalles.

Llegué. El lugar era tranquilo, con pocos habitantes. Pensé en pedir una cerveza, pero me decidí por un café. Busqué dentro de mi maletín: Sobres, estampillas, cola, una tijera y un libro. Junté los sobrecitos de azúcar y formé varias figuras geométricas, desacomodé y acomodé las servilletas de papel. Ninguna de mis pobres distracciones logró apartarme de mi propósito. Para eso vine, para eso vine, me repetí. Intenté leer la última novela que me habían regalado en una feria de libros, pero mi cabeza estaba en otro lado. ¿En otro lado? La muchacha llegó con el café.

Recorté las letras, las pegué y cerré el sobre. Escribí, con pulso firme:

JESSIE STACKS

2101 BROADWAY, 4TH FLOOR

NEW YORK, NY 10004

Después de todo, los amigos son los amigos.

Ahora suena el celular. Es él. Hago el gesto automático, pero me detengo con una firmeza algo extraña, nueva. Que espere el maricón, me digo.

 

© Pablo Brescia