
Un hombre pasaba y repasaba sus dedos...
Un hombre pasaba y repasaba sus dedos y estampaba el pulso de su pluma sobre la superficie de una hoja en blanco. A sí mismo se decía:
A mi mujer tendría que haberle succionado cada uno de sus gemidos en vez de dejarlos ir por el aire o, morir, desvanecidos, entre la presión de mis manos. Tendría que haberle pedido que escribiese sus sueños a lo largo de mi cuerpo y que cuando se cansara, continuara comunicándomelos en forma de saliva y mordiscos inundándole los labios. Ahora que leo sus deseos, apuntados, olvidados, si apenas esbozados en uno que otro pedazo de servilleta, en el revés de la última página de ciertos libros, escondidos, a veces, en ambos bolsillos de alguno de mis sacos o en una especie de cuaderno muy sencillo al que ella no parecía darle mucha importancia; ahora que duermo con cierta música desprendida de su modo único de juntar y separar palabras, de repetirlas como si tuviera la esperanza de que al escribirlas dos o tres veces, de alguna manera, yo lograría escucharlas; ahora que rastreo el olor de sus anotaciones cotidianas, digresiones, fantasías, miedos, proyectos ocultos, me doy cuenta de que sus palabras nunca fueron inocentes, que poseí todo en ella menos esta ranura invisible de su ser, este silencio sonoro que nunca atravesó mis oídos, que se quedó de alguna manera atrapado en el espacio mutuo creado por la unión de nuestros cuerpos.
Ahora que solo me queda su ausencia, antes de dormir, apago las luces, y de las cuatro paredes de mi cuarto, más el techo, sus palabras (que he pintado con gis blanco) me rodean, envuelven y engullen, y mi piel es un papel raso, liso, donde ella viene, cada noche, a encarnar su voz antigua.
*
-----------------------------------a James Joseph Shay III
mientras te miraba
sólo podía pensar en
con una palabra
o al menos un gesto
ofrecerte
el júbilo de los colores
empozado en las hojas
y su reflejo momentáneo
irrumpiendo
en la continua palidez
de nuestros ojos incrédulos
*
largo
exquisitamente hilvanado
pelaje de sombras abandonadas por el viento
laaaaaarguísimo
espuma de estridente cascada
presagio de otoño desperezándose
fragancia de río tatuada en guijarros
pueblo durmiente en el que hospedo
el inevitable cansancio de mi rostro
y aun así
breve
ajeno
distante
inabarcable
la presión
de un brazo
deseado
contra
los dientes
*
el amor es la absurda frescura de una flor seca,
la resonancia inconfundible de una copa de vino
despertando
sosegadamente
a su vacío
*
el sueño duerme
esta noche
en otra parte
el fuego arde
transparente
en el silencio compacto del hielo
la sangre fluye
sorprendida
de su propio deslizamiento
ayúdame,
reposando bajo la sombra de un árbol
he despertado con un fruto jugoso entre las manos
y mis dedos no pueden sentirlo
Poemas inéditos © Lena Retamoso
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