
Dorisa Day y otros poemas
El desfile de los grandes árboles del sueño.
André Breton
Camino cada tarde por los límites
entre los centros comerciales y las fábricas,
atravesando las colmenas de viviendas sociales,
atestadas, e inmensos edificios de lujo
abandonados por la crisis, a medio construir;
vacíos como mundos mejores, para nadie.
A cada lado, como mares cuyos monstruos
ignotos pueden verse por millares, y a más
de cien kilómetros por hora, me custodian senderos
como esferas de asfalto.
Camino sin pensarlo, porque sé
que arrastran todo el día, y también por la noche,
como un lastre, su música incesante
que me mantiene al margen de su círculo;
el ruido estrepitoso, inevitable
de más esferas, de millones de pequeñas
esferas de metal y caucho girando eternamente,
y sé que es un milagro irrepetible.
Parece que me muevo todo el tiempo,
pero mi huida esconde su reverso,
cruel por verdadero:
es todo lo demás eso que huye
aceleradamente
mientras yo trato de quedarme.
Me vuelvo loco por octava vez
consecutiva. Voy al baño
y duermo en la bañera.
porque espero que cese de una vez
esta repetición.
El futuro reside
en la repetición.
Me gusta lo constante y sucesivo.
Amo las sucesiones.
Pienso en el plástico y mi fácil convivencia
con su entidad flexible.
Un universo dócil.
Pienso en bolsas de plástico.
Recuerdo a mis amantes:
entran y salen de mi vida
como estrellas de carne;
la penúltima
me dijo: busqué siempre
esta imposible honestidad
con más crueldad que compasión hacia los otros,
y, afortunadamente para mí, que no para los otros,
cruel tan solo hacia mí misma.
Todas esas palabras, su recuerdo.
Como agarro la lluvia
entre mis dedos, lo atesoro.
Es toda la belleza que me asiste
en esta huida.
Y huye
como yo.
Alguien abrió balcones y ventanas
para salir gritar el arte ha muerto
para nadie
en un pueblo vacío
en un valle olvidado
Y somos sus custodios,
añadió.
Dorisa Day
Dorisa Day, vaquera renegada,
desvalijando bancos para poder amamantar
con sus ubres de cobre y de papel moneda
a sus antiguas reses, su enfebrecida grey.
Dispara a calabazas y a botellas de ajenjo:
la llaman sanguinaria en los bancales
que fecunda con plomo y con jazmín,
quiero decir con aspersores
y con sonatas para banjo.
Dorisa Day condujo a todos los periódicos
hacia la bancarrota, dando pistas erróneas
para arruinar sus titulares de gran cuerpo
con el temible cáncer de la inexactitud.
Toca toda la noche
su banjo, algunos dicen
que no duerme.
Vive en la carta del tarot donde una luna
deposita su sombra en un estanque
donde vive el cangrejo que soy yo.
Contraria a la tristeza, al contrario que yo,
que reculo constante
siempre que ella baraja.
Malgasta su fortuna
en las tabernas irlandesas.
Cambia por calderilla el amor de los hombres
en los juegos de azar;
para gastarla rápido.
Y habla con los pájaros. Alguna vez
aprenderé ese idioma.
*
De aquí hasta el final, las previsiones del acróbata
prometen luxaciones.
Traza una raya un mago
dividiendo la pista. Gallinas, las persiguen
por todas partes. Una nueva perspectiva
para el funambulista.
Fin de la cuerda. En las terrazas
los cielos extendidos, que mujeres
batean. Vienen mares de polvo y de ceniza.
No es una ventana.
Me detengo, paseo
desde el salón al dormitorio: señoreo
todo mi territorio, en alquiler.
El cuenco de la fruta ofrece fruta.
Es tranquilizador.
De los poemarios inéditos Vigilia del asesino y En los mares de ella © José Óscar López
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