
Elvira Navarro y las cuatro esquinas del ring
Antes de decidir si lo quemaba el dibujo resbaló y se detuvo bamboleante durante unas décimas de segundo en la rejilla de la chimenea. Fue absorbido por una llamarada de fuego tan grande que el calor alcanzó su mejilla, obligándola a retroceder. En el suelo había quedado una mancha. Clara se acercó y pasó el dedo: era la tiza de los dibujos. La limpió con un trozo de papel de váter mojado y con el alambre del cuaderno formó un corazón destinado a resistir algún tiempo (el tiempo en que tardó en deformarse primero, y en clavársele en la espalda después) en el fondo de su cartera. (La ciudad en invierno, Elvira Navarro)
FICHA REALVISCERALISTA
Siempre: Crimen y Castigo, Los demonios, El vicecónsul.
Ahora: Proyectos de pasado, Cómo me hice monja, Helada.
Dice de sí misma que es tímida y lenta, y esto termina de sostener que Enrique Vila-Matas diga que su obra recuerda a Satie. Si también se recuerda que el escritor catalán suele decir que él es Erik Satie, como todo el mundo, se llega velozmente, felizmente, a la siguiente conclusión: estamos entrando en una fiesta. Lo que Enrique Vila-Matas no sabe, porque Elvira Navarro es (o era) una mujer un tanto tímida, es que el día que escribió sobre ella en El País era su cumpleaños, el de ella, el de Erik Satie; el de todos.
 La festejada narra su asombro con pocas palabras, las resume en un gesto, en la boca una O, mayúscula. Hay que contarle una anécdota para que no se sienta sola en la sorpresa, para que recuerde que forma parte, por derecho propio, del Club Secreto de Perec. En una entrevista salvaje, Vila-Matas contó su primer encuentro con Roberto Bolaño, cuando el chileno ya era uno de los suyos pero aún no se habían conocido. La O de Bolaño fue aún mayor, porque dijo: Ostia, Vila-Matas. La causa de todo lo bello al final siempre es la misma: un desconcierto inquietante y hermoso hacia el Adentro. Así describe Elvira su intrahistoria invernal: “Conecté con sentimientos fuertes”.
El día que el escritor catalán escribió sobre esta escritora de orígenes varios (nació en Huelva, vivió en Córdoba y Valencia y se asentó en Madrid con 18 años) era el “último día de invierno primaveral”. Así lo escribió él en aquel texto de El País y así es exactamente La ciudad en invierno (Caballo de Troya, 2007), un último día de invierno primaveral, como lo son ahora, y a veces el último día son muchos. Una oportunidad y una despedida, más que un movimiento cuatro que, en una tirada de dados, aciertan. Sobre la autora, cierto misterio. Ganó el premio de Narrativa en el Certamen de Creadores del Ayuntamiento de Madrid en 2005, y también el Joven Talento FNAC. El relato de los hechos huele a campo. Fresco. “Tenía una beca de la residencia de estudiantes, escribía, Mercedes Cebrián me dijo que a su editor, Constantino Bértolo, le podía gustar lo que hacía”.
Cuando se publicó La ciudad en invierno dijo de ella Care Santos que lo demás hay que imaginarlo, y la escritora catalana también tiene razón. Elvira Navarro no es ruidosa, se toma su tiempo para hacer las cosas. Silenciosa, tímida, lenta, parece de otro tiempo. Según Vicente Luis Mora en La luz nueva, es una escritora tardomoderna. Tardomoderna respiración pausada entre tanta hiperventilación after-post-post-post, porque que yo sepa Elvira Navarro no tiene blog, y si lo tiene y no lo conozco es que no emplea demasiado tiempo en anunciarlo. Cuanto más se aleja Elvira más seduce, más gusta; se agradece que se esté yendo si cuando vuelve trae ciudades en invierno en las que las historias se difuminan, por eso son una cosa y otras. Dice que no escribió el libro como novela, pero se puede leer de ese modo.
 También es una mujer (aunque tenga sólo 12 años, o 14, o 16…) Clara, la que atraviesa la ciudad inverno-primaveral; casi una ciudad de adviento, así que si Vila-Matas se acuerda de Satie quizá yo me puedo acordar de Pizarnik. Antología 15 poetas, transcribo:
"Si me preguntan para quién escribo, me preguntan por el destinatario de mis poemas. La pregunta garantiza, tácitamente, la existencia del personaje.
De modo que somos tres: yo; el poema; el destinatario. Este triángulo en acusativo precisa un pequeño examen.
Cuando termino un poema, no lo he terminado. En verdad lo abandono, y el poema ya no es mío o, más exactamente, el poema existe apenas.
A partir de ese momento, el triángulo ideal depende del destinatario o lector. Únicamente el lector puede terminar el poema inacabado, rescatar sus múltiples sentidos, agregarle otros nuevos. Terminar equivale, aquí, a dar vida nuevamente, a re-crear.”
Si imagino a Elvira Navarro la encuentro leyendo. Me gusta cuando timidez y lentitud se unen (se olvidan) para decir: Soy una lectora clásica. Elvira es capaz de enumerar los libros que le han convertido en lo que es, desde Patatita de Barco de Vapor, cuando tenía 10 años, hasta el viaje completo por los libros del de Brno. Milan Kundera como un aprendizaje. Y Kant como filósofo, si tuviera que elegir alguno. Sorprende. Elvira estudió Filosofía, y encontrar una kantiana en medio de la fiebre por los posmodernistas franceses… relaja. Su explicación al asunto más todavía: “Me parece que es el que tiene más razón”.

© Rebeca Yanke
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