Rebeca Yanke

 

España, 1978. Nació en Getxo. Es redactora del diario El Mundo de Madrid. Su trabajo periodístico la ha llevado a entrevistar a diversas personalidades del mundo de la literatura iberoamericana. En el año 2007 participó en el XV Encuentro Poetas en el País de las Nubes, celebrado en la ciudad de Oaxaca, México. Web

 
 
 
   
 
   

 

Andrés Barba I el Cruel

 

 

Si no solía llorar era sólo porque el mundo habitualmente era un estallido continuo de sorpresas agazapadas, de colores en los que sólo ella podía fijarse, por eso cuando lo hacía se le quedaba el alma sin recursos y se entregaba al dolor lo mismo que a la felicidad.

(La hermana de Katia)

 

FICHA REALVISCERALISTA (A lo García-Madero)

¿Qué tenía Andrés Barba entre las manos últimamente?

La mujer justa, Sándor Márai. Salamandra.

La tentación de la inocencia, Pascal Bruckner, Anagrama.

El libro del recuerdo, Péter Nadás, Seix Barral. ("Prodigioso, cayó en mis manos por accidente, es una maravilla"). 

 

Leer a Andrés Barba se parece a mirar un cuadro de Balthus. Es inquietante. Adjetivo que nada dice pero ejerce su función: inquieta. Uno no querría mirar a esas niñas, no querría mirar sus caras, ni sus bragas, ni ese gatito que se cruza (¿qué es lo que hay en el suelo, un plato? Oh, no), no, no querría, pero inquieta, atrapa, seduce o extraña. Este adjetivo sí que ejerce función. La extraña extraña. Dice Barba que le resulta "más sencillo entender a las mujeres". Los hombres, y ahí viene el adjetivo líder en este párrafo, le parecen "misteriosos".

Andrés Barba de hecho lo es. Es también cortés, femenino (delicioso pero no quiero abusar del adjetivo) en tanto que ausente, parece estar en el "reino inconcreto" de Carmen Martín Gaite, "del que sólo se sabe que está lejos". Por eso leer a Andrés Barba también se parece a mirar un cuadro de Edward Hopper. De repente te das cuenta de que alojas demasiada saliva en la garganta. Tienes que tragar para poder avanzar, y tragar está bien, es bueno; lo necesitas. Incluso quieres más.

Sospecho que Andrés Barba también, porque te lo da. Sus mujeres-niña tienen problemas. Son lo que el autor llama "personajes en construcción sentimental", seres que adolecen y que él describe con la delicadeza del que aún tiene un poco de pudor, pero lo pierde, y termina por ejercer función, como los adjetivos, y se convierte en expresión por acto de amor entrecortado, llamémoslo pulsión. En las novelas de Andrés Barba nada es opaco porque todo está desperdigado, y el amor no es clásico sino matizado. Ocasional, perverso, hipermotivado. Viene por defecto. Está incluido en el paquete. Está.

Dice que entiende mejor a las mujeres y las elige adolescentes porque así están más desnudas, a veces también más accesibles, invariablemente en un estado carencial. Andrés Barba es cruel. Sus mujeres-niña no siguen un patrón clásico, no tienen una familia al uso, o el cielo cae sobre sus cabezas o se mueven los cimientos bajo sus pies. O las dos cosas a la vez. Todavía no crecieron pero crecieron de golpe. Como les faltaban algunas cosas aprendieron a hacerlo también a trompicones. Se sostienen y esconden. Desean y, en su inocencia, se atreven. Quieren un zumo de tomate, han oído que es barato; quieren probarlo.

Quieren que alguien les invite. Barba y sus manos pequeñas (así se titula una de sus últimas novelas), sus niñas con el nombre escrito en los cajones del armario, sus niñas como cajones de su armario. "No tengo pretensión de escandalizar, sino de no mentir", asegura, y su solemnidad se cuela tan bien como su minuciosidad. Como La hermana de Katia (título finalista del Premio Herralde de novela), que se entregaba con la misma naturalidad al dolor y a la felicidad, el lector asume la brutalidad y la delicadeza de Andrés Barba en una suerte de acto reflejo, un amor entrecortado, llamémoslo pulsión.

A los lectores nos ofrece sus mujeres-niña y a sus mujeres reales también les habla de ellas, y de ellos, como si se hubiera parado el tiempo del reino inconcreto, Barba trovador y un cuento infantil: La alucinante historia de Juanito Tot y Verónica Flut. "La escribí en parte para alegrar a una Verónica real a la que está dedicado el libro. Le divertía tanto que le fuera leyendo poco a poco la historia que recuerdo el proceso con entusiasmo, como si fuera una novela por entregas particular". 

El autor de Ceremonia del Porno (mano a mano con su amigo Javier Montes y ganadores del Premio Herralde en 2001), entre impasible y tierno, a sus mujeres reales  les habla de niños pero despojados de todo problema, de todo lo abyecto. Afuera, de toda crueldad. Si en Las manos pequeñas Marina es incluso pre-adolescente (tiene siete años), en Versiones de Teresa ésta no sólo es niña sino discapacitada.

Y ahora La hermana de Katia (personaje sin nombre de los más interesantes que haya creado el autor) va a convertirse en película, ¿lo soportará la novela, los lectores, el autor? Él cree que sí. Las "personas ajenas" –él las llama así- que acometen el esfuerzo de convertir letra en imagen son holandeses. "Es un texto interpretado pero con respeto a la novela original", dice Barba; está contento, cree que ha caído en las mejores manos. ¿En manos pequeñas? Él es un lector tardío y al mismo tiempo un escritor precoz, es al mismo tiempo imperturbable y capaz de conmoverse; sorprende. Variopinto, Barba también es profesor, sugerente en su trayectoria íntima ("tuve un despertar tardío, al que siguió una voracidad muy grande, y muy desordenada) y valiente: sus primeras novelas no parecen tales.

 

© Rebeca Yanke