
"Tabucchi da bastante miedo"
Una cosa es escribir y otra ser periodista. Sucede que para convertirse en la segunda hay que manejar la primera, incluso cuando no se trabaja en medios de comunicación escritos. Sucede también que para hacer entrevistas, por lo general, hay que ser periodista. Sucede más. El verbo, en mi opinión, debería ser impersonal: entrevistarse. Recíproco, mutuamente y al unísono. Puede que se trate, de hecho, de ese término tan manido, anglicismo por lo demás, como es el feedback, muy ligado a la teoría periodística y no sé si tanto al universo literario, al menos el tradicional.
No creo que muchos escritores, tal vez sólo los muy petulantes, tengan la seguridad de saber qué piensa el lector (ente desconocido), por más que haya quien se le acerque, halague, pida dedicatorias o hijos. Ni siquiera los redactores estrella de los periódicos saben qué piensan sus lectores de lo que escriben. La gente no tiene tiempo para descolgar un teléfono, si es que consiguen encontrarlo, y valorar de viva voce una noticia, reportaje o entrevista con su autor. Por eso la comunicación existe en bitácoras y páginas web; cuesta menos teclear, y mucho menos cuesta desvelarse con el nombre que uno escoja, o sencillamente no hacerlo y convertirse en un anónimo más.
Pero lo más habitual es que la conversación, si es que llega a tal, se mantenga intramuros. Uno cuando escribe eso que dije, noticias, reportajes o entrevistas, con quien más habla a posteriori, cuando lo escrito ha cobrado vida, es precisamente con las personas de las que está hablando. Si uno ha trabajado bien, tiene suerte y el personaje (término muy periodístico también, y un tanto despectivo seguramente) está contento serán palabras alegres y agradecidas, en un alarde de feedback. Pocas veces un tercer personaje entra en el juego y decide contar su historia a los ya presentes.
Las Terapias Musicales son, a su pesar, un ejercicio literario de moda, una acción transversal. Son un hibrido. No son entrevistas reportajeadas ni reportajes sobre personajes, ni preguntas y respuestas con escritores, como si fuera balón volea. No existe una meta y el reto, de existir, sería el ajetreo, la conversión de un ritmo ajeno en una canción popular, un café con pastas aunque sólo haya sobre la mesa dos vasos de agua. Con Antonio Tabucchi hubo café a la italiana, aunque estuviéramos en España, en agosto madrileño de treinta grados a la sombra.
Café solo, expresso, por el que peleé en una barra que suministraba cafés con leche, churros, porras y tortilla de patata. Riiiiing, una cosa es escribir y otra ser periodista pero, realizada la maniobra, la conversación, la terapia, es cosa de dos, y entonces sólo quedan ojos y palabras; exactamente igual que ahora. La nueva mesa y sus vasos de agua es esta pantalla. En situaciones estrechas como ésta se tiende fácilmente a la confesión. Tabucchi da bastante miedo. Sus cercanos advierten antes de que tengas la suerte de que el italiano te acepte en su campo, vas avisado, sí, pero esto no disminuye el desconcierto de sostener una entrevista con el padre de Pereira.
La pregunta silenciada era ésta: Es usted impertérrito, ¿cree que para escribir hay que mantenerse en una posición de altura? La pregunta al vuelo busca el momento, espera, se le enciende la mirada cuando escucha una respuesta que le permite acercarse al autor (¿personaje?) sin quemarse. Sin ser impertinente. ¿Está muy caliente el café? Silencio. (¿Le dará pereza hablar de Pessoa? ¿Estará harto de que le pregunten por Pereira?) Riesgo. Café, el sol no se marcha y se escucha: "Me gusta hablar de Pereira, un señor viejo, católico, obeso y con problemas de corazón que tiene miedo. Está muy lejos de lo que yo soy, pero hablar de él es como frecuentar un amigo".

Riiing. Miriada en las retinas. Me tiende una mano, me da valentía. ¿Imaginaba este acercamiento a Pereira, cree en el escritor profeta?
No, el escritor no tiene una bola de cristal. Puede usar la metodología detectivesca, establecer cortocircuitos entre los extremos, pero sobre todo emplea la intuición, o más que eso, el descubrimiento. El escritor descubre cosas que ya existían pero de las que nadie habla.
Riiiing. Las Terapias Musicales son bastante osadas, aspiran a ser una intervención metaliteraria. Titular: Periodista descubre en escritor cosas que existen pero de las que nadie habla.
¿Usted cómo se convirtió en explorador de la imaginación?
De forma casual, como todas las cosas grandes de la vida, y también de manera irresponsable. Publicar es una responsabilidad, escribir no. Publicar es tomar posición, y yo la primera vez lo hice irresponsablemente.
¿Confesión? De nuevo una mano tendida. Hay que agarrarla rápido, este hombre que de tan serio parece antipático es bastante amable. Recojo el envite y le suelto lo que pienso:
¿Al éxito llegó de forma responsable?
No se puede medir el éxito inmediato. La literatura no hace los 100 metros, corre la maratón. Hay que esperar incluso a una actuación póstuma o muy posterior.
A cada momento me gusta más este señor. Categórico, preciso, seguro de sí mismo, tranquilo. No es obeso como Pereira, no tiene problemas del corazón, fuma un pitillo con un elegante filtro, pero hay características comunes entre personaje y autor, entre protagonista de novela y personaje, entre escritor y periodista. Pereira, sostengo.
De tan cerca se llega a preguntas que hacen los amigos y que en boca de reportero parecen tontas. En las Terapias Musicales estas cosas son importantes. Son un acto real visceralista, como cuando García-Madero de Los detectives salvajes pregunta a los poetas que va conociendo en México qué libros llevan en las manos, que están leyendo.
En su pequeño universo alterno, ¿qué se lee y qué se relee?
The Friends of the Friends, de Henry James, por tercera vez, y la biografía de una abogada argelina, defensora de los derechos humanos en su país, un relato de ilusiones perdidas.
Terapias musicales como ejercicio de memoria, de recuperación y búsqueda, y al vuelo siempre al vuelo, porque difícilmente una entrevista dura tanto como una conversación, le digo:
En abril, durante el día del libro en Madrid, Michel Houellebecq dijo que Las ilusiones perdidas de Balzac había que leerlo cuando éstas ya se hubieran perdido, ¿cree que algunos clásicos son inamovibles?
Sin duda. Los clásicos son clásicos porque son universales. Es inamovible La Divina Comedia, como es inamovible El Quijote.
Rápido, rápido.
¿Qué es inamovible en la figura del escritor?
La observación. El trabajo del escritor es mirar. Yo soy un observador.
Nos estamos mirando y ha pasado un rato. No hay café, al sol quedan los restos y tampoco queda cigarro. Ni tiempo, y el hombre serio me regala un arándano cuando, ya bastante relajada, confiada, terminando, le recuerdo una cita de Gil de Biedma que afirma que las influencias hay que merecerlas.
Todo influye en todo, ¿usted acreditaría a un escritor que dice que no le ha influido nadie? También me influye que me haga esta entrevista. Es imposible detectar las influencias literarias, es como lo que ha comido en el almuerzo, se transforma, y “la naturaleza es un río subterráneo”, tenemos 3.000 años de literatura en los hombros, y también de memoria literaria.
Sólo entonces consideré oportuno mencionar a Fernando Pessoa, autor fetiche de Antonio Tabucchi, si el fetichismo fuera algo que pudiera ponerse como un vestido, escritor que traduce al italiano y que le ha llevado a vivir en Portugal; a enamorarse de una portuguesa que siempre está cerca de él sin ser visible, siempre visible sin estar cerca.
Pessoa es un universo, es como Cervantes, un gigante, como Goethe, Kafka, Joyce y Dante.
¿Y usted?
Me considero un hombre afortunado. Estoy vivo, escribo, tengo dos hijos, una nieta, una casa, una mujer. Soy feliz.
© Rebeca Yanke
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