
Jacques, el fatalista actualizado

Ya llegar sin ganas de abrazarla es haber perdido todo antes de empezar, y ni el cielo ni el infierno se interesan por quienes no quieran vérselas como fatalidades. Nietzsche hablaba de amar al propio destino, y esta actitud antigua y casi extinta de resignación altiva ante la vida siempre ha despertado mi respeto, pues asume el riesgo último de un orden en un mundo que parece no tener cabida para el mundo. Se pasa a vivir, pues, del aire, dependiendo de las fuerzas tutelares que responden para irnos cincelando a otra escala.
Soy fatalista, pero admito, con extraña liberalidad, no creer que todos tengan un destino.
Creo más bien que, como cuando se aplica un carboncillo, hay líneas más y menos duras dependiendo del grosor del lápiz con que se las haga. Por eso hay personalidades muy marcadas que devoran al papel que las rodea y otras casi informes, lívidas, cuyos contornos penden de los blancos y demás espacios para verse apenas insinuadas sobre la hoja.
Quienes viven día a día invitando abiertamente a los hados a montar un teatro para que las más tremendas gestas y fortunas puedan darse cita en su existencia, son correspondidos, tarde o temprano, por los impresarios. Pero para que el destino se concrete y uno sepa leer en torno a sí un orden, intención o dirección correcta, debe uno de predestinarse libremente antes. He rastreado un sentimiento afín al mío en ciertos griegos trágicos, en los estoicos de Roma y en Tintín.
© Mónica Belevan
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