Mónica Belevan

 

Perú, 1982. Nació en la ciudad de Lima. Ha sido incluida en compilaciones como Peruanos iletrados. Narrativa peruana (Los Noveles, 2004), Seres de la noche (Ediciones Plenilunio, 2006), Colección minúscula. Cincos espacios de la ficción breve (Copé, 2007), El Arca. Bestiario y ficciones (Sangría Editora, 2007; La Buena Vida Ediciones, 2008) y Matadoras. Nuevas narradoras peruanas (Estruendomudo, 2008). En el año 2007 tuvo bajo su cuidado la edición y el prólogo de la novela Bombardero, del escritor peruano César Gutiérrez.

 
 
 
   
 
   

 

Clitemnestra

 

Debe tratarse de una confusión.

Reclamé a mi madre del quirófano hace unos días y les aseguro que no es ella la persona a la que me han devuelto. Cierto que la que tengo ahora en casa luce como mi madre, huele como mi madre, suena como mi madre y se parece en todo lo aparente a mi madre; es más, osaría hasta decir que en ciertos sentidos me es más agradable que mi propia madre y que nadie que conozca peregrinamente al original podría distinguirlo de su copia.

Mi hermana, que es un tanto distraída, no se habría dado cuenta del asunto si es que no se lo hacía notar. Porque en verdad, lo que nos devolvieron se parece en todo aspecto a mi madre, salvo que, y como les repito, no es mi madre. Y es que hay maneras en las que supera largamente a mi madre, y es ahí donde ese parecido ya se desentiende de nuestra comodidad. Piense que una madre es como un mueble, por más que usted me ofrezca cambiarme el sillón que tengo en casa, el que le heredamos –como a los padres— a nuestros abuelos, preferiríamos quedarnos con el mueble viejo y conocido a hacernos de uno nuevo y por conocer.

Por supuesto que podrá usted decirme que mi reacción ante este asunto es absurda; pero póngase en mis zapatos: la idea de tener que adoptar a estas alturas a una madre que no sea la propia se me hace muy difícil. Y comprendo que lo hayan hecho por el bien de la familia, en verdad lo entiendo, lo abrazo, lo aplaudo, pero algo tiene que poder decirse a favor del hábito. Estoy acostumbrado a llegar a casa y darme de narices contra el muro de su descontento. Eso no significa que éste me haya agradado, aunque ciertamente, en algún momento, me alegró. Me alegró saber, más allá de toda duda, que ni el peso de la herencia y el deber filial, ni el reclamo de las disfunciones naturales y del desafecto prohibido que nos vinculara, pudo hacer de mi lo que ella quiso que yo fuera: algo que ella pudiera querer.

Entienda que al despojarme de mi madre y cambiármela por otra que yo sienta tan afín, está usted restándome -¿cómo decirlo?- fuerzas, energías, ganas de seguir adelante pese a algo, en contra de algo, para algo que no sea yo, sino el descontento de ella, la insatisfacción de ella, el apego insoportable de quien no me quiere pero siente que tendría que quererme aunque no pudiera y no puede, y no pudo, y no puedo resistirme ahora a la idea de perderla.

Compréndame, se lo imploro: la odio. No me separe de ella.

-Tendrá que perdonarnos, entonces. No se lo quisimos decir, ni lo habríamos hecho de no haber usted insistido tanto, pero el cambio es inapelable. Se debió a una orden expresa que nos diera su madre antes de morir, y que ha consignado por escrito dentro de un sobre que tampoco supusimos muy prudente entregarle. Pero ya que estamos, tómelo, que más daño del ya recibido no irá a hacerle.

-Démelo. Permítanme leerlo. Ábranlo. ¡Dios mío! Ya me lo olía venir. Y dice:

Dadle lo que quiera y lo destruirás.

Hoy regresará a casa tarde, abatido, enterado, dispuesto a matar e incapaz de hacerlo.

 

© Mónica Belevan