
Díptico gnóstico
I
¿A qué esta divinización de la basura?
Rechazo al reciclaje: no hay razones o entusiasmos suficientes para sustentar la reinserción de la basura en sociedad.
Desde sus inicios, el mundo ha ido degradándose en su materialidad; pero es sólo en los últimos cincuenta años, más o menos, en que se le ha restado toda perspectiva y paralaje al proceso involutivo que reconocieron los antiguos y que se quedó –al menos en teoría— a la zaga de los triunfalismos eco-cómodos de la modernidad. Prueba de ello es que el asunto ha venido a encallarse en góndolas de hipermercado y naderías, en franquicias comerciales y vitrinas.
Nadie parece percatarse de que toda esta basura ha sido puesta sobre el mundo (y en lo que me toca, en especial, sobre la tierra) por algo y por alguien; tiene, a su manera, una ontología asimilable. Así como el hombre por Dios, la basura es creada sobre la imagen, y con proyección a la eventual desemejanza, de una plantilla superior –al producto primero le sigue su variante desgastada, que va despojándose de lumbre uso y nombre hasta ovillarse en una momia tan inesencial como un embrión (cuya hipóstasis es el coleccionable)—.
But trash is trash. No hay retorno concebible al estado negro original. Y la descomposición de los cuerpos –hasta de esos elegidos por ustedes para perdurar, será –o sigue siendo– lenta, efectiva y final.
II
Cada pie cúbico de tierra es insustituible.
Para persistir al centro de la tierra hay que construir de adentro para afuera; para perecer, igual.
Cada pie cúbico de tierra genera un vacío cúbico habitable. La polis, fríamente alineada a sus circunstancias, crece de adentro hacia fuera y se detiene ante la corteza del planeta.
En otras palabras, ocupamos –estamos siendo ocupados por— todo el mundo posible.
No hay otro mundo salvo sea el exterior (pero el afuera no es afuero nuestro).
Hasta ahora nuestras predicciones han sido –pareciera— exactas, y la tierra, aunque llena de forados, se acaba pero no se ha acabado.
Cavamos, cavamos y cavamos, en la certeza de que si nuestros pronósticos son –como parecerían serlo— correctos, nos quedarían todavía el tiempo y el espacio suficientes para demorar el desmoronamiento de la tierra hasta la próxima generación.
De ahí que hayamos concertado la importancia de introducir un incentivo al planeamiento armónico de nuestra destrucción: por cada hijo nacido, se otorgarán 9.26 metros cúbicos de espacio adicional a la familia. Si mantenemos, tal como lo hemos proyectado, nuestra tasa de natalidad constante de los últimos doscientos años, el peso del afuera nos encontrará no solo muertos, sino hasta enterrados.
© Mónica Belevan
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