Mónica Belevan

 

Perú, 1982. Nació en la ciudad de Lima. Ha sido incluida en compilaciones como Peruanos iletrados. Narrativa peruana (Los Noveles, 2004), Seres de la noche (Ediciones Plenilunio, 2006), Colección minúscula. Cincos espacios de la ficción breve (Copé, 2007), El Arca. Bestiario y ficciones (Sangría Editora, 2007; La Buena Vida Ediciones, 2008) y Matadoras. Nuevas narradoras peruanas (Estruendomudo, 2008). En el año 2007 tuvo bajo su cuidado la edición y el prólogo de la novela Bombardero, del escritor peruano César Gutiérrez.

 
 
 
   
 
   

 

Trouvez Hortense

 

 

Adén es la sede de la luna en la tierra, y desde acá espío al sol con toda naturalidad en su cimbreante extricación de sombras: sus rayos chatarrientos arrastrándose sobre los arenales, su abrazo refulgente, constrictor. Aspas blancas, amarillas, transparentes, imprimen golpes de luz como defectos de daguerrotipo sobre el páramo, golpes secos y resplandecientes de diamante capaces de colársele a uno por los ojos y hasta de colarle a uno la mirada y pasados unos días, ya comienzo a distinguir la trama de agujeros en cada hombre: los bazares están llenos de omóplatos nervados, turbantes, caderas armadas, té amargo, espinazos como asíntotas de algo, labios ampulosos, cavernarios y hasta exoesqueletales. Un bastión de mugre se atrinchera bajo cada uña para recordarnos ese algo que no obstante alguien no recuerda a veces y pregunta a cada ser que se le cruza escondiéndose bajo un rostro taponado de polvo arena y hueso y cal y piedra y si pudiera alguno recordarme a qué vine a Adén a sabiendas de que no encontraría nada sino dioses, nada y si no dioses, nada más. La luz tiende a hacerme olvidar que bajo esas armaduras de piel y tela, hay un gelatinoso que va esparciéndose como una plaga bajo las corazas que recorren la ruta que va desde la pestífera Marsella hasta la tufante Adén y más allá, hasta Indonesia, hasta el Cipango, donde se aventura hasta el confín del mar con la discreción de aquel dragón que se hace inmenso para no ser visto.

De ese admitido del que me hablo, para recordar, depende en buena parte la dichosa enfermedad que he contraído, cuyos síntomas son el vacío radiante de los ojos moribundos a los que les restan todavía años de inercia antes de apagarse, una osmosis de valores por oxígeno. Respiro restos y detritus, y un negro azul profundo como un mero nada por mi lado, evadiéndose de toda pertenencia a la realidad (pues él también ha de morir, como si esto tuviera algo de interesante o excepcional, y sin embargo, lo he pensado, lo bastante como para no decirlo, y un muchacho árabe me pasa por el lado, con las ropas ensopadas y un arpón en alto: ha pescado un mero azul profundo: un mero negro).

Me rodean muchos hombres de este tipo, y mi zarza interior se compenetra con la de ellos, haciendo explicable mi suerte incendiaria en Adén, mi piel renegrida en Adén, los dolores indisimulables de este cuerpo bello que parece indestructible y que, quizás, lo es (aunque no ignoro que no vaya a serlo siempre).

Adén es la sede de la luna en la tierra, medio año más lejos, seis meses más cerca del sol; Adén no tiene polos, sólo extremos; Adén me tiene a mí por centro que se mueve y que descansa y come y se enciende cuando el sol se apaga y se enciende cuando el sol levanta y enciende a todo lo que le rodea con el desafío redondo en su mirada velada de luces, dolida de luces, el iris azulado perforado de luces, de sombras (que no son sino prueba de las luces que me aguijonean, y no obstante sigo bello, fuerte, agujereado, ni las luces pueden con el que llevo dentro, ni las luces pueden con la estrella de pirata que me vio nacer y que me hunde como a un sol en este puerto al interior del cual no hay agua —aunque algún día, la haya—. El dios con pies de arcilla ha muerto, pero mis pies se han salvado de este cruel deicidio en Adén: cubriéndose de arena, me deparan un destino de clepsidra).

 

La mayor parte de la gente que está aquí ha llegado huyendo de algo, pero una fracción –tampoco tan pequeña— de ellos (la que me interesa, aunque no es que vaya a trabar intimidad con nadie) ha venido a reafirmarse antes de que sea demasiado tarde para hacer –y hacerse— todo el daño del que son capaces. Me rodean seres exultantes, déspotas, fanáticos, quizás algún poeta capaz, y no deseoso de probarse. Acá se cree en la vida al margen de las sociedades: blancos, negros, árabes y otros esperpentos coexisten exaltando sus desigualdades, cada quien se cree menos que el otro y más digno de este infierno que cualquiera de sus contrapartes; lo cual hace de Adén el último lugar del mundo donde pueda encontrarse un sentimiento auténtico y profeso entre personas gobernadas por el odio mutuo, el asco mutuo, el mutuo desamparo y la desestima universal. Escupen al cielo y escupen a los mares. Escupen a la tierra. La tierra agradecida les escupe armas, hembras, muchachitos y cosechas: lo que quieran. Por eso vine aquí, al último rincón coherente del mundo, donde el propósito de cada día no es vivir, sobrevivir o nada que se les parezca, sino persistir, en reconocimiento de la calidad de ruina que se gana a pulso (o a falta de él) quienquiera no haya vacilado a la hora de agarrotar su propia voz mediante su propia mala voluntad y buenas manos.

Desde que bajé del barco, he dejado que me huelan, que me den mi espacio y me busquen si es que quieren nivelarse ellos mismos o a algún otro –igual de prescindible, igual de inimitable— a pistolazos. Les muestro la herida en mi muñeca en aras de credibilidad: sé qué es que me disparen, y se sigue que probablemente sepa disparar. La verdad, nunca lo he hecho, soy capaz (de todo), pero no tengo nada que probar. El día que me atraquen, puede ser, mas no sucederá.

 

Yo, en cambio, hace días que estudio, desde un rincón entre asolado y desolé los contoneos de una yunta de estupendos animales: uno es alto, rubio, adusto, obsoleto, puede que hasta de mi tierra, y habla en árabe, reprende en francés y agasaja con las manos a la naja humana que lo sigue como una sombra de su sombra abyecta, con el morro hundido en la del otro, con su eterno terno blanco y sombra negra. El muchacho va y viene, busca y trae, muerde y besa –pero nunca habla— en el marco de la cuenta regresiva de ambos como yunta, como hermosura, como dioses cuyas patas van hundiéndose en la arena hasta no dejar ya rastros de su paso ni siquiera por debajo de la tierra.

Se llama Ahmed, o así le dice el otro, mientras lo acaricia bajo el toldo con la pipa a medio apagar (y hasta medio pagada: detalle elegante, inusual) en la mano, evocándome las zarpas discretas y secretariales de un cernícalo y la estela amoratada del haschisch librado al vuelo repta sobre la pared hasta insinuárseme por el alfeizar de mi única ventana, donde lo recibo y aprendo a distinguir en cada una de las hebras de (c)olor de la madeja de humo, al hombre –con su sano hedor diurno— y al efebo, que me trae un sabor insospechado a regaliz y muerte, pura y sin adulterar, suscitándome un interés agudo , por decir lo menos.

Recibo y acepto los vahídos durante semanas, me familiarizo con ellos, bajo de mi cuarto con la pipa, análoga a la de mi rival, enrevesada entre los dedos; siendo la mía más larga, más estilizada, más exótica, tallada e incrustada con maderas raras y pletórica de drogas délficas, venenos finos a los que, tras siglos de desuso y suposición cerrada, vengo a descubrir a tiempo –y a ras del tiempo— ser inmune.

El niño tiene la piel fría, los párpados fijos, quizás carezca de cerebro o corazón o branquias, quien sabe. Los sigo casi a diario desde hace días en sus caminatas al bazar, a una distancia nada prudente pero indudablemente reverencial: ver y no tocar al ídolo, al que le soy indiferente, para ver y sí ser visto por su sacerdote, quien voltea cada tanto para mantenerme a raya (aunque esa raya que me indica nunca la he pasado). Es tan obvio que llevo dos semanas siguiéndolos, tan preclara mi persecución, que el rubio se resigna, por calor o por desprecio, a acercárseme en el hostal y enfrentarme a través de una mesa en la que llevo una hora abocado a jugar contra mí mismo al ajedrez con piedrecillas de colores de vocal, asunto de mi invento que el señor del terno blanco ve con perceptible desconfianza y ante lo cual pronuncia, muy confiadamente, que:

-Veo que se ha interesado usted por Ahmed.

-Es cierto, le contesto, con un ojo clavado en su rostro y otro en el tablero. Veo (con un ojo) que lo desconcierto. Con el otro, no veo un carajo.

Silencio /que interrumpo, obviamente/ ajustando ambos ojos a la altura de su cara y añadiendo:

-A cuánto me lo deja.

El golpe me zafó un diente, dejándome del todo satisfecho. De momento.

 

Ineludiblemente, nos buscamos cada vez más, nos cruzamos con mayor frecuencia, cortejamos el enfrentamiento. Me enteré de que era British (¡ah!) and a poet (¡oh!), y al preguntar por mí le dije que yo no.

-Por supuesto que no es usted escritor, pero apostaría doble contra sencillo a que es usted francés.

-Belga.

-Miente.

-Siempre.

-No importa, no me interesa. Mi pregunta iba a qué se dedica.

-Traficante.

-¿De?

-Lo que haya, lo que me permita seguir muriendo.

-¿Eso le basta?

-Déme al chico. Se lo vendo.

-Olvídese del tema.

 

Y así, durante varios días, su evasiva, cada día más coqueta, y a diario le excitaba la cosquilla de sentir que disponía, verdaderamente, de una vida. El hombre era tan inglés y tan estúpido que no había visto aún como yo iba disponiendo de la suya. Se proyectaba en esa sombra bella e infantil, y al yo acariciársela, sentía él –sin comprender— un súbito placer en disponer, en arreglar, en entendernos, “porque por más que me duela decirlo, algo debemos tener en común”.

-¿Y usted qué cree que eso sea?

-Ahmed.

-No.

-¿Se ha enamorado usted de Ahmed?

-Es eso, exactamente, cierto.

-Pero miente.

-Miento.

-¿Entonces qué le trae tan interesado?

-El que sea mudo. ¿O no es lo mismo que a usted le atrajo?

-No.

-Y lo escandaloso es que usted no miente ¿cierto?

-Nunca miento.

-¿Miente?

-Nunca miento.

-Miente.

-No.

-Y lo terrible es que es verdad.

Y así durante días y semanas y puede que hasta por un par de meses. Tuve ocasión de aderezar mi contrabando de armas con café, en la medida en que fui adentrándome con el inglés en la ciudad y recorriendo los guariques de Adén haciendo contactos bajo la garantía de ser su nueva sombra. Ignoraba a Ahmed con una tenacidad que le traía loco, solo una vez le susurre, entre dientes: “soy la sombra que ha venido a reemplazarte, hiel de cascabel”. Los ojos se le encresparon y gruñó, como sólo saben hacerlo los mudos, desde abajo, alzando las manecillas de reloj, buscando asestarme un golpe en la cara. Me lo sacudí con el zapato. El chico huele mal, maravillosamente, y aunque no me ha sido dado todavía el confirmar que tiene la piel fría que le he supuesto, estoy más seguro de ello que nunca. Nunca tendré que tocarlo.

 

Con el tiempo y por su propio bien y el nuestro, el inglés comenzó a dejarlo en el hospicio y a salir conmigo, para conversar, decía, aunque nunca habláramos de nada y cada quién se ocupara de lo suyo aunque fuéramos en caravana. No sé cómo hacía para darme tanto la espalda y cómo resistí durante tanto tiempo no rectificarle la confianza. Tenía yo, podría ser, supongo, entonces, otra cosa en mente, algo de lo que me acordaba vivamente las muy raras veces en que Ahmed venía con nosotros, o de noche, cuando regresába(mos) a él, y el chico nos servía té –o le servía té, más bien, hay que ser justos— y me envenenaba— ¡a mí, que soy inmune!— con la indignación umbría de su mirada.

Una de esas noches en las que mi amigo que no lo era tanto se encontraba, como siempre, invariablemente sobrio, suspiré a su oído (regodeándome en que ya me permitiera esa proximidad) que había descubierto qué era eso de inquietante y escabroso que de alguna forma nos unía: “usted es poeta, y yo tampoco”. Fue la primera vez que lo hice reír, y quizás la última. No esa noche, sino la próxima, me mostró algunas cosas de esas que escribía y lo felicité, diciéndole que lo hacía lo bastante mal como para que fuera a irle bien, y que se haría un favor volviendo a su país para probar fortuna. Esa noche me botó a empellones de su habitación, y no vino a por mí sino hasta varios días después. No cabía duda alguna de ello: en todo este tiempo, el muy imbécil no se había dado cuenta de que su actitud para conmigo había cambiado, que me veneraba por haberlo travestido en sombra mía, que me agradecía –sin saberlo— esa nueva coherencia de la que había investido a su vida al ponerlo en el lugar subordinado que por nacimiento le correspondía. Lloroso, estupefacto y franco, me abrió su corazón, me habló de lo que había “dejado”, su mujer, su hijo, me recordó a mi padre, de quien no tengo memoria, a Verlaine, de quien conservo alguna, me recordó, en algo incluso, a mí, aunque no sabría decir a qué, exactamente, vino eso. Aproveché su anagnórisis para hacerle una (contra)oferta irresistible entre tazas reconciliatorias, pipas de la paz, y demás parafernalias amicales. Y aunque dolido, desgarrado y despreciándose hoy más que nunca, no me rechazó esta vez y tras llevarse a la cabeza ambas manos puso sobre mi tablero de ajedrez cromático un par de huesecillos (y algún mechón de pelo arrancado), dos pequeños cráneos de visón o comadreja (y un mechón propiciatorio de cabello rubio), entre las piezas del tablero de ajedrez cromático.

--Le explico, me dijo. O mejor no.

--No me explique nada, no me interesa. Vayamos al grano.

-Al grano. Sí. Al grano. Permítame explicarle entonces, que Ahmed me fue entregado por Fortuna y que si lo favorece a usted en esta ocasión, tendré que cedérselo.

-¿Y qué será de usted si le gano la mano?

-Volver a mi país. Dedicarme a lo que usted. Convertirme en lo que era usted antes de que me lo quitara, para poder quitárselo otra vez. No lo sé. Quisiera ver a mi mujer.

-Comprendo. El éxito lo desorienta.

-¿Qué éxito?

-Sabe que va perder y sin embargo no lo aprecia. Menudo poeta. No se preocupe, su mujer irá a recibirlo a Dover con los brazos bien abiertos. El cielo no se le cierra de piernas a los de su tipo. Créamelo, que no me consta.

Eché los huesos.

 

A la mañana siguiente, Ahmed me esperaba en la puerta con su palangana en una mano y un pan en la otra. No pregunté por el inglés. Los huesos lo había decidido todo y no sólo el futuro del niño (vaya redundancia aquella), que ya parecía haberse hecho a la idea de la transacción y que me siguió, a su antigua usanza, con el morro hundido en mi sombra. Quise desplazarme a otro punto de la ciudad, y eventualmente, aún más lejos, por lo cual compré un camello cuya extraña dignidad geográfica me transportó sin rumbo fijo desde Adén hasta llegar al oasis aleatorio donde me instalé en mi soledad y junto a Ahmed (lo que es un decir, pues era como estar sin él. Me interesé muy poco por el chico).

Al tiempo he tenido que volver al cráter, por mi pierna enferma, que según me dicen tienen que amputar. Llevo días llorando porque me rehúso a no honrar a la gangrena, “la podredumbre”, le digo al médico, “me es aceptabilísima” y sin embargo, se hacen los contactos a mi espalda, vienen a buscarme a tres días de camello desde Adén para traerme, en un viaje de tres días y a camello, para repatriarme a Francia, donde sé qué moriré de una forma espantosa por lo anodina, digna del inglés. Habría olvidado a Ahmed en el desierto si es que no se me hubiera acercado, como un gazapo, a despedirse. Pedí que lo incorporaran al convoy y lo llevaran con nosotros, “sabe atenderme y no me entiende, el sirviente perfecto”. Risas, chanzas y horcajadas para orinar sobre la arena. Todo el viaje de regreso al puerto estuve, francamente, muy risueño, muy amable, alarmantemente triste.

Una vez en Adén, hice a mis escoltas desviarse un instante, y solté a Ahmed cerca del sitio donde lo encontré, prometiéndole volver por él y partiendo de inmediato a embarcarme a Charleville, para terminar de pudrirme en Charleville.

 

Recuerdo de repente el nombre de mi madre: Vitalie, y me parece, como de la nada, significativo.

No recuerdo a Ahmed.

Recuerdo a Verlaine con el crucifijo como la colilla extinta de un cigarrillo entre las zarpas (pero apenas, muy difusamente).

¿Recuerdo a una hermana, Vitalie, también?

No recuerdo a Ahmed.

 

De súbito, recuerdo amargamente –aunque el buque no ha partido y en verdad, no es tiempo para andar pensando en esas cosas— mi última noche en Adén, la noche para la que vine y esperé en Adén, cuando el viento se erizó sobre el desierto y la muerte se apareció, arrastrándose, a rendirme pleitesía. Se detuvo, con característica modestia, bajo el techo de mi casa y de mi vida, y reconocí en la elegante silueta antropomorfa del chacal a aquello que llevaba tantos años cortejando. Llevado por el hábito, la desesperación o el entusiasmo, senté a la muerte, ¡a mi muerte! sobre mi regazo y la desprecié.

Es la última y primera vez que me arrepentiré de algo.

 

© Mónica Belevan