
Los geómetras
Stanley sigue en el sofá, apenas recurriendo al parpadeo. Ya comienza a apestar a pena. Una semana más en este plan (máxime, dos) gime Tristesse, y tendremos que buscarnos unos negros. Stanley me había hecho jurar, a punta de cañón, que el día que muriera le conseguiríamos unos negros para que tocaran ragtime en su funeral. Pero como me hizo recordar Tristesse, hecha una noche: “no tenemos fondos, y si no lo enterramos de la forma acordada, el resto de nuestras vidas estarán a la merced de un Stanley fijo e inmaterial. Lo de los negros va en serio”, ay, Tristesse, desabrochándome, casi sin verme, la camisa.
Yo me miro el ombligo, elijo el escalpelo, se lo pongo entre los dedos, le sostengo al nueve. Tristesse me abre la panza en canaleta, me riega por dentro, revisa mis entrañas, me dice que estoy bien. Aún. El nueve pareciera también estar bien: según Tristesse me está sonriendo, y le digo que a esa edad no puede ser más que una mera sonrisa reflejo, seguro pronóstico de que este nueve será, algún día, un gran neurótico, o un émulo de gran talento.
Sin duda: hijo de Stanley, hijo del juego.
Me siento a su lado, lo tanteo, lo tiento (no sea que te entierren vivo, hermano, mejor te matamos antes para estar seguros, je –eh? ¿Eh? ¿Nada?). Stanley, enfurruñado, esconde la cabeza bajo el ala, haciendo caso omiso a mi parloteo: “De ahí ya no lo saca nadie”, suspira Tristesse, oronda, con su olor a leche y gas noble.
El nueve balbucea. Mi hermana le ofrece una teta de relojería: oblonga, pendular, sonora.
Mi nombre es. Tengo (todavía) treinta y nueve años, llevo algo ya de vida por detrás y alguna por delante. A diferencia de Tristesse, nunca encontré mi justo medio. El carácter fuerte y centrífugo de mi hermana, evidenciado ante todo en su cuerpo –crespo y eléctrico, de una ingente y luminosa redondez— en mí se sugería opuesto: alto como un mástil, yo lucía (luzco aún) como un estilizado salivazo de pintura china, con los límites de mi largor, tanto o más que aquellos de mi alto, expresándose –y esto, dependiendo de la luz, el ángulo y la hora— en sombras extensibles y retractiles. A diferencia de Tristesse, que es constante, yo existo (ahora, todavía) solo por obra del sol, y repto sobre las paredes de las casas día tras día, sin jamás haber vivido una sola noche ni haber podido nunca imaginarme sin contraponerme antes a otra realidad menos intermitente, y más viscosa.
Ostento, además, la calva delatora de un cráneo importante.
Naturalmente, soy una forma imperfecta: cuando Stanley vislumbró en Tristesse la perfección, vio en mí su antinomia confirmatoria. Por eso fui yo quien se sintió obligado a firmar los papeles donde se pactaba que, a la muerte del cuñado, el cuerpo de Tristesse y el nueve no serían mi legado –el patrimonio, o así me lo explicó ese día Stanley, exige un cierto grado de nocturnidad— sino herencia de la humanidad.
Y todo esto acordado entre Stanley y yo con la pistola al cien, contra mi sien, contra su inercia. Una firma y poco ruido. Muchas, demasiadas nueces (que era todo lo que el nueve había comido en sus primeros tiempos, más o menos por la fecha de la firma y antes de que el nueve y el contrato se volvieran, por así decirlo, más palpables).
Mi nombre es. Tengo (todavía) treinta y nueve años y Tristesse, el cuerpo en cuestión y mi hermana, madre de un nueve único en el universo y esposa de un cero al cociente, me abre y me cose a diario, como si a fuerza de su profilaxia fuera a darse la posibilidad de que la muerte de Stanley no antecediera a la mía.
A mí me restan siempre algunas horas de existencia renovable. A ella le espera el horror de la fidelidad y el celo infernales del marido, quien hace siglos dice que se muere en el sofá y desde hace siglos nos reclama ¡negros, negros! a sabiendas de que los preparativos para su sepelio no son más que excusas para retenernos en este equilibrio lapidario que, de quebrantarse, no conllevaría más que la transmutación del nueve en algo así como un escape, una puerta, o un clavo.
La situación es en verdad desesperada. Ya no tenemos fondos y, según Tristesse, con cada noche sucedánea el cuchillo con el que me opera le resbala un poco más y un poco menos.
-¿Sabes lo que significa eso?, me susurra, con la voz esférica, hecha un huevo. “Sí”, contesto, “A falta de fondos, nos vamos quedando sin formas”.
Tristesse levanta la mirada transparente, ya casi traslúcida, y el nueve, envuelto en lana incolora, chilla por su madre. El berrido pitagórico es agudísimo, ultrasónico, y Stanley sigue apoltronado a su antigua usanza.
-No nos va a ser fácil hacernos de esos negros, le confío a Tristesse, a quien no veo (aunque la oigo todavía, sé que llora). Y se lo digo porque ya no veo colores, solo algún que otro contorno, una latencia, algunas formas resistentes de especial dureza: los dorsos de los libros, mi sombra disipándose, los pisos de caoba, un lápiz sin punta (o quizás con una punta que me es ya imperceptible), el nueve, aterrado y silente.
Tomo a mi hermana por el pulso (a falta de muñeca) y le ruego que salgamos a tomar un poco de aire, pero es demasiado tarde: en cuestión de tiempo –y es que nada que puede entenderse por espacio queda ya a mi alcance— no habrá rastro de adentro o afuera.
Y en alguna parte –y es que debe de poder decirse de algún modo— Stanley, el sofá y el mundo se han disuelto en las tinieblas.
© Mónica Belevan
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