
Maschalismos
Ni bien se confirmó que el cuerpo había cumplido cuatro días sin indicio de descomponerse, el hegúmeno Pafnuty ordenó que se la aislara en una celda aparte, que habría de permanecer cerrada a piedra y lodo, además de permanentemente vigilada por los propios monjes a quienes se les quería prohibir la entrada.
El prior daba a entender con esto que había llegado al mundo desprovisto del sentido más rudimentario de la ironía y que carecía en grado máximo de cualquier semblanza de doblez, ya fuera en la intensión o el pensamiento. Y fue realmente tal la admiración que esta inocencia prelapsaria suscitó en nosotros que no supimos reunir los ánimos con los que rebatirle el caso a un hombre que sabía conducirse –y conducirnos– con el despotismo cándido de un crío. El que dispusiéramos o no de argumentos suficientes para disputarle lo que algunos daban con llamar (con cada vez más pelos en la lengua) un “legítimo derecho” importó a la larga poco o nada. La impasibilidad del hegúmeno era paralizante por donde se la viera, y nos desarmó al no dignarse a discutir el tema en sociedad. Toda decisión que fuera a tomarse al respecto le correspondía a él y a nadie más, y en vez de atender a nuestras súplicas, le dedicó más de dos días a las propias, para emerger de sus meditaciones “descansado y con la cabeza en blanco”, es decir, totalmente resuelto.
Acá el quid del asunto era otro. Desde siempre, el hegúmeno no escuchaba a nadie más que a Dios, sin importar que este le hablara o no. Tampoco podía decirse que el porqué superficial de su razón de obrar nos pareciera enteramente improcedente; la que se impuso no fue, al fin y al cabo, sino una de las tantas soluciones temporales al problema que a todos se nos ocurrió –además de la única que de manera unánime, y salvando la inspirada excepción del prior; no hubiéramos tomado nunca–.
Pues aunque los motivos del hegúmeno hubieran sido desde un principio comprensibles a la mayoría y bastante claros, no faltó quien se sintiera despojado, y con razón, del disfrute pleno que correspondía a la recepción de una reliquia. Fueron muchos los que protestaron ante la injusticia, cuando no abiertamente contra la impiedad de que, a causa de los desvaríos del padre Ippolit, el claustro entero estuviera obligado a claudicar al goce del milagro. Alguien hasta sugirió, en un gesto de dudosa solidaridad cristiana, que volviéramos a encerrarlo: después de todo, es el hábito el que hace al monje, y como éste ya llevaba tantos años recluido, seguramente recuperaría la cordura si se lo volvíamos a entregar a la oscuridad. Otros recordaron, vaya a saberse bien con qué propósito, que ninguno de nosotros lo había visto nunca, y que esa criatura casi infrahumana bien podría ser el padre Ippolit o alguien muy distinto a él -en toda la acepción de la palabra-.
El padre Ippolit se había recluido tiempo antes que gran parte de los actuales integrantes de esta laura hubieran sido concebidos; en efecto, el padre Parfyon, que llevaba varios años muerto (los bastantes, por lo menos, para presumirlo totalmente descompuesto) hubiera sido el único en poder reconocerlo y eso, si considerábamos que la memoria que de él tuviera databa de la época en que el padre Ippolit era aún considerado un starets lúcido e iluminado.
El hecho es que el hegúmeno no se dejó inmutar por tan atrabiliarios alegatos y, fijando de manera terminante que el padre Ippolit permanecería en libertad y de que –loco, cuerdo o ambos– dispondría del espacio que quisiera, decretó que lo que sí debía confinarse hasta saber exactamente cómo y dónde disponer de él, era el bendito cuerpo. Jamás se vieron monjes tan amotinados, y temí no sólo por la integridad del padre Ippolit, sino hasta por la del propio hegúmeno.
Así pasaron tres días más tensos que una tregua, en los que el hegúmeno alternó como un péndulo entre la celda a la que hizo trasladar, de forma provisoria y semi-abierta, al cuerpo, y el espacio que le preparamos al padre Ippolit, quien pese a sus furores y a no poder articular, después de tanto años de silencio voluntario, nada que se asemejara a una palabra humana, atendía a los sermones –si es que no tan sólo al tono firme pero afectuoso – del hegúmeno con una obediencia que quería deberse menos a las facultades vestigiales de su raciocinio que a un sentido de la obediencia radicalmente arraigado. Y para el asombro de todos, del rencor afirmativo que embargara en su momento al claustro no quedó, al poco tiempo, más que una dócil frustración, conforme, en todo caso, a las disposiciones del prior.
Durante una semana rotamos la vigía pactada al compás de cada ocho horas, para no alterar el ritmo tripartito de nuestra jornada acostumbrada.
***
A nadie sorprendió tampoco que la única excepción abierta a acatar al orden fuera la del padre Illarion junto, cuando no, a la de alguno de sus pocos partidarios, en su mayoría novicios remolones y apasionados, renuentes, por la propia juventud, a la imposición inapelable de una voluntad que percibían como ajena y, por tanto, equivocada. Puedo y debo decir, sin miedo a equivocarme, que entre ellos se encontraban muchas de las mentes más dotadas de nuestra comunidad, y que el propio Illarion era, pese –y quizá también a causa de– su atípica soberbia, un hombre absolutamente predispuesto a la grandeza.
Si tuviera que expresar la índole de la rivalidad entre el hegúmeno y el padre Illarion, quien sin duda le aventajaba en talento y edad, tendría que serme dado el describirla como la incompatibilidad –perfecta, a su manera– entre el santo y el genio. Allí donde el primero se había despojado de cualquier residuo de identidad para erigirse en una especie de modelo vertical de la humildad; el otro retenía, hasta en su belleza física, casi brutal, la densidad de una nube magallánica y constituía, con su mera presencia, una galaxia enana y extrañamente independiente del sistema claustral. Según el padre Nikifor, Illarion le traía a la mente, por su tipo fuerte sin comparación con miembros sólidos y pecho robusto, la imagen que Guillermo de Tiro pintara del cruzado Godofredo de Bouillón, Defensor del Santo Sepulcro y fundador del Reino Latino de Jerusalén. Y es que todo en Illarion era atrayentemente anómalo e insinuaba el prestigio desaparecido del asceta combativo, del hombre de Dios cuyo sitio está en el mundo, y sitiando al mundo para la mayor gloria de Dios. Illarion vivía, pues, en pie de guerra y sin más adversarios que el que le otorgara, con grotesca literalidad, la simetría.
Ya que, de manera análoga y opuesta, el hegúmeno se destacaba –o más bien dicho, se perdía– en su aura umbralicia, y su cuerpo, en apariencia contrahecho como a partir de la escala endiosada de Illarion, existía poco más que como un órgano atrofiado de su alma, tal como sucede con las desmesuras mínimas de algunos insectos del Nuevo Mundo. Pafnuty compartía con estos, además, el encontrarse fatalmente restringido a un nicho de específico exotismo; producto y agente de un entorno cuasi-edénico en que le fuera permitido subsistir y refinarse de maneras más exageradamente limitantes. El refinamiento espiritual de Pafnuty lo había vuelto casi imperceptible a los sentidos, y era en esta forma esencial que su administración del monasterio alcanzó un clímax de eficacia incomparable al de su predecesor, hombre de practicidad extraordinaria que no supo, pese a todo, hacer del ejercicio de la autoridad algo tan sutil y subversivo como para alterarlo en poder inefable, infinito.
La antipatía natural, por así decirlo, entre el hegúmeno Pafnuty y el padre Illarion era, pues, de muy larga data, y se debía más a una preordenación constitutiva que a desavenencias propiamente teológicas. Nadie hubiese encontrado otro asidero para expresarse sobre el caso a mano, en el que, efectivamente y desde un principio, el esplendoroso padre Illarion abogó por la publicidad del cuerpo y el hegúmeno por su total confinamiento. Ambos tenían sus razones, significando que ninguno de los dos encontraría en las del otro un motivo suficiente para elastizar las propias. Y aunque bajo ninguna circunstancia se hubiera suscitado entre ellos una escena, las pasiones estuvieron esta vez tan encendidas que, contrariamente a lo que hubiera hecho de normal, en vez de alejarse por un tiempo del bullicio mundanal del monacato –como acostumbraba hacerlo allí donde las discrepancias del momento parecían querer ungirse de un cierto aire ritual– Illarion ni se retiró ni dio tampoco evidencias de reconocer (cosa que nunca había hecho antes) la superioridad jerárquica de su prior.
***
Y es que lo que no podría evadirse era la complejidad del caso; el que nuestro antiguo starets, el mentado padre Ippolit, se hubiera comenzado a manifestar de las maneras más insospechadas desde el mismo día en que el anciano arribara a nuestra laura . Lo que de incómodo había en todo ello es que todos hasta aquel entonces habíamos tomado al padre Ippolit por un santo, y los alrededores pululaban de historias, ciertamente enjaezadas, claro, de la fabulosa eminencia espiritual que en su momento –antes que tomara la resolución de hacerse esíjyia– fuera la razón por la que miles de personas visitaran nuestra laura en peregrinaje desde las distancias más alucinantes. Nunca, hasta este entonces, se había cuestionado la magnética bondad de nuestro encerrado; pero, qué duda cabía, la santidad del cuerpo incorrupto del anciano que llegó, como decía la nota que encontramos aplastada entre la piel de su cintura y su suplicio, “del desierto, atravesando a pie la estepa”, era igual de incontestable.
***
La noche misma del día en que el viejo murió, el padre Ippolit, que llevaba emparedado unos sesenta años, dio a entender, mediante gestos al novicio encargado de cuidarle (desplazaba una piedra de su celda amurallada en las mañanas para darle de comer y recibir la palangana con los excrementos) que quería salir. La sorpresa fue completa pero por supuesto nadie quiso denegarle la que bien pudiera ser su voluntad final. Pensamos que quizás el presentir la estela de la muerte en el monasterio le impelió a que le dispensaran la extremaunción, junto al matrimonio el sólo sacramento que no hubiera recibido.
Y estaba desde luego el espolón circense de nuestra curiosidad: jamás habíamos visto a un santo, y aunque no esperábamos que fuera muy distinto a los demás, ignorábamos del todo si es que seres como ése emanaban o no alguna cualidad que sólo las personas más espiritualmente evolucionadas –y acá todos los ojos se posaron sobre el cuerpo casi invertebrado del hegúmeno– pudieran captar. Aún si éste hubiera sido el caso, el hegúmeno no nos los habría comentado, pero una especie de frivolidad tribal se enseñoreó de todo el claustro, y esperamos impacientemente a que los padres Alexei y Nikifor destrabaran la puerta.
Lo que emergió de la celda se asemejaba mucho más a perro grande de pelaje ralo e hirsuto que a un ser humano. Babeaba; recorría pequeños tramos erguido, para colapsar al poco rato sobre las yemas de los dedos fortísimos y enhiestos de la mano; y era claramente intolerante a la luz solar. El padre Ippolit, que ya no parecía responder a ese nombre, se arrimó a un rincón, como aturdido, y el hegúmeno, profundamente conmovido, nos instó a dispersarnos y volver de inmediato a nuestras ocupaciones. No se sabe en qué momento lo dejó, aunque puedes asumirse que los primeros síntomas de resistencia a la corrupción que delatara el cuerpo tendrían que haberse notado más o menos a esa misma hora. En cualquier caso, el esperpento parecía pacífico e incapaz de dañarse a sí mismo o a nadie más; el padre Nikifor nos informó que en el curso de esa tarde comió con apetito y que parecía desinteresado de todo lo que sucedía a su alrededor, estando con la mente (de tenerla) en otra parte. “Cuando se sentaba sobre sus ancas con los ojos vueltos hacia la pared, absorto en sus ruminaciones, parecía una esfinge”, y efectivamente, cuantos lo vieron de cerca aseguraron que su mirada, aunque nada inteligente, era innegablemente humana. A todos nos constaba que su cuerpo, sin embargo, se había naturalizado.
Lo siguiente que supimos de él es que esa noche, el padre Nikifor lo encontró con garras y dientes en los tobillos del muerto, y fue ahí que muchos no dudaron en considerarlo ya no sólo un monstruo, sino un demonio. En retrospectiva, me atrevería a condenar a esta reacción por lo exagerada: un perro habría hecho lo mismo sin darle importancia a la procedencia e implicancias del cadáver. En lo que considerose una muestra de coraje ejemplar, el hegúmeno solicitó pasar la noche con Ippolit en su propia celda.
Junto al padre Nikifor, se me pidió que retocara las heridas del cadáver. Por poco no le devoraron los tendones.
Terminé con mi trabajo una noche después. La relativa lozanía del muerto me hizo ponderar que éste había llegado a nosotros en un estado tan deplorable, que cualquier herida que Ippolit le pudiera haber inflingido parecía poca cosa en comparación al íntegro del cuerpo remendado que tenía ante mí.
***
Puesto que a todo esto debe antecederle la historia del anciano mismo, de la que no puedo decir más de lo que estrictamente sé, que es poco: un buen día, que no era de ninguna fiesta en especial, se apareció sin previo aviso y como de la nada en nuestra puerta un viajante, viejo y de aspecto espantoso, con los ojos pálidos y turbios como ópalos y con los labios recosidos con alambre. Su aspecto general no era mucho mejor que el de Ippolit. Parecía que hubiera recorrido el mundo entero a pie, si es que no descalzo, y las uñas se le habían confundido irresolublemente con los callos. No podía ver ni abrir la boca más que para dejar pasar líquidos; razón por la que lo que más nos sorprendió es que hubiera conseguido orientarse hasta la laura en lo absoluto. Tampoco parecía entender palabra de lo que le dijéramos y debe de considerarse que hay en nuestro claustro rusos, griegos, italianos y hasta algún experto en lenguas orientales. No pudimos sustraerle ningún tipo de información más que la carta que le encontramos, como expliqué, pegada con sudor y arena entre el vientre y un suplicio de espinas de pescado, y decía en un griego inteligible aunque no muy bien escrito:
He venido del desierto, atravesando a pie la estepa, sin más guía que la lengua de los pájaros que todo lo ha dicho en ordinales y para aprenderla no se me ha pedido más que transformar mis fauces en mi propia jaula y tragarme mis palabras.
O algo a esos efectos, porque, tanto literal como figurativamente, cabe decir que el anciano no tenía tampoco lengua y que emitía un chasquido como el de una cloaca.
Murió, quiero creer que de hambre, a los pocos días.
***
Pero volviendo a lo que decía, para cuando los ánimos de la mayor parte del claustro se hubieron aplacado, a Illarion nunca se lo había visto más exacerbado. Tomó una postura intransigente con respecto al caso Ippolit, demandando que se lo confinara hasta que no quedaran dudas de que era inofensivo; caso contario, él se encargaría personalmente de restablecer “algo de orden a este infierno”. Esperamos la respuesta de Pafnuty que, al parecer y fiel a su costumbre, no la dio.
O no la dio en público, en todo caso.
Esa noche, regresando de zurcir al cuerpo, me encontré con nadie menos que el hegúmeno y el padre Illarion en un conciliábulo insospechado. En mi esfuerzo por sobrescucharlos fui rápidamente detectado, pero para mi alivio, tras un breve y pausado intercambio, me llamaron por mi nombre y me pidieron –más bien me ordenaron– que los “ayudara”. No supe con qué, ni mucho menos de qué hablaban, pero ambos enrumbaron en la dirección de la que yo venía, y los seguí como quien no quiere la cosa sin que por ello le moleste estar al tanto. Nunca he hecho nada que vaya en contra de mi conciencia (quizá porque no la tengo, una de las bromas más gastadas del padre Nikifor) y el mero hecho de ver que estos proverbiales enemigos parecía estar aprestándose juntos a algo me encantaba.
Regresamos los tres a la celda donde reposaba el cuerpo y el hegúmeno, en un gesto que me estremeció por lo inesperado, me arrancó la lámpara de aceite de las manos y la tuvo sobre el rostro del anciano. El padre Illarion, quien se había agachado a los pies del muerto para –pareciera- estudiar la herida que le hiciera Ippolit, se acercó a su vez a la cara del muerto, nuevamente se agachó junto a él y examinó, con gran detalle, cada pormenor del cuerpo. Sin cruzar una palabra, me exigieron que los encontrara en el mismo velatorio y a la misma hora la noche próxima y sin siquiera reparar en mí, partieron tan juntos como llegaron, sin mirarse el uno al otro y sin escudriñar, tampoco, el camino. A pocos metros de la puerta de su celda, el padre Illarion tropezó sobre sí mismo.
***
Al día siguiente, no le provocó dolores de cabeza a nadie, lo cual me puso nervioso por razones que no supe entender, aunque no vacilara en preguntárselas: “¿qué tiempo tiene el muerto?”.
–Tiempo, dijo, como sin pensarlo.
Me enteré, mucho después, que ese día -y cuando creyó estar solo- el hegúmeno soltó al padre Ippolit en el desierto. El padre Nikifor lo vio hacerlo, y por no saber bien qué pensar de todo aquello, hizo bien en no pensar más sobre el tema y punto.
***
Cuando llegué al velatorio a la hora acordada, tanto el hegúmeno como el padre Illarion ya estaban allí. Lucían consternados y podía ver que estaban preparando algún tipo de operación. El prior llevaba entre sus manos trémulas unas tenazas que pesaban más que él y que le daban una atmósfera de Rigoletto. Les pregunté qué era lo que tenían pensado hacer y me dijeron sin titubear por un segundo: maschalismos. En otras palabras, el hegúmeno y el padre Illarion, que jamás se habían entendido en nada, habían finalmente concordado en la importancia de rematar a un muerto. El absurdo de la escena me hizo estallar en carcajadas, cosa que a ellos, por su parte, no les causó mucha gracia (puede que porque estuvieran demasiado concentrados). Me costó asumir el que, efectivamente, iban a continuar con esto hasta el final para dar término a lo que, a su modo, comenzara el padre Ippolit.
–¿Me están diciendo, pues, que el muerto no está muerto y que encima hay que matarlo?
–No, me dijo Illarion.
–No está muerto, agregó el hegúmeno, es que no está vivo , nada más.
El padre Illarion asintió a esta explicación poco esclarecedora con su ominosa cabezota, procediendo a ceñirse un pañuelo oscuro a manera de gorra, supongo que para impedir que sus cabellos, todavía muy poblados, se interpusieran en su faena. Me informaron, mientras remataban los preparativos, que el cadáver no era exactamente santo ni incorrupto ni tampoco exactamente un cadáver, es decir, el muerto –que no estaba enteramente muerto– ocupaba una especie de estado intermedio que le hacía factible el revivir y
–¿Y?
–No lo sabemos, dijo el hegúmeno, aunque hay razones para suponer que no sería nada bueno.
Me quedé perplejo. Aquí estaba yo ante dos monjes instruidos y ortodoxos como pocos, que habían sucumbido a una suerte de histeria folklórica y se aprestaban a descuartizar a un cuerpo humano al que una noche antes yo me había ocupado de coser y acicalar. La costumbre popular eslava establece, a contrapelo de lo fijado por la Iglesia Ortodoxa, que la indisposición de un cuerpo a descomponerse es un síntoma seguro –y vaya si me cuesta decirlo– de vampirismo. Pero nada me iba a convencer de que el pobre cuerpo incorrupto que tenía, comprobablemente, ante mis narices, eran nada más que eso: “un cuerpo incorrupto como otro cualquiera ¿eh?”, me provocó el hercúleo padre Illarion. Lo que éste y el hegúmeno estaban emprendiendo con el muerto me hubiese parecido permisible, hasta irreprochable, en un poblado campesino a la sombra y tradición de los Urales, pero que esta dupla de cristianos, bizantinos y atonitas, enquistados en el medio del desierto, dedicados al estudio de los Textos impolutos y –que yo supiera– libres de cualquier superstición distinta, estuvieran por hacer lo que en efecto estaban por hacer… lo último que vi antes que Illarion se apiadara de mi horror, propinándome un experto golpe en la cabeza, fue al hegúmeno Pafnuty erguido como Hefaistos sobre una banqueta, halando lentamente los tendones que Ippolit dejara expuestos con sus pinzas gigantescas. A su lado destellaba un serrucho que ya había usado, no sé bien en qué momento, para cercenarle el pie derecho al muerto que, al parecer de ellos, no lo era tanto.
***
Podría resumir todo diciendo que tanto el hegúmeno como el padre Illarion eran rusos y que pese a no tener más nada en común, esto ya era de por sí bastante; pero sería injusto, además de discutiblemente impío, el que así lo hiciera.
Recobré mis sentidos para cuando el maschalismos ya casi había acabado: los pies, las manos, la nariz y hasta una porción que jamás habría imaginado de la lengua (que seguramente extrajeron de lo más hondo de la garganta) estaban metidos, todos juntos, en una enorme y sangrienta batea. Los miembros cortados, desprovistos de contexto, me inspiraron más curiosidad que miedo, y el cuerpo había sido mutilado con una precisión y un respeto tales que me inclino a pensar que ambos, además de rusos, fueron, antes de volverse monjes, médicos. Los cortes, aunque realizados con serrucho, eran de una prolijidad tan increíble que parecían hechos con sierra, y me admiró ver, tanto en el rostro del hegúmeno como en el del padre Illarion, una misma expresión solemne denotando reverencia, por un lado; por el otro, la satisfacción que proporciona un trabajo arduo a punto de quedar bien terminado.
En el piso yacía enredada la “jaula” que le cubriera la boca al viejo y que, ahora que la pude ver entera, se había prolongado de manera crudelísima hasta sus entrañas, lo que habría hecho hasta del tragar saliva una prueba ordálica. La lengua, o lo que quedaba de ella, se debía haber zafado al sacar el armazón entero de la jaula, y la parte que faltaba, sospeché, había sido lentamente consumida como único alimento del anciano en su viaje a pie a través de los desiertos y la estepa. La forma exacta en la que el viejo se había sobrepuesto al dolor de ir trozándola contra el alambre hasta cortarla para de ahí pasarla al estómago con babas se me escapaba por entero, pero excitó en mí una extraña y elegíaca simpatía por el (casi) muerto.
Según el padre Illarion, éste parecía haber estado al tanto, desde antes de morir, de las supuestas implicancias de su condición, y se ocupó de tomar las providencias del caso recurriendo a distintas vías de expiación: la jaula, la ceguera, el hambre, el desierto, y la oración también, seguramente. Nos lo imaginamos como a un hesicasta que, habiéndose encontrado preso en una situación como la nuestra, quiso impedir a su manera que se repitiera esa misma escena con actores nuevos. Sin embargo, el anciano probablemente llegó a percatarse de que el único modo de agotar su estado era regresando al mundo, o a esa parte del mundo, del que sus vocaciones conjuntas de monje y de monstruo le apartaron. Si es que había sido un hesicasta, hasta el monasterio le habría parecido un averno, y habría tenido razón.
–La razón por la que vino a parar a nuestra laura, dijo el padre Illarion, es porque tenía la esperanza de que alguien le hiciera esto .
Me pareció horrorosamente absurdo.
–Debe haber rezado años para que dos tipos como ustedes hayan tenido una ocurrencia como ésta, lo interrumpí.
El padre Illarion alzó un hacha de hoja limpia con destreza y me resguardé, sinuosamente, tras la espalda del hegúmeno, a quien le pregunté cómo haría para explicarle esto al resto del claustro. El hegúmeno Pafnuty me encaró con ambas cejas tejiéndose en un vértice negrísimo sobre su frente:
–¿Qué puede explicárseles, Ambrosio?, dijo. Ni uno de ellos tiene fe.
Examinando el hacha con escrúpulo, el padre Illarion se la puso entre las manos al hegúmeno. Supuse, mal, que el propio Illarion le atestaría al cuerpo el literal golpe de gracia, pero entendí que pese a su apropiada fortaleza, este corte en particular correspondía, por superioridad jerárquica y real, a Pafnuty, quien, blandiendo el arma quedamente sobre su cabeza y encorvando los omóplatos en un arco casi circular, midió el impacto aéreo de su levedad entera para no fallar.
Le pregunté, a tiempo todavía, por qué me había dejado presenciar -y a mi modo ser partícipe de- todo esto y, echándome como un par de dados a la cara un oteo elíptico y ladeado, bramó con una risa carnicera que no le reconocí:
–Pues porque tú tampoco tienes fe, Ambrosio.
Y zas.
© Mónica Belevan
 |