
Carbunclo
25 de setiembre
Lo primero de lo que se me previno, al momento en que se decidió mi intervención, fue que sobre todo durante los primeros meses, su ilusión de profundidad sufrirá, aunque el cerebro, Mr. L, es una maravilla, y la naturaleza –créamelo— compensa por todo con creces. En cuestión de unas pocas semanas usted verá al mundo como cualquier ojo de vecino y hasta, sabe –me lo dicen mis pacientes incansablemente— con un nuevo agradecimiento ante la vida. Puede incluso que su audición mejore, sabe: han habido, he tenido, casos de ese tipo.
Lo único que podría acarrearme alguna eventual inconveniencia, dijo –haciendo una primera pausa en lo que ya venía pareciéndome una presentación muy masticada— sería el trabajo que requiera su enfoque a distancias muy cortas.
Ante esto, bajó la mirada como para no inspirarme envidia, mientras que mis ojos, el bueno y el más interesante, se posaron cada cual –uno muy vivo y el otro no tan ciego— en las entradas que llevaba tan grabadas como dos cunetas a sus treinta y ocho años de edad y pocos, demasiado pocos años de trabajo a distancias muy cortas aunque, como dije, con el pulso arrítmico y descorazonado de un francotirador, porque usted, le dije, quedamente, es cirujano, y usted (me amenazó desde un alfeizar de pestañas afiladas) no solo es un hijo de puta: encima es pintor.
Pero, continuó, impelido a terminar su perorata y a poner todos los parches antes de marcar la x del tesoro o de la herida, tampoco esto le será un problema, he visto casos como el suyo antes, sabe. Quizás le cueste un poco más de tiempo acostumbrarse a hacer cosillas ínfimas, como enhebrar una aguja, pero para eso está su señora, sabe, para ayudarlo con sus menudencias.
Claire, que es en sí una menudencia, estaba –y olvidé decirlo, porque es siempre el caso—apostada como un parapeto a mi lado, inflada de solicitud, devota hasta el descaro.
-Es cierto—, contesté. Mi señora pasaría a un camello por el ojo de una aguja para salvarme.
Mi ojo bueno levantó hacia el cielorraso, y el malo lo encaró de frente, con su fondo invisible y cerrado. Ni un rayo de luz penetra en esta cáscara de córnea rota, pero desde el accidente sé y siento que aprendo a mirarme hacia adentro de maneras imprevistas, capto franjas de otras cosas, cauces paralelos que aún no aprendo a describir, ni mucho menos explicar. Se me ha insinuado que el daño que he sufrido no es solo externo, y que este cosmos en tenue eclosión que veo adentro de mí es un eco de algo que, según me dicen, no es muy claro, ni ha sido, hasta la fecha, bien descrito. Hasta donde sé, podríamos estar hablando de la misma cosa, salvo que yo la veo adentro y desde adentro, como algo inserto en un sistema, y que esto que yo veo ellos nunca lo han visto. Eso restringe su capacidad de imaginarlo y, en lo que toca a un caso como el mío, la distancia entre lo que ellos no imaginan y lo que a mí sí me es dado percibir deviene en una distinción perínclita: donde ellos no ven más que la insignificante dilatación de mi pupila enferma, yo atisbo la inminencia de un planeta nuevo creándose a sus espaldas. Con cada día que pasa me habitúo más y más a la oscuridad. A más luz traten de arrojarle a mi particular talante de invidencia, más se alejaran de alguna vez poder interpretarlo.
Con lo que quiero decir que no hay razón para sacarme el ojo, o que la razón que aducen tiene menos que ver con que éste me incomode a mí, que con el que incomode a los demás.
Pero que me lo quiten. No porque lo saquen de mi cara va a dejar de estar.
Un silencio incómodo como una tos se adhiere al pecho del médico, quien hurga bajo el pliegue de una bata blanca como el sol, rascándose los pechos, sacándome de adentro suyo y de encima suyo, expeliéndome bien lejos. Me lanza una mirada inescrutable –que Claire, por lo pronto, no capta— supongo que sintiéndose mordido ante el orgullo de mi ojo cero. Empeñado en quedarse con la última palabra, insiste, y dirigiéndose a Claire, (me) dice, sabe , (como si él supiera) qué mejor ejemplo que el que nos da la pintura, piense que la perspectiva fue un descubrimiento paulatino y un aprendizaje , aprendemos a mirar, con o sin foco, desde cualquier lugar en el que estemos y hacia cualquier parte, acabamos siempre viendo a las cosas no por lo que son sino por lo que somos, transformándolas en partes de nosotros, integrándolas a partes de nosotros, y esa alquimia puede obrarse con dos ojos o con uno y hasta con ninguno (pero eso no tendría como saberlo él). He visto casos como el suyo. Con algo de experiencia y buena voluntad, verá que todo se le hará muy fácil.
Pero ni él ni yo queremos que me sea fácil.
2 de octubre
En todo el proceso postoperatorio apenas he tenido algún dolor, y al presentárseme, fue de un tipo tan alegre y esclarecedor que me cuidé de compartírselo a alguien.
15 de octubre
Ya distingo entre tonos de oscuro, en un grado muy distinto al que corresponde, por así decirlo, al estar encerrado sin luz en un cuarto. Con esto me refiero a que hay tonos más allá de las afueras de las formas más crepusculares. Ya no hablo de matices entre sombras –alguna cultura lejana tendrá un vocabulario para eso— sino de sombras que proyectan otras sombras que proyectan otras sombras, y así, eternamente. El universo se expande y se encoge, del mismo modo en que las sombras crecen y se montan una sobre otra, conformando algo parecido –aunque no se le parezca propiamente en nada— a un océano.
Claro está que explicar esto sería equivalente a decir que escucho en ultrasonido. ¿De qué me serviría? Nadie cree en lo que no puede ver.
Suspension of disbelief.
Y porque implica un ejercicio casi heroico de la imaginación es que a la mayoría de la gente no le atrae la posibilidad de verse –y mucho menos de encontrarse— a oscuras.
20 de octubre
Semanas después de la intervención, Claire sigue cuidando de mí con insufrible diligencia, tanto incluso, que su esfuerzo por recuperarme me perturba más que el mío por “sanar”. Constantemente se deshace en llantos porque yo he perdido un ojo, y –según indican los exámenes— algo, un porcentaje, de estereoscopía. Creo que en el fondo se da cuenta que la pérdida no es mía . Lo que extraña es mi otra cara. Esta nueva, con el parche encima como la tapa de una alcantarilla, le parece terrorífica. Y aunque mi aspecto ha sido ciertamente deplorable –durante casi tres semanas detenté alrededor de mi mejilla una órbita tornasolada sobre mi otra órbita fantasma— me siento sólido, ciclópeo, fuerte.
Y es que ojo o no mediante, todavía veo.
21 de octubre
Como todos los días, Claire llega, me aplica la pomada, desaparece hasta la noche, vuelve, limpia la fosa, aplica la pomada.
Claire.
¿He mencionado, aunque fuera al paso, que hay veces en que su presencia me sorprende un tanto? Como dijo el médico, la naturaleza compensa por todo con creces, y mi mal carácter se vio tempranamente equilibrado con la extravagante urbanidad de Claire, “incapaz de matar a una mosca”, como quien dice, pero innegablemente competente a la hora de lidiar conmigo. Y es que si yo soy complicado, ella es tan sencillamente fácil que se me ha vuelto, paradójicamente, muy difícil deshacerme de ella. Haga lo que haga, es como un porfiado: siempre vuelve, y en tal grado, que ha ensayado esto del retorno hasta convertirlo en un solo círculo perpetuo. Claire fue la primera prueba fehaciente que encontré de la indestructibilidad de la materia. No diré, empero, nada análogo sobre la indestructibilidad del alma, pues encontraría difícil –e imposible, francamente— que ella fuese algo más de lo que es. Seccionarla en cuerpo y alma (y ni qué decir, en mente) me parecería equivalente a contemplar la posibilidad de que su estupidez me presentase incongruencias. Ya lo he dicho una y otra vez, a todo quien me lo pregunte: a su manera, Claire es perfecta.
Lo que me gustó de Claire, desde el principio, fue que era, toda ella, superficie pura, un lienzo tan vacío y adaptable como para transmutarse, una y otra vez y otra vez, en palimpsesto de mis contorsiones.
No me equivoqué. Al momento de mi operación, llevamos nueve años juntos, y aunque yo he ido cayéndome a pedazos –además del ojo, ya he perdido un dedo, luego, dos, y anticipo, buen lector, la desaparición de un antebrazo— ella permanece tan somera y rebosante como un charco. Claire es líquido, capaz de reasumir la forma prístina de su contenedor tras cada embate: uno la puede desmembrar cuanto quiera, pero siempre se reconstituirá en cada una de sus partes únicas, idénticas y deslumbrantes.
Es también de las mujeres más hermosas que haya conocido.
25 de octubre
Tras nueva batería de exámenes, me han recomendado algunos ejercicios que me ayuden a zanjar mis dificultades estereoscópicas. Me cuesta comer solo de un plato (pasado cierto punto, la cuchara se desvía, como por el leve golpe de un cigarro) y cumplir con otras menudencias a las que el diario vivir me obliga.
Cosa rara: fuera de este pequeño inconveniente, que me preocupa poco y nada por tener a Claire tan cerca, siento que mi vista ha estado ajustándose a otras cosas, menos cotidianas, ciertamente, pero más interesantes.
Anoche la piel de Claire, de natural tan noble como la madera, centelleó con un realce mineral inusitado, como si sus poros fuesen inorgánicos.
29 de octubre
Ayer comencé a pintar un nuevo retrato de Claire: pese a mi “menuda inconveniencia”, es el que mejor viene ajustándose, después de tantos cuadros de ella, a mi foro interno. Siento como si la estuviera pintando de adentro hacia afuera; no representándola, sino que descubriéndola , completamente.
05 de noviembre
La mujer que he pintado es Claire, profundamente Claire, más Claire que Claire y eso, según dice, la perturba. Intuyo no solo la posibilidad de una presencia insondable bajo la piel cada vez más pura de mi Claire –que es cada día más transparente— sino detalles de otra índole que años de ejercicio me impidieron ver.
Ayer, escribiendo una carta, pude leer la vida tras mi firma. Cada letra, cada mancha de tinta, está intensamente animada, el papel tiene su propia geografía, plagada de cráteres y cordilleras, de puertos de llegada y de partida (escribo en cursivas).
08 de noviembre
En el departamento adyacente vive la viuda de Eboli, de setentaitantas primaveras superadas. Alta, sobria y reservada, es tan notable para algunos –e inconspicua para uno mismo— como un hábito. Sé de ella lo que he podido oírle, con curiosidad residual, a los demás vecinos: que es española (o italiana), que el marido falleció (o que se fue, de buena gana), que es sumamente rica (o que vive en dignidad, por no decir que en la indigencia). En todos estos años, no hemos compartido más que las usuales cortesías.
Cruzándomela anoche en las escaleras, envuelta en sombras desflecadas (o en un chal oscuro), intercambiamos, eso sí, una mirada. Tras tantos años de encontrarnos tan de cerca, algo en su rostro me atrajo, pero no supe a qué imputarlo. Su espalda ascendió los escalones, se detuvo ante su puerta y, sin mirarme, se adentró, con el decoro de una leona, en su cubil.
09 de noviembre
Pasé la noche apagando las luces del retrato de Claire. Los contornos de su rostro y de sus hombros se diluyen levemente como estrías en el fondo negro vivo que rebosa de matices y amenaza, por momentos, con tragarse al cuadro. Barro con el dedo los ribetes de la piel de Claire y el borde entre lo oscuro y lo claro, en vez de confundirse, se esclarece. Deslizo mi pulgar sobre su labio inferior para que el rosa, demasiado encarnado, se desluzca con la gracia de la platería sucia o de las flores secas. Con el filo de la espátula y la ayuda de un cepillo de dientes, dibujo surcos más y menos hondos en sus labios, abarrotándolos de entresijos y rendijas turbias. Y de pronto me detengo. No hay en su cuerpo otra sola arruga, nada más que me permita darle vida, hondura, o relevancia a su figura.
10 de noviembre
Claire quiere que destruya su retrato. Está furiosa desde que le dije anoche que durmiese en otro cuarto y de ser posible, en otra parte. Si en algún momento le supuse hondura, debo haberme equivocado: anoche brilló, puede que más que nunca, aunque no con el candor del alabastro, sino que con la grosería fija de un espejo. Pude hasta distinguir la forma de mi rostro, y de mi hueco, reflejándose a la perfección sobre la tabla acuosa de su talle. La asesté un puñetazo esperando romper la ilusión, y otra vez, los llantos, la pena, el sentirse traicionada, incomprendida, desconsiderada. Pero en vez de largarse, acusa al retrato de algo, impreca contra la falta total de semejanza: no se me parece en nada. Le explico que la identidad, en este caso, no está en la superficie sino en otra cosa, en otro cuarto, en otra parte, no se me parece en nada, llora a gritos, pero es precisamente eso , dije: que se te parece en nada. Claire se deslinda de mis brazos y se escurre, como una tira de Möbius, yéndose, como incontables otras veces, para volver (sobre sí misma, como si la rigiese un resorte incorporado).
13 de noviembre
Otra vez, me encuentro a la señora de Eboli (esta vez en el recibo, recogiendo su correspondencia). Sus arrugas me recuerdan a los pliegues de un montón de sábanas usadas. El saludo es el de siempre, pero la mirada es nueva, y más suave, y otra vez, mis ojos se enganchan con algo en su cara, aunque no atine a advertir aún de qué se trata.
Ahora que Claire no está, he descuidado del todo mis ejercicios estereoscópicos. No es que los llevara haciendo rigurosamente.
14 de noviembre
Curiosamente, Claire no ha regresado. Debo de reconocer que pese a su chatura, las elipsis que describe entre idas y venidas sí varían.
Vuelvo a encontrarme con la señora de Eboli ingresando a su piso. Intento hablarle, pero para cuando puedo articular palabra, ya la puerta –402— se ha cerrado. Noto que desde el respiro de las escaleras no se ve una puerta, propiamente, sino el contorno –negro y pintado de negro por dentro— de un plano rectangular.
16 de noviembre
Desde el fondo de mi aburrimiento, decidí tocarle la puerta a la señora de Eboli, para preguntarle cómo van las cosas.
Mientras espero, constato que la madera de su puerta es asombrosa, aunque de una forma muy distinta a la que me pareciera percibir ayer desde el respiro: los surcos de la madera me recuerdan menos a los del roble que a los del mármol, llenos de vetas y hendeduras rudas, pero no hieráticas. Hundir la uña –larga, demasiado larga, Claire— hundir la zarpa, entonces, bajo esa primera instancia o piel de laca añeja, descorrió colores ígneos nunca antes vistos, nunca antes combinados: rojos ctónicos, marrones abismales y morados. Sintiéndome fuertmente emocionado, miré abajo, hacia mi ropa, y encontré que cada fibra de mi casimir se erizaba como un cable vivo. El tornillo solitario en la pared, sin esencia ni destino, relucía de herrumbre hambrienta, mientras que las partículas de óxido latían de placer al empacharse de metal. En el fondo está lo informe, y la muerte se recicla, atrancándose de cosas, como un cosmos, pero vivo –un ouróboros, que es orbe y boca y rabo, todo en uno.
-Las cosas van bien, gracias— dijo la señora de Eboli, disimulando su extrañeza ante mi visita. Desde afuera, no podía ver más que su gran ojo verde, embozado como una joya sobre la felpilla de su piel fruncida. La puerta estaba apenas entreabierta. –Cómo está usted, Mr. L.—.
-No sabría decirlo—.
-Con qué puede ayudarlo—.
-No lo sé—. Mi comentario pareció agradarle. Pude ver que se fijaba, educadamente, aunque con detenimiento, en mi rostro. Alcé la mano y sentí que no traía puesto el parche, ante lo cual pedí disculpas y traté de aligerar la situación diciendo que acababa de ganar un ojo.
-Eso veo—, sonrío abiertamente, como si hubiésemos zanjado una barrera. –Me pareció notarlo el otro día en las escaleras, pero encontré imprudente preguntárselo. Digamos que le correspondía a usted tomar este paso y presentarse. Hace ya muchos que yo misma tuve la oportunidad de superar esa ilusión más llana de profundidad—.
De pronto abrió la puerta, presentándome la desnudez de su propio ojo vacío. Bajé el mío, instintivamente.
Y de pronto, un escalofrío: saber que no fue eso lo que me había inquietado de tal forma ella. Como una pieza imantada, mi único ojo restante se trocó en una brújula arruinada con el norte entuerto, y alzándolo –ya sin poder yo controlarlo— hacia su cara, me encontré, de golpe, ante la cosa más profundamente bella que jamás hubiera visto: los surcos y las grietas de ese rostro repujado, la forma horadada de sombras, taladrada de concavidades y celdillas, la talla y el detalle extraordinarios de esa faz preciosa de bajorrelieve bizantino.
Extasiado, me arrojé sobre las piernas de mi ídolo.
20 de noviembre
Claire aún no ha vuelto (pero lo hará, es su ley).
La señora de Eboli lleva un par de días en mi estudio. Pero me encuentro un tanto confundido. Ahora que la he descubierto del todo, voy revelando, a la par, que el retrato descarnado que, según pensé, podría ser de Claire no es de ninguna de las dos: es el de ambas .
El primer retrato depurado ha sido revestido de arrugas y entre los pliegues de la cara yace una fosa donde nunca –y es recién ahora, al escribirlo, que lo admito— pudo haber cabido un ojo humano. La viuda lleva hendido en el rostro el depósito de mortandad que Claire tenía regada como escarcha por sobre la superficie entera de su piel –o de sus pieles—. Ese mismo hoyo o brillo o marca de algún tipo debo de llevarla yo en alguna parte: sospecho de mi ojo bueno, y dijo el médico, técnicamente sí, podríamos, pero –sabe— no comprendo: ¿para qué? Porque, le confesé –sin que entendiera— me encandila su bondad.
© Mónica Belevan
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