
Escritor inmigrante
Hace más de tres décadas que vivo en Estocolmo. Me muevo por sus calles como el pez en el agua y no me siento “extranjero” a pesar del aspecto que me diferencia del común denominador de los suecos. Sin embargo, a pesar de haber transcurrido más de la mitad de mi vida en este país, he escrito todos mis libros en mi lengua materna. Y no pocos me han preguntado: ¿Por qué en español y no en sueco? La respuesta, como es natural, siempre ha sido la misma: porque el español es la lengua que tengo más cerca del corazón y la que aprendí en el pecho materno.
Para qué escribir en sueco, que apenas cuenta con algo más de 9 millones de practicantes, cuando puedo hacerlo en un idioma en permanente expansión geográfica y demográfica. El español, tras el chino mandarín y el inglés, es el más estudiado y hablado en el mundo. Según datos recientes, lo practican como primera y segunda lengua entre 450 y 500 millones de personas en 90 países. Las cifras hablan por sí mismas y nos recuerdan que escribir en español es ya una ventaja que no podemos ni debemos desecharla.
Algunos sostienen la perorata de que el latinoamericano que no escribe en sueco, o publica su obra en una editorial cuyo nombre es “Invandrarförlaget”, corre el riego de ser clasificado como “escritor inmigrante”, como si ser “invandrare” fuese un adjetivo peyorativo o sinónimo de “malo” y “negativo”; por el contrario, no tenemos por qué acomplejarnos de nuestros orígenes y debemos sentir orgullo de pertenecer a una cultura tan rica y diversa como es la latinoamericana, donde confluyen oriente y occidente, con las milenarias civilizaciones precolombinas.
Ser “escritor inmigrante”, lejos de ser un apelativo denigrante, es sinónimo de expansión y cosmopolitismo. El emigrante es un ciudadano del mundo; aquel que se aleja de sus tierras para conocer otras nuevas y aprender que ningún país es el ombligo del mundo. A pesar de estas consideraciones, por ahí no faltan quienes, encubriendo su propio complejo de inferioridad, opinan que el “escritor inmigrante” sólo hace una literatura de ghetto, con historias de los suburbios, como si el hecho de vivir en una zona residencial y escribir en sueco fuese una garantía para ser mejor escritor. Además, ¿quién dijo que escribir en español nos convierte en autores de “segunda categoría”? Lo cierto es que la calidad de un escritor no depende de su procedencia, ni del lugar de su residencia, ni del idioma en el cual escribe, sino de su capacidad y talento a la hora de crear su obra, sea en el idioma que sea. En consecuencia, escribir en sueco es una simple opción y nunca una obligación para el “escritor inmigrante”.
Mi literatura, como en el caso de una infinidad de escritores, ha sido creada casi íntegramente fuera del país que me vio nacer. Se trata, sin mayores preámbulos, de la escritura de un emigrado, quien lleva a cuestas una maleta con los frutos de su tierra. Y allí donde está, apenas abre la maleta con orgullo, se le escapan todos los olores, colores, sabores, voces, rostros e idiomas que identifican a su país de origen. El escritor, en este contexto, se torna en una suerte de nómada, quien va dejando huellas de identidad a lo largo de su itinerario, mientras su escritura, al no quedarse atrapada en un solo sitio, pasa a ser itinerante porque no conoce fronteras que la detengan ni vallas que la encierren como a una oveja en el redil. Más todavía, debo manifestar que ser “escritor inmigrante” no me ha perjudicado en lo personal ni en lo profesional. Estoy convencido de que vivir fuera del país de origen, estar en contacto con otras culturas, costumbres, idiomas, credos y razas, ha sido una experiencia estimulante y, consiguientemente, me ha ofrecido más ventajas que desventajas
Por otra parte, cuando se vive por mucho tiempo fuera del país de origen, se experimenta que incluso el estilo literario de uno está salpicado de interferencias idiomáticas. Es inevitable que la lectura de textos en otros idiomas diferentes a la lengua materna influyan en la obra de un “escritor inmigrante”, tanto en lo sintáctico como en lo semántico. Asimismo, cuando se vive en una metrópoli, con personas procedentes de otros países hispanoamericanos, se advierte que existen variantes lexicales, giros idiomáticos y expresiones regionales que, además de enriquecer el bagaje lingüístico del escritor, forman parte de un lenguaje que se hace cada vez más universal.
Si bien es cierto que, a pesar de haber vivido muchos años en una “segunda patria”, sigues escribiendo en tu lengua materna, que constituye una parte de tu identidad cultural, es cierto también que si escribes en un idioma que no es el vehículo de comunicación de las mayorías, puede limitarte en algunos sentidos, sobre todo, a la hora de publicar tu obra y difundirla ampliamente en el país en el cual fijaste tu residencia. Por ejemplo, en Suecia no existen editoriales que publiquen libros en español ni un mercado que permita llegar hacia los lectores que, por otro lado, se comunican en un idioma diferente al que usa el “escritor inmigrante”. Con todo, sigo convencido de que el solo hecho de vivir en otros países enriquece la experiencia y fortalece los conocimientos de cualquier ciudadano.
Siempre me consideré -¡y a mucha honra!- un escritor latinoamericano residente en Estocolmo. Y seguiré escribiendo en español no sólo porque me permite manifestar con mayor lucidez mis pensamientos y sentimientos, sino también porque, con legítimo derecho, es mi lengua materna; una impronta cultural profunda que marca de por vida y que se atesora desde la cuna hasta la tumba.
Debo manifestar que nunca me molestó el apelativo de “invandrar författare” (escritor inmigrante), pues sé que escribir en sueco -o hacerse el sueco- no es la solución para llegar a ser un autor más leído en Escandinavia y en otras regiones del planeta; de ser así, no contaríamos con escritores hispanoamericanos que gozan de prestigio internacional ni tendríamos a quienes, con méritos propios y escribiendo en la lengua de Cervantes, se hicieron merecedores del Premio Nobel de Literatura, ya que la buena obra de un buen autor es como la punta de una lanza que, una vez disparada, da en el blanco tarde o temprano.
Volviendo a lo nuestro, y a las paradojas que son inevitables, sé de sobra que si García Márquez, Borges o Neruda hubiesen vivido en Suecia, y escrito sus obras en español, serían también considerados “escritores inmigrantes”, como Picasso, Dalí o Botero serían considerados “pintores inmigrantes”, así sus cuadros, lo mismo que las partituras musicales, no conozcan más idiomas que el lenguaje universal de la imaginación, la sensibilidad y el amor por el arte.
Por todas las consideraciones anotadas, el “escritor inmigrante”, con mayores o menores aciertos, es un trabajador más de la cultura, que dedica su aptitud literaria a la colectividad, sin más pretensiones que la de expresar, por medio de la palabra escrita, los sentimientos y pensamientos inherentes a la condición humana. La escritura, en este contexto, no es más que un instrumento en manos de un escritor que desea convertir en literatura todo cuanto concibe con los sentidos y las intuiciones, sin importar mucho si se trata de un escritor nativo o de un “escritor inmigrante”, y menos aún si escribe su obra en español o en otro idioma que tiene más a mano y más cerca del corazón.
© Víctor Montoya
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