Lara Moreno

 

España, 1978. Nació en Sevilla, pero es onubense.
Tiene publicados los libros de relatos Casi todas las tijeras (Quórum, 2004), Cuatro veces fuego (Tropo, 2008) y el poemario La herida costumbre (Puerta del Mar, 2008). También ha participado en varias antologías y revistas culturales. Con Igriega Movimiento Cultural, ha sido editora del libro de microrrelatos Los vicios solitarios (2003) y la antología Aquí y ahora. Voces de poesía (2008). Vive en Madrid y trabaja como editora y correctora para editoriales literarias. Blog

 
 
 
   
 
   

 

Prime Time

 

Yo no tengo prejuicios: lo que daría ahora por poder abusar de un narrador omnisciente.

Sí, esos típicos narradores en tercera persona a los que algunos acusan de trasnochados y de rígidos. Todo depende de cómo se mire. Todopoderoso, autocrático, lo que quieran. Pero buen administrador. Lejano. Aséptico. En realidad, no hay nada más dictatorial que esta primera persona que gasto. Me vendría tan bien un poco de sobriedad, de pulcritud y de prepotencia. Yo no tengo prejuicios, no soy como Aznar, nunca diría eso de «a mí no me gobierna nadie».

¿Que qué hago citando a José María Aznar? Eso mismo me pregunto yo.

Cuando las cosas se ponen difíciles, es mejor que alguien las cuente por ti.

Jum… Podría probar a falsearlo todo, es cierto.

A ver:

La Menuda está atrapada en una situación…

No.

La Menuda ha perdido el norte…

Eso tampoco es cierto.

La Menuda…

¿Quién demonios es La Menuda?

¡No, no! Si yo hago de narrador omnisciente a estas alturas tendría que remontarme al principio de los principios, explicar quién soy y de dónde vengo, desvelar todos los secretos que al fin y al cabo no tienen importancia y ser pesada hasta lo decimonónico.

La Menuda no tenía una granja en África.

Basta.

No hay más remedio.

Si alguien conoce a un Todopoderoso Contador en paro, que me avise. Que me busque. Negociaremos.

 

Estoy perdida con Remo por estas latitudes sureñas en las que por fin, ¡por fin!, empieza a nublarse. Lo prometo: jamás en la vida Remo ha pasado tanto calor. Yo soy harina de otro costal. Un día, otro, cada minuto, más de treinta grados siempre, nuestras caras bañadas en una pátina salvaje de agua corporal, nuestras ropas pegadísimas a la piel; Remo sudoroso no es algo digno de ver. Remo como mejor está es encerrado en esa casa de la ciudad, sentado en su butaca y sobre sus piernas flacas un manual de sintaxis abierto durante toda la tarde, a su alrededor alguna mosca y el ruido de las calles como telón de fondo del que él no participa. Algo parecido a la desesperación o al amor, y no hablo de amor sentimental sino de amor emocional, lo trajo hasta aquí. Me salvó la vida una noche de soledad y bailamos y etcétera, de acuerdo, dos almas unidas en lo ridículo y en lo antisocial. Vale. Pero llevados por la inconsciencia y el reproche (o sea, la envidia), decidimos (lo decidió él, que no tiene ni idea de decidir cosas) escapar de Tilo. Que cuando volviese al faro, satisfecho y hastiado de sus bestias festivas, no nos encontrara. Así lo hicimos, pero yo le dejé una nota, un papelito encima de su almohada donde al menos le explicaba que Remo (¿se lo creería?) había venido a buscarme. Que no pensara que había huido sola.

 

Muy bien, ésta tendría que haber sido la segunda parte de la aventura. Una mitad de aventura con Tilo y la otra mitad con Remo, es lo justo, vivo con los dos, a los dos los quiero. Yo ni tengo prejuicios ni rencores, y que ellos me hayan ignorado en cuanto se les ha calentado la bragueta (no puedo pasar más tiempo con hombres. Porque vaya vocabulario) es algo que no les echo en cara. Yo soy partidaria de la equidad.

Pero ya no puedo más. Remo es la perfecta estabilidad casera: cuando estamos allí en la ciudad metidos en la casa es el único que se acuerda de las horas de la comida e incluso a veces de que una lavadora es un robot útil y fácil de usar. Pero, ah, amigos, fuera de casa es distinto. Remo, mi adorado Remo constreñido, no sabe conducir. ¿Cómo se huye sin saber conducir? No sabe pescar. No sabe robar (quien dice robar dice aprovechar las propinas olvidadas por los turistas). No sabe sonreír y engañar a los dueños de los cámpings para que nos dejen utilizar las duchas. No sabe hablar el idioma de los mendigos ni el de los hippies, no sabe perseguir a los perros lanosos que siempre encuentran la mejor sombra. ¡Remo no sabe sobrevivir! Tilo diría, por supuesto, que no sabe vivir, pero yo no soy de su calaña y tengo sentimientos.

Yo, como ya os habréis imaginado, sé conducir, hablar todos los idiomas, bla bla bla. Pero, claro, yo no puedo conducir aquí . Sí, habéis acertado, piernas demasiado cortas, bracitos. Policía, por poner un ejemplo. Estoy a su merced. Y su merced es tan… (narrador omnisciente, narrador omnisciente, ¿dónde estás?).

Total. Que hemos estado días y días y díiiiiiaaaasss. Sin hacer prácticamente nada. Yo rezando para que Tilo diera con nosotros y Remo no sé. Su mayor divertimento, vais a flipar (flipar es un verbo nuevo que me han enseñado unos rastafaris que se reían de nosotros), ha sido leerse un libro que regaló el periódico un fin de semana. Porque no teníamos dinero para nada pero sí para comprar el periódico (sin comentarios). El libro se llama La aznaridad , de Vázquez Montalbán, un señor muy simpático que ya murió y que se inventó un detective colosal y que en este libro habla de un señor nada simpático que aún vive y que jodió la marrana (Remo sic y un montón de insultos provocados, creo, por la insolación). Me leía capítulos enteros con voz engolada de traumático, yo la mitad de las veces no prestaba atención, aunque algo se me ha quedado.

Pero bueno. Luego llegó una cosa que se supone que es muy grave (sobre todo lo suponen ellos, porque yo ya sabéis que vengo de vuelta y no me asusto). La pandemia. A nadie más que a Remo se le ocurre leer fervorosamente los periódicos cuando está a la intemperie, fuera de su refugio. Eso es letal. Y empezó a hablarme de la pandemia. Del gran virus nuevo que había atravesado los continentes y machacaba a la población terrestre (¿a la del Primer Mundo sólo?). La verdad es que me asombran estos chicos de hoy en día: pandemia, crisis mundial, ¿no se dan cuenta de que tienen que alegrarse, de que el mundo está más unido que nunca y de que por fin lo hacemos todo a la vez, abducidos por el gran coreógrafo del neoliberalismo? En fin.

El caso es que de pronto, después de tanta bilis, Remo da un salto una mañana (barbudo, ansioso, con peste) y me dice: ¡hay que buscar a Tilo! ¡Tilo es factor de riesgo total! (Tilo es riesgo a secas.) ¡Tilo seguro que está agonizando en un hospital comido por la fiebre y la neumonía! (Qué poco lo conoce.) ¡Hay que recorrer cada centro sanitario y preguntar por él, hay que salvarlo! (¿Salva-qué?)

Bueno, he obedecido. Más que nada porque, entendedme, después de dos meses, ése ha sido el único motor de actividad al que ha sucumbido mi buen Remo. Y andandito vamos, como religiosos peregrinos, cansados y hambrientos, puerta a puerta de cada hospital (aquí los hospitales están arriba de las montañas, esto es una tortura), preguntando por un ser vital y melenudo con una sonrisa gigantesca, perdonen, ¿ha ingresado aquí nuestro viejo amigo? ¿Un canijo que conduce una furgoneta polvorienta y es feliz? Ya. Nos miran como a locos, pero al menos nos regalan bocadillos y cuencos de gazpacho industrial.

Espero que Tilo no tarde mucho en encontrarnos. Y que traiga de la mano a un narrador omnisciente que me deje descansar.

 

© Lara Moreno