Lara Moreno

 

España, 1978. Nació en Sevilla, pero es onubense.
Tiene publicados los libros de relatos Casi todas las tijeras (Quórum, 2004), Cuatro veces fuego (Tropo, 2008) y el poemario La herida costumbre (Puerta del Mar, 2008). También ha participado en varias antologías y revistas culturales. Con Igriega Movimiento Cultural, ha sido editora del libro de microrrelatos Los vicios solitarios (2003) y la antología Aquí y ahora. Voces de poesía (2008). Vive en Madrid y trabaja como editora y correctora para editoriales literarias. Blog

 
 
 
   
 
   

 

Noticias desde qué mundo

 

 

Ha pasado un tiempo. He tenido que abandonar mis prácticas de escritura con uña en estos meses porque la información ha sido demasiada. Incluso he estado a punto de crecer o de soltar mi lengua a ratos y demostrarle a mis acogedores Tilo y Remo que puedo hablar, que no siempre fui muda. Lo que ocurre es que no sé si puedo hablar. Para hablar uno tiene que encontrar la palabra salvadora. Imposible. En los últimos meses, muchas bombas en forma de palabra han asolado esta casa.

Afuera, soy consciente, han sido otras cosas, no sólo palabras. Nuestra ancha tierra me demuestra que no tengo por qué volver a ella. Que puedo quedarme aquí un rato más. Resumir los motivos.

Será mejor que me explique.

Hay un presidente negro en Estados Unidos. Eso ha causado mucha conmoción. Si repetimos muchas veces esas dos frases hasta que parezca un idioma extranjero, podremos comprobar en qué absurdo mundo vivimos. Que alguien hace siglos mordió los cimientos. Patético guión de una película de monigotes. Tilo saltaba de alegría y hacía cortes de manga a diestro y siniestro, parecía que se le había olvidado aquello de que el capitalismo había muerto. Hicieron cena especial ese día, a altas horas de la madrugada. Unas gambas preciosas llegaron a mis manos y escupieron su cáscara con docilidad. Yo soy una menuda, sólo hablo en ocasiones y aún esa ocasión no se ha producido, y vago de una esfera a otra de la realidad. Pero gambas, presidente negro, Israel. Tengo corazón. Un corazón pequeño como mi cuerpo donde nunca cupo esta gran mascarada. Pensé que aquí estaría a salvo. Remo no estaba contento. No se fía ni un pelo, dice. Apenas le queda pelo en las sienes de tanto leer. Petróleo, pena de muerte, Israel. Pronunciaba esas palabras una y otra vez mientras apartaba su plato con desprecio. Sólo bebía, al final agarró la botella con las manos y chupó. Ahí quedó, con el ceño enterrado, pena de muerte, petróleo, Israel. Desde aquella noche, la cosa se fue complicando, y yo he estado dando saltos de una baldosa a otra. Sé que en algún momento alguno de ellos se dirigirá a mí para explicarme su desconcierto. Allá en el este Rusia ha sembrado el frío, no hay calefacción para el otro lado. Pero nuestra casa caliente se ha ido convirtiendo en un enano campo de batalla. La ciudad ha sido tomada por la nieve. Y la tierra de nadie de Gaza es un desvarío del horror. Qué lejos estamos de todo, dicen ellos. Tilo paró de saltar y de cenar y de entusiasmarse y su cara aniñada tiene como miedo o como impotencia. Qué lejos estamos de todo, y nadie se mueve. Traigamos el horror donde no duele. Yo tampoco he dado un paso. Desconfío de mi realidad. Galilea. Esa palabra suena a belleza. Olivo, Jerusalén, rabino. Bombas, bombas, bombas. Mano cortada, cabeza arrancada, campo de refugiados de Chatila, presente, pasado, confusión. Tumba gigante. Mi cabeza da vueltas cuando ellos gritan. Arrugan las hojas de periódico, suben la voz del telediario, se empujan. Están de acuerdo porque no lo están. Ninguno está allí y ninguno ha muerto. Un mismo libro mil veces traducido, repiten, y frases catálogo, la traducción es la gloria del hombre y también su condena, son los judíos de los judíos, aclama Remo, y luego, bajito, proclama: lo leí en un libro de Elias Khoury, y entonces Tilo vocea: libros, libros, ya basta de libros, esto es una franja, una línea, un espacio de arena subdividido como esta baldosa que ahora piso y tú pisas otra baldosa que está enfrente, podrida mezcla de cemento que las une, y Remo se desploma en el sofá, sarcástico y apenado, y mira al frente para decir tu presidente no es negro y aunque fuera verde daría lo mismo, nadie va a salvar a nadie, y entonces Tilo se carcajea y repite aquello de yo no tengo presidente, tengo una organización, y estira sábanas en el suelo y pinta palabras con una brocha teñida de negro, basta, escribe, ninguna crisis vale la vida de un, pero Remo lo interrumpe y pone el pie ahí, la suela de su zapatilla de andar por casa encima de las letras aún mojadas y todo es un borrón en la sábana de Tilo que tiene los ojos rojos y la sonrisa ancha porque cada vez que sale a la calle piensa que la calle será nueva y mirando el tejido de franela de la babucha de Remo, sin alterarse escucha como éste empieza otra vez: campamento de Burch Al-Barachne, albahaca, hebreo, Beirut. Como si hubiera estado allí. Podrido, llora. Y así siguen indefinidamente hasta que Tilo dice quédate ahí sentado pensando que yo me voy, y Remo le susurra qué más da, sabes que esto se está acabando, no puede durarnos mucho más, y Tilo agarra su sábana extendida en el suelo con manchurrones y se va dando un portazo, riendo por las escaleras, gritando: ¡los chinos compran tierras en África para cuando…! Y ya no se le escucha, ni Remo ni yo oímos una palabra.

Cuando además del silencio se hace la noche en la casa, la ciudad incólume bajo el frío, Remo se mueve. A estas alturas yo ya estoy sentada en la otra punta del sofá. Él se acerca a mí y pone su brazo sobre el abrigo verde de mis pequeños hombros. El brazo le cae al otro lado. Con la mano contraria acaricia mi cabeza. Me dice: es infinito, Menuda. Y en mi oído empieza a desgranar: Uganda, Colombia, Ucrania, Venezuela, Vietnam, Sudán, Chad, y así, uno a uno, todos los países del mundo, todos menos dos o tres, pero todos, despacio, y se hace más de noche, y él sigue con los océanos, y los mares, y los ríos, y el plancton.

Espero a que se duerma con los nombres en la boca. Caigo mis ojos sobre el libro de Agota Kristof, el de los hermanos gemelos, donde me alivio porque, al menos por un rato, distinguir el bien y el mal me resultará tan difícil como saber a ciencia cierta quién de ellos es Claus y quién Lucas.

 

© Lara Moreno