
Noticias desde un mundo
Me dicen La Menuda. Soy más pequeña de lo normal pero no es nada alarmante. Mi cuerpo es proporcionado, nunca se me ven los dientes al comer y suelo llevar puesto un abrigo verde de paño. No soy un personaje de ciencia ficción. No he salido de un cuento para niños ni soy la ilustración de una camiseta de moda naïf. Sencillamente soy alguien. Alguien más pequeño y ya está, y me da lo mismo lo que piensen de mí los dos locos que me han acogido. Ellos sí son verdaderamente raros. Se llaman Tilo y Remo. Tienen un pacto y por eso conviven, porque no pueden ser más diferentes entre sí. Tilo piensa que soy un ser abandonado que lo persiguió por la calle y no se plantea nada distinto a la indiferencia o a la compasión, pero es divertido y siempre está fuera. Remo es un encerrado en casa que lee libros y tiene marcados sus objetivos diarios como un soldado raso a punto de ascender. Está muerto de miedo conmigo. Casi llega a pensar que no existo, que soy una alucinación o una tortura. En cualquier caso creo que se está enamorando de mí. Y yo vivo aquí tranquilamente. Duermo en el sofá del salón, como lo que me dan, que es poco pero rico, y puedo observarlo todo. Aprendo mucho. Este mundo es nuevo para mí, soy la extranjera. Esta casa sería un país distinto para cualquiera que lo habitase. Para mí más aún, es lógico. Cojo cada parte como la totalidad. Así se aprovecha la vida.
Me he subido a un taburete para observar el atardecer de hoy. Ha llovido toda la noche y todo el día, y de pronto se ha abierto el cielo. El rojo que sesgaba las esquinas ha desaparecido, y entre dos edificios puedo ver el final de las nubes, como un mar de humo acostado. Me pongo melancólica porque no tengo más remedio, Remo ha salido de su habitación con la cara constreñida y se ha acercado al equipo de música. Cada día me pone una canción, cree que no me doy cuenta, es parte de su engaño amoroso. Hoy ha tocado Elephant, de Damien Rice, de su disco 9 . El cielo parece que va moviéndose según su voz entra en la casa. Canta despacio y se rasga poco a poco como si se acabara, pero luego una vocal lo agarra de la lengua y la voz se le estira hasta el drama. Y cuando todo está dicho, declarado, cuando te ha devastado con la no posibilidad de ser nunca más feliz porque nadie va a pintar un elefante igual de bien que ella lo pintaba, entonces la instrumentación arranca para hacerte coger aire y luego desaparece y con el susurro te confiesa que todo es mentira, y esa nueva versión de la esperanza te deja vivir un poco más pero nunca lo mismo, porque el viaje es duro y es para siempre. Cada vez que Remo elige a este autor tengo miedo de temblar. Generalmente me coloco como estoy ahora, mirando la ventana y lo que haya afuera, porque a pesar de que yo soy La Menuda y Remo es un neurasténico, las dosis de nostalgia que imprimen sus canciones te tiran a la vida y la única vida que hay en este cuarto, mal que me pese, y a pesar de mí, es Remo con su frente brillante y su entrecejo leído.
No es que quiera empezar estos escritos con una desgarradura del alma.
Soy menuda pero alegre. Lo que ocurre es que me afecta mucho lo que veo. Como estoy callada todo el día (cualquiera se atreve a pronunciar palabra con estos dos que me creen muda), lo guardo todo y por eso he decidido lanzarme a escribir. Ésta es una lengua nueva, aunque sea la única que conozco. Así que éste es el único lugar donde no soy muda. A efectos, lo soy en todas partes. Pero por ejemplo cuando suena esta canción me pego mucho a la ventana y hago playback en esto de I could be strong, tell me if you want me to lie, because this has got to die, o todo lo contrario.
Como la película de anoche, que me hizo pensar largo tiempo, a pesar de que no había que pensar nada. Ver la película desde el sofá, con Remo escondido en su sillón de orejeras y mis pies colgando, fue toda una experiencia. No era el tipo de películas que Remo suele poner. Apenas había diálogo y todo era muy colorido y muy visceral: la soledad de esos campos, la casa, la barca por fin cruzando el río en un vaivén sangriento del más puro romanticismo trágico; aunque nada de eso en totalidad es realmente la película. Las voces cascadas y sorpresivas de los personajes, la impotencia, lo curtido de los rostros y una fotografía clara de un mundo duro y soñoliento, por frío y por nada. Rusia y sus campos, el vestido de ella, una mujer que corre desde lejísimos por los gritos de una niña, que se apagan con otro grito más alto y más duro que es el dolor. Entendí el idioma de ellos por sus rostros, Euphoria, que así se llamaba, de Ivan Vyrypaev, es un cuento viejo y luminoso. Es rara, es hermosa. No digo que Remo siempre tenga tan buen gusto, no lo tiene, mucho menos Tilo, pero Tilo, por el contrario, se entusiasma con todo. A Remo parece que le duele enternecerse, sentir. Por eso me aborrece cada noche. Yo soy un cuerpecito latiendo de emoción con los colores de la pantalla, asustándome por el filo de la escopeta del marido, o por ese perro que ladra y al final muerde.
Vivir en esta casa me está aguzando el sentido de la expresión. Es por los libros de Remo y por los gestos de Tilo cuando habla. En mi mundo callado por fuera, se reproducen por dentro los sonidos y las químicas malabares como si fuera un caleidoscopio, pero no es lo mismo, ahora me doy cuenta, poder escribirlos aquí, en esta baldosa fría, en este pelo de sofá, en el vaho del espejo, en la piel de los pimientos. Con mi pequeña uña hago señales donde puedo y así lo cuento, aunque tengo que esconderme si aparecen ellos, aún no puedo comportarme como si fuera un habitante más. Tengo que disimular. Yo sé cosas, aunque no lo parezca y ellos no lo crean. Piensan que éste es el primer mundo en el que he vivido, y eso en el mejor de los casos, cuando no piensan que vengo del infierno o de ninguna parte. Por mi tamaño me tratan como a una niña y eso al final resulta cómodo, da libertad.
Y a pesar de todo Remo finge. Pasea por el salón con sus libros ajados y amarillos, subrayando párrafos carentes de sangre, anatómicos y casi forenses, y poniendo cara de muerto. Pero cuando se despista yo entro en su cuarto, donde guarda un baúl con tesoros raros. Libros todos, sí, pero distintos. Libros que le daría vergüenza leer frente a Tilo porque tienen forma de alma o de carne. Yo sé que los devora cuando la noche, cuando ya no tiene que fingir ni siquiera delante de mí. Esta mañana ha pasado mucho tiempo en el cuarto de baño y he entrado en su habitación para asomarme al baúl. Metiendo la mano al tuntún he sacado uno, azul y blanco, con un sauce dibujado en la portada. Las olas, de Virgina Woolf. Él subraya todos los libros, también éstos. He buscado con los ojos rápidos alguna frase y he encontrado «Porque muy pronto, al mediodía, cuando las abejas zumben alrededor de las flores, llegará mi amor. Se quedará de pie bajo el cedro. A su única palabra contestaré con mi única palabra», lo que me ha hecho menear la cabeza y buscar otra frase que se ajustara más con el Encerrado. El fragmento es hermoso, pero Rice no estaba sonando en ese momento y si pienso en Remo en esos términos a palo seco me dan escalofríos. ¿Acaso Remo sabe lo que es un cedro? «Siento tu reproche, siento tu poder», ¿qué hay dentro de esa cabeza que se arruga? No puede referirse a mí, quizá este libro lo leyó hace años. Vivir aquí me está volviendo una egocéntrica. Más: «No creo en la separación. No somos individuales». Maduro el escalofrío y me entra prisa, ojalá pudiera esconder este libro bajo mi abrigo verde, Remo está a punto de salir del baño. «Cuando la gente nos deja, siempre queda un misterio.» Antes de mí otros estuvieron junto a él. «Quiero dar, quiero recibir, y quiero soledad en la que desplegar cuanto tengo», y eso somos todos.
Tuve que salir del cuarto atropelladamente, igual de atropelladamente que ahora mismo ha entrado Tilo por la puerta de la calle. Viene un poco sudado y se nota que abajo hace frío. Su mueca es menos jocosa que de costumbre, me mira junto a la ventana durante un segundo y luego se dirige a Remo, tirándole unos periódicos a la cara. Se desploma en el sofá, medio aliviado, medio enfermo:
- Islandia se hunde en aguas chinas. Entre otras cosas. El capitalismo ha muerto.
© Lara Moreno
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