Alberto Chimal

 

México, 1970. Nació en Toluca. Ha publicado los libros de relatos El rey bajo el árbol florido (1996), Gente de mundo (1998), El ejército de la luna (1998) y El país de los hablistas (2001), así como la colección de ensayos La cámara de maravillas (2003). Su libro Estos son los días (Era, 2004) obtuvo el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2002. También es autor de la versión teatral de la novela Salón de belleza de Mario Bellatin (escrita en colaboración con Israel Cortés), de los libros de cuentos Grey (Era, 2006), La ciudad imaginada y otros cuentos (Libros Magenta, 2009) y de la novela Los esclavos (Almadía, 2009). Su obra ha sido antologada en diversas compilaciones. Web

 
 
 
   
 
   

 

Apóstrofe de lecturas

 

Con todo y el título, no: nada sobre Herta Müller, nada sobre García Márquez, nada sobre los grandes centros, las grandes figuras, las ferias del libro. Nadie se vaya a sorprender. Esta columna se llama “La materia no existe” y la escribe un tipo cuya primera columna se llamó “Papeles de la basura”, allá en el siglo XX. Ahora, adelante:

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Usted no ha leído a Francisco Javier Beltrán Cabrera. No importa. Él ha sido profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México, allá en la ciudad de Toluca (que es mi tierra natal y que tampoco es tan famosa), y también ha publicado algunos libros; en 1984, uno de ellos: Apóstrofe de lecturas, apareció dentro de la colección “Becarios” del Centro Toluqueño de Escritores.

Este libro fue mi primer atisbo de la crítica literaria: lo leí en 1987 y es una serie de reseñas de diversos textos que, supongo, interesaban a Beltrán en aquel tiempo.

Pero hoy, de ese primer atisbo no recuerdo más que tres palabras: el remate de una de las reseñas. “Se lee sabroso”. No tengo idea de cuál libro es ese que se lee sabroso. Peor todavía, no creo haber recordado jamás ninguna otra palabra de esa reseña ni del resto del libro. Sé que lo leí pero el recuerdo abstracto no está acompañado de nada más.

Debería decir que, al menos por un año o dos antes de leer ese libro y cualquier otro del CTE, me dediqué a verlos: siempre estaban en exhibición en el aparador del local del Centro, que estaba en un sitio céntrico de la ciudad. Y el lugar (o eso pensé durante largo tiempo) no abría nunca. Como no sabía de sus horarios irregulares, yo inventaba hipótesis: una era que, sin importar la hora, bastaba con que yo saliera de casa y caminara al local para que alguien corriera a cerrarlo; otra, que el Centro Toluqueño de Escritores había dejado de existir años antes y sólo quedaba el local abandonado. Igual me quedaba allí, mirando siempre el mismo vidrio y, tras él, los mismos volúmenes, lado a lado, algunos hermosos y otros menos. Repasando, leyendo cada título y cada nombre.

Y ahora tampoco recuerdo nada de muchos otros libros que me atraían, aunque los vi mil veces y luego los tuve todos: un día hallé el local abierto, entré y compré el primero de mi colección y hasta conocí a mis primeros escritores: en efecto los había que iban al Centro, y a algunos no les cayó mal el muchachito feo y de cara granosa que los miraba fascinado y nunca se atrevía a decir una palabra. Pero si (antes de comprarlo) no sabía de qué se podía tratar Pasos sobre el silencio: apuntes para una semiótica de la música de Rafael Figueroa Hernández, hoy menos, a pesar de que el libro tenía esta extraña portada verde con claves de sol y corcheas danzantes. Y tampoco retengo nada de cuál era la Poética de Alfonso Reyes según Ana Tissera. Y no tengo la menor idea cómo habrán sido los poemas de Los desterrados, de Luis Alberto Reyes, aunque ese era el mejor de todos los libros cuando los veía a través del vidrio, porque la portada era negra con letras blancas, y en ella se veía solamente un acercamiento a un ojo tomado de alguna antigua pintura al óleo, con el aspecto de estar siempre entrecerrado al modo de los de Leonardo, con las marcas del resquebrajamiento en la pintura que hablaban de algo muy antiguo.

Tuve todos esos libros, los leí, y luego los perdí o dejé que se perdieran. ¿Qué significa que no pueda hacer el menor reconocimiento a sus autores?

Sé perfectamente lo que significa. No era importante el no poder leer el interior los libros porque el ir a verlos de lejos era sólo una parte del sueño, y éste se basaba en la idea implícita en el nombre del Centro: que un escritor proveniente de mi ciudad no era un imposible. No mucha gente recibe esa misma esperanza, con evidencia y todo, justo cuando es adolescente y puede creer. Además, recuerdo otros de los libros del CTE: varios que me parecieron mejores y varios de autores que conocí personalmente o que incluso –con el tiempo– se convirtieron en mis amigos. Rey de nada de José Luis Herrera Arciniega, El método infalible de Esteban Reynaud, Club Obrero de Eduardo Osorio, Los amorosos de Marco Aurelio Chávez, La mordedura del caimán de Félix Suárez, Estuario Luminoso de Enrique Villada, etcétera.

Aquellos otros: los libros olvidados, sólo fueron herramientas. No me siento orgulloso de mi olvido ni lo presumo para hacer contraste con mi “fama”.

 

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Ya sé que, lejos de aquí donde estoy, tarde o temprano, alguien recordará –cuando constate que la materia no existe– haber visto en internet una página con ese título, y no recordará absolutamente nada más acerca de ella.

 

© Alberto Chimal