
Retorno
Hoy tengo fiebre: un virus con el que llegué de un viaje a Tijuana y que no es la famosa influenza apocalíptica sino algo menos mortífero. Así que no me he muerto pero las cosas tienen más temperatura, los colores son más vivos y el cuerpo duele de formas inusitadas. Y en la cabeza hay algo: algo que no está siempre o que no siempre se deja ver. Lo que conviene es regresar a la infancia, cuando estas cosas ocurrían más a menudo y el endurecimiento del tiempo (que es otro de los síntomas del mundo en circunstancias como la presente) era un enemigo con el que se podía lidiar durante muchos días seguidos, en cuartos enormes y vacíos, mientras los padres y todos los demás estaban tan lejos.
Así que, en efecto, estas son palabras de una mente febril:
* * *
El primer acto sexual del que supe fue entre un ser humano y una mujer planta, o planta mujer, extraterrestre. O tal vez del futuro remoto. Yo tenía seis años pero la imprecisión no se debe sólo a mi edad entonces sino a la fiebre ahora. El recuerdo es movedizo: ni siquiera tengo claro (en este momento) en qué cuento aparece ese coito, en cuál es más bien una planta asesina que toma por sorpresa a un tipo que asiste a una violación alucinatoria, multitudinaria, y en cuál otro un astronauta está a punto de arrojar la bomba atómica sobre el mundo pero se distrae con la foto vulgar, obscena, que tiene pegada a su tablero de control: una mujer desnuda que se toca el vello púbico y muestra sus labios vaginales.
Las tres alternativas vienen todas de un mismo lugar: son los cuentos “ El perrito blanco que vagabundea solitario por las calles de la ciudad desierta” de Daniel Walther, “Adaneva” de Philippe Curval y “El valle” de Jean-Pierre Andrevon, incluidos en el libro colectivo Retorno a la Tierra, originalmente publicado en francés en 1975 y traducido al español al año siguiente. La edición que yo tuve, y que saqué de debajo del tocador de mi madre, era de la editorial española Martínez Roca, de su venerable serie “Super Ficción”.
Nadie me explicó, nadie me orientó: nadie me descubrió. Nadie me dijo nada. Nadie más leyó esas historias en esa casa, que entonces era grande incluso en los días sin fiebre y siempre ha estado tan poblada. Y yo tampoco dije nada. Las plantas asesinas, los pólipos amorosos y el fin del mundo fueron sólo míos. Ahora me sirvo de la red para averiguar todos los detalles que entonces no supe. Por ejemplo, que Andrevon (quien además de haber escrito uno de los cuentos fue el compilador de la serie) es un escritor prolífico: sin contar su trabajo como pintor, dibujante y cantante, ha publicado más de 135 títulos en 40 años de carrera. Yo no he leído nada más de él; tengo otro libro suyo, regalo de mi amigo Iván Salinas (quien se ganó en un concurso todos los libros de ciencia ficción publicados por Gallimard y luego los regaló a los cuatro vientos, como haciendo suyo el lema de Larousse), pero su francés le queda grande a mi francés.
Quién sabe de qué estaban hechas mis pesadillas el día que mi madre volvió a casa de su trabajo, en una clínica de la ciudad de México, con Retorno a la Tierra. Ella debía hacer un viaje de varias horas, todos los días, para llegar a la clínica, pues no vivíamos en el Distrito Federal sino en Toluca, a setenta kilómetros de distancia. Mi madre hizo ese viaje por más de veinte años y en él desperdició una parte apreciable de su vida. Esa noche llegó a casa no sólo con Retorno a la Tierra, sino también con otros diez tomos: según sé, la convenció de comprarlos algún vendedor ambulante de los que iban a su clínica (en esa época se vendían hasta libros), acaso con la idea de que serían historias agradables para su hijo: cuentos sanos y hasta educativos, como las novelas de Julio Verne. Mi madre no me dio jamás los libros: en cambio, sepultó la colección completa bajo su tocador, en su cuarto, donde por supuesto yo no estaba autorizado a entrar. Tal vez entrevió que los libros no contenían lo que se le había prometido. Yo entré de todos modos, porque era ávido y no me conformaba con esperar y porque los libros que estaban más cerca del suelo eran los más accesibles para un niño.
Leí a Andrevon y compañía, y también sobre la lluvia milagrosa de grano en Los hijos de nuestros hijos de Clifford Simak, y sobre el político-máquina anciano, malévolo, inmortal –que estará para siempre entre nosotros– en La penúltima verdad de Philip K. Dick, y sobre el hombre que moría y llegaba a descansar en el cerebro de un tirano amenazado por el rey de las aves en Siglo de pleno verano de James Blish. ¿Cuento aquí las pesadillas de las noches, de los días de fiebre? Eran palacios horribles, levantados con esos materiales por alguien que no conocía prácticamente nada más. Además, con la fiebre (que era debida sólo a la enfermedad: en todo lo demás yo seguía siendo un niño) el cuerpo cambia: las manos crecen, las distancias aumentan, los detalles se aproximan a los ojos y exigen la fijeza de la atención infinita, pero tras de mí se oían las voces.
Las mismas que ahora recuerdo, o que regresan, ahora, cuando cierro los ojos, ahora, y ahora suenan las chispas entre las terminales, y salta la corriente, ahora, y palabras que nunca se habían amado se sientan juntas, ahora, y en el cielo tornan y truenan los relámpagos más grandes que se hayan visto jamás y del aire viene el gusano que no tiene nombre, de fauces destructoras y mil patas que son a veces patas y a veces ruedas de palas y a veces piernas…
Abro los ojos. Hay que terminar esta nota. Busco rápidamente en internet, vuelvo a pensar en la portada de aquel libro, que ya no tengo pero no olvidaré. De niño, hallaba otra suerte de pesadilla en preguntarme: ¿quién es este astronauta, este soviet-gringo?
 ¿Cuál es su nombre? ¿Por qué no se le ve la cara? ¿Por qué no tiene cara? ¿Está vacío el traje? ¿Será que el traje se mueve a pesar de estar vacío? ¿O bien no está vacío pero lo que está adentro no es humano? ¿No será humano y simplemente tomó y se puso el traje? ¿O bien tomó el lugar del humano? ¿Habrá entrado por algún agujero sutil, pequeño? ¿Poco a poco? ¿Habrá entrado luego por su nariz? ¿Por la oreja, como entró la planta asesina? ¿Se lo habrá comido, desde adentro? Y ahora ¿querrá engañar a los Estados Unidos haciéndose pasar por ruso? ¿O engañar a unos y a otros? ¿O es que unos y otros son ya monstruos, comidos desde adentro?
De niño, despierto, y aun cuando no tenía fiebre, yo ya estaba tocado: no sabía cómo escribir una historia así que, en cambio, aprendía de memoria innumerables preguntas como las que anteceden, que me iban llevando hacia una historia por medio de la duda, de las consecuencias terribles.
Y ahora, justamente en este momento, leo en un sitio web que
a) la imagen de la portada de mi libro fue tomada por la editorial española (quién sabe si con permiso) de una edición de 1974 de Fifth Planet, una novelita de Fred y Geoffrey Hoyle que no he leído pero fue publicada por Penguin Books.
b) Ese libro, entre otras cosas, trata de lo siguiente: un alienígena regresa a la tierra en el cuerpo de un astronauta, y entonces toma posesión del cuerpo de la esposa de éste, y a través de ella le cuenta los secretos de la vida. El astronauta acepta la unión de la mente extraterrestre y la humana. Una alucinación global acerca de la Guerra atómica sacude al mundo. El astronauta, la esposa y el extraterrestre se marchan de la Tierra.
Y así concluye mi relato del libro perturbador que llegó a mi casa disfrazado de libro bueno, me tomó y no me ha soltado, y me dijo tanto, y etcétera. La parte que me intriga ahora es la de la alucinación compartida por todos, el estallido adentro.
* * *
Ay, con la fiebre la materia existe aún menos.
Y tras la fiebre y el azar, en la cabeza, ni callado ni sereno ni quieto, se deja ver un centro secreto de las cosas.
© Alberto Chimal
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