
Los cuartos de colores (autoficción)
No pida perdón.
Tung Chien
Lo primero que me dice es:
—Estoy dispuesta a considerar que podrías tener algún interés.
La veo claramente (la veo clarísimamente) y me dan ganas de gritar pero no hay nada que pueda hacer para desprenderme de ese lugar y esa visión, por lo que empiezo a decirme, bajito, que se trata de un robot: debe ser un robot. He leído libros, he visto películas sobre robots. He tenido robots de juguete en mis manos. He visto robots industriales que aceleran la producción de incontables bienes y por lo tanto ayudan a la economía global y por lo tanto son buenos. Esto es un robot: es una caja de metal con seis ruedas movidas por un motor de auto, provista de otros tantos brazos mecánicos (tres en cada costado), terminados en finas y brillantes manos de plástico rosa; un altavoz en la parte de enfrente, un escape en la de atrás (para el motor) y, en la parte superior, como simulacro de cara (o interfaz humana, también lo dicen así; creo que también ella lo dice así), una pantalla oval montada sobre una base extensible, articulada y capaz de girar. Parece un espejo de vanidad de los que se hallan a veces en hoteles de lujo o en casas de gusto rancio o refinado de veras. Pero si miro en él no veo mi cara sino la de una mujer de cierta edad, imprecisa pero con ojos pequeños y una mueca de desagrado que no cambia, que no cambia jamás.
—Te falta originalidad y sustancia —me dice.
—Hija de puta, remedo de Terminator —le quiero decir, pero las palabras no salen de la garganta. No puedo pensar con claridad. Un amigo, Tung Chien, tuvo que vivir con Dios, que era un monstruo, por el resto de sus días. Y ahora recuerdo que Tung Chien no es mi amigo sino es un personaje de Philip K. Dick. ¿Yo voy a tener que vivir con esto para siempre, por el resto de mis días o el resto de los suyos?
* * *
Por el momento la pregunta más urgente no es si estoy durmiendo, si estoy drogado, si me he vuelto loco por fin, si estoy muerto y esto es el infierno (o el paraíso). La pregunta más urgente es qué voy a hacer. Esto se parece a mi casa pero está más oscuro, más amplio, y además huele mal: huele al aromatizante que empleaban cuando el cáncer empezó a hacer sangrar a mi madre; huele al perfume que usaba mi primer jefe, el de la corbata vaquera; huele a los excusados de la escuela primaria.
Y la superficie de Yolanda –ese es el nombre del robot– huele a metal pulido y terciopelo nuevo, pero por debajo huele a aceite de máquina; a huevos podridos o gases estomacales; a sudor reseco en tela vieja; al cemento viejo y frío del cuarto donde me tuvieron secuestrado una vez, por unas horas.
—Maldita —le quiero decir, pero no puedo.
—Me puedes decir señora Yolanda —dice ella—. Te falta originalidad y sustancia. Pero estoy dispuesta a considerar que podrías tener algún interés.
Yo no me asombro pues he descubierto (porque han pasado varias horas) que tiene un repertorio limitado de frases, que va utilizando según le parece apropiado aunque no siempre sean pertinentes. Por ejemplo:
—Te falta originalidad y sustancia —le dijo a Gabriela, mi novia de la preparatoria, mientras la abría en canal.
Gabriela (Gaby, le decía; Gavilana cuando quería bromear, porque tenía la nariz aguileña y era muy morena, casi parda; por otra parte nos besábamos en el sillón de su casa y yo era torpe y baboso y ella era dulce, infinitamente paciente) estaba atada a un escritorio de metal en un cuarto de paredes y alfombras blancas. Estaba desnuda y lloraba mientras dos de las manos de plástico de Yolanda empuñaban los bisturís y otras dos le sacaban el bazo, el hígado, el estómago, los pulmones y los intestinos. Yo sabía que no estaba en choque y que podía sentir plenamente el dolor: esto me hizo pensar que tal vez realmente se trataba de un sueño, o de un estado alterado de conciencia, pero esto no aliviaba el sufrimiento de Gabriela. La herida enorme no dejaba de sangrar: sus bordes no perdían su color rojo ni dejaban de temblar; Gabriela, que se hartó de mí y me dejó hace muchos años, seguía gimiendo. También era exactamente igual a como la recordaba. Y yo supe que una vez que la dejáramos, no iba a morir ni a envejecer ni a soltarse ni a curarse de lo que le estaba pasando. Iba a ser para siempre la misma, rasgada, destruida, consciente de cada trozo de carne faltante y cada centímetro de la herida horrible.
—Yo no me vendo —le dijo Yolanda— ni me he vendido ni mis padres tampoco lo hicieron. Conozco mucha gente de principios. Venderse es un requisito para los ambiciosos. Me puedes decir señora Yolanda.
Lo mismo le dice ahora a mi primo Ramón, el que era músico y se mató jugando a la ruleta rusa por una apuesta imbécil. Le dice exactamente lo mismo y luego agrega:
—Seguro que entre miles de amigos, habrá muchos pensantes y otra cosa que necesito.
Mi primo está en el cuarto verde, de paredes verdes y loseta verde y una ventana que mira a un jardín verde. Él está vuelto eterno de otro modo: está congelado en el instante en el que la bala ya entró en su cerebro pero no ha hecho explotar aún su sien derecha. La pistola está sobre la izquierda, con la punta de su cañón oculta por una nube de humo que parece, de tan inmóvil, tener la dureza de la roca. No ha brotado aún la sangre: no se han dispersado los trozos de cráneo y de sesos; hay una hinchazón justo sobre la oreja derecha, como un chichón gigantesco, pero el hueso no ha sido perforado ni el pensamiento destruido por entero.
Aunque, en realidad, sólo hay un pensamiento, o más precisamente: una sensación de sorpresa y desconcierto, tal vez de horror, que probablemente duró apenas una décima de segundo la primera vez pero que ahora, congelada, estirada sobre la superficie del tiempo como una piel a medio curtir, puede leerse mucho mejor. Yo puedo hacerlo –por un milagro, por supuesto– y sé que no contiene arrepentimiento, que éste no llegó o que más bien, en su sitio o por encima de él, mucho más resonante, mucho más poderosa, hay una enorme decepción: de que la bala haya entrado, de que la percepción de todo lo demás se haya vuelto tan difusa, de que lo que va a pasar esté a punto de pasar.
Desde luego, mientras yo siga preso por Yolanda, que rueda a mi lado: que da vueltas alrededor del cuerpo detenido de Ramón, que hace sonar su motor y echa nubes de humo negro por su cola y aplaude con sus tres pares de manos, Ramón no podrá llegar a la muerte ni se dará cuenta de que esto que debería durar sólo un instante durará días o años o siglos o para siempre.
—Ya va a pasar —quisiera mentirle, pero no sólo no puedo hablar: él no puede escucharme. Él existe en un solo momento pequeñísimo en el que no cabe una sílaba.
—Seguro que entre miles de amigos, habrá muchos pensantes y otra cosa que necesito —vuelve a decir Yolanda—. Gente con sentido del humor y autocrítica. Estoy dispuesta a considerar que podrías tener algún interés.
Lo mismo dice en el cuarto malva —paredes malva, duela pintada de malva, vitrales malva– a Graham Chapman, el cómico inglés. ¿Por qué a Graham Chapman, a quien admiro pero nunca conocí? A él, Yolanda lo está emasculando con las seis manos a la vez y ningún instrumento: sólo tira y aprieta y retuerce. Y el hombre, que murió hace décadas como mi primo aunque esté vivo ahora, también grita como Gabriela, también se agita aunque esté colgado de los pies y con las manos encadenadas a un costal repleto de ladrillos.
—Gente con sentido del humor y autocrítica. Self-deprecating humor, dicen esos snobs de los ingleses, a quienes yo tanto admiro.
Y el efecto no es menos terrible que el de lo que se me presentó en cuartos anteriores: no me acostumbro a lo que veo, no me vuelvo insensible a lo que Yolanda me muestra en cada ocasión, porque entre cada cuarto y el siguiente hay larguísimos corredores por los que ella me empuja y me obliga a avanzar (estos corredores no están en mi casa, que es pequeña, pero desde luego esto no es mi casa) y durante estos trayectos mi atención queda fija, más bien, en el presente: los pisos son de piedra helada o muy caliente, o de plástico húmedo en el que siempre estoy a punto de resbalar, o están cubiertos de pequeñas esferas de cristal que se rompen en cuanto pongo el pie sobre ellas y se clavan, levemente, sin hacer demasiado daño, en la piel de mis plantas; o bien, necesito evitar las ramas largas y movedizas, como cortadas de un árbol muerto, que salen de las paredes a intervalos irregulares y no dejan de intentar golpearme en la nuca o las corvas; o bien llueve, aunque estemos bajo techo, y es una lluvia de agua revuelta con anilina negra, o de un aceite asqueroso que se mete por mis orejas y me nubla la vista y sube por las narices y entra en la boca. Nada de esto me permite acostumbrarme a lo que ya vi. Y además está siempre la conciencia de que detrás está Yolanda, que es lo que es, pero además, cuando me retraso, cuando disminuyo la velocidad, no sólo me empuja sino que, de tanto en tanto, comienza a hacer ruido: acelera su motor como amenazando con atropellarme, o bien deja oír los ruidos de otros motores, cerrojos que se abren, bisagras que rechinan, aspas que empiezan a girar y que silban, aúllan… Puede ser que parte de su cuerpo se abra: tal vez unas fauces con un triturador en el fondo o algo todavía peor.
Puede ser que un día yo me retrase lo bastante, o me tropiece, o haga algo que Yolanda considere digno de castigo con esas otras partes de sí misma que no puedo ver.
Y así por mucho tiempo: mucho, mucho tiempo. Sólo en poquísimas ocasiones, unos pocos segundos cada vez, no tengo delante el sufrimiento de otro ni detrás la presión de Yolanda y puedo pensar en algo más. El resto del tiempo: el corredor; mi amigo Saúl, el primero que tuve en la vida, desollado lentísimamente con unas tijeras en el cuarto azul eléctrico; el corredor; mi amigo Tomás, que tiene tantos problemas pero es siempre tan ingenioso y tan vivo, hecho caber en un ataúd pequeñísimo en el cuarto mamey, aun a costa de numerosos huesos rotos; el corredor; Cesar Franck, el compositor de aquella Sonata para violín y piano, con la boca abierta y diez taladros de dentista perforándole las encías, en el cuarto chaudron. (De Franck, otro que ha muerto hace mucho, nunca he visto una fotografía siquiera; su cara fluctúa y de pronto parece la de mi padre, de pronto la de José Emilio Pacheco.)
El cuarto gris plata, el cuarto chartreuse, el cuarto ciclamino, el cuarto siena tostado. Y todos los demás. Yolanda que me amenaza y Yolanda que tortura a tantos porque yo sé de ellos y yo puedo sentirme afectado por lo que le pasa a ellos. Esto lo sé de algún modo, aunque Yolanda sólo dice:
—Seguro que entre miles de amigos, habrá sentido del humor. Estoy dispuesta a considerar que podrías tener autocrítica. Habrá muchos pensantes. Te falta originalidad y sustancia. Y otra cosa que necesito.
Pero, repito, todavía me es posible pensar: pensar que esto es terrible, que pasar la eternidad en esto será aún más terrible, que además es humillante. Esta experiencia es real, pero el que lo sea no me sirve de nada. Puede ser una especie de tortura para mí, puede ser obra de un enemigo (o de alguien a quien no conozco, que me ataca sólo porque sí) y entonces nadie puede o quiere rescatarme. O bien es el infierno, o bien es el paraíso (y entonces todo lo que se me enseñó en el catecismo, cuando todavía creía en dios, está equivocado, totalmente al revés). O bien es un delirio o una pesadilla (porque me he vuelto loco, porque estoy drogado, porque me estoy muriendo, porque ya he muerto), que sólo me parece interminable; pero si alguna vez termina, y la cuento, nadie me creerá: nadie pensará que tenga importancia ni sentido. Los sueños no valen como material de historias: esto lo leí o lo escuché una vez de alguien que tenía autoridad. También dijo (o lo dijo alguien más, o lo escribió) que solamente lo que le haya sucedido a uno mismo vale como material de historias, pero ¿cómo podría convencerlo de que esto me está sucediendo? ¿Cómo le digo a cualquiera que esto es mi vida ahora? ¿A quién puedo decirlo?
—Seguro que podrías tener miles de amigos. Y sentido del humor. Estoy dispuesta a considerar que habrá autocrítica. Habrá otra cosa que necesito. Te falta entre originalidad y sustancia. Y muchos pensantes —dice Yolanda mientras abre el vientre enorme de la maestra Emma, que me dio clases en quinto de primaria, cuarto amarillo canario; y también en el cuarto púrpura real, mientras hace que una pared de aire aplaste contra una de concreto a la vecina (no sé su nombre) que me miraba de lejos de vez en cuando, de su ventana a la mía, en el edificio infecto en el que vivíamos; y también en todos los otros colores, que no se repiten jamás, mientras taja, corta, arranca, destroza…
Mis pensamientos son vagos, por supuesto: fragmentarios y repletos de lagunas e imprecisiones. Los pienso poco a poco, en las pausas mínimas entre las violencias y los dolores, entre las palabras y las amenazas. No puedo llegar más allá. Hay en lo que veo y lo que siento reflejos de otro tiempo, de la vigilia o de la vida, de un lugar y unas circunstancias que no eran éstos pero no recuerdo todo ni lo recuerdo bien. Reconozco a los que sufren, sé las historias de todos ellos, sé qué relación tienen conmigo, pero no puedo explicar cómo llegué aquí ni de dónde. Por ejemplo, a veces pienso que esto es en verdad es un sueño y no será más que el tema de un escrito, de un cuento; pero otras pienso que ya está escrito, que lo escribí (o lo leí) y era una profecía y yo no lo supe.
—Seguro que estoy dispuesta a considerar. Habrá self-deprecating humor y miles de snobs. Otra cosa que necesito: a quienes yo tanto admiro. Dicen: autocrítica. Te falta gente, amigos —dice Yolanda mientras, en el cuarto negro, da bofetadas a Tung Chien, que es un personaje de Philip K. Dick pero también es un hombre de rasgos orientales (es vietnamita) en un cepo enorme: sólo se ve su cabeza. Con cada bofetada de las seis manos de Yolanda, se le queda clavada una aguja más en las mejillas. Chien sí puede hablar, al contrario de la mayoría de otros, pero cada vez que abre la boca sale de ella un líquido espeso y negro junto con sólo tres palabras:
—No pida perdón. No pida perdón. No pida perdón.
Yolanda, o la pantalla oval que es la cara de Yolanda, no lo mira: me mira a mí y a la vez sigue con su tormento. Entretanto Tung Chien repite, entre borbotones negros:
—No pida perdón. No pida perdón. No pida perdón —y sólo cuando ya ha pasado un tiempo imposible de medir, y las mejillas de Chien son un alfiletero, o mejor dicho tiene nuevas mejillas, negras, enormes, brillantes, sólo entonces parece que Yolanda estará satisfecha porque se da vuelta, y entonces Chien dice algo distinto:
—Use las palabras.
* * *
Yolanda me empuja por un túnel más largo que cualquiera de los otros. Así lo siento; además es un túnel peor porque es como una boca que mastica: cada tanto el piso se acerca al techo, o el techo al piso, hasta casi aplastarme (a Yolanda no parece molestarle). Esto dura mucho tiempo. Cuando no camino el túnel me mastica con más fuerza o Yolanda me incordia con más ruidos y más miedo tras de mí. Pero estoy pensando. Estoy pensando en lo que dijo Chien, en esa frase inesperada. “Use las palabras”.
¿Cuáles palabras? ¿Para qué?
—Muchos pensantes y otra cosa que necesito: muchos pensantes y otra cosa que necesito: muchos pensantes y otra cosa que necesito —dice Yolanda, una y otra y otra vez, pero entiendo: entiendo que no quiere que piense, no quiere que use las palabras.
¿Cuáles palabras?
El corredor deja de masticarme y me ataca con vapores calientes, con polvo o gas que se mete en mis ojos y mi garganta, con mazas de madera que salen de alguna parte y me golpean en la cabeza o, por detrás, a la altura de las rodillas, para hacerme caer. Pero yo estoy pensando en las palabras. ¿Cuáles palabras?
—Habrá sentido del humor —grita Yolanda—. Sentido habrá del humor. Del humor habrá sentido. Habrá sentido humor del —pero yo entiendo que grita. Está alterada. Quiere distraerme con esas cuatro palabras…
De pronto dos o tres de sus manos me toman del cuello. Me aprietan. No quiere que hable, pienso. No quiere que diga las palabras. Es un poco inútil porque yo no puedo hablar.
—No puedo hablar —digo, para explicarme.
—Te falta sustancia —me responde. Pero entiendo que sí puedo hablar. ¿Qué tengo que decir? Ella me aprieta. Me aprieta cada vez más. No sé cuáles son las palabras. Yolanda me da la vuelta. Ahora veo sus fauces, abiertas, y no quisiera verlas pero están allí, gozando su propio placer mecánico, el rechinar del metal contra el metal, el resbalar de las ruedas sobre las bandas, de los engranes sobre los engranes, del aceite que empieza a gotear, de todas las evidencias de su materia.
—La materia —digo, y por primera vez en mil años soy feliz, porque entiendo que éstas son las dos primeras palabras.
¿Cuáles serán las otras dos?
© Alberto Chimal
 |