Alberto Chimal

 

México, 1970. Nació en Toluca. Ha publicado los libros de relatos El rey bajo el árbol florido (1996), Gente de mundo (1998), El ejército de la luna (1998) y El país de los hablistas (2001), así como la colección de ensayos La cámara de maravillas (2003). Su libro Estos son los días (Era, 2004) obtuvo el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2002. También es autor de la versión teatral de la novela Salón de belleza de Mario Bellatin (escrita en colaboración con Israel Cortés), del libro de cuentos Grey (Era, 2006) y de la novela Los esclavos (Almadía, 2009). Su obra ha sido antologada en diversas compilaciones. Web

 
 
 
   
 
   

 

Ensayo de la muerte (póngase música terrible)

 

 

El otro día, en un estado alterado de conciencia, llegó a mí una revelación. Tuvo la forma de unas pocas palabras, que nadie pronunciaba y no se oían pero, de todas formas, se manifestaban provistas de un atributo análogo al eco; daban la impresión de propagarse en la más alta bóveda de una catedral. Esas palabras eran…

 

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Pero mejor lo cuento más tarde.

Primero: cada noche desde hace cuatro o cinco años me toca ensayar, cuando me acuesto –y lo quiera o no–, con miras al momento de mi muerte.

 

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No es tan tremendo como parece: el hombre apaga la luz, da un último beso a su esposa, se acomoda, se relaja y los pensamientos más o menos articulados en los que todavía se entretiene van, poco a poco, desintegrándose: las palabras que llegan a aparecer se vuelven extrañas e incongruentes, los recuerdos del día que ha terminado se convierten en imágenes de algo distinto, la conciencia se ralentiza y se detiene.

Ejemplos: un parlamento recordado (“Tu amigo ese me cae muy mal: es un arrogante”, etcétera) se detiene a la mitad y es reemplazado por palabras al azar que, de pronto, se detienen del todo; la cantina donde se dijo aquello es penetrada por un desierto y, tras una duna, aparece una manada de perros negros; y yo, lo que permanece de mí, sabe todavía que no está soñando, es decir, no está rendido por completo a lo que el resto del cerebro representa, más o menos al azar, más o menos librado a sus asociaciones libres o misteriosas: por un tiempo que es imposible medir, la mente sabe todavía de sí misma, aunque experimente su propia disolución. Luego la nada. O los sueños, según la conciencia, al despertar, pueda recordar o no lo sucedido durante la noche.

En cualquier manual de psicología o sitio de Internet más o menos bien redactado se podría encontrar la explicación. Es el periodo hipnagógico: el que se da en la transición de estar despierto a soñar, y que (copio de una de aquellas fuentes) “generalmente se caracteriza por una imaginería visual y algunas veces auditiva. Se diferencia de las formas de actividad mental que se dan durante el dormir y el soñar”. Pero la constancia del suceso no sólo ha hecho pensar al hombre que algo ha cambiado en su cuerpo, su cerebro, o por lo menos su manera de vivir. Algo muy semejante debe suceder en el momento de la muerte, cuando los sentidos dejan de funcionar uno por uno (se sabe que el último de todos es el oído: antes del final sabremos, al menos, si alguien nos llora o no) y la conciencia, junto con la actividad del cerebro, se detiene por última vez.

Nada de esto es terriblemente nuevo en la experiencia humana pero, después de todo, no hay ninguna evidencia de que haya “algo más” cuando el cerebro para definitivamente: ni túneles, ni luces blancas, ni coros angélicos, ni nada. Y si nuestra época es de pensamientos deprimentes, ¿por qué no buscar los de verdad? Esto es mucho mejor que lamentarse de las malas mujeres –o los estúpidos hombres– en una cantina; más emocionante que odiar al jefe tras besarle los pies y revelarle las malas conductas de los otros esclavos; más tremendo que deplorar la ínfima calidad de la televisión mientras se salta de canal en canal porque, bueno, algo hay que ver. En esto nos parecemos todos, desde Madonna y Robert Allen Stanford hasta los que mueren de hambre en África o torturados y decapitados en un desierto de México. Todos vamos a morir y no me parece imposible que muramos así: sin importar lo pacífico o lo violento o lo doloroso de los momentos previos, la desaparición no será instantánea, como la proverbial luz que se apaga, sino –todavía– una disolución: un descenso desde la plena conciencia hasta la nada, y sujetos entretanto a un caos de percepciones cada vez más débiles, pero siempre incontrolables. Ni paz, ni salvación, ni sentido: en cambio, un rato de incoherencia y barullo…

¿Desea más el lector? Una de las mejores historias de horror que se han escrito es el gran tratamiento literario de este asunto: “El testamento de Magdalen Blair” de Aleister Crowley –el gran ocultista y charlatán británico–, aparecida originalmente en la colección The Stratagem and Other Stories (1929). Su protagonista es una psíquica de grandes poderes que, casada con un científico interesado en ellos, mantiene comunicación con la mente del hombre incluso tras de que éste ha sido declarado muerto. La gran sorpresa –el horror que aplasta a Magdalen y la hace parecer, cuando rinde su reporte, de sesenta años de edad cuando sólo tiene veinticuatro– es que “en la muerte el hombre vive otra vez, y vive para siempre”: la mente del fallecido doctor Blair sigue activa, aunque del todo impotente y desconectada del universo, y en esa suerte de absoluta privación sensorial los efectos de la putrefacción del cerebro –de su lenta desintegración– se perciben como sufrimientos indecibles, repetidos interminablemente y en los que la conciencia, a medida que va perdiendo la memoria y la capacidad de raciocinio, se concentra cada vez más. Segundos de tiempo real se convierten en días, meses o años de tiempo subjetivo para el doctor Blair, quien enloquece a causa del dolor pero no muere (ya está muerto)…, y los consuelos son escasos: “Apenas puedo dudar que la cremación del cuerpo de mi esposo haya interrumpido un proceso que en el hombre enterrado normalmente continúa hasta que no quedan rastros de su materia orgánica”, declara la viuda Blair, y luego dice que la solución más razonable, al menos para evitar lo peor, debe ser “hacer explotar en mi boca un cartucho de dinamita”.

 

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Ahora, terminada mi historia y el resumen de la de la pobre Magdalen, pasado el último trío de asteriscos, me encuentro en un problema para ambientar esta última sección. Como arriba dice “póngase música terrible”, pongo primero El arte de la fuga de Bach y en especial los primeros contrapuntos –bellísimos, helados como la voz de Dios en el libro de Job– pero no. Tampoco sirven Devil Doll, Sopor Aeternus, Las Ánimas… Al final un vecino pone reggaetón a todo volumen y me ahorra esfuerzos posteriores. Cuando muera, mi eternidad subjetiva y de bolsillo tendrá ese fondo, o peor, alguna de las músicas de mis días negros.

Pero me falta hablar de las palabras de la revelación, que me llegó en el interior de un temascal, mientras yacía aturdido por el calor, un té dudoso que me habían hecho tomar y los cánticos del ritual con el que se convoca, en la oscuridad de la cámara de barro, a dioses en los que ya no cree nadie. Las palabras eran:

 

Aquí no están las imágenes. Como soy, soy en el mundo y en la vida y en la muerte interminable.

Mi llama nació oculta y secreta. Pero crece y puede iluminar una profundidad desconocida.

Quiero que sea mayor y sea tremenda para que en ella se descubra la tenuidad del aire. Para que el aire lleve el agua y la deje caer y penetrar en la tierra más remota. Para que la tierra se desplace a su vez, despacio, inexorable, cargada del calor y la sutileza y la fuerza serena.

Luego: quiero ser viejo y que se me perdone, o no, la llegada de la sombra.

Quiero morir y convertirme en símbolos.

 

Todo muy bien, pienso ahora, pero esto ya ha sucedido: para usted, como para casi todos los que leen esta página, soy sólo un montón de símbolos. ¿Qué más podría haber? Mi materia no existe.

 

© Alberto Chimal