Elisa G. McCausland

 

España, 1983. Nació en Madrid. Es periodista licenciada por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja escribiendo sobre cosas demasiado serias. Prepara su tesis sobre la representación femenina en el cómic de superhéroes y publica collages narrativos en el fanzine Rantifuso. También ha colaborado con el programa El Séptimo Vicio de Radio 3. Blog

 
 
 
   
 
   

 

Conversaciones telefónicas con J.M. Ken Niimura

 

Ken Niimura tiene nombre de novio de muñeca de plástico, solo que en versión nipona. Se arrancó la coleta hace poco, pero su alter ego de papel no ha podido deshacerse de ella. Escucha John Zorn mientras dibuja. Hubo un tiempo en el que daba clases con Mastretta y Belmonde de fondo. También ha dibujado a ritmo de Ivan Ferreiro -Mentiroso, mentiroso (Astiberri, 2008)– junto a otros de sus coetáneos. Tras las iniciales J.M. se esconde José María, un hombre amalgamado que nació en Madrid a principios de los ochenta, que estudió Bellas Artes en la Complutense y que admira a Goya, “por su manera de resumir en una sola imagen una historia”. Ese es uno de sus bastiones. También el cine de comedia. Berlanga, Ernst Lubistch, Billy Wilder. Decir cosas graves con un lenguaje aparentemente ligero le parece importante. Porque él hace cuentos en viñetas. Cuentos cortos. Historias pequeñas, cercanas, crudas. Y es que admira a Raymond Carver, y eso se nota. También le fascinan los universos de Borges y Cortázar, aunque no considera que estos hayan calado en su obra. Yo lo dudo (y se lo digo). “Del relato breve es el impacto lo que me interesa”, me contesta ¡Splash!

Empezó en esto del cómic cuando era insultantemente joven. Perseveró y ahora publica al otro lado del Atlántico. Le ha dibujado una historia grande a Joe Kelly -Soy una matagigantes (Norma Editorial, 2009)- un veterano de la industria. Si le preguntas por su estilo de dibujo -manga, línea clara francobelga o estilo americano-, él no se posiciona. Hace malabares con ellos ¿Sus referentes? Tezuka, Hergé y Will Eisner. “Todo depende del contexto”. Se refiere al lugar donde se lean sus cómics. En Estados Unidos dicen que tiene una estética manga, pero se mueve a un ritmo diferente -fluido, violento, superheroico-. No ocurre lo mismo con sus historias editadas por Astiberri o Recerca, más contenidas, como si aguantaran la respiración. Mientras Soy una matagigantes te estalla en la cara, sus cuentos breves –Otras Jaulas (Astiberri, 2002) e Historias (Amaniaco, 2005)- te agarran el estómago y te sacan los colores. Bolaño diría que "hay momentos para la poesía y momentos para boxear". La lírica de estos relatos, casi siempre, deja un regusto amargo. Niimura dosifica el dolor y la incertidumbre, juega con el ritmo, aumenta la resolución de lo infraordinario. Las viñetas bailan y las nubes sobre las cabezas de los personajes intentan graduar los silencios. Es entonces cuando los platos se rompen. Carver recoge los trocitos. Ken mira desde el borde de la página.

La vocación pedagógica le puede. Ya sea en academia, museos o universidades, Niimura enseña que la convivencia de estilos es una opción plausible. Porque, al igual que ocurre con sus raíces y su trayectoria – ascendencia japonesa, nacionalidad española, formación europea, proyección globalizada – su obra apela a una coexistencia en entremundos, algo así como estar permanentemente de viaje. Él no cree que sea posible, sino que lo hace posible. El escenario le es favorable. Reside desde hace un tiempo en París, donde el cómic es una expresión cultural más, no una excepción. También subraya, con cierto tono victorioso, el merecido protagonismo que el tebeo ha ido ganando estos últimos años en los medios para las masas. El cine ha tenido mucho que ver. Porosidad entre medios, pienso. Viva el contagio.

Le pregunto por películas de animación que le hayan tocado. Miyazaki parte en la lista como indispensable, con su Viaje de Chihiro a la cabeza; le siguen los magos de Pixar y me sorprende, hacia el final, con La chica que viajaba a través del tiempo, una delicatessen no catada por estas tierras. Los tres protagonistas viajan. Y caigo en la cuenta de que todas sus chicas –que no mujeres– son un poco Alicia (Liddell), criaturas propensas al tránsito. A cortarse el pelo sobre el lavabo y hacer el amor como si fuera la última vez. Eternas adolescentes que ya había en el principio, en aquel Underground love (Amaniaco, 2001) que diera el pistoletazo de salida allá por el cambio de siglo.

Las cosas han cambiado mucho desde entonces. Niimura ha mantenido sus lazos con la autoedición. Publica en revistas profesionales (Dos veces breve, Makuaki), se han editado monográficos con su obra y sus originales se exponen dentro y fuera de España. No se olvida del mundo del fanzine que le vio nacer (Arruequen, Barsowia, Lunático). También ilustra y diseña -Japonés en viñetas (Norma Editorial)-. Chris Ware y Dave McKean surgen en la conversación a propósito de su atracción por la idea de “obra total”. A estos se les suman Taiyo Matsumoto, Otomo y Joann Sfar como referentes ineludibles ¿Y un guionista con el que trabajar? Alan Moore y Joann Sfar. “No se me ocurre ningún japonés”.

 

© Elisa G. McCausland