Elisa G. McCausland

 

España, 1983. Nació en Madrid. Es periodista licenciada por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja escribiendo sobre cosas demasiado serias. Prepara su tesis sobre la representación femenina en el cómic de superhéroes y publica collages narrativos en el fanzine Rantifuso. También ha colaborado con el programa El Séptimo Vicio de Radio 3. Blog

 
 
 
   
 
   

 

Bienvenidos a la Eternidad

 

 

Es curioso pero cuando tengo un buen día no pienso tanto en ella. La verdad es que nada en absoluto. Cuando me brilla la voz y tengo la tripa llena no se me ocurre decir ni pío. Cuando tengo un mal día hablo con la Muerte constantemente. No del suicidio porque, sinceramente, no es lo bastante dramático. A la mayoría nos gustan los escenarios, y suicidarse es la actuación definitiva; y siendo adicta al escenario, el suicidio estaba descartado desde el principio. Además, la gente se fija y se pone a mirar qué te sobra y no puedes cruzar las piernas para mostrar ese ángulo tan seductor del muslo y es muy deprimente.

Así que hablamos.

Prólogo de Tori Amos para Muerte, el alto coste de la vida

 

 

Preludios y nocturnos. El origen es el infierno, un infierno posmoderno. Cautiverio y despertar. Así empieza el cuento del señor Gaiman, una historia de ceremonias familiares y malentendidos cósmicos. Porque los hermanos se odian, a veces.

Muerte es un concepto, carne en descomposición, pero también es una adolescente de mallas ajustadas y sonrisa perpetua. Muerte ha visto Mary Poppins, prepara té con miel y comparte perritos calientes con Tori Amos, que también es Delirio. Muerte es la hermana mayor de Sueño. Sueño es el protagonista del cuento, o eso cree él. Su historia es un viaje por la memoria, un reencuentro consigo mismo y con sus deudas. Sueño viste de negro, tiene una bolsa de arena y una biblioteca con todos los libros que se han imaginado, pero que nunca llegaron a tomar forma sobre el papel. Sueño también tiene un hijo que llora rosas rojas; y tantas amantes como estrellas brillan en sus ojos.

Muerte y Sueño hablan de sus respectivos trabajos sentados en el borde de una famosa fuente de Central Park. Podrías confundirles con dos versiones desenfocadas de Siouxie y Robert Smith; podrías acercarte a ellos con una pelota de fútbol y jugarían contigo unos minutos. Ella sonreiría -Muerte siempre sonríe-. Él preferiría encontrarte en una cantina cada cien años y conversar. Sería una conversación interesante. Cada cien años. Una conversación inolvidable. Pero también podrían discutir entre ellos. Los hermanos se odian, a veces. Muerte le diría a Sueño que es “la más estúpida, egoísta e increíble excusa de una personificación antropomórfica de este o cualquier otro plano”. Sueño no sabría qué responder porque ella tendría razón. Las hermanas mayores siempre tienen razón; más todavía si son las últimas en cerrar la puerta.

Entre Muerte y Sueño hay otro hermano. Su nombre es Destino y es ciego. Vaga por su jardín con un libro entre las manos. Destino está encadenado a este libro. El libro se reescribe a cada momento. Destino no tiene sentido del humor; es incapaz de contarte el final del libro, aunque estés al filo del invierno, pero sabe qué hay que decir en las fiestas para que un sistema solar despierte. Destino solo responde ante Muerte. Ella es la única certeza. Su nombre no es final, sino cambio. Lleva un ankh colgado del cuello. Muerte es lo mejor de tu vida.

Las hermanas se aman. Las mellizas se entienden, se (pre)ocupan, se adoran. Deseo vive en el corazón. Es sístole y diástole. “Nunca la posesión, siempre la poseedora”. Desespero es humo y espejos. Vive entre ventanas nubladas a las que solo se asoma para recordarle al lector que también pueden ser viñetas. Deseo es irresistible. Desespero es inevitable.

Deseo juega con muñecas. Su preferida es Sueño. Hacer mermelada de fresa con su corazón es una de sus lúdicas obsesiones. Le debe un cuerpo de escándalo a Milo Manara, el único dibujante que ha logrado que su mirada ahogue y que sus labios duelan. Deseo es hombre, es hambre y es hembra. También es niña, caprichosa e insaciable. Una nínfula descarada, vestida de chaqueta, que nunca deja de jugar.

Desespero es fría y paciente. Cura su soledad con grandes roedores que se pierden entre sus carnes. Todas las habitaciones vacías (después de una guerra, después de un suicidio, después de una fuga radiactiva) son sus lugares sagrados. Ella no llora, sangra. Siente la ausencia de todos, pero solo se lamenta por la huida de su hermano Destrucción. Desespero no lo dice en alto, porque ella habla en un susurro, pero el hermano pelirrojo y socarrón era su favorito. Deseo lo sabe, pero no le importa. Aquellos tiempos, libres de melancolía, pertenecen a otro siglo. Las luces se apagaron. La carne resucitó. Y las ideas se dispersaron en forma de burbujas, mariposas y peces de colores.

Delirio es la pequeña de los Eternos. Hubo un tiempo en el que se llamó Delicia, pero de eso ya nadie se acuerda. Delirio es un dibujo de Bill Sienkiewiz, una canción de Amanda Palmer o un poema de Rimbaud. Dicen que huele a cuero viejo y noches largas. Vino agrio y sudor sobre la cama; como un sueño, pero en otra dimensión. Delirio se encarna en mujeres que tocan el piano con las piernas abiertas y hablan con su hermana Muerte haciendo equilibrios en el balcón. Siente predilección por las pelirrojas con pecas en los brazos. Pelirrojas de ficción y mujeres de carne y carne, también hueso. Delirio sabe que fue Delicia cuando logra combinar vocales y consonantes con cierta precisión. Siente nostalgia de lo que fue, pero sus recuerdos se vuelven peces y pompas de jabón con inusitada facilidad. En Delirio no hay culpa, tampoco delito. Solo presente continuo.

Los hermanos se odian, a veces. Las hermanas se aman y se temen. Estos siete hermanos son muchas otras cosas antes que familia. Pero, si no fueran familia ¿qué quedaría de ellos?

Neil Gaiman ha escrito el mismo cuento todas las veces, las mismas en las que amas u odias, pero comprendes que en la Eternidad no hay espacio, tampoco tiempo; solo una historia –The Sandman- y una familia, los Eternos.

 

© Elisa G. McCausland