Elisa G. McCausland

 

España, 1983. Nació en Madrid. Es periodista licenciada por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja escribiendo sobre cosas demasiado serias. Prepara su tesis sobre la representación femenina en el cómic de superhéroes y publica collages narrativos en el fanzine Rantifuso. También ha colaborado con el programa El Séptimo Vicio de Radio 3. Blog

 
 
 
   
 
   

 

Soy Promethea ¡Te traigo fuego!

 

 

Lo que se es según la intuición interna y lo que el hombre parece ser sub especie aeternitatis se puede expresar sólo mediante un mito. El mito es más individual y expresa la vida con mayor exactitud que la ciencia. La ciencia trabaja con conceptos de término medio que son demasiado generales para dar cuenta de la diversidad subjetiva de una vida individual.

 

Carl G. Jung, Recuerdos, sueños, pensamientos

 

 

«Promethea era una niña real que vivió en el Egipto romano del siglo V. Su padre era un erudito hermético… una especie de mago. Una turba cristiana lo mató… no era extraño entonces… pero los dioses intervinieron y se llevaron a su hija a su mundo de mito y ficción: la inmateria. Desde ese momento la joven Promethea se convirtió en una historia viva y creció en el reino del que provienen todos los sueños. Vagó por la imaginación de los mortales. Algunos de ellos, dominados por la poderosa idea que encarnaba Promethea, llegaron a convertirse físicamente en ella; ellos o sus seres amados, hacia quienes proyectaban su identidad»

El cómic de Alan Moore y J.H. Williams es conocido por su (supuesta) dificultad y extraordinaria belleza. Promethea es un mito hecho de otros muchos. Requiere experiencia en el serpenteo de las viñetas y sensibilidad a la estética experimental, pero sin sobresaltos. Leer a Promethea requiere un estado mental de permeabilidad, una predisposición al cambio, tal y como lo entienden los magos: hay que penetrar el misterio para poder convertirse en el misterio. El billete a la místicamagicolandia que proponen ambos autores no se vende barato. Una de las encarnaciones de la heroína lo deja claro desde el primer número de esta colección, “no quieres buscar folclore. Y, especialmente, no quieres que el folclore vaya a buscarte a ti”, al menos que estés dispuesto a correr riesgos, amable lector.

 

 

«Soy el sagrado resplandor de la imaginación. No puedo ser destruida»

Al igual que algunos símbolos siempre significan lo mismo, los nuevos mitos se alimentan de los antiguos. Promethea está ligada al mito clásico que le da nombre, pero ella es mucho más que la versión femenina del personaje que intentó llevar el fuego celestial a la humanidad. En ella hay muchas Prometheas, tantas versiones como creadores le dan forma, la imaginan, la invocan; porque “cada época necesita su propio superhéroe”. Alan Moore rescata con cada versión pasada de Promethea (y en sus homenajes de portada) una porción de la historia, creando su propio mapa de la subcultura del siglo XX; el nacimiento del superhéroe al calor de la II Guerra Mundial, las revistas de finales de los cuarenta salpicadas de terror y erotismo, el Flash Gordon, de Alex Raymond, o la versión de portada del mítico (y místico) Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, de los Beatles. También reescribe la historia de dos religiones y nos cuenta su versión semiótica del Juicio de Salomón. Pero, ¿por qué?, dirán ustedes. Porque Alan Moore le ha reservado a este mito posmoderno el extraño privilegio de presidir el fin del mundo (material).

 

 

«Personalmente creo que acabar con el mundo es una idea excelente. Cualquier mago auténtico te lo dirá» Jack Faust, mago de profesión en esta ficción.

Promethea es un curso (acelerado) de iniciación a la magia para las masas. En sus páginas Moore nos cuenta, como si fuéramos infantes, que existen dos mundos, el material y el inmaterial. Siguiendo esta lógica platónica de las ideas, a los humanos se les concede el privilegio, la posibilidad, de vivir en materia y mente, como los anfibios. Promethea es el puente entre ambos y tienta a explorar la inmateria, pero ¿qué ocurriría si mucha gente decidiera seguirla a las nebulosas tierras de la imaginación? “Sería como el gran salto devónico del mar a la tierra. La humanidad deslizándose por la playa, de un elemento a otro. De la materia a la mente. Tenemos muchos nombres para ese suceso. Lo llamamos el éxtasis, la apertura del camino 32, el despertar, la revelación o el Apocalipsis”. El fin del mundo, a la manera de Alan Moore, no se refiere a la destrucción del planeta, sino al cambio en “nuestros sistemas, nuestra política, nuestra economía…¡Nuestras ideas del mundo!”, una constante en obras anteriores, como Watchmen o V de Vendetta, pero que en Promethea aborda con una carga simbólica, mística, que lo alejan de su público más político.

 

 

«Cambiar un mundo es tan fácil como cambiar tu mente. Solo que la materia es más viscosa que la imaginación, así que lleva más tiempo»

Copas compasivas, espadas que atraviesan las mentiras, monedas que son hambre y deseo, y bastones de pura voluntad. Todo viaje iniciático precisa de un equipaje y de un tablero. Alan Moore escoge el tarot (de Aleister Crowley) y el mapa cabalístico de la realidad, el árbol de la vida. El lector, por su parte, tomará como mapa una rayuela por la que seguirá a la heroína en su aprendizaje. “Con alegre ignorancia El Loco se acerca a un abismo como si confiase en el viento frío para que le salve de sí mismo”. Caminando la ruta 32, cuya carta en el tarot es El Mundo (o El Universo), dará comienzo “una danza maravillosa entre la carne y la imaginación”, un baile que revelará el origen simbólico de la protagonista.

Moore nos descubre que Promethea pertenece a un arquetipo femenino esencial; este se encuentra en la tercera esfera (sephirot), la que conecta con la carta de la Emperatriz. Su nombre es Binah y el agua, cuyo símbolo es el triángulo, llena las copas de compasión. “Soy la destrucción del mundo, soy la comprensión en la que todas las cosas acaban. Soy Babalon”.

El viaje no acaba, pero sí muta. El lector es amenazado por el cambio. Y los cambios siempre duelen, como la carta número trece, o como entender que lo que antes fue Fuerza, ahora es Lujuria. Babalon cabalga a la bestia. Diosa celestial y fuerza animal están destinados a barrer el sistema. Llámalo Diosexo, el último tabú. Entonces, el Universo se correrá y solo quedará el principio. El principio es la palabra y la palabra es “Yo”.

La puerta que se abre a continuación es la de “una celebración visual, un soliloquio final, una danza vertiginosa y deliciosa” donde los padres de la criatura se abandonan al delirio autocomplaciente de su propia mitología. Promethea nos cuenta, en el último número (el 32) que somos eternos porque siempre es ahora.

 

© Elisa G. McCausland