
Emilio, aventurero de papel
—¡Qué contraste! —exclamó—. ¡Fuera el huracán y yo acá dentro! ¿Cuál de las dos tempestades es más terrible?
La segunda regla del Club de la Pelea advierte: Nadie habla sobre el Club de la Pelea. Que es, ni más ni menos, una rotunda repetición exacta de la primera regla. Tipo aventurero si los hay –derrochando intrigas y vicisitudes a granel en numerosas narraciones donde la acción es incisiva e insistente, tanto como para probar sin límites la pólvora de su fantasía–, Emilio podría haber pasado la prueba de cien reglas copia al carbón de la primera.
«¡Estoy desarmado, solo, y sin embargo, si tuviera la más mínima esperanza de poder salvar a Marianna, me sentiría capaz de cualquier esfuerzo, incluso de abrir los flancos de este buque, para mandarlos a todos al fondo del mar!», clama el Tigre de la Malasia, hecho prisionero de los ingleses.
Emilio supo que ya no había esperanza, no podía rescatar de la locura a su Ida; cualquier esfuerzo sería en balde (aparte, había un antecedente familiar, su padre se había suicidado en 1889). Cuando en su segundo intento optó por destriparse a la luz del día, en plena naturaleza, faltaban cuatro meses para sus 49. Era el 25 de abril de 1911. Había escrito más historias que años vividos: más de ciento ochenta textos, entre relatos y novelas.
Los triunfos en el mar y la selva logrados con su pluma sableando el papel no lo capacitaron para los retos de la vida ordinaria. Escribe en carta póstuma a sus hijos: “Soy un vencido. La locura de su madre me ha partido el corazón y todas mis fuerzas. Voy a morir al Valle di San Martino, junto al sitio en el que, cuando vivíamos en la Via Guastella, íbamos a desayunar. Encontrarán mi cadáver en un barranco que ya conocen, porque allí íbamos a recoger flores”.
«El que marcha a la guerra, ya sabe que puede morir». Quien puso estas palabras en labios de Haradja, la vengativa sobrina de Alí Bajá (El León de Damasco, 1910), no pudo sobrevivir a la guerra que le dio la vida con una paradoja cruel: sus libros se vendían una barbaridad pero no recibía la remuneración debida porque no publicaba a porcentaje sino con un jornal fijo que no alcanzaba a cubrir las necesidades de la familia.
Tuvo cuatro hijos con su esposa, a quien conoció cuando era actriz (dicen que fue tan venerada como la Perla de Labuán por Sandokán). Hay quienes, al comentar el desenlace del escritor, señalan que ambos eran alcohólicos, ella una ninfómana y él un mitómano, y había una relación desequilibrada entre ellos... Cualquier cartel que se cuelgue, apunta al drama: Ida Peruzzi fue presa de los nervios, cada vez más, y por su errático comportamiento terminó en el manicomio. Para el marido fue el detonante para borrarse del futuro.
“Vencido por todo tipo de desgracias, reducido a miseria a pesar del enorme trabajo, con mi mujer loca en el hospital, sin poder pagar sus gastos, me quito la vida. Debería haber tenido otra situación y suerte, debido a mi nombre” (de la carta a los directores de periódicos de Turín).
Para definirlo con sus propias palabras, Emilio fue un "galeote de la pluma". Su contrato con el editor Donath fue un verdadero cepo: tenía que entregar tres novelas anuales por cuatro mil liras, cifra que apenas cubría los gastos domésticos. Entre 1907 y 1911, últimos años de su vida, metió en imprenta 19 novelas, pero al morir sólo pudo dejarles a sus cuatro hijos la ínfima suma de 150 liras, más un crédito de 600 liras que debían recoger de la señora Nusshaumar.
Nacido en Verona el 22 de agosto de 1862, fabricó su obra durante tres décadas. No encontramos en él esas frases tipo estocada, alardes de la ingeniería intelectual que, extraídas de las páginas originales, habitan en antologías de citas y en espacios literarios dedicados a mostrarlas. Lo suyo fue describir acciones y ambientes, presentar personajes en unos pocos trazos fuertes que los volverían inolvidables. La desmesura era parte vital de su firma. Chicos de varias generaciones aprendimos lo que eran la amistad y el valor con la lectura de sus historias. Sin ninguna premeditación intelectual, edificó así, para muchos, una acogedora entrada al mundo de la lectura. Algunas novelas comparten personajes y la memoria y proyecciones de ciertos acontecimientos, y forman ciclos narrativos. Bastaría el ciclo de Sandokán y el de los piratas del Caribe (con el legendario Corsario Negro) para hacerle un lugar entre los autores más leídos.
Al referirnos a su obra, hay que usar sin miedo los adjetivos. Relataba acciones épicas, repletas de peligros y en atmósferas atractivas, haciendo uso de un lenguaje directo para contar emociones intensas y acciones audaces, con ritmo vertiginoso al que le viene como anillo al dedo el sello de cinematográfico. No opacan este brillo las distracciones que algunos le critican en su escritura (de estilo sencillo pero visceral), incluso ciertas torpezas, quizá porque después de formar familia escribía muy apresurado para mantener el hogar. Esa realidad acuciante que él pretendía endulzar para no aceptarla como el trago amargo que era, de la cual se escapaba en esas otras realidades increíbles que escribía y eran seguidas por cientos de miles de admiradores en varios países.
«Si quieres que te respetemos, tendrás que luchar contra la pantera», soltó en una de sus novelas. La acción, esencia del género de aventuras, nunca fue raquítica en su obra, todo lo contrario. Urdió historias en las regiones árticas y en el Lejano Oeste, en África y Asia, en el Caribe, y hasta incursionó en la literatura de anticipación con Las maravillas del 2000 (editado en 1907), una novela que no clasifica entre las mejores de su pluma (escribió dando traspiés los últimos años, trastornado por el deterioro de su esposa y la precaria situación en que vivían). Dos mil leguas por debajo de América (1888, conocida también con el título El tesoro de los incas), Los náufragos del Liguria (1896), Invierno en el Polo Norte (1898), La perla del Río Rojo (1904), ambientada en tierras asiáticas, Los hijos del aire (1904), El capitán Tormenta (1905), En las fronteras del Far-West (1908), son algunas de las numerosas novelas que dejó.
Escribió con fuego, de modo directo y sin almíbar, las durezas y maldades que nos acechan en la vida y en la naturaleza. Hay tenebrosas escenas de lucha, muerte y tortura, que alternan con otras donde cantan el amor y la amistad, y esas otras donde ruedan la ironía, el acento divertido, relajado y hasta cierto tierno candor. De El León de Damasco, este fragmento:
»Se interrumpió y lanzó un terrible grito que hizo palidecer a todos los marineros de la galeota. Hamed, con un tirón mayor de la cuerda, le hizo estrellarse contra los arpones, y uno de éstos se le hundió junto a la columna vertebral. El infortunado hombre quedó un instante clavado en el peine, pero después lo sacaron de allí y de nuevo le balancearon.
»Nuevamente emitió un espantoso grito. Dos arpones se le habían hundido con gran fuerza en el vientre, surgiéndole por la espalda casi un palmo las afiladas puntas ensangrentadas (...)
»Otra vez había sido desclavado el capitán, y por sus terribles heridas se le iban la sangre y los intestinos; hipaba con dificultad, y en los estertores de su agonía profería furiosas injurias e incluso blasfemias contra el Profeta.
La libertad y el honor se defienden sin titubear, proyectan las narraciones de Emilio. En ellas están a la orden del día tanto la venganza como honrar la amistad y las promesas, la conquista de la victoria y la aceptación de la derrota, el descubrimiento y el asombro ante lo diferente.
Cuando la adultez se cruza en nuestro camino, olfateamos de lejos ese aroma silvestre, engatusador, que habita en lo que cuenta y hace que extrañemos más aquellos años de aceptación gozosa.
»—¿Qué es lo que quieres de mí?
»—Que hagas recoger el polvo amarillo que se encuentra en la ladera de esa montaña.
»—¿Para qué lo necesitas?
»—Sirve para hacer más brillantes los rayos del sol.
»—¿Eso no nos traerá más sequía? Hace mucho que no llueve en nuestros campos.
»—Encargaré a la luna que mande nubes que hagan llover abundantemente en tus tierras.
Este diálogo pertenece a El tren volador (1901) donde entrecruza peripecias variopintas con el viaje del dirigible Germania, que vuela con unos exploradores en busca de un tesoro africano. Los protagonistas deben enfrentar la hostilidad de varias tribus y a un grupo de árabes que persiguen el mismo tesoro. El autor explica bastante lo relacionado con la aeronavegación de la época. Esta es una característica de sus obras, brindar datos sobre historia, biología, geografía, costumbres, tradiciones culturales. En sus historias los argumentos son abultados y muchas veces practican malabares. Es como si la sangre necesitara salirse del cuerpo para probar lo que está en juego.
«La sangre corría a torrentes. La empalizada del recinto chorreaba, y las terrazas se ponían rojas. De una a otra parte combatían con igual furor, mientras que el huracán, rugiendo siempre, alumbraba con sus relámpagos a los combatientes para que pudieran acometerse mejor» (Los piratas de la Malasia, 1896).
Del 26 de julio al 16 de agosto de 1883 publicó en cuatro entregas el cuento Los salvajes de Papúa, en La Valigia, una publicación de viajes. Después, vino el Tigre, y no paró de escribir, aunque fue incapaz de sostener en toda su carrera la calidad de sus primeros libros.
El tigre va a llegar, advertían los carteles en el centro de Verona, y fue un éxito su llegada en el diario ilustrado La Nuova Arena. Agotaban la tirada los seguidores de la novela por entrega que dio origen a la saga de Sandokán, El tigre de la Malasia (150 entregas entre 1883 y 1884). Como dato curioso, hay que recordar que en esa primera historia de sus aventuras Sandokán se suicida por amor a la inglesita Jenny. El autor, como hizo Conan Doyle, resucita al personaje y le da nueva vida, con rasgos menos violentos y más nobles. El Tigre sigue en lucha contra los ingleses, contra el colonialismo y el expansionismo, cuando reaparece como libro, en 1900, con el título Los tigres de Mompracen.
Lector de las novelas de Julio Verne, Emilio presentía que la aventura lo convocaba. Ingresó al Real Instituto Técnico y Náutico Paolo Sarpi, en Venecia, pero no terminó la escuela. No pudo superar el karma de ser un estudiante con malas notas. Pretendió anudar esa vocación por la acción en el mar, su elemento favorito, y a los 19 años se enroló como marinero. Era un carguero de poca monta y en definitiva, viajó poco y la salud no lo acompañó (tampoco la audacia o el arrebato irresoluto que otros escritores padecieron).
Al no poder seguir poniendo el cuerpo a su instinto aventurero, decide escribir aventuras, acaso esperando que se hiciera realidad, como un mágico conjuro que le cambiaría la vida, aquel saludo de Yáñez de Gomara, el amigo portugués de Sandokán:
«—¡Buen viaje, amigo mío! ¡Que la buena fortuna te acompañe!».
Truenos, rayos y centellas se volvían maldiciones enardecidas en los labios de niños y jóvenes al son de las aventuras leídas. Cimitarra, arcabuz y culebrina pasaban al vocabulario de los juegos callejeros. El compadre Belcebú era un aliado cuando unos chicos corrían al abordaje del viejo neumático o la caja de cartón de otros pequeños villanos.
Quien nos sumergió en esos mundos que alteraban el pulso usaba zapatos con tacos altos para enmascarar su baja estatura. Lucía un coposo bigote estilo manubrio, muy de la época, y tenía unas gruesas cejas que no intimidaban. Para intimidar estaban sus héroes indomables: el Tigre de la Malasia, el Corsario Negro, el León de Damasco...
¿Inventaba Emilio, no, o no tanto? Describe tierras lejanas, costumbres, nombres de animales y flora. Sus narraciones, donde abundan los elementos exóticos, tienen una escenografía singular, el lector queda atrapado de inmediato. Según dejó asentado en sus memorias, muchas de las cosas que contaba en sus novelas habían ocurrido realmente. Su hijo Omar también lo plantea en la biografía que publicó en 1940; asegura que su padre vivió experiencias que llevó al papel y las que no, las urdió gracias a su gran fantasía, al no contar con atlas y otros libros geográficos, ni pasar por la biblioteca.
La sospecha tiende ramas frondosas en esas memorias de su “vida peligrosa”, como elige calificarla Emilio, donde narra que había matado a tiros de revólver a un gigante tiburón –que había saltado a la cubierta de la goleta del capitán Varak, quien, gracias a la audacia del joven marinero, había podido salvar su pierna–, cuenta su supervivencia a las fiebres tropicales y brutales tormentas y se refiere a la gran impresión que le causó cierto rajá que ha sido desposeído de sus propiedades por Inglaterra. Hay muchos viajes en esas memorias que no han podido ser corroborados. La mayoría. Algunos investigadores señalan que su experiencia como marino se limitó a unos pocos viajes en un navío escuela y al que hizo en plan turismo por el Adriático.
Mario Spagnol, estudioso de su obra, dice que sus viajes “se llevaban a cabo por las plácidas costas de la biblioteca”. Sacaba datos de la Enciclopedia Geográfica Popular, publicada en 1880, en Turín, por el editor Ferrario, y consultaba el diario ilustrado de viajes y aventuras La India, de Paola Mantegazza y otros libros, revistas, manuales, periódicos. Esos datos que no movían un pelo en sus fuentes, electrizaban a los lectores en manos de Emilio. Nombra plantas, animales y costumbres, objetos y territorios, usa cómodamente el lenguaje marinero y cita hechos históricos.
Se sentaba ante una mesita estrecha y coja tres o cuatro horas seguidas y fumaba mucho. Cuentan que escribía con caracteres pequeñísimos, usando una tinta clara fabricada por él mismo. Cuando dejaba la escritura, se iba al jardín y era seguido por sus mascotas. Lo que hacía en el jardín, el ritmo con el que podaba o cavaba, se correspondía a la intensidad de la situación dramática en que se hallaban sus personajes, en aquellas cuartillas sobre la mesita. No era extraño que gritara cuando el héroe en su cabeza conseguía una acción increíble.
«Aunque el Tigre ha sido vencido, todavía no ha sido domado», exclama Sandokán cuando se ve obligado a abandonar Mompracem ante el embate de un enemigo que dobla en número a los suyos y está mejor armado.
Omar Calabrese comenta que el éxito de Sandokán radica en el hecho de que el personaje “es una síntesis increíble de todos los modelos de heroísmo del siglo XIX por entero; de aquellos verdaderos como Napoleón o Garibaldi, y de los ficticios, como D'Artagnan o Ivanhoe”.
En honor a la verdad, el calificativo de piratas venía de los ingleses: Sandokán y sus tigres eran patriotas que se oponían al dominio británico. Para muestra, este diálogo tan vital, como muchísimos que generó Emilio, de Los tigres de Mompracen:
»-Sandokán — dijo con voz que no temblaba—. Si yo te dijese: renuncia a tus venganzas y a la piratería, y si rompiese para siempre el débil vínculo que me liga a mis compatriotas y adoptase por patria esta isla, ¿aceptarías tú?
»—Tú, Marianna, ¿quieres quedarte en mi isla?
»—¿Lo quieres tú?
»—Sí, y yo te juro que no volveré a tomar las armas más que en defensa de mi tierra.
»—Pues entonces, que sea mi patria Mompracem: ¡me quedo aquí!
»Cien armas se alzaron y se cruzaron sobre el pecho de la joven, que había caído en los brazos de Sandokán, mientras los piratas gritaban a una voz:
»—¡Viva la reina de Mompracem! ¡Ay de quien se atreva a tocarla!... (...)
»—¡Son muchos, por Júpiter! -exclamó Yáñez-. Pero nosotros somos valientes y nuestra fortaleza es resistente.
»—¿Vencerás, Sandokán? -preguntó Marianna con voz estremecida.
»—Esperemos, amor mío — respondió el pirata—. Mis hombres son audaces.
»—Tengo miedo, Sandokán.
»—¿ De qué?
»— De que pueda matarte una bala.
»—Mi buen genio, que durante tantos años me ha protegido, no va a abandonarme hoy que combato por ti. Ven, Marianna, los minutos son preciosos (...)
»—¡Fuego, mis valientes! ¡Barran el mar, destripen esas naves que vienen a arrebatarnos a nuestra reina!
La exaltación heroica resalta en sus narraciones, donde de tanto en tanto emerge un sentido humorístico delicioso, como cuando Alí Baja le dice a su sobrina Haradja:
«–De haberlo catado el Profeta no hubiera prohibido a los creyentes beber vino. Esto es mejor que todas las aguas azucaradas y, en especial, si se bebe antes de iniciar un combate. ¡Infunde un valor!... ¿No deseas probarlo?».
Sentimientos y emociones se enroscan con el juramento y el deber. Vibra el dramatismo en el final de El Corsario Negro, cuando el señor de Ventimiglia descubre casualmente que la bella Honorata es hija del malvado Wan Guld. Releerlo a la vuelta del tiempo no deja de sobrecoger sentimentalmente al viejo corazón de la infancia de muchos, sintiendo, otra vez, aquella rara tristeza que probablemente dominó nuestro sueño el día que finalizamos su lectura.
»Sus palabras resonaron roncas en medio de la noche:
»—Cuando surqué estas aguas con el cadáver de mi hermano, el Corsario Rojo, hice un juramento. ¡Maldita sea esa noche fatal que matará a la mujer que adoro!...
»—¡Comandante! —dijo Morgan, acercándose.
—¡Silencio! —aulló el Corsario, con la voz quebrada—. ¡Aquí mandan mis hermanos! (...)
»—Mire —continuó el Corsario, aún más exaltado—. El mar refulge igual que la noche en que dejé caer en su seno los cadáveres de mis hermanos, víctimas del padre de usted. Allí están... mirando mi nave... Sus ojos me suplican... me piden venganza... Han vuelto a la superficie para exigir que cumpla mi juramento... ¡Sí, hermanos! Les vengaré... ¡aunque yo ame a esta mujer!... ¡Velen por ella... socórranla, porque la amo! ¡La amé! (...)
»—¿Qué va a hacer, comandante?
»—¡Mantener mi juramento!... La hija del traidor bajará a esa chalupa (...)
»La chalupa se alejaba. De su proa emergía la blanca silueta de la joven, con los brazos tendidos hacia El Rayo y los ojos fijos en el Corsario.
»Los filibusteros, horrorizados, volvieron sus miradas hacia el puente de mando.
»El Corsario Negro se había encogido sobre sí mismo, y se dejaba caer sobre un montón de cuerdas con el rostro entre las manos. A pesar de los silbidos del viento y del estruendo del mar, se oían sus ocultos sollozos.
(En otro libro del ciclo Los piratas de las Antillas, titulado con el nombre de la bella flamenca, Honorata de Wan Guld, se reencuentran el Corsario Negro y la náufraga sobreviviente, ahora reina de los antropófagos de la Florida, otro final lleno de zozobra).
“Haber jugado ‘a los piratas malayos' significaba haber leído los libros de Emilio Salgari (1862-1911) y tener nostalgia por una edad de la vida en la cual los héroes del "capitán" veronés precedieron en la imaginación a los de los poemas estudiados en la escuela –analiza Giulio Nascimbeni. La diferencia era fundamental: con los héroes de Homero uno podía tomar partido: o Héctor, o Aquiles, o Eneas, o Ayax, el hijo de Telamón, o Paris, o Ulises (...) Con los héroes del ‘capitán' se estaba de un solo lado. Los piratas malayos (pero más tarde también el noble, elegante y doliente Corsario Negro) no admitían elecciones. La justicia, la audacia indómita, la lealtad, la fuerza no se repartían como el botín de un abordaje. Sandokán y Yáñez no tenían rivales. Podían ser derrotados, arriesgarse a naufragar entre los gritos de los combatientes y el rugido de los cañones, pero ni siquiera por un segundo vacilaba la indestructible fidelidad de los pequeños lectores”.
Muchos famosos lo colocan en su lista de agradecimientos. García Márquez, Vargas Llosa, Sergio Leone, Puccini, por citar unos pocos, son admiradores suyos. “Mientras Verne racionaliza la aventura, Salgari se deja llevar por el sentimiento, por la emoción de la aventura”, señaló María Luisa Bermúdez. Y tan cierto, que sus fuentes se han derramado en los cómics y el cine.
Es natural que los chicos sientan la seducción por los viajes y aventuras plagados de peligros y retos. Es parte de la proeza de crecer. Salgari inscribe su nombre en una relación que reúne a Julio Verne, Alejandro Dumas, Daniel Defoe, Jack London, Robert L. Stevenson, Lewis Carroll y Edgar Rice Burroughs, entre otros. También publicó decenas de relatos ambientados en el mar con el seudónimo de Capitán Guido Altieri, tal vez para escapar al cepo del editor que tan mal lo remuneraba.
La tercera carta que dejó a su muerte es el postrer zarpazo del tigre indómito: "A mis editores: a ustedes, que se han enriquecido con mi pellejo, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo les pido que en compensación por las ganancias que les he proporcionado, se ocupen de los gastos de mis funerales. Les saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari"
En la casa donde vivió hasta el final, alejada del centro de Turín, la revista Italia sul mare colocó una sencilla placa que anuncia: Entre estas paredes vivió Salgari en honorable pobreza. “Onorata povertà”.
Una navaja de afeitar afiladísima seguía en su mano esperando acaso el pulso que la salvara de la triste fama, cuando una mujer que pasaba encontró el cuerpo.
En sus memorias, la última anotación consignaba escuetamente: “Mañana no existiré”. El Corriere della Sera informó, en su edición del 26 de abril de 1911 : "Este evocador de los países exóticos pensó en el fin de los Samurais ofendidos, en el atroz y honroso harakiri en el que se probaba el estoicismo de esos nobles guerreros ante la muerte".
«—¡Ya está bien, Leonor! El golpe ha sido horrible. Pero nos han denominado a ti el capitán Tormenta y a mí el León de Damasco, y, cuando se tienen semejantes nombres, no es posible llorar».
¡Cómo iba a llorar el Capitán Salgari! Imposibilitado de darle un afortunado golpe de timón a su vida, el tigre italiano optó por desaparecer.
¿Desaparecer? Con sus historias hizo más brillantes los rayos del sol, iluminó nuestros primeros años y nos preparó para el salto a otras lecturas. No se borra quien logró tal triunfo.
El amor, la amistad, la nobleza, el valor, la lealtad aguardan a los lectores en las páginas salgarianas. Son ideales que sólo se extinguirán con el fin de la civilización. Los héroes de Salgari luchan por la libertad, por la independencia de su pueblo y por el honor. Ya son legendarios Sandokán, Yáñez el portugués, el Corsario Negro, el Capitán Tormenta, Muley el León de Damasco...
Digamos que su creador se fue para recomenzar con mejor suerte en otra parte. Con la cimitarra y una carabina india, sin olvidar el kriss, puñal típico de los pueblos malayos. Porque todo indica que la paz y el bienestar no prosperan mucho en el mundo de los hombres que conocemos, pero hay que ir por ambos, no obstante, y más vale estar preparado para enfrentar el peligro.
«Los rayos se cruzaban en derredor de él, trazando laberintos de fuego. El viento le embestía, arrancándole a pedazos la pluma que adornaba su sombrero. La espuma le cubría a veces, luchando por derribarle. Los truenos, cada vez más horrísonos, le ensordecían. Pero él permanecía inmóvil y seguro en su puesto, guiando el barco a través de las olas y las ráfagas del huracán» (El Corsario Negro, 1898).
© Rosa Elvira Peláez
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