Rosa Elvira Peláez

 

Cuba, 1956. Nació en La Habana. Es licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana y actualmente reside en Buenos Aires. Su obra ha sido incluida en antologías como Histerias Breves (Amigos de Yorick, 2006), El Arca: Bestiario y ficciones (2007, 2008) y en revistas y suplementos literarios de América y Europa. Es también autora del libro Entre fuegos y otros cuentos (Editorial Pre-Textos, 2001). Su obra ha sido premiada en diversos concursos de narrativa breve como el Semana Negra de Gijón. Web

 
 
 
   
 
   

 

Yukio El Obseso

 

 

"La vida humana es breve, pero yo querría vivir siempre".

 

La quinta regla del Club de la Pelea es: Solo una pelea cada vez. La pelea final que tuvo Yukio perdurará eternamente. Su madre –probablemente quien mejor lo conoció y primera siempre en leer lo que escribía–, cuando vio que venían a darle el pésame, dijo: «Hoy ha sido el día más feliz en la vida de mi hijo».

El temprano texto El muchacho que escribía poesía, de corte autobiográfico, evidencia las inquietudes existenciales y artísticas que cargaría toda la vida. Una vida que, a juzgar por sus últimos quince años, se entrelazó de tal modo a su obra que el final fue un memorable y pavoroso espectáculo. Yukio se había obsesionado con ese final planificado con placer. Como el actor de su cuento Onnagata, “estaba sumergido en su amor como un gusano de seda en su capullo, listo para convertirse en mariposa”.

Tal vez, en el instante crucial de aquella mañana del 25 de noviembre 1970, sabiendo que gozaría de una absoluta libertad, sonrió tibiamente –igual que el joven Tôru de su novela– «como el último signo de rechazo de la humanidad, una invisible saeta lanzada por el arco de sus labios».

Abrirse el vientre por mano propia sobrellevando los abismos del dolor. Pareciera un clásico del cine nipón protagonizado por Toshiro Mifune y tantos otros actores que electrizaban a la platea cuando empuñaban las espadas. Fue Yukio, escritor y también actor, quien puso el cuerpo en serio. Ajena a efectos especiales, la escena, crudamente ornamentada con fluidos y sonidos auténticos, ocurrió en una oficina del cuartel que pretendió levantar a favor de su ideal Japón: un país militarista e imperial.

¿Cuántos fueron los centímetros de acero al desnudo de la daga? ¿Sus entrañas le hicieron gran resistencia a la hoja cuando comenzó a cortarse el vientre de un lado a otro? ¿Cuántas salpicaduras echaron a volar como pájaros liberados? Basta preguntárselo para sentir dolor. De cualquier modo, y aunque no pudo escribir con su sangre la palabra espada, como se había propuesto, Yukio patentizó con ese acto lo que proclamó en su Manifiesto: “el auténtico Japón, es el verdadero espíritu del samurai”.

Antes de entrar con cuatro miembros de su milicia privada –la Tate-no-kai (Sociedad del Escudo), que había formado con jóvenes estudiantes– al cuartel militar de Ichigaya, en Tokio, donde terminaría haciéndose seppuku en una oficina –después de haber atado al general Mashita, jefe de la tropa, y tratado, en vano, de motivar a los soldados con su Manifiesto y arengas, y sólo recibir burlas y ofensas–, había dejado en orden sus papeles, escrito varias cartas y dispuesto que entregaran al editor el manuscrito de La corrupción de un ángel, novela que cierra su famosa tetralogía El mar de la fertilidad. También, cumplió con la tradición llevando consigo el jisei (poema de despedida de la vida).

A un paso de la muerte, había solicitado a sus editores que se hiciera la traducción de los dos últimos libros de la tetralogía. En la carta que le deja a Morris, uno de sus traductores, termina diciendo: “...Tras meditarlo concienzudamente durante cuatro años, he decidido sacrificarme por las viejas y hermosas tradiciones del Japón, que desaparecen velozmente, día a día. Ésta es mi última carta. Le deseo una vida muy feliz”.

Uno de los guerreros japoneses más poderosos de su época (siglo XVI), famoso por sus actos de combate, Uyesugi Kenshin, había afirmado: “Quienes se aferran a la vida mueren, quienes desafían a la muerte sobreviven".

Las vísceras pueden ser prueba (singularmente atroz) de sinceridad. Esto viene avisando el escritor: “En la época feudal nosotros creía­mos que la sinceridad moraba en nuestras entrañas y que, si tenía­mos necesidad de mostrarla, debíamos abrirnos el vientre y poner al descubierto nuestra sinceridad de modo visible”. ¿Hay que estar desequilibrado? No; no es imprescindible. Marguerite Yourcenar le dedicó un ensayo, donde dice: “Hay dos clases de seres humanos: aquellos que apartan la muerte de su pensamiento para vivir mejor y más libremente, y aquellos otros que, por el contrario, se sienten vivir con más fuerza y más inteligencia cuando la acechan en cada una de las señales que ella les hace a través de las sensaciones de su cuerpo y de los azares del mundo exterior (...) Lo que los unos llaman una manía morbosa, es para los otros una heroica disciplina”.

Al mejor estilo samurai, en homenaje al Japón venerado que late en sus entrañas, Yukio quiso abrochar la palabra y la acción en esa muerte preparada y vista como creación artística. No temía. Como había escrito, le estaba prohibido acceder al lugar que añoraba a no ser que “testigo de la cruel imposibilidad, perdiera su propia vida”.

En Introducción a la filosofía de la acción, había manifestado: "La acción tiene el misterioso poder de compendiar una larga vida en la explosión de un fuego de artificio. Se tiende a honrar a quien ha dedicado toda su vida a una única empresa, lo cual es justo, pero quien quema toda su vida en un fuego de artificio, que dura un instante, testimonia con mayor precisión y pureza los valores auténticos de la vida humana".

Frente a lo que consideraba la decadencia moral y espiritual del país, Yukio quiere reencontrar la huella perdida de los valores tradicionales. “Es bastante sencillo ver la vida carente de valores –dice. De hecho, la gente con algo de sensibilidad no tiene dificultad en verla así”. Con un ego desbordado, polémico y provocador, extravagante, este hombre que escribe de un modo inolvidable, no teme consumirse en el fuego de un instante de acción.

“Extraño gran escritor”, apunta Marguerite Yourcenar. “Tiene un don casi milagroso para las palabras”, advierte Yanusari Kawabata, quien lo conoció en 1946 y lo alentó a escribir (fue, además, padrino de la boda de Yukio con Yoko Sugiyama, en 1958). “Algunas de sus obras quedará entre los tesoros universales de la literatura clásica”, según el psiquiatra y escritor Juan Antonio Vallejo-Nágera, quien afirma que existen pocos escritores de vida tan interesante y atormentada como la del japonés, tan estrechamente imbricada con su obra y tan sorprendente.

«El profundo goce del salvaje renace en tu pecho. Tus ojos resplandecen, la sangre recorre llameante tu cuerpo y te domina aquella manifestación de vida a la que las tribus salvajes rinden culto. Incluso después de la eyaculación, en tu cuerpo permanece una fiebre salvaje. No padeces esa tristeza que sigue a la unión carnal con una mujer. Resplandeces de disipada soledad» (Confesiones de una máscara, 1949). Espléndida metáfora de la masturbación. Joyas así menudean en sus textos.

Fue un talento privilegiado. A los doce años comenzó a ser leído en publicaciones escolares; a los dieciséis, la revista literaria Bungei Bunka saca su novela El bosque en flor (es cuando adopta el seudónimo con el cual se hará mundialmente conocido y que estará escrito tres veces, a partir de 1965, en la lista de candidatos al Nobel); en 1947 se gradúa de Derecho y un año después decide dedicarse por completo al arte. Cuando publica la controversial novela Confesiones de una máscara, donde vuelca mucho de sus vivencias, el éxito se le enrosca inmediatamente. Tiene 24 años; de ahí en más Yukio no deja de crear y asombrar, y de fomentar la polémica.

A ojos ajenos, lo tenía todo. Fama, dinero, viajes, una familia con dos hijos, admiradores, discípulos... Pero el mundo perfecto que Yukio ansiaba, ¿dónde latía? Debía mirar más lejos. Buscar más lejos. ¿El sacrificio ayudaría? Porque la perfección, lo puro, lo limpio, existe, y pudiera alcanzarlo, aún. Lo quiere creer, lo necesita creer, aunque el vacío le esté rezongando en el oído (“Cuando reviso con el pensamiento mis últimos veinticinco años, su vacío me llena de asombro”, escribió en 1969), y el paso del tiempo amenace con hacerle perder el control. Quizá recordaba demasiado los últimos tiempos de su abuela Natsu.

Cuando decide dar el espectáculo de su cuerpo mortal, han pasado cinco años de la edad que fija como el punto de declinación. “Cuando un hombre llega a los cuarenta no tiene posibilidad de morir bellamente. Sin importar cuánto se esfuerce, morirá por deterioro. Debe obligarse a vivir”.

«Justo un poco más y el tiempo se hallará en la cumbre y sin pausa comenzará a descender. La mayoría de las gentes se engañan en este tramo, asumiéndolo en su beneficio. ¿Pero qué es lo que allí existe? Los senderos y las aguas se limitan a lanzarse hacia abajo» , escribe, con afilada honestidad, en el cierre de su tetralogía El mar de la fertilidad.

Había comenzado el ciclo con la publicación de Nieve de primavera, en 1968. Le siguieron Caballos desbocados, 1969, y El templo del alba, 1970. La corrupción de un ángel fue editada póstumamente en febrero de 1971.

Como el Tôru de la primera parte de La corrupción de un ángel, quizá Yukio «se hallaba completamente seguro de no pertenecer a este mundo. Sólo la mitad de él estaba aquí. La otra se hallaba en el reino de añil. No existían en consecuencia leyes ni normas que le gobernasen. Él se limitaba a simular que se hallaba sometido a las leyes de este mundo».

El reino de añil, otra obsesión. El artista anhela la pureza con el obsesivo afán que pone en Honda, personaje que atraviesa toda la tetralogía, pintado con tanto preciosismo y destreza que uno lo siente respirar al lado. Honda vive obsesionado con la reencarnación de Kiyoaki, su amigo de la juventud. Yukio también vive obsesionado. Mortificado por el avance de la corrupción y la superficialidad, y los cambios que trae la modernidad y las influencias occidentales, espera la reencarnación del Japón tradicional.

«Pureza, concepto que hacía recordar a las flores, al picante sabor del agua fresca y al niño que se coge a las faldas de su madre, era para Isao algo que unía todo eso a la idea de la sangre, de la espada que abate hom­bres inicuos, de las hojas de acero que cortan desde el hombro para salpicar el aire con sangre y también del seppuku. Cuando un samurai caía ‘como las flores del cerezo', su cuerpo empapado en sangre se trans­formaba de inmediato en flores de cerezo».

Muchísimas veces escribe la palabra en sus textos: muerte. Una palabra que hace oleaje a lo largo de sus cuentos y novelas, de toda su obra, donde siempre hay muerte, sexo, violencia, poesía, nostalgias y una búsqueda insaciable de la pureza, la perfección. Pululan otras palabras con variantes. Distancia, mirada, vuelo, belleza, corrupción, vejez, tiempo. Todas interrelacionadas con la perfección. Son asuntos-ideas que se anudan vigorosamente y las imágenes y metáforas revuelan con una naturalidad que magnetiza al lector. Yukio logra la perfecta implosión de las palabras.

Sus escritos alojan algunas de las más logradas imágenes y metáforas que podemos encontrar. Como muestra, estas, pertenecientes a Caballos desbocados:

«A medida que hablaba, la voz de Sawa se parecía cada vez más al calor que una manta presta a los hombros de un hombre que tiembla de frío. Estaba emocionado».

«He ahí una cara -pensó Honda- que nada conoce de la vida; un rostro parecido al de la nieve recién caí­da que ignora lo que le espera».

«Tal como cuando alguien hace un hoyo en la pla­ya, cerca del agua, ésta llega y deshace los bordes por mucho que quien cave trate de evitarlo, el discurso de Iinuma, comenzado con acentos triunfales, cedía de continuo ante el desconcertante silencio de su oyente. Honda observaba al muchacho, sentado jun­to a su padre. Cuando las palabras de éste terminaron de afluir a sus labios, el agua del silencio roía las pare­des del pozo inundándolo y dejando que sobre ella brillaran los rayos del sol».

Las numerosas imágenes fotográficas de Yukio permiten comprobar el cambio radical que él mismo propició a partir de los treinta años. No sólo transformaba su cuerpo, opaco, enflaquecido, sino que construía una imagen pública que se hacía denotar. No pasaba inadvertido.

Dos meses antes del suicidio, en Tokio se exhiben fotografías muy producidas que muestran a Yukio muriendo o ya muerto. El ego del escritor se pavonea en Exposición póstuma en vida –donde se podía ver, sobre un pedestal cubierto con un paño negro, una katana del siglo XVII, de Seki, la misma que iba a cortarle la cabeza unos días más tarde– reúne fotografías que lo muestran posando como un guerrero o desfilando con soldados de su propio ejército, y como única vestidura, con una espada y las joyas de su mujer.

El seppuku es clave del código de los guerreros samurai, el bushido. Se trata de un suicidio ritual por desentrañamiento, para tener una muerte honorable. Los más valientes se sobreponen al infinito dolor y tras el corte horizontal devuelven la daga al centro para hacer el vertical y arremeter contra el esternón. Tan dolorosa y prolongada muerte puede complementarse con la decapitación por un golpe preciso de katana. Mientras más demore llegar al instante de cortar la cabeza, mayor gloria la del guerrero. Haber dejado pasar la muerte gloriosa se alzó como uno de los fantasmas más perturbadores de Yukio. Por mentir sobre una inexistente tuberculosis, había perdido oportunidad de ser kamikaze durante la Segunda Guerra Mundial, al ser convocado por la Armada. Quizá esa humillación contribuyó a su enardecida voluntad de manifestarse sinceramente, en esa muerte erotizada, tan florecida de placer estaba para Yukio, que durante años se preparó física y mentalmente para ella.

Puntadas maestras de esa preparación encontramos en Patriotismo (1961), que cuatro años después alimenta un corto de cine, realizado y protagonizado por él mismo (estrenado poco después de que cumpliera los cruciales 40). Aparecen también en la mencionada exposición y en su impresionante tetralogía, considerada su testamento político y literario.

«Colocó las manos bajo la cabeza y observó las vigas del techo. ¿Esperaba la muerte? ¿Un salvaje éxtasis de los sentidos? Ambas cosas parecían sobreponerse, como si el objeto del deseo físico fuera la muerte propia (...) Estaba por llevar a cabo un acto que requería toda su capacidad de soldado, algo que exigía una resolución similar al coraje que se necesita para entrar en combate. Sería una muerte no menos importante ni de menor calidad que si hubiera muerto en el frente de batalla» (Patriotismo).

El Manifiesto que Yukio intenta leer antes del seppuku, entre otras cuestiones señalaba: “Hemos visto a Japón emborracharse de prosperidad y caer en un vacío espiritual (...) Hemos tenido que contemplar a los japoneses profanando su historia y tradiciones...”. Era avasalladora su obsesión por crear un “ejército de los dioses” al servicio único del Emperador. Lo defenderían con sus propios cuerpos a manera de escudo. En Caballos desbocados leemos, entre elogios, la existencia de una agrupación con un propósito parecido a su Sociedad del Escudo.

En esa novela, Isao, “joven tan puro”, habla de actuar militarmente para evitar que el Japón tradicional se pierda y llevar calma el corazón del Emperador. «Sólo podemos confiar en nuestras espadas y en las bombas hechas con nuestra propia carne», sentencia Isao, imaginando futuras contiendas. Ese Isao que mientras urde acciones ilegales, está consciente de poner fin a su vida antes que ser hecho prisio­nero. ¿Y qué es lo que deseas por encima de todo?, le pregunta el teniente al que Isao admira. Y la respuesta del muchacho sale rápida: quiere darse muerte, ante el sol, en la cima de una montaña, mirando al mar. «Para Isao, morir en estado de pureza parecía algo simple».

Librar las propias batallas puede ser un camino demasiado áspero y mortificante. Las obsesiones y los fantasmas de Yukio eran suficientes para armarse un singular frente de batalla. Una madre comprensiva pero pasiva, que después se convirtió en aliada, en combinación con un padre rígido, de formación militar, negado a que el niño fabulara pero que le exigió que fuera el mejor cuando lo supo decidido a dedicarse al arte, tras haberse graduado de Derecho. Dicen algunos biógrafos que influyó decisivamente su abuela Natsu (nieta ilegítima de Yoritaka, un jefe samurai de la casa Shishido). Hasta su muerte, en 1939, le dio especial atención al niño débil y enfermizo. Era una anciana muy culta y enferma, con raptos cercanos a la locura, que veneraba al Japón tradicional y rendía culto a la aristocracia. Darle masajes a la abuela y asistirla en sus crisis nerviosas no debió ser un juego agradable para un niño que no pudo ser como otros de su edad, “impetuosos cachorros bajo el ardiente sol del verano”. La sobreprotección de la abuela puso al pequeño en una paradojal situación de fragilidad –cuenco para su fantasía y aliento de los principios samurais– y fortalecimiento de la percepción. Fue un niño sin halo infantil.

«Ya había caído en la trampa. Cayó en una trampa al nacer en este mundo y no debería haber otra trampa aguardándole al final del camino. Debía burlarse de todo aquello, pensó Honda. Debía simular que alentaba esperanzas. El chivo del sacrificio en la India siguió pugnando hasta que cayó su cabeza» (La corrupción de un ángel).

Dicen que Yukio sabía que no iba a prosperar su intento de exhortar a los soldados a un golpe de estado, pero el contexto le daría dimensión a su muerte. Por eso había convocado a periodistas y cuando se retiró del balcón, podio infértil para su Manifiesto, procedió de inmediato al seppuku, cuidando cada detalle como había hecho aquel personaje suyo, el teniente Takeyama. Hubo un adicional dramático: Morita, el joven encargado de la decapitación, no tuvo fuerza suficiente en el primer intento, ni en los siguientes, y otra mano amiga, la de Furo-Koga, debió asestar el golpe mortal (sobre el escritor y posteriormente sobre el mismo Morita, que trataba de hacerse seppuku).

En aquellos minutos feroces, con la tensión al borde del colapso luego de encontronazos con los soldados que querían rescatar a su general, más el fracaso de la arenga, Yukio únicamente comenta: “Creo que no me han entendido bien”. Y no dijo nada más. Al rodar, su cabeza mantenía el hachimaki, la cinta con el símbolo del sol naciente, prueba de constancia y esfuerzo que llevaban los kamikazes. Tal vez, aún esa imagen esté tronando en la memoria de Hiroyasu Koga, hoy un venerable monje de un monasterio de la isla japonesa de Shikoku. Su mano empuñó la famosa katana.

«Enormes, sólidas, las construcciones desplegaban grandes alas de acero y vidrio. Honda dijo para sí: ‘En el instante en que yo muera, todas desaparecerán'. El pensamiento le complació, una especie de venganza. Ningún trabajo le costaría arrancar de raíz este mundo y devolverlo al vacío. Todo lo que tenía que hacer era morirse. Había indudablemente un pequeño orgullo en la idea de que un viejo que sería olvidado aún tenía en la muerte ese arma incomparablemente destructiva» (La corrupción de un ángel).

 

Antes de cerrar el féretro de Yukio Mishima (como es conocido quien nació como Kimitake Hiraoka, en Tokio, el 14 de enero de 1925), la viuda colocó junto a la espada la estilográfica que había usado por última vez para una nota que dejó sobre su escritorio, al amanecer de aquel 25 de noviembre: “La vida humana es breve, pero yo querría vivir siempre”. Antes de que termine la mañana de ese día frío y soleado, su corazón ya estaría en calma.

«A las emociones no les gustan el orden invariable. Contrariamente, al igual que minúsculas partículas en el éter vuelan libremente, flotan al azar, y prefieren revolotear eternamente...» (Confesiones de una máscara).

Mishima es el nombre de un pueblo al pie del monte Fuji. Tal vez lo eligió como seudónimo porque le recordaría la nieve, tan asociada a la pureza. También, eligió un auto blanco para transportarse con sus seguidores de la Tate-no-kai hasta el cuartel de Ichigaya.

«Tenía que haber un mar nunca profanado por el ser, un mar sobre el que jamás aparecieran los barcos. Tenía que haber un reino en donde en el límite de todas las capas diáfanas nada surgiera, nunca, un reino de añil sólido y firme en donde la visión se despojara de todas las argollas de la conciencia y se tornara transparente, en donde los fenómenos y la conciencia se disolvieran como el óxido plúmbico en ácido acético» (La corrupción de un ángel).

Leyéndolo conocemos sonidos del alma impensables y tanteamos comportamientos y juicios con los que no siempre coincidiremos, pero que sacuden nuestra conciencia, nuestra percepción, y esto es mérito mayúsculo del arte. Abarcó todos los géneros al escribir unas cien obras, la mayor parte novelas y libros de cuentos. Exhibe una enorme capacidad para trasmitir angustias y estados de ánimo; su lenguaje magistral y el encantamiento de las historias que urde con elegancia, crueldad, astucia y notable sensibilidad, retribuyen con creces a los lectores, a pesar de esas ideas suyas que expresaban giros muy de derecha. Según algunos biógrafos, a la hora del Nobel escurridizo conspiraba el hecho de que era una persona joven (hay tiempo, pensarían los académicos); quizá, por otro lado, pesaban demasiado sus ideas reaccionarias, algunas calificadas de fascistas, acusaciones que Yukio rechazaba.

De sus ideas nunca se desprendió, sí de su debilidad física. Boxeo, pesas y karate le dieron músculos notoriamente perfilados, agilidad, una estética seductora, que incluso alimentó comentarios sobre sus preferencias sexuales. Inalterable, Yukio hizo un altar del cuerpo en los últimos quince años de su vida, practicó artes marciales y sobresalió en kendo (su milicia ponía el acento en la salud física y las artes marciales). A juicio de muchos, también era exhibicionista. Un artista que no se limitaba a iluminar las palabras con su genio.

Para un escritor de cuarenta y cinco años, a su muerte el balance es impresionante, como llama la atención Vallejo-Nágera , que computa 244 libros –la mayoría, un éxito editorial–, entre originales, ediciones de lujo, ediciones de bolsillo y otras, más derechos de autor por versiones cinematográficas y representaciones teatrales.

Kawabata afirmó: “Un genio literario como el de Mishima, sólo lo produce la humanidad cada dos o tres siglos”. En su estudio Mishima o la visión del vacío, Yourcenar reflexiona: “Los héroes del Japón antiguo aman y mueren en su caparazón de seda y acero”. Por eso es imposible encontrar imágenes como la del suplicio de San Sebastián atravesado por las flechas, pintado por Guido Reni, ese cuerpo musculoso al filo del agotamiento que excitó profundamente al joven protagonista de Confesiones de una máscara.

¿Qué expresó en su poema de despedida de la vida? Una aproximación en español al suspiro de su jisei sería esta:

 

Vibran las espadas en sus vainas

Como si tras años de resistencia

Los valientes salieran a pisar

La primera helada del año

 

El fascinante japonés le escamoteó al tiempo los desechos de la vida que se acumulan en la vejez. Quién sabe si pudo regresar a su origen. Las voces se mezclan al final. Lo dijo Tôru. Las palabras se las dio Mishima. «De allí, se dijo, era de donde él procedía. De ese país de espejismo, sólo visible de vez en cuando en las troneras del cielo del alba». (La corrupción de un ángel).

Cuando miremos amanecer, busquemos indicios. ¿Por qué no va a existir el reino de añil? Uno nunca sabe...

 

«Maravillosos ojos -se decía Honda-. Claros y bri­llantes, hechos para desconcertar siempre a los demás (...) mostrad la profunda herida del alma. Estáis en la edad en que ha de aprenderse la manera de enfrentar al mundo. Expresando lo que en realidad sentís, por lo menos aprenderéis que a nadie le interesa la verdad. Ésta es una de las lecciones más valiosas que un hom­bre debe aprender en la vida. Ésta es la única sabiduría que tengo para comunicar a ojos tan magníficos». (Caballos desbocados, 1969).

 

© Rosa Elvira Peláez