Rosa Elvira Peláez

 

Cuba, 1956. Nació en La Habana. Es licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana y actualmente reside en Buenos Aires. Su obra ha sido incluida en antologías como Histerias Breves (Amigos de Yorick, 2006), El Arca: Bestiario y ficciones (2007, 2008) y en revistas y suplementos literarios de América y Europa. Es también autora del libro Entre fuegos y otros cuentos (Editorial Pre-Textos, 2001). Su obra ha sido premiada en diversos concursos de narrativa breve como el Semana Negra de Gijón. Web

 
 
 
   
 
   

 

Ernest, marcado para el reto

 

 

“Conocer a un hombre y conocer lo que tiene dentro de su cabeza son cosas distintas”.

 

La sexta regla del Club de la Pelea dice: Se pelea sin camisa y sin zapatos. Él peleó de ese modo, también escribió así. Desde muy joven, a los quince años salió a vagabundear por su país; a los dieciocho hacía notas para el Star de Kansas City y luego se fue a la guerra en Europa, de donde regresó a Estados Unidos herido y condecorado. Cuando trabajaba era como un topo ciego (suya la comparación). Tal vez, iba muriendo un poco en cada relato.

Pensaba, y lo escribió de varias formas, que el talento consiste en cómo vive uno la vida. No sólo la vivió intensamente, sino que la exprimió en su escritura. Iba dejando partes suyas en las historias, quizá por eso, muchas veces, escribía de pie, como si en esa posición pudiera estar mejor preparado para recibir y dar golpes.

«Morir es malo solamente cuando cuesta mucho tiempo y hace tanto daño que uno queda humillado» (piensa Jordan en la escena final de For Whom the Bell Tolls (Por quién doblan las campanas, 1940).

Ernest era, acaso, el único que podía cazarse. «Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer –dijo–, sólo la muerte puede ponerle fin». Cuando lo decidió, puso en acto real lo que muchos años atrás había escrito en The Snows of the Kilimanjaro (Las nieves del Kilimanjaro, 1936): «No iba a echar a perder la única experiencia que le faltaba». Un disparo de su escopeta de caza el 2 de julio de 1961 lleva su firma. Lo enterraron el 7, el mismo día que comenzaba en Pamplona el popular encierro de toros de San Fermín. Quién sabe si esos animales que tanto amó olfatearon el drama a distancia.

Su teoría del iceberg en la escritura (hay nueve décimos bajo el agua por cada parte que se ve de él) puede aplicarse a su vida. Hay mucho más detrás de lo que la gente cree.

Había nacido el 21 de julio de 1899 en Oak Park, un suburbio de Chicago. Tan pronto terminó estudios secundarios, comenzó a hacer notas para el Star de Kansas City. De ahí a la guerra europea, un paso natural. En Italia sirve en la Cruz Roja (una lesión ocular, herencia del boxeo, impide que lo acepten como soldado) y se mueve en una desvencijada ambulancia en el frente de batalla, tiene 19 años y ya es testigo de dramas, pasiones y horrores. Cuando escribió el pensamiento del malherido Jordan de Por quién doblan las campanas: « El mundo es hermoso y vale la pena luchar por él », Ernest sabía lo que decía, le había puesto el cuerpo a la mayor cacería: la de los hombres contra ellos mismos.

Finalizada la primera guerra mundial, París lo recibe como corresponsal del Toronto Star. Viaja con su esposa Hadley, unos años mayor que él (como era también aquella enfermera que lo dejó enamorado, cuando convalecía de sus heridas). Con pocos recursos, la parejita se instala cerca del Pantheón, en dos piezas sin agua caliente ni baño, en Rue du Cardinal Lemoine.

Destellan los 22 años de Ernest y su enorme capacidad de observación y decisión de escribir. Está convencido de la necesidad de aprender de todos, vivos o muertos. Siempre ha querido ser escritor, y echa sus dados. Escribe a mano por incontables mesas, en pensiones y hoteles, en cafés y cervecerías, en el hogar, cuando lo tiene. “La papelera es el primer mueble en el estudio del escritor”. Rescribió la última página de A Farewell to Arms (Adiós a las armas, 1929) 39 veces antes de darle el sí; veía en el teléfono y las visitas al enemigo número uno del trabajo y lo molestaba que algunas palabras necesarias no fueran publicables y debiera sustituirlas por blancos.

Por su labor periodística viaja bastante. 1923 será un año especial: en abril publica seis relatos cortos en el número 9 de Little Review; en julio aparece en París su primer libro, Three Stories and Ten Poems (Tres cuentos y diez poemas), una corta edición, 300 ejemplares, a cargo de Contact Publishing Companyen, y en octubre se estrena como padre con el nacimiento de John.

En esos años veinte, en París, se codea con Gertrude Stein y Ezra Pound, que lo animan a meterse en la ficción, dejando a un lado el periodismo, y con otros jóvenes: Scott Fitzgerald, Wyndham Lewis, Ford Madox Ford... El mundo hablará después de la famosa generación perdida, que cobija a un grupo de autores de habla inglesa que escriben importantes obras desde la postguerra hasta la debacle económica que signa el inicio de la década del treinta, y donde aparece John Dos Passos.

Cuentan que el dueño del taller donde arreglaban su coche Stein, a raíz de la metedura de pata de un joven mecánico veterano de guerra, se había lamentado diciendo que todos esos muchachos eran une génération perdue. Cuando Stein le cuenta el incidente a Ernest, ya lo hace sustentando el valor de semejante etiqueta, que pasa a la historia para referirse a los jóvenes que andan desorientados después de la guerra.

Viajero empecinado, mundano, aventurero, los actos de Ernest alimentaron el mito a su alrededor sobre un hombre que consideraba la escritura un acto privado y silencioso, al punto que prefería no hablar tanto, acaso por un supersticioso respeto hacia la parte frágil que toda obra en gestación encierra, y que puede desaparecer con apenas una gota de lluvia.

"Es un buen escritor (...) Escribe tal como es –dice James Joyce, que lo conoció en aquellos vibrantes años en París–. Nos gusta Es un campesino grande y poderoso, tan fuerte como un búfalo, Un deportista. Y listo para vivir la vida sobre la que escribe. Nunca la hubiera escrito si su cuerpo no le hubiera permitido vivirla. Pero los gigantes de esta clase son verdaderamente modestos...”.

En A Moveable Feast (París era una fiesta, editado póstumamente en 1964), Ernest pinta a un fracasado con la escritura que le reprocha que su estilo sea rígido, seco, descarnado. Se ven demasiado los tendones, le dice el tipo, y él, escuchando a ese aspirante a crítico, palpa, por si las moscas, en su bolsillo derecho, la desgastada pata de conejo para la buena suerte. Una pata tan manoseada que la piel parece más un recuerdo y los tendones se hacen más presencia y las uñas arañan la tela del pantalón. “La cosa más espantosa, es una hoja de papel en blanco”. Lo sabe bien. Escribir es un trabajo que practica a diario con acerada disciplina.

“Gastar la punta de siete lápices número 2 es un buen día de trabajo”, dice quien escribió en un día, en una pensión madrileña, tres cuentos de primera: Los asesinos, Diez indios y Hoy es viernes (sentía tanta energía ese día, recordaba, que pensaba que iba a volverse loco).

Sobre el oficio, fue dejando un manojo de comentarios. De la famosa entrevista que le hiciera G. Plimpton en 1958 para París Review, estos:

«Cualquier cosa que uno omita pero conozca sigue estando en la escritura, y su cualidad aparece».

«Si un escritor deja de observar, está eliminado. Pero no debe observar conscientemente, ni pensar de qué modo algo le será útil (...) todo lo que ve se integra a la gran reserva de cosas que sabe o que ha visto».

«El don más esencial para un buen escritor es tener un detector de mierda incorporado, a prueba de golpes. Ese es el radar de un escritor, y todos los grandes escritores lo han tenido».

Su primera novela, The Torrents of Spring (Aguas primaverales, 1926), pasó sin levantar oleaje, aunque no fue mal recibida. Ese mismo año sale The Sun Also Rises (Fiesta), que comenzó a escribir el día de su cumpleaños. Seis semanas más tarde, tenía la primera versión, que luego reescribe en parte. Desde la aparición de Fiesta, donde queda reflejada esa generación perdida, la fama se le pega y va creciendo el hombre de acción y aventura.

Viaja bastante, con aliño de cacerías, pesca y corridas de toros. Ya sabemos. Hasta montó una ametralladora en su yate Pilar y fue, con su compinche cubano Gregorio Fuentes, a cazar submarinos nazis en el Caribe durante la Segunda Guerra Mundial. Y lee mucho, lee siempre. Miles de libros quedaron en su casa en la isla. En algún momento entran en sus lecturas Tolstoi, Chejov, Stendhal, Mark Twain, Maupassant, Shakespeare, Kipling... Siente que aprende de Bach, Mozart, Gauguin, Goya, Brueghel...

«Te aseguro que lo único que no he perdido nunca es la curiosidad», le dice Harry a su mujer en Las nieves del Kilimanjaro. Y Ernest vuelve a codearse con el pulso bélico: en la Guerra Civil Española, defendiendo a la República, y en la Segunda Guerra Mundial, como corresponsal, cubriendo las acciones del día D en Normandía y la entrada triunfal de las tropas en París.

No ha parado de escribir. Ha publicado un puñado de cuentos, algunos de notable excelencia, y varias novelas que se hacen populares. El éxito que tienen sus historias lo confirma el paso de varias al cine, donde les ponen piel a sus personajes Humphrey Bogart, Gary Cooper, Burt Lancaster, Gregory Peck, Spencer Tracy, Anthony Quinn, Ingrid Bergman, Ava Gadner, Lauren Bacall... Como para que no falte nada, el hombre vuelto leyenda en vida vuelve a rozar la muerte un par de veces y gana el Nobel de Literatura en 1954. Un año antes, le habían dado el Pulitzer de Novela por The Old Man and the Sea (El viejo y el mar, 1952). Entre el aluvión de elogios que llegan, William Faulkner asegura que con esa obra su autor ha encontrado a Dios. Es una novela corta que habla de la fuerza y voluntad del hombre para superar los retos, en la figura de Santiago, un viejo pescador cubano.

«Uno vive al día, y goza de lo que tiene y no se apura. Uno empieza a decir mentiras, y no quisiera decirlas, y empieza el desmoronamiento y cada día crece el peligro, pero uno va viviendo al día, como en la guerra» (París era una fiesta).

Desafecto con lo impreciso y engañoso, Ernest, tan dedicado a cuanto decidía hacer en su vida, ¿intuyó que podría tomar aquel camino? Las distancias parecen alargarse cada vez más cuando uno va llegando al final. Los años han pasado con paso felino, tal vez, casi no se sienten. Pero el tiempo es un depredador insaciable. En un intento de sobreponerse a la cruda realidad, preparar París... le permite desandar su juventud en los años veinte. Una época añorada, cuando comenzaba a moldearse como escritor, con perseverancia, con método.

«Para un auténtico escritor, cada libro debería ser un nuevo comienzo en el que él intenta algo que está más allá de su alcance».

Dicen que con el escopetazo del final dejó unas tres mil páginas de manuscritos sin corregir. De a poco fueron saliendo más obras suyas. Tres años después de su muerte, deslumbra con París era una fiesta, lo último en lo que había estado trabajando, desde 1957 hasta 1960, cuando termina el texto en Cuba, donde había comenzado a escribirlo (había conocido la isla en 1928 y vivió en ella por largos períodos entre 1932 y 1960, en la finca La Vigía –en las afueras de la ciudad de La Habana–, hoy convertida en museo). Se acepta como un legado valioso de sus años de aprendizaje literario, veinte capítulos en los que entrega lecciones de vida y de cómo hay que encarar el oficio de escritor, y lo hace sin lagrimear y con un vigor envidiable.

«Escribe el mejor cuento que puedas, y escríbelo tan bien como sepas», leemos en ese libro póstumo. Un libro que pudo no existir y que tiene su origen en varias libretas escritas en los años veinte que el autor reencontró en un viaje a París, 1956, cuando se alojó en el Ritz junto con Mary Welsh, su cuarta y última esposa, y alguien en el hotel recordaba que treinta años atrás había dejado allí ropa y papeles. Por fortuna, todo seguía guardado.

El prefacio escrito por el propio autor advierte: "Si el lector lo prefiere, puede considerar el libro como obra de ficción. Pero siempre cabe la posibilidad que un libro de ficción arroje alguna luz sobre las cosas que fueron antes contadas como hechos”.

Es entendible que en los últimos años de su vida, cuando la salud se le complicaba y el paso del tiempo, cual un gato taimado e impredecible, lo tornaba vacilante y achacoso apenas cruzado el umbral de los 60, Ernest haya vuelto a los años dorados, en el apogeo de la juventud, cuando todo parecía ser duro pero sencillo, trabajoso pero alcanzable; esos años en que la alegría, el desenfado y la libertad reinaban, tras la turbulencia bélica y tanta esperanza maltrecha. Aquellos años en que el horizonte comenzaba a verse, no a desaparecer. O cualquiera se lo podía imaginar a su antojo y beber a su salud sin mayores contratiempos.

Quizá haya dudado en algún momento en su capacidad para atrapar aquella época de ese modo. El moribundo Harry de Las nieves del Kilimanjaro piensa: «No, nunca escribió nada sobre París. Nada del París que le interesaba. Pero ¿y todo lo demás que tampoco había escrito?» .

En aquella montaña nevada de 5895 metros de altura –está dicho al inicio del famoso relato y es algo que queda indeleble en los lectores–, cerca de la cima se encuentra el esqueleto seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el leopardo por esas alturas. En su silencioso estertor, Harry sabe que se dirige hacía esa cima. Y hacia allá irá Ernest en su momento. Sufriendo de insomnio y depresiones cada vez más frecuentes, y otros achaques, no puede escapar a la cruda realidad. Habituado, como apunta Doctorow, “a consumir el mundo con voracidad”, no está dispuesto a ser consumido. Él puede poner el punto final. Y dispara.

 

Es en la narrativa breve, especialmente, donde palpita el fuego de los dioses de la obra de Ernest Hemingway, independientemente de que se haga más conocido por las novelas (cinco millones de ejemplares de El viejo y el mar se vendieron en 48 horas). Ten Stories (Diez relatos, 1924), Men Without Women (Hombres sin mujeres, 1927) y Winner Take Nothing (El ganador no se lleva nada, 1933) son libros de relatos. Entre las novelas, Death in the Afternoon (Muerte en la tarde, 1932), The Green Hills of Africa (Las verdes colinas de África, 1935), To Have and Have Not (Tener y no tener, 1937), Across the River and Into the Trees (A través del río y entre los árboles, 1951).

Después de su muerte, además de París..., aparecieron varios libros, entre ellos Islands in the Stream (Islas en el Golfo, 1970), The Nick Adams Stories (Historias de Nick Adams, 1972), 88 Poems (88 poemas, 1979) y The Garden of Eden (El jardín del edén, 1986). Por el centenario del escritor, 1999, apareció la novela True at First Light (Al romper el alba), encontrada y restaurada por su hijo Patrick Hemingway (la historia se ubica en Kenia a principios de los años cincuenta; en 1933 había llegado por primera vez al continente africano).

Hemingway ha tenido, como todo creador, admiradores y detractores. En su caso, hay una fuerte polarización. Unos adoran su modo de escribir, áspero, telegráfico, sin pavoneos ornamentando la frase. Otros, justamente por eso, lo ignoran o directamente lo desprecian, o le conceden un valor restringido a su obra. Hay quienes acotan que a veces le falló el famoso detector. Algunos lo tildan de fanfarrón, de súper macho desmedido, debaten y sacan la cuenta de sus peleas, sus borracheras y amoríos y hasta de los enemigos que mató en la guerra. Le critican que posara demasiado para la cámara y, con sorna que suena a envidia, alguno dirá que fue el escritor más mediático del siglo XX. Tras la aparición de El jardín del edén, obra de sorpresiva singularidad (escrita en los años 40, se cree que no la publicó entonces porque no había un público preparado para digerir una historia así proveniente de semejante firma), hay quienes analizan si no fue un inconveniente (¿trauma, represiones?) la tanta masculinidad emanada de la figura y los actos de Ernest. Esa subrayada virilidad expuesta en la cacería, la pesca y las contiendas bélicas. Anthony Burgess comenta: “era demasiado simple y agresivamente masculino para mi gusto”, y señala que el suyo ha sido un estilo muy fácil de imitar. Sin embargo, el mismo Burgess admite: “He llegado a la idea de que el éxito de Hemingway en la limpieza de la prosa inglesa y la conversión de ésta en un instrumento para la expresión de lo nervioso e instintivo, más que de lo cerebral, era un éxito muy grande”. García Márquez subraya sus méritos como maestro del arte de escribir y afirma que es “uno de los más brillantes orfebres de diálogos de la historia de las letras”, a pesar de que también mide las limitaciones que tenía para la narrativa en extensión. Muchos estudiosos ratifican que William Faulkner y Hemingway fueron los escritores que más sobresalieron dentro de la literatura estadounidense en la primera mitad del siglo XX, y que Hem fue uno de los más influyentes en ese siglo.

 

«Mientras viva uno de nosotros, viviremos los dos», le dice Jordan a la atribulada María en Por quién doblan las campanas.

Los lectores que seguimos a Papá estamos convencidos de eso. Sin mucho esfuerzo, lo podemos ubicar con sus libretas de lomo azul, lápices y sacapuntas, allá en París, en la plaza de Saint Michel, en la Closerie des Lilas –el café de mi casa, como decía–; está (¿alguien duda?) ensimismado en escribir, soltando ardientes icebergs.

 

«El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado» (El viejo y el mar, 1952).

 

© Rosa Elvira Peláez