
Stefan y la lucidez mortal
“No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre”.
El Club de la Pelea tiene varias reglas. La cuarta dice: Solo dos personas por pelea. Ellos estaban en el mismo box, en un exilio que no los molestaba en lo económico, a diferencia de lo que enfrentaban otros inmigrantes, pero los desestabilizaba emocionalmente, mucho; el pasado les pesaba diferente, como diferentes eran sus contrincantes. Si Stefan murió de guerra –como dijo su amiga Gabriela Mistral, aludiendo al drama desencadenado por el nazismo, que afectó profundamente su existencia–, Lotte murió por la fidelidad al amor.
En el escritorio, cuentan, los lápices estaban con la punta afilada y los libros prestados mostraban quiénes eran sus dueños; bien colocadas, había varias cartas escritas en las últimas horas. “Querida Friderike, cuando recibas esta carta estaré mucho mejor”. Antes de que Friderike pudiera leer las palabras dejadas por el muerto, la mala noticia había corrido por el mundo.
«...Un dolor profundo es como un oscuro arroyo de montaña subterráneo, que excava en la tierra, silencioso, a través de la roca, y con impotente ira llama y llama a puertas infranqueables. Pero un día revienta la pared e irrumpe con incontenible júbilo aniquilando y derrochando su fuerza, mientras desciende por el valle florido, que se ha mecido en una confianza dulce, sin sospechar nada». (De la novela El amor de Erika Ewald, 1904).
No hay que pensar que al austriaco le temblaran los dedos cuando preparaba las dosis de veronal; hacía algún tiempo su mente aceptaba la idea. Tantos años de andar sin patria lo habían agotado y su pesimismo le impidió aguantar para ver la caída del Tercer Reich. Todo un caballero, se había abrochado hasta el último botón de la camisa y tenía anudada la corbata oscura. Quiso partir con pleno conocimiento y lucidez, como dejó expresado en el texto dirigido a las autoridades brasileñas. Ya había decidido el lugar de reposo (el mismo cementerio de la ciudad donde residían) y dejado copia de su testamento en manos del abogado; incluso, pagó el alquiler de la casa y el sueldo de los empleados; hasta el destino de Blunchy, el pequeño perro, estaba definido: quedaría a cargo de la dueña del inmueble.
Los ruidos del carnaval carioca se habían silenciado cuando los encontraron en la cama. Parecían dormir después de una generosa comida; él, boca arriba, y ella ladeada sobre el amado, con el brazo izquierdo sobre su pecho. Todo en la casa estaba en orden para seguir viviendo. Mentira. Si el filósofo Montaigne hubiera podido presenciar la escena, quizá habría corregido esa frase suya que solía repetir Stefan: “Cuanto más voluntaria es más bella la muerte”. Un maestro de la lengua alemana como era Stefan, y con sus ideas, merecía seguir enalteciéndola.
Apenas habían pasado dos meses del 28 de noviembre de 1941 –fecha de su cumpleaños sesenta– cuando Stefan decidió retirarse, apoyado por su joven segunda esposa, Elizabeth Charlotte. El futuro cesó el 23 de febrero de 1942, en Petrópolis, cerca de Río de Janeiro, donde habían recalado hacía pocos meses. Con cierto sabor a paradoja en lo que respecta a su decisión final, en esa ciudad escribiría uno de sus últimos libros: Brasil, país de futuro. Allí se había convencido de que no podría terminar nunca lo que consideraba sería su obra mayor, el Balzac («no tengo la perspectiva de dos años de trabajo sin interrupciones, y los libros necesarios para la documentación serían difíciles de conseguir»), texto inconcluso que, no obstante, tuvo una edición póstuma.
En Petrópolis, también, había comenzado a releer a Montaigne –escritor francés que dio pie al ensayo como género literario, en la segunda mitad del siglo XVI– con el propósito de hacer una biografía, que no alcanzó a completar (a pesar de quedar a medias, Montaigne fue publicado). Analista de la naturaleza de los hombres y sus conductas, los textos del francés afirman un acento pesimista y escéptico que, tal vez, permearon demasiado a Stefan.
La brújula de su vida había enloquecido por hechos que no podía controlar. Preocupado por lo que estaba sucediendo en la Alemania de Hitler y temiendo lo peor para Austria, en octubre de 1933 abandonó su casa de Salzburgo. Fue duro dejar el hogar donde vivía desde 1919 y atesoraba sus libros y manuscritos valiosos, esa casa llena de rutinas que alegraban su trabajo espiritual y donde recibió a ilustres figuras de la época (Romain Rolland, Ravel, H. G. Wells, James Joyce, Toscanini, Paul Valery, Thomas Mann y muchos más). Debió renunciar a muchas cosas y modificar otras. En el Café Central, situado en la planta baja del palacio Ferstel de aquella Viena de exuberancia intelectual y artística, una silla se cansó de esperar su regreso. Iban a extraviarse aquellas tertulias para discutir las noticias y las ideas, y celebrar la razón y la libertad personal.
El exilio voluntario terminó en 1938 con la ocupación alemana de Austria, cuando su documento quedó invalidado; dos años después, le dieron un pasaporte británico (vivía en Londres desde 1934). « Soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que ésta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas» , escribió en su autobiografía El mundo de ayer (escrita en 1941, editada tres años más tarde).
Criado en una familia judía acomodada, a los veinte años Stefan había logrado que la importante editorial alemana "Insel-Verlag" publique Cuerdas de plata, su primera obra poética (la misma firma se haría cargo, hasta 1933, de editar sus obras). Se doctoró en Filosofía en la Universidad de Viena, su ciudad natal; viajó por América, Asia, Africa y Europa, y mantuvo correspondencia con los hombres más destacados del siglo XX, de lo cual dan fe más de veinte mil cartas privadas.
Lector impaciente y de mucho temperamento, como se describe a sí mismo, fue consciente desde el primer momento de lo que el fascismo representaba y desde 1933 empezó a manifestar su rechazo. Sus ideas humanistas y contra la guerra databan de mucho antes: j unto con Romain Rolland y otros amigos fundó un famoso grupo de escritores refugiados en Suiza que defendieron, contra la guerra, la unidad espiritual de Europa. En 1917, hizo representar en la neutral Zurich su drama Jeremías, en el cual se condenaba la locura bélica. Lo suyo no eran modas pasajeras del pensamiento. El quiebre de la libertad individual y la violencia fascista en Europa, horadan el alma del escritor, que en su autobiografía se recrimina por no haber advertido a tiempo las señales de fuego de lo que ocurriría en Europa.
Stefan fue, merecidamente, uno de los autores más leídos del siglo pasado. Su interés por ser un activista cultural lo llevó, también, a traducir medio centenar de obras desconocidas en Alemania y Austria, varias de ellas firmadas por Rimbaud, Verlaine, Baudelaire y el belga A. Verhaeren, con quien mantuvo estrecha amistad; colaboró con editoriales, revistas y diarios y fue seguidor del pensamiento de Freud (hasta 1931, hizo colaboraciones para el Almanaque de psicoanálisis publicado en Viena). Disfrutaba de lo que llamaba la alegría del trabajo espiritual y de la libertad del individuo, y para abrirse más al mundo estudió inglés, italiano, francés y español. Estudiaba con rigor en las fuentes históricas para enfocar a los personajes sobre los que escribió – Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski), 1920; Romain Rolland, 1920; Cicerón, Goethe, Dostoievski, Napoleón, Händel, Lenin, Tolstoi y otras figuras históricas en Momentos estelares de la humanidad, 1930; María Antonieta, 1932; Erasmo de Rótterdam, 1934; Magallanes, 1938 –, y exhibía una destreza de estilo para cabalgar las palabras y dotar de vida genuina a esos personajes, especialmente, por el ejercicio de introspección.
Pacifista de raíz y rama, consternado por el avance de “la antiesencia criminal que destruye nuestro mundo y pisotea la dignidad humana” , quizá la entrada de las tropas hitlerianas en París provocó el desborde de su pesimismo ante una época donde la razón y la libertad eran llevadas al matadero. No pudo, como alguien comentó, escabullirse del demonio, el daimon de los griegos, ese lado oscuro de la conciencia que empuja al ser hacia el infinito o hacia el caos. Acaso lo intuía como su propio final. En 1921 había publicado La lucha contra el demonio. (Hülderlin, Kleist, Nietzsche), dedicado a Freud, mucho más un ensayo que tres biografías, en el cual estudia espíritus violentamente románticos que lucharon contra su propio demonio y perecieron en esa lucha.
«En aquellos terribles momentos en que se encuentra solo, frente a frente con la muerte, mientras sopla con furia el huracán, arremetiendo rabiosamente contra las frágiles paredes de la tienda, piensa el capitán Scott en todas aquellas personas a las cuales está ligado con distintos lazos (...) Con los dedos entorpecidos por el frío, el capitán Scott, a la hora de la muerte, escribe cartas a los seres vivos que son entrañables para él. Fueron escritas a sus contemporáneos, pero sus palabras pasarán a la eternidad» (La hazaña del Polo Sur, en Momentos estelares de la humanidad, 1930).
Con la brevedad de una lágrima y sin sentimentalismo, iluminó el abismo en que se hundía cuando escribe, en carta póstuma a Friderike, su primera esposa: “...Mi depresión ha empeorado, me siento tan mal que ya no puedo concentrarme en mi trabajo. A ello se suma la triste certeza –la única que tenemos– de que esta guerra ha de durar todavía años y de que pasará mucho tiempo antes de poder regresar a nuestra casa (...) Y finalmente está la guerra, esta guerra que nunca termina, que todavía no ha alcanzado su peor momento. Soy demasiado débil para aguantar todo esto, y la pobre Lotte no lo ha tenido fácil conmigo, sobre todo porque su salud ha empeorado también (...) Te escribo estás líneas en mis últimas horas. No te puedes imaginar cuán aliviado me siento desde que tomé esta decisión”.
En su novela corta Veinticuatro horas en la vida de una mujer (1929), había escrito: «La vejez no significa nada más que dejar de sufrir por el pasado». Stefan estaba entrando en la última etapa de la vida y el pasado le pesaba demasiado. En el luminoso Brasil, la noche de la guerra al otro lado del mundo se le hacía insoportablemente larga a este hombre de fama mundial. Sólo así puede entenderse cómo cedió a la desesperanza alguien tan inteligente, instruido y observador, que supo interiorizar en la vida de tantos personajes justamente en momentos de conflicto –personajes históricos y de ficción– para narrarnos sus peripecias y pasiones, dudas y conflictos, con esa claridad mental y erudición que exponía en sus trabajos de un modo vibrante y tan intenso, que uno lee sintiendo que así como él cuenta, pasó todo. Bastan ocho páginas, esas donde habla del capitán Rouget, poeta de una noche, « el genio de una noche » , autor de La Marsellesa, y los lectores somos traspasados por el brioso himno y quedamos electrizados por cómo se encadenaron los hechos que llevan a que lo que nació como marcha para el Ejército del Rhin, en la madrugada del 26 de abril de 1792, terminara seduciendo el alma de los franceses, de toda una nación.
«La Historia, ese abogado de la Eternidad» , como la define en Fouché, el genio tenebroso (1929) le rinde homenaje al fascinante cosmopolita que e scribió unas cuarenta obras, traducidas a más de cincuenta idiomas, entre novelas y relatos (Amok y Los ojos del hermano eterno, 1922; Confusión de sentimientos, 1925; Carta de una desconocida, 1927; La piedad peligrosa o La impaciencia del corazón, 1939; Novela de ajedrez, 1941), dramas, biografías y ensayos. Lecciones magníficas que nos ha dado sobre la vida abordando la insondable naturaleza humana.
“Muchos hombres de buen corazón deberían reflexionar sobre la responsabilidad de todos nosotros y sobre la vergüenza existente en una civilización que ha creado un mundo donde Stefan Zweig no ha podido vivir”, dijo, conmovido, André Maurois.
«Una de las misteriosas leyes de la vida es que descubrimos siempre tarde sus auténticos y más esenciales valores: la juventud, cuando desaparece; la salud, tan pronto como nos abandona, y la libertad, esa esencia preciosísima de nuestra alma, sólo cuando está a punto de sernos arrebatada o ya nos ha sido arrebatada». (De Montaigne, editado póstumamente).
© Rosa Elvira Peláez
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