Rosa Elvira Peláez

 

Cuba, 1956. Nació en La Habana. Es licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana y actualmente reside en Buenos Aires. Su obra ha sido incluida en antologías como Histerias Breves (Amigos de Yorick, 2006), El Arca: Bestiario y ficciones (2007, 2008) y en revistas y suplementos literarios de América y Europa. Es también autora del libro Entre fuegos y otros cuentos (Editorial Pre-Textos, 2001). Su obra ha sido premiada en diversos concursos de narrativa breve como el Semana Negra de Gijón. Web

 
 
 
   
 
   

 

Virginia, la mirada interior

 

 

“La vida es un sueño, el despertar es lo que nos mata.”

 

La séptima regla del Club de la Pelea es: Cada pelea dura lo que tiene que durar. Como dice Bernard «la vida, quizás, no se presta a las manipulaciones a las que la sometemos cuando intentamos contarla».

Ella sigue en su habitación propia, con la mente en completa libertad. Sigue fascinada por el rasgueo de la pluma nueva sobre el papel. Su irrevocable nariz enfila al viento como la mejor vela del mejor velero. Sabiendo del poder del viento para "remover mil instintos y soltar un millón de recuerdos". Ahí la tenemos, sin necesidad de ese bastón que abandonó en la orilla; un poco le tiembla el labio inferior; sus ojos brillan, observan. Ajena al olvido y a cualquier restricción, nada sin temores. Una gran nadadora, Virginia. Una observadora implacable de los demás y de sí misma, como alguien deslizó por ahí. “Mi muerte será la única experiencia que no describiré”. Eso dijo.

«Tampoco las palabras que creamos como última defensa ante la conciencia de nuestra propia muerte sirven». Esto también puso en boca de Bernard, uno de sus personajes (Las olas). Y en su diario escribió: "No es posible acostarse, no hay olvido. Se han roto las correas con que los muertos ataron el fardo de los recuerdos...".

El río, y por extensión el agua, tan presente como referencia en sus escritos, estuvo para el cierre de su vida. Siendo niña, vio ahogarse a una mujer en un lago en Hyde Park. ¿Cuánto de aquella escena echó raíces en su vida? Quién sabe... Su residencia de Londres había sufrido daños por los bombardeos nazis, el ritmo de la guerra la inquietaba, su esposo era judío; la novela que había terminado hacia pocas semanas (Entre actos) no acababa de convencerla... Dicen que el 28 de marzo de 1941 era un día luminoso en el idílico condado de Sussex, donde corre el Ouse y donde tenían su casa de campo. Cuenta el ama de llaves que había preparado uno de los platos favoritos de la señora: pierna de cordero en salsa de menta, y tocó la campanilla llamando a los patrones a la mesa. Pero el señor quería escuchar antes la radio, para actualizarse con los partes de la guerra... ¿Y Virginia, qué quería ella?

“No puedo luchar por más tiempo”, había escrito horas antes, en la nota que le dejaba a su esposo. Escogió adentrarse en el Ouse para aliviar su carga entre las frías aguas. Las piedras cumplieron su efímero deber en los bolsillos del abrigo, ayudándola a quedarse en el sueño.

En esa nota puso algunas frases que aparecen en su primera novela, Fin de viaje (1915). ¿Viceversa? Usó en sus escritos buena parte de sus vivencias personales y familiares (¿hay algún escritor que no lo haga?). En su caso, escribir era una forma de vivir que la equilibraba. Contar historias no la hacía escapar de la locura, pero, al menos, le servía para dejarla atrás un largo trecho.

Por ejemplo, la relación de Virginia con su cuerpo es explorada a través de un personaje de Las olas, Rhoda, que camina tranquilamente hacia el mar para irse de este mundo. Igual que a ella, a la escritora la acompañó un sentimiento perpetuo de extrañeza respecto a su cuerpo. «No tengo cara», dice Rhoda cuando se mira al espejo; y exclama: «Soy muchas personas, no sé quien soy o cómo distinguir mi vida de las suyas». Por los testimonios que perduran, sabemos que Virginia solía tener frecuentes experiencias de despersonalización. Otro personaje, Clarissa Dalloway (La señora Dalloway), le sirve para describir su vida sexual como el voluntario retiro de una monja de clausura (¿acaso porque su desinterés sexual podía ser una estrategia de supervivencia?).

Las tachaduras encontradas en los originales de Orlando y Una habitación propia evidencian que mutilaba del texto a publicar ciertas referencias para no padecer el castigo de la sociedad. Los expertos que accedieron a esos originales aseguran que la escritora real es mucho más radical y feminista de lo que se pensaba.

¿Dónde viven las palabras?, se preguntó una vez Virginia, al impartir una conferencia. Están en el diccionario pero viven en la mente, respondió ella misma. Disfrutaba tanto del poder de las palabras, que cuando comenzaron a ser escurridizas reforzaron su agonía. A lo cual se agregaba otro peso: soportaba cada vez menos las voces que se le amontonaban en su cabeza. Quizá porque restringían su libertad.

Esta londinense tenía una extraordinaria capacidad para anclarse en la introspección; tal vez la misma enfermedad que la atormentaba le entregaba esa herramienta. En sus peores crisis hablaba de forma incoherente, escuchaba a los pájaros cantar en griego y veía a un rey desnudo en el jardín. Eran muy fuertes los dolores de cabeza, los mareos; la invadían pesadillas y alucinaciones, la acosaba el insomnio y los sentimientos de culpa y, muchas veces, presa de un rechazo total de sí misma, se dejaba enredar por la apatía, no hablaba, no tocaba ni un libro, ni que decir de escribir... Nada.

Como analiza la psicóloga Rebeca García Nieto, las anotaciones de su diario a finales de 1940 muestran que el lenguaje se había convertido en sufrimiento para ella. "Todos los escritores son desdichados (...) Los carentes de palabra son dichosos".

Su lucha con el lenguaje en aquel momento era la lucha contra unas palabras que no podía reconocer como propias: luchaba por hacerse sujeto de un lenguaje que la objetivaba. “Las palabras se desploman de repente sobre mí (...) Se acumulan a mis espaldas en tales cantidades que sería terrible que no fueran otra cosa que agua enfangada".

En sus últimos días, la atormentada escritora nada dijo sobre el regreso de las voces. Antes de irse al río, escribió notas a su esposo y a su hermana Vanessa. A Leonard, el esposo lleno de paciencia y comprensión, su aliado mágico, le dice: “Estoy segura de que, de nuevo, me vuelvo loca. Creo que no puedo superar otra de aquellas terribles temporadas. No voy a curarme en esta ocasión. He empezado a oír voces y no me puedo concentrar. Por lo tanto, estoy haciendo lo que me parece mejor. Tú me has dado la mayor felicidad posible”.

Desde temprano la muerte echó larga sombra sobre la existencia de Virginia. Sus padres llegaron al matrimonio llevando cada uno la experiencia de la viudez con hijos. La nueva pareja tuvo cuatro, Virginia fue la tercera. Nació en Londres el 25 de enero de 1882. Desde niña se mostró hábil e ingeniosa en el uso de las palabras; supo ser gran cazadora en la vasta biblioteca de su padre, Sir Leslie Stephen, historiador y crítico literario. “Los buenos libros tienen efectos secundarios. El más notable es que nos hacen mejores lectores”. Eso dijo Adeline Virginia Stephen. Tal su nombre de pila. Fue una lectora voraz y nunca dudó de que para escribir, hay que tener lecturas.

Criada en un ambiente culto, sin problemas económicos, no dejó de mortificarla durante toda su vida el hecho de que su educación había sido deficiente por razón de su sexo: a diferencia de sus hermanos, no pudo realizar una carrera formal sino conformarse con profesores a domicilio. En aquella época, las mujeres no podían matricular en la universidad.

Antes de cumplir los quince, su estado anímico empezó a marcarle la vida de forma indeleble, con caídas depresivas que alternaban con rachas de júbilo. En 1895, poco después de perder a su madre, Julia, tuvo su primera crisis. Dos años después fallece su media hermana Stella, con la cual mantenía estrechos vínculos; y en 1904, muere el padre, y hace su primer intento suicida. Pierde a su querido hermano Thoby en 1906, y vuelve a desequilibrarse. Hoy la ciencia habla de esos episodios empleando el término de trastorno bipolar.

En el caso de Virginia, la situación se hace más compleja. No hay precisiones sobre los abusos de que fue víctima, junto con su hermana Vanessa, pero la propia escritora relacionaba su temor a las relaciones sexuales y la repulsión que su cuerpo la producía con esos actos perpetrados por sus medio hermanos por parte de madre.

Después de la muerte del padre, los hermanos Stephen habían dejado la costosa casa de Hyde Park para mudarse al bohemio Bloomsbury, donde las veladas hogareñas gestan el famoso grupo que toma el nombre del barrio. En esas veladas conoció, entre los amigos de su hermano Thoby, a Leonard Woolf y a Clive Bell, quien desposaría a Vanessa. Con Leonard logró un matrimonio basado en el afecto, la admiración y en intereses intelectuales compartidos, con la intimidad restringida, como pactaron.

Era muy estimulante el grupo de Bloomsbury, en sus primeros tiempos, con opiniones que cuestionaban las férreas pautas de la época victoriana y donde se hablaba de política y filosofía, literatura y arte, psicología y economía. Virginia se codeaba, entre otros, con los escritores E. M. Forster y Lytton Strachey; el historiador y crítico Roger Fry (sobre el cual escribió una biografía), los pintores Duncan Grant, Dora Carrington y Vanessa Bell, su hermana; el economista J. M. Keynes, el filósofo Bertrand Russel...

En ese tiempo comenzó a escribir artículos sobre literatura y reseñas de libros (salió anónima la primera reseña). Cuando termina su primera novela, Fin de viaje –donde aún no prueba sus búsquedas de otra forma de expresar la vida– tenía treinta y tres años. Noche y día, la segunda, la encuentra con treinta y ocho. En su diario íntimo hablaba de su intención de hallar una mirada que la ayudara a engendrar una nueva literatura, diferente a la de la generación anterior, repleta de realismo y mecanicismos.

Los demás libros de Virginia estuvieron en manos de la editorial The Hogarth Press, creada por Leonard y ella en 1917. El mismo sello editó obras de Katherine Mansfield, T. S. Eliot y Sigmund Freud.

Según los críticos, El cuarto de Jacob (1922) es la novela donde Virginia enseña su estilo (desarrolló casi al mismo tiempo que James Joyce la técnica del monólogo interior). Después vendrían obras mayores: La señora Dalloway, Al faro, considerada por muchos su obra maestra (a partir de estas novelas los críticos comenzaron a elogiar su originalidad literaria), a las cuales se suman Orlando y Las olas. Y llegarían sus magníficos ensayos. El más conocido, “A Room of One's own” (Una habitación propia ), de 1929, muy citado por el movimiento feminista, reflexiona sobre las mujeres y la literatura, haciendo hincapié en lo difícil que le resulta a una mujer escribir por el solo hecho de serlo: “Quinientas libras al año y una habitación propia” y una mujer puede escribir con tanto éxito como un hombre, afirmaba. Como una diestra estocada, e scribe en ese ensayo: “Hace siglos que las mujeres han servido de espejos dotados de la virtud mágica y deliciosa de reflejar la figura del hombre, dos veces agrandada”.

Uno de sus biógrafos, Herbert Marder, en el libro La medida de la vida, retrata con maestría los esfuerzos de Virginia por enfrentar a la demencia –personal y colectiva–, y aquello que el autor llama su “fascinación por la forma en que la gente se transforma bajo presión”.

En sus novelas La señora Dalloway (1925) y Al faro (1927) la vida interior de los personajes va enhebrando el argumento, y los efectos psicológicos se logran a través de imágenes, símbolos y metáforas muchas veces complejas. Orlando (1928) tiene a un protagonista que cambia de sexo y de identidad y viaja por cinco siglos de la historia inglesa (así elaboró su estrecha relación con la escritora Vita Sackville-West). En Las ola s (1931) presenta el «flujo de conciencia» de seis personajes distintos, es decir, el fluir de ideas tal como aparece en la mente, a diferencia del lógico y estructurado monólogo tradicional. Un mes ante de su muerte, había terminado Entre actos, que narra como transcurre un día de verano en un pueblo para una familia inglesa y sus invitados.

Hurgó tanto en los pensamientos de sus personajes que abría los monólogos interiores en el transcurrir del tiempo como quien abre camino en la selva humana. Visiones, sensaciones, deseos, ideas... Prefiere succionar todo eso que postrarse ante lo exterior y seguir los patrones narrativos al uso: quiere ir más allá de la narración de los acontecimientos. De ahí que sus textos tienen un hilo conductor guiado por el proceso mental del ser humano.

“La vida no es una sucesión de escenarios simétricamente ordenados; la vida es un halo luminoso, una envoltura que nos rodea desde el inicio hasta el fin”. Eso escribió. Quería que el lector tuviese la verdadera impresión de saberlo todo sin que realmente ningún narrador hubiera tenido que explicar nada, por eso buceaba en los pensamientos de sus personajes. Buscaba reflejar una realidad interna que no se ve pero existe, sin ninguna duda. Bajo influencia de la filosofía de Bergson, experimentó con el tiempo narrativo, tanto en su aspecto individual, en el flujo de variaciones en la conciencia del personaje, como en su relación con el tiempo histórico y colectivo.

Paralelamente a las novelas, cuentos y ensayos, Virginia dejó sus impresiones en un intenso diario íntimo (26 volúmenes), numerosas cartas, memorias y conferencias.

A juicio del profesor y crítico Colin White, cuando uno lee a esta autora “es difícil detenerse en una oración, detenerse en una frase y concebir la posibilidad de otra palabra, de otra frase que serviría de una manera igual o mejor”. De ahí que resiste una lectura delicada, una lectura profunda, como muy pocos autores.

De su cuento El cuarteto de cuerdas son los siguientes fragmentos:

«...Si decir una cosa deja detrás, en tantos casos, la necesidad de mejorar y revisar, provocando además arrepentimientos, placeres, vanidades y deseos; si todos los hechos a que me he referido, y los sombreros, y las pieles sobre los hombros, y los fracs de los caballeros, y las agujas de corbata con perla, es lo que surge a la superficie, ¿qué posibilidades tenemos? (...) ¿De qué? Cada minuto se hace más difícil decir por qué, a pesar de todo, estoy sentada aquí creyendo que no puedo decir qué, y ni siquiera recordar la última vez que ocurrió (...) El melancólico río nos arrastra. Cuando la luna sale por entre las lánguidas ramas del sauce, veo tu cara, oigo tu voz, y el canto del pájaro cuando pasamos junto al mimbral. ¿Qué murmuras? Pena, pena. Alegría, alegría. Entretejidos, como juncos a la luz de la luna. Entretejidos, sin que se puedan destejer, entremezclados, atados con el dolor, liados con la pena, ¡choque!».

 

Inteligente, graciosa, son calificativos que abundan en las referencias de quienes la trataron. Hacía gala de una agudeza impresionante cuando dejaba correr su mirada alrededor. Muchos recuerdan la sonoridad magnífica de sus risas. Era una suerte que no siempre estuviera loca como una cabra (cabra, precisamente, era un mote cariñoso que le dieron en su preadolescencia). Uno de sus contemporáneos, Nigel Nicolson, la recuerda así: “Su voz era como terciopelo rojo. Uno le daba un grumo de información sosa como el plomo. Ella la devolvía luminosa como el diamante. Siempre que me alejaba de ella, sentía la sensación de haberme tomado dos copas del más excelente champagne. Era Virginia una realizadora de la vida. Esta frase es una de sus favoritas. Siempre dijo que el mundo estaba dividido en dos categorías: los que realzaban la vida y aquellos que la mermaban.”

Cuatro días antes de ahogarse, deja la última anotación en su diario. En esos renglones, entre otras cosas, recuerda una frase de Henry James: «observa perpetuamente» y se propone leer ciertos libros de historia. También repite que «la ocupación es esencial». Pero también escribe: «Me hundiré con todas las banderas desplegadas».

No se sumergió en el río buscando una experiencia intensa, extrema. Tenía cincuenta y nueve años, había luchado bastante y quería paz, ¿por qué no? Paz, y más libertad. Cada pelea dura lo que tiene que durar, y ella, mejor que nadie, lo sabía. Había peleado como mejor pudo hacerlo.

Las clases y los ensayos dirán una y otra vez que fue pionera de la literatura moderna, que estaba obsesionada por la escritura y la creación, que rompió con la literatura tradicional y desarrolló la técnica del monólogo interior, la fragmentación y el trabajo con varios personajes principales. Dirán que es una de las autoras feministas más influyentes del siglo pasado y que pocos críticos de su época fueron capaces de valorar su obra en toda dimensión, como después ocurrió. Se hablará de su actividad sufragista, de que a veces usaba pantalones y que fumaba cigarrillos egipcios; hablarán de sus represiones, de su sexualidad, de su autocensura sobre ese tema por miedo a ser perseguida por la férrea sociedad inglesa; de sus aires ausentes hablando sola, sus paseos interminables y sus maneras para servir la mesa de té y paladear el lleva y trae de los chismes; alguien hasta recordará que en 1910 viajó con una barba falsa y un disfraz al pueblo costero de Weymouth y que se hizo pasar por la emperadora de Abisinia; tal vez alguno se burle de que cazaba mariposas en los jardines del barrio... Escribirán que a través de su obra de ficción logró exorcizar partes de sí misma y de su pasado que no podía apartar de su cabeza...

Pero, ¿cuánto nos podremos acercar a lo que Virginia Woolf era realmente? Los hechos poco significan si antes no conocemos a la persona a quien le ocurren. Lo dijo ella misma. Y eso es tan difícil siempre, nos susurra una voz, que, sospechamos, suena como la de ella.

«Mi capacidad de recibir golpes es lo que me hace escritora. A modo de explicación me atreveré a decir que en mi caso el golpe va siempre seguido del deseo de explicarlo. Después de eso, ¿cuál es la gran novedad de sentarse a contar lo que nos ha pasado? ¿Escribir no es sentir el deseo de explicar lo que parece inexplicable? ¿Y qué puede ser más inexplicable que lo que nos pasa?» (Momentos de vida, 1976, reúne cinco piezas en las que Virginia Woolf reflexiona sobre su infancia y juventud, el matrimonio, las relaciones sociales y la amistad).

 

© Rosa Elvira Peláez