
Jack el vital
“La función del ser humano es vivir, no existir.”
La primera regla del Club de la Pelea es: Nadie habla sobre el Club de la Pelea. Quiero suponer que Jack estaba combatiendo consigo mismo. Lo que a veces es el combate más feroz, reventado de miedo, porquería, soledad, impotencia, ira, estertores.
Un zarpazo de hueso vencido por aquel costado. Los problemas renales rechinando. Un dolor por este lado. Las piernas cansadas, hinchadas. La simple meada vuelta una peripecia diaria. Y la vigilia instalada en sus ojos que tanto peligro y maldad, belleza y retos habían visto. Lector voraz desde muy pequeño, autodidacta, decidió darle acción a las palabras y no escatimó nada. Quizá confiaba en que el mecanismo del cuerpo nunca fallaría.
Vivir para penar, así estaba Jack cuando faltaba poco para agotar el calendario 1916. ¿Estas serían las aventuras de ahora en más? Para alguien que fue buscador de oro, pescador, contrabandista, marinero, corresponsal de guerra, además de vendedor de diarios en las calles, obrero y agitador social, y que conoció la fama internacional con su narrativa, podría resultar miserable explorar solamente los abismos del dolor de un cuerpo maltrecho, incapaz de sobreponerse sin echar mano a las drogas. Un cuerpo trastocado en traidor de un tipo que se talló a sí mismo sin temor a las cortaduras.
El mundo nunca le había parecido excesivo. Cuando Jack murió, su edad, expresada en años, era de 40. Pero había acumulado experiencias y aventuras que daban vértigo, como para alimentar no una sino varias vidas. Vivir intensamente, su marca de fábrica. ¿Y si ya no habría ningún día para corretear por la nieve y enfilar el hocico hacia alguna estrella? Tal vez lo pensó. Su cuerpo estaba lastimado por la enfermedad y el abuso del alcohol y las drogas. O, tal vez, como sugieren algunos, se trató de un accidente, no que quisiera inyectarse una sobredosis de morfina en aquella madrugada del 22 de noviembre de 1916 (por algún lugar leí que el certificado de su muerte se estableció como consecuencia de una uremia).
Pero no consigo imaginarme a Jack cayendo como bobo en esa trampa. Lo había escrito de puño y letra: “ La función del ser humano es vivir, no existir. No voy a gastar mis días tratando de prolongarlos, voy a aprovechar mi tiempo."
Si nos imaginamos sus instantes finales convirtiéndose “en un espléndido meteoro, cada átomo de mí en magnífico resplandor ” –como él deseaba–, podríamos hasta sentirnos conformes. Pensar que hizo aquello a conciencia porque el despojo de su cuerpo era un planeta muerto. Justo lo que no quería.
Su compatriota Henry Miller dijo de él : "No hallo otro escritor norteamericano de igual coraje y de más energía en América".
Muchos no podemos menos que remitirnos a su novela autobiográfica Martín Eden (1909). ¿Anticipó su muerte? La novela narra la lucha de un muchacho pobre por desarrollarse intelectualmente y llegar a ser un escritor de éxito. Inquieto e insomne como el propio Jack, el escritor Martin se sube a un barco rumbo a los Mares del Sur y se lanza una noche por la borda, como forma de recuperarse a sí mismo en esencia.
«La vida es corta y las horas están llenas de dolor. Bebamos, bailemos y seamos lo más felices que podamos», dijo Koolau el leproso , del relato homónimo recogido en Relatos de los Mares del Sur).
Jack hizo lo propio y, acaso, como Koolau, un instante antes de morir, hizo también las cosas locas de otros tiempos, y sintió lo mismo y fue feliz: «Y aquella juventud espléndida, total, volvió a ser suya».
Sus personajes viven en permanente acción. Quizá le chuparon demasiada vida propia. Es el riesgo que corre quien escribe lo que le dicta el propio aliento, surcado por las marcas que dejan las aventuras intensas, desbocadas, únicas. Reales tal y como las cuenta o aderezadas por un realismo imaginativo y un pulso romántico que le brota con gracia y cautiva. No importa. Sus personajes y ambientes, con sus desbordados dramatismos y elementos exóticos, están descritos de forma inolvidable, convencen por el modo en que se presentan, más allá que algunos digan que mucho de eso , aunque posible, no es probable.
Si aún hoy Alaska es territorio fiero, vayamos al 1897, cuando Jack, con 21 años, hizo sus primeras incursiones animado por la fiebre del oro. Alaska era sinónimo perfecto de riesgo y aventura, el escenario ideal para que un hombre probara que lo era, como él pensaba que debía ser. Aprovechando el deshielo primaveral, navegó en balsa el Yukón de regreso a su natal San Francisco. No llevaba en sus manos heridas la fortuna en oro que imaginó sino la semilla de su obra vital. Comenzó a escribir historias que eran puro latido de vida. Una narrativa vigorosa con escenas llenas de brutalidad, pasión, obstáculos y color, que encienden la alarma de todos los sentidos.
El hijo del lobo se tituló su primera colección de relatos, que vio la luz en 1900. Entre ese año y 1916 publicó más de cincuenta libros, entre ficción, ensayos, relatos y artículos. Son memorables La llamada de la selva (1903), El lobo de mar (1904) y Colmillo blanco (1906), que han tenido sus versiones cinematográficas.
Sus libros de aventuras le dieron fama, y, de cierto modo, hicieron que muchas veces lo clasificaran como autor de literatura juvenil, pero hay un autor que también sorprende en otras obras, donde analiza las miserias de la sociedad, como Los de abajo (1903), sobre los pobres en Londres, Guerra de clases (1905), Revolución y otros ensayos (1910). Jack dijo que “si los capitalistas pudiesen controlar el aire acabarían privatizándolo y nos lo venderían aplicando tarifas cada vez más elevadas”. En su novela El Talón de Hierro (1908) hace una estremecedora visión del futuro de una humanidad dominada por el capital monopolista, donde anticipa el fascismo. Al prologar una edición de 1927, no es de extrañar que Anatole France lo llamara “el Carlos Marx norteamericano”.
De muy joven había trabajado en una fábrica y paleado carbón en una central eléctrica, incluso integró la marcha de desempleados que partió de California a Washington demandando trabajo y vivió experiencias al margen de la ley; hasta estuvo un corto tiempo preso, acusado de vagabundear. A veces contaba (¿exageraba de nuevo?) que había aprendido a contar cuentos en su época de vagabundo, cuando debía ingeniárselas para conseguir un plato de comida.
También escribió, entre otros libros, Asesinos S. L ., donde es posible identificar parte del pensamiento del autor en el personaje de Dragomiloff, y John Barleycorn (1913), relato autobiográfico sobre su batalla personal contra el alcoholismo.
Sobrevivió a intensos viajes, llenos de peripecias y anécdotas y, paradójicamente, sus ansias de anclarse en California, en su Beauty Ranch, le retorcieron la vida. Compró terrenos para ir ampliándolo, le había agarrado la manía de sumar más tierras, pero el rancho le generó tensiones en cadena, como señalan sus biógrafos. Después de tres años construyendo Wolf House a su gusto, el fuego arrasó la residencia cuando la familia estaba a punto de mudarse. Había que volver a empezar. Jack andaba mal y con su segunda esposa, Charmian Kittredge (se habían casado en 1903), embarcó en su yate Shark para navegar durante más de dos años por el Pacífico sur, y más allá, hasta Australia. Terminó vendiendo a su tiburón, y siguió apostando al rancho californiano, pero su salud era cada vez más precaria. No sólo debido a los problemas renales y el abuso del alcohol, también porque llevaba un frenético ritmo de trabajo que los médicos desaconsejaban. Dicen que cada mañana se obligaba a escribir al menos mil palabras.
Muchos pensamos que lo más grande que escribió Jack fue la historia de su propia vida, como apunta Alfred Kazim. Nacido en San Francisco (12 de enero de 1876), John Griffith – hijo de un astrólogo y periodista al que no conoció, William Henry Chaney, y de Flora Wellman, una joven soltera de salud frágil que practicaba el espiritismo y terminó casándose con John London, veterano de guerra, cuando el bebé no había cumplido un año – consumió febrilmente su vida.
En una carta dirigida a Anna Strunsky, otra mujer importante en su vida, escribió: “Puedo jactarme de que a nueve de diez personas, bajo circunstancias dadas, puedo pronosticar su acción; que de nueve de diez, por su palabra o acción, puedo tomar el pulso de sus corazones”.
Jack sólo tenía 40 años. Parecía mayor. Era un intrépido escritor de Fórmula 1 en circunstancias muy ásperas, aferrado a la botella, y eso se paga tarde o temprano. Muy temprano le pasaron la cuenta. Dicen algunos estudiosos de su vida y obra que había contradicciones crecientes entre aspiraciones, logros, ideas y la realidad, que lo desequilibraban en el último tramo de su existencia. ¿Demasiado para el peleador?
Un año antes de morir escribió El vagabundo de las estrellas, historias relacionadas entre sí sobre el tema de la reencarnación a partir de un hombre condenado a muerte, con movimientos limitadísimos, que vuelca su fuerza en el poder de la mente.
Prefiero creer que Jack se fue respondiendo a la llamada de la selva. Así de simple. Él no iba a engañarse a sí mismo. Para qué esperar que hablara de la pelea. Es más, creo que Buck le estaba lamiendo el rostro cuando partió. Que se fueron tan compinches como siempre a trotar por ahí. Dónde están exactamente, qué otras aventuras los entretienen, es cosa que sólo saben las estrellas.
Es grato creer que el viejo Jack London sigue cobijado en el pulso de otros andariegos para los cuales el mundo nunca es demasiado. Porque la vida es hostil y difícil, apesta y duele, y hay que ser duro para sobrevivir, y afinar lo salvaje que cada uno porta. Y él sabe. Ellos saben.
«Y cuando en las noches quietas y frías dirigía el hocico hacia alguna estrella y aullaba como un lobo, eran sus antepasados, muertos y ya convertidos en polvo, los que dirigían el hocico a las estrellas y aullaban a través de los siglos. Y las cadencias de Buck eran las cadencias de ellos, las cadencias con que expresaban su pena y el significado que para ellos tenían el silencio, el frío y la oscuridad». (La llamada de la selva, 1903).
© Rosa Elvira Peláez
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