
Carta a un escritor de un desconocido: Digresiones sobre la obra de Roberto Calasso
Distinguido señor Calasso:
La agresividad del albo resplandor de la pantalla de mi ordenador es inminente, como la exigencia del editor de esta revista electrónica. Cabe, no obstante, una seria pregunta… ¿cómo había empezado todo? Tendría que decir, por ejemplo, que conocí a Javier Aparicio Maydeu, filólogo, editor y amante de la buena mesa, en un día débilmente iluminado, en casa de un amigo muy querido. Javier, a quien conocía ya literariamente por un delicado estudio paremiológico de la obra de Pedro Calderón de la Barca, conversaba con nosotros sobre novelas importantes que todos deberían leer. Nada más serio y efímero. Su nombre, Roberto Calasso (que esconde una velada, injusta y absurda homonimia con el mío), fue pronunciado por mi inexperta voz, pobre mensajera del saber novelístico que me acompaña. Javier mostró entusiasmo y su creciente complicidad me hizo comprender que nuestra pasión por sus novelas era certera a diferencia del gris cielo limeño, indeciso para la luz o la lluvia.
Javier Aparicio, desde luego, ha compartido con la comunidad lectora juicios relevantes sobre sus escritos en su valioso libro Lecturas de ficción contemporánea, pero ¿cómo había empezado todo? Durante ese almuerzo, mientras saboreábamos un delicado platillo de antigua estirpe medieval (estirpe, por cierto, relegada con poca justicia), recordaba al margen de la futura invocación a su nombre algunos pasajes de sus novelas traducidas a mi idioma. Las intensas reflexiones de Talleyrand en La ruina de Kasch, el nacimiento de Dioniso en Las bodas de Cadmo y Harmonía, el Sol oscurecido por un águila en Ka. El ritmo de su prosa, que puedo solo reconstruir a partir de traducciones, me parecía para entonces un ejercicio inútil, una victoria pírrica de mi fantasía. Lamentaba no haber leído sus textos en el italiano original y reforzaba mis consolaciones con mi generoso juicio sobre las versiones de sus traductores, con mi gratitud hacia la editorial Anagrama. Pensaba, antes de que pronunciaran su nombre, en novelistas como Marguerite Cleenewerck de Crayencour, Manuel Mujica Lainez o Apuleyo. Sin envidia alguna, me dolía saber (porque era un saber preciso y, por ello, trágico) que jamás sería autor de obras como Opus nigrum o Bomarzo.
Pero, ¿cómo había empezado todo? El 17 de marzo de 2007 estaba reunido en nuestra casa un grupo de amigos. La cena era generosa. Mi familia extranjera coincidió en una de sus visitas en dicha ocasión. Sin recordar a San Patricio, patrón de Irlanda y de los ingenieros, me detuve absorto frente al obsequio que un entrañable amigo me hacía de la manera más sorpresiva y, así, más universal: se trataba de La ruina de Kasch. Este me dijo con una seguridad -que siempre recordaré- que “esa novela (ahora solo cambiaría el sustantivo por autor) había sido escrita para alguien como tú”. Su desmedida generosidad me ha conmovido cada vez más con el paso del tiempo. Tan solo atiné a examinar superficialmente los signos paratextuales y a reservar el libro en un lugar próximo a mi memoria. En los días sucesivos, su novela, como hijo de Cronos, fue impasiblemente devorada.
Ahora, luego de unos años, me pesa todavía desconocer parte de sus libros. Ni su primera novela, El loco impuro, ni sus ensayos recogidos en La locura que viene de las ninfas me son familiares. Pero esa pobre ausencia material, por lo demás vana, es solo síntoma de la verdadera ausencia, de aquella que solo podría remontar a la etapa formativa de mi quehacer literario en la que sus textos no solo me fueron esquivos, sino que también fueron sólidos vacíos. Tarde (pero nunca es tarde) llego a saborear su exquisita prosa y confirmo que son pocos los escritores capaces de hacer dialogar a la Historia con las ficciones. Que el primitivo y visceral mundo indoeuropeo (griego y, así, oriental) es un continuum… Que nosotros somos, en realidad, una pesadilla epigonal. Que la especie humana ha estado abandonada a suerte desde tiempos pretéritos porque héroes (o semidioses) como Orfeo, Heracles, Teseo padecieron ya la ausencia de sus creadores a los que solo intuían en teofanías afeitadas con aromas orientales.
Pero, ¿cómo había empezado todo? Al parecer, mi interés por la Antigüedad Clásica (con mayúsculas y mucha incertidumbre) habría de refugiarme en el Renacimiento mistérico de autores como Bruno o Ficino, tanto como posteriormente lo hice en el visceral siglo del Barroco de los Austrias. Con la imprenta (y antes con eruditos coleccionistas como Francesco Petrarca, quien rescató del olvido sendos textos de Cicerón) y en talleres como los de Aldo Manuzio, muchos de los nombres de la era clásica aparecieron con lustre renovado. Pietro Bembo y otros poetas neoplatónicos consagraron su doctitud al estudio de los metros y los mitos escritos, en su mayoría, antes del nacimiento del Cristo. Podían, acaso, recrear el mundo de aquellos hombres que como ellos escribieron sobre las hazañas de Asclepio u Odiseo, pero como a nosotros les estaba vedado el nombre verdadero de los dioses, sus formas, los detalles de su naturaleza.
Usted, por ejemplo, dio una serie de conferencias (ocho para ser precisos) en las Weidenfeld Lectures de la Universidad de Oxford que ahora podemos leer bajo el título La literatura y los dioses. No se equivoca cuando señala que uno de los temas más recurrentes en la literatura moderna (desde el siglo XIX hasta nuestros días) siguió siendo el de los dioses (grecolatinos, hindúes, etc.). Sus escritos, como los de muchos escritores que ha comentado en su obra, no están pensados para personas que todavía titubean ante la idea del infinito, de la eternidad. Es cierto que no podemos tentar una idea de lo humano sin pensar en los dioses. También es cierto que la literatura, desde sus antiguos orígenes, ha sido siempre una herramienta capaz de fijar las inasibles instancias del contacto efímero entre nosotros y los seres trascendentes. Solo escritores como usted han tenido la sabiduría necesaria para explicarlo y, al mismo tiempo, escribir literatura al respecto.
Pero ¿cómo había empezado todo? Quizá, hartos de nosotros y de nuestra innoble ingratitud, los dioses no solo se alejaron de nuestra esfera terrestre, sino que, además, se alejaron cada vez más de nuestra memoria individual y colectiva. Jung, por ello, los veía como enfermedades. Las esculturas y mitos rescatados de la destrucción todavía nos proporcionan aquellas imágenes con que nuestros antepasados los imaginaron. Algunos himnos, en cambio, podrían contener todavía las palabras con que el poeta intentó asir aquella forma efímera que se le concedió conocer. Bien hizo al recordarnos que
[l]a literatura no es nunca un asunto de un sujeto individual. Los actores son por lo menos tres: la mano que escribe, la voz que habla, el dios que vigila e impone. Su aspecto no es muy distinto: los tres son jóvenes, de cabellera tupida y serpentina… Podríamos llamarlos el Yo, el Sí y lo Divino”. (La literatura y los dioses 185)
Quizá todo comenzó con el vuelo incendiado de Garuda o con el rapto de Europa en aquel tiempo en el que la especie humana era todavía innecesaria, ni siquiera una pesadilla para los inmortales. Quizá todo comenzó con aquel mortal que, presa de pavor a la infinita obscuridad de la Noche, pudo comprender que el cielo ensombrecido era tan solo el reflejo de un ojo inmenso, el ojo de una diosa que buscaba a su hijo entre nosotros. Quizá todo empezó un 17 de marzo con la lectura de una de sus novelas o de sus ensayos o de sus digresiones. Quizá todo empezó entonces y acabe cuando descubramos que nuestra vida es tan solo otro mito que alguien imagina o sueña.
© Elio Vélez
 |